viernes, 27 de septiembre de 2019

Francis Drake, pirata I


Antecedentes familiares e infancia
 
Los Drake eran modestos campesinos que se establecieron en Devon (a fines del s. XV) en la abadía de Tavistock junto al río Tavy. Las rentas que se conseguían eran bajas, pero el monasterio daba muchos servicios “gratis”: hospital, contratos eventuales, hospicio, caridad, etc. Ésto permitía a muchas personas vivir con pocos ingresos.

Cuando Enrique VIII rompió con la Iglesia de Roma, en 1534, decidió expropiar los monasterios para vender sus tierras y conseguir efectivo para sus empresas exteriores.

Las condiciones de vida de los campesinos empeoraron, los nuevos propietarios querían cobrar mucho más dinero por sus alquileres y no ofrecían ninguna ventaja adicional. Eran tiempo duros

Edmund Drake pasó de ser un pequeño agricultor a esquilador de ovejas. En 1539 se casó con Anna Myllwaye, naciendo en 1540 Francis su primer hijo. Edmund, fue “indultado” en 1548 por robar con violencia (palos, cuchillos y espadas) un caballo por valor de 3 libras esterlinas (un valor altísimo para la época), y por robar a Roger Langiford 21 chelines y 7 peniques. En apenas dos semanas realizó dos atracos. No se sabe por qué ni cómo fue indultado, se sospecha de sobornos a los jueces.

Edmund abandonó a su familia y se marchó al condado de Kent. Donde llegó a coadjutor de la parroquia de Upchurch (a pesar de estar casado y tener 3 hijos), en los años de María Tudor (a partir de 1553) el reino volvía a ser católico. A la muerte de la Reina María el Reino volvió a ser protestante (1559), Edmund llegó a vicario, aunque al ser iletrado no podía dar sermones. Vemos que no lo importaba cambiar de credo religioso según fuera necesario (algo que hará también su hijo). Se cree que delató a muchos criptocatólicos de su vecindario. El futuro Drake endulzaría esta versión con un padre protestante fiel que tenía que huir perseguido por los vecinos católicos.

Mientras tanto, la madre y los tres hijos pasaban hambre y penurias en Plymouth, viviendo en un casco de barco abandonado. Edmund nunca volvió a ver a su familia ni a su lugar natal.

La familia abandonada, recordemos en 1548,  se acogió a la buena voluntad de un pariente próximo, William Hawkins, cuyo hijo, John, cuidaría de su primo pequeño (8 años) Francis.
Este Hawkins había tenido una patente de corso en 1544, apresando varios buques franceses y uno español (a pesar de ser aliados por ese tiempo). Por eso terminó en la cárcel, y ¿cual era la solución habitual? Sí, tuvo que pagar sobornos a la Corona para poder salir. Esos sobornos fueron cuantiosos, lo que le permitió presentarse ¡y ser elegido! diputado al Parlamento por Plymouth.

Al igual que su primo lejano, no tenía problemas en ser anglicano en Inglaterra, católico en España y Portugal, o calvinista en Holanda. Asistiendo con completa naturalidad a los oficios religiosos. 

Algo que Francis aprendería muy bien.
 

Años de aprendizaje

Los “merchant adventurers” se dedicaban al comercio legal y, cuando nadie miraba, al contrabando; tenían patente de corso, lo que les permitía atacar a los enemigos de su Rey; o directamente pirateaban buques pequeños sin importar la bandera que llevaran, todo junto y revuelto. Sin olvidar la trata, sin duda el negocio más rentable.

El principal problema estribaba en que Inglaterra era un pequeño país atrasado (en el conjunto de la Europa de la época) que no tenía mercaderías apreciadas por otras naciones. Y demandaban el vino, el cuero y la seda españolas. Pero la moneda inglesa era muy inferior a la española o portuguesa.

Durante el reinado de María Tudor, los ingleses tenían prohibido llegar hasta la Guinea portuguesa en busca de esclavos, pero eso no detenía a aquellos más atrevidos. Aunque, por el Tratado de Medina del Campo (1489), Inglaterra y España comerciaban en buena armonía. Los Hawkins tenían incluso un agente comercial en Tenerife, de donde conseguían cargas de azúcar y otros productos para Inglaterra. Allí asistían a los oficios religiosos católicos y se portaban exquisitamente. 

Cuando salían de los puertos canarios atacaban a barcos portugueses que iban hacia el sur (de Guinea a Brasil o vuelta). Ahí se dio cuenta Hawkins del enorme beneficio que supondría el comercio de esclavos con el Nuevo Mundo. Y tuvo una idea propia que le haría rico: organizaría una expedición propia para llevar esclavos de África a las posesiones españolas.

En 1552 partió de Plymouth una flotilla al mando de Hawkins: el “Salomon” de 140 toneles ingleses, el “Swalow” de 30, el “Jonas” de 40 y un cuarto de nombre desconocido. El joven Drake, de 12 años, iba a bordo de alguno como aprendiz.

Navegaron hasta Tenerife, allí contrató a un piloto español, porque no debemos olvidar que los ingleses de mediados del s. XVI no conocían apenas las grandes rutas del Atlántico, ellos sabían moverse por las aguas del Mar del Norte y del Canal de la Mancha; se dirigieron a Sierra Leona donde cargaron esclavos (algunos comprados y otros robados a los portugueses). Asaltaron un barco portugués, que fue enviado a Inglaterra con las mercancías capturadas. En ese barco volvió el joven Francis a casa. Hawkins, mientras tanto, puso rumbo al Caribe español y vendió los esclavos en La Española, volviendo a Inglaterra con un enorme beneficio. 

Los embajadores español y portugués presentaron denuncias por el contrabando. Consiguieron buenas palabras pero poco dinero en restitución. La Corona inglesa tenía mucho que ganar y, para el Rey español sólo era una pequeña molestia


miércoles, 4 de abril de 2018

Zombies en La Línea


Esta mañana los he visto, ha sido horrible. Había visto a alguno por aquí, no de cerca y no muchos. Esta mañana eran cientos, quizá miles, iban andando con sus pasos descoyuntados, como si fuesen cojos o minusválidos sin muletas. Algunos arrastraban los pies, otros tropezaban y se giraban, perdida la orientación tardaban en volver a girar y seguir al resto. Apenas hacían ruido, algún gorgoteo ocasional salía de sus bocas entreabiertas.
Empezaron a llegar en pequeños grupos, venían por la carretera de la Avenida España, los dos carriles de entrada a La Línea estaban despejados de vehículos hasta el Príncipe Alfonso, desde aquí arriba puedo ver a todo lo largo de la línea de costa hasta la curva de entrada a Gibraltar. La Aduana está completamente militarizada, al menos cuatro líneas de alambre de espino, bloques de hormigón impidiendo el paso franco de vehículos. Pero no hay ni un solo soldado, ya no queda nadie. Se replegaron a la Zona Segura de Algeciras. ¡Já!, como si Algeciras fuera un sitio seguro. Sólo hay moros por todos lados. Siempre he odiado esa ciudad.
Los soldados se montaron en sus todoterrenos y se fueron, acarreando a las pocas personas que aún no se habían ido de La Línea. Los ingleses del otro lado los despidieron con caras largas. No parecían contentos de verlos ir. Yo me mantuve escondido en mi piso. Luces cortadas, nada de grifos abiertos. Nadie me va a decir lo que tengo que hacer. Y menos viendo como han llevado el tema de la propagación del virus. Si son incapaces de cuidar de los enfermos cómo coño van a cuidar de los sanos. Dice la radio que debemos reunirnos en las Zonas Seguras del Gobierno. Montones de hombres, mujeres y niños en zonas acotadas por vallas vigiladas por los militares. Eso no es para mí. Y he debido acertar. Algo ha pasado en Algeciras. Todo el día de ayer he visto columnas de humo. He oído explosiones. El día estaba muy claro y he podido ver mucho movimiento en el Puerto, barcos y vehículos llenos de gente intentando huir. Muchos incendios en la ciudad. El caos debe ser espantoso.
Esta mañana, cuando me despejé lo suficiente para prestar atención, casi me cago en los pantalones. Por la Avenida España venía una masa de cuerpos tambaleándose, no tenían prisa, pero sin pausa se dirigían hacia Gibraltar. Estaba claro, el ruido les atraía. Debería avisar a los putos ingleses de alguna manera, pero no quiero atraer la atención sobre mi escondite. Creo que el edificio está vacío pero no las tengo todas conmigo. Podría haber alguna de esas cosas deambulando por algún pasillo.
Es engañoso el paso tambaleante que llevan. Están avanzando mucho en poco tiempo, ya han llegado al restaurante chino del edificio Panorama. Son muchos, deben ser miles. Veo soldados sin armas; policías, guardias civiles, mujeres descalzas. Muchos están sangrando. No, no están sangrando. La sangre está seca, casi coagulada. ¡Cómo coño andan!. ¿Qué ha pasado con esas personas?.
Me cago en el puto Gobierno. Una mierda un virus. Aquí ha pasado algo gordo. He visto a un tipo con medio cuerpo quemado, le falta el brazo derecho más arriba del codo y sigue andando. Ese no está enfermo. Desde aquí arriba no se ven bien los detalles pero esa gente no parece estar bien. Y son muchos; volviendo la vista hacia la carretera veo que la masa llena los cuatro carriles, zigzagueando entre los coches que no llegaron a salir de La Linea.
Los ingleses se han dado cuenta. Debían tener gente a este lado de la frontera. Putos cabrones, como siempre, aprovechándose de la situación. Suenan las sirenas. ¡Gilipollas!. El ruido parece acelerar a esas cosas. Se mueven con decisión. Los veo pasar bajo mi posición, flota un aire de decisión que da miedo. ¿Qué irán a hacer?.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

La guerra de la Roca y la ciudad de las nubes

Hay pocos sucesos en la historia de América y de España como la Guerra de la Roca, pues en escasas ocasiones la realidad ha superado tanto a la fantasía como en la pacificación de los indios queres y la toma de su “ciudad de las nubes”, conocida por los conquistadores como Acoma.
La leyenda de la existencia de una extraña urbe en el aire había llegado a las avanzadillas españolas cuando en 1539 fray Marcos de Niza encontró en Cíbola a unos indios que le hablaron de una enigmática y poderosa ciudad invulnerable, habitada por cientos de poderosos guerreros que se pintaban el cuerpo de negro para la batalla y construida en las rocas. La llamaban Hakuque y decían que era inconquistable. Edificada en medio de una llanura, en un valle de casi 5 kms de ancho y rodeado de inmensos precipicios, había sido edificada por los queres en lo alto. Para llegar a ella era necesario subir un peligroso camino por pequeñas sendas en las que un tropiezo o un descuido suponía caer desde más de cien metros de altura. Coronado la visitó y fue recibido con sorpresa y buenas maneras.
50 años más tarde, en 1598 la poderosa expedición de Juan de Oñate llegó al lugar. Los soldados cubiertos de hierro de Oñate, con sus caballos y armas de fuego, hicieron que los pueblo se sintiesen intimidados y decidieran que era mejor colaborar. Viendo que los extranjeros respetaban sus vidas, familias y haciendas, resolvieron someterse a los dictados de los españoles hasta ver como evolucionaban las cosas.
Optimista por la falta de reacción armada, Oñate fundó San Gabriel, la segunda ciudad española en antigüedad de los actuales EEUU (desaparecida, junta a la actual Chamita), y comenzó a poblar y explorar el nuevo territorio. Para mejorar las relaciones con los indios decidió concentrar a los representantes de las principales tribus en Gupuy (Santo Domingo). Allí los queres, tigua y jemez aceptaron jurar fidelidad a la Corona de España y comportarse como leales aliados, y en septiembre de 1598, en San Juan, se celebró otra conferencia similar a la anterior que logró la sumisión de los tanos, los picuries, los tehuas e incluso los lejanos taos. Todo iba bien y la situación parecía controlada, pero para asegurarse, Oñate envió a su asistente personal, Juan de Zaldívar, a explorar las llanuras del este, acompañado de 50 jinetes. La misión era comprobar si el camino era practicable para el grueso de las fuerzas de Oñate, Mientras tanto, Oñate y los suyos continuaron en dirección a Acoma, llegaron allí el día 27 de octubre. Impresionado por la ciudad que se levantaba hacia el cielo, Oñate quedó contento al ver que los notables de la ciudad bajaban hasta su improvisado campamento para someterse. Al igual que en las ocasiones anteriores se repitieron los juramentos de fidelidad y las promesas de amistad. Lo que no sabía Oñate es que los indios, alarmados por el poder de los extraños guerreros blancos, habían decidido eliminarlos y pensaban que si su caudillo caía sería sencillo deshacerse del resto, así que resolvieron acabar con su vida.
Para ello invitaron a Oñate y a sus compañeros a subir a la ciudad. A los pies quedó una pequeña escolta con los caballos, y Oñate con una decena de hombres acompañó a los queres para visitar Acoma. Impresionados por los estrechos senderos abiertos al vacío en el ascenso, los visitantes contemplaron asombrados las casas de varios pisos con terrazas y los estanques en los que se recogía el agua de lluvia.
Por alguna razón que no conocemos, tal vez por la intimidatoria presencia de los caballeros en sus armaduras, los indios no pusieron en marcha el plan acordado para asesinar al líder y sus seguidores. Los españoles recorrieron toda la ciudad y fueron acompañados amablemente hasta la bases de la inmensa montaña rocosa, donde montaron y continuaron su marcha.
La encerrona
Zaldívar, siguiendo las órdenes que tenía, salió a la búsqueda de su comandante en jefe, llegando a Acoma el 4 de diciembre de 1598, al igual que Oñate fue magníficamente acogido e invitado a subir. Su pequeña unidad de 30 hombres era muy pequeña para salir victoriosa si había un enfrentamiento y Zaldívar, muy experimentado, sabía que era muy peligroso dejarse convencer por los indios para acompañarles donde ellos quería. Aceptó a pesar de sus recelos. Dejó 14 hombres con los caballos y subió con la otra mitad a lo alto de la ciudad. Así, los 16 españoles que formaban el grupo de visita, se fueron dispersando por la ciudad mientras los habitantes les iban enseñando el lugar, agasajándoles y tratándoles con extremada amabilidad.
De repente, cuando el jefe de la tribu se dio cuenta de que los españoles estaban muy dispersos y les sería difícil defenderse bien dio un salvaje grito de guerra y todos los indios, desde los niños a las mujeres y los ancianos, comenzaron a atacar a los españoles con mazas, macanas, piedras, cuchillos de piedra y casi cualquier cosa que tuvieran a mano.
La lucha fue desigual y brutal. Sorprendidos por lo que estaba ocurriendo, la mayor parte de los españoles fueron cayendo a golpes, entre ellos Zaldívar, pero lo que los habitantes de Acoma desconocían era la naturaleza férrea de la gente a la que se estaban enfrentando. A pesar de la terrible desventaja, los feroces guerreros castellanos respondieron con un valor sobrecogedor y se defendieron del ataque a la desesperada, matando a decenas de sus enemigos antes de caer luchando abrumados por el número.
A golpes de espada, con cuchillos o con las manos y gritando ¡Castilla! Y ¡Santiago!, los españoles se buscaron entre las callejuelas y casas, abriéndose paso entre la masa de agresores y dejando a su paso un rastro de sangre, huesos rotos, heridos y muertos.
En medio de la lluvia de piedras y flechas, cinco supervivientes se reunieron para intentar alcanzar el sendero de bajada, pero no lo lograron y lentamente fueron empujados hacia el precipicio. Sin pólvora, usando los mosquetes como mazas, con los aceros chorreando sangre, cubiertos de heridas y acribillados de flechas clavadas en sus coseletes y armaduras, siguieron cerrando como leones acorralados un círculo a su alrededor cada vez más pequeño.
Además de Zaldívar habían caído dos oficiales, seis soldados y los dos indios cristianos –guerreros de Tlaxcala – que les acompañaban. Sólo quedaban cinco hombres desesperados rodeados de enemigos enloquecidos. Cuatro eran soldados rasos y el otro era el alguacil mayor Juan Tamaro. No había salida, habían realizado una defensa heroica y valerosa y sabían que iban a morir, así que en la locura del combate y viendo que estaban perdidos, saltaron al vacío desde una altura de algo más de 40 metros.
Todavía hoy, más de 400 años después del suceso, no se sabe aún como ocurrió el milagro de que cuatro de ellos se salvaran de semejante salto (se cree que las dunas de arena traídas por el viento fueron la causa de su salvación. Ni que decir tiene que las caras de incredulidad de sus compañeros debían de ser dignas de verse) y sólo uno muriera. Sus compañeros, al verles caer, horrorizados por lo que sospechaban que estaba ocurriendo en lo alto de la ciudad, ayudaron rápidamente a los supervivientes y se refugiaron bajo los riscos, donde estuvieron unos días en tanto los heridos se recuperaban.
Podría parecer extraño que siguieran allí a pesar del peligro, pero los españoles conservaban los caballos y mantuvieron la guardia en un refugio en el que estaban a salvo de los proyectiles que les pudieran lanzar desde arriba. Alertados en previsión de un ataque, esperaron el momento oportuno y abandonaron el lugar. Todos sabían que lo ocurrido era el preludio de una revuelta de gran envergadura, y que los escasos españoles que había en la región tendrían que enfrentarse a los más de 30.000 indios pueblo que podían alzarse en armas. La situación era grave.
Conscientes del peligro, los españoles se dividieron en tres grupos, de los cuales el primero debía avisar a los colonos de San Gabriel del peligro que les amenazaba y conducir a los heridos; el segundo, dirigirse a Moqui y alertar a Oñate y al grueso de las fuerzas españoles en la región; y el tercero, avisar a misioneros aislados de lo que estaba ocurriendo.
Una vez más, la ventaja decisiva del caballo permitió que todos los españoles se reunieran en San Gabriel. En la pequeña población, apenas fortificada, se habían instalado los pedreros que estaban disponibles (única artillería que había) en la plaza de armas y los soldados se apostaron con sus mosquetes y arcabuces en las improvisadas fortificaciones, en las que hasta las mujeres defendían las azoteas de las casas. Los niños y los indios fieles se encargaron de reunir provisiones por si había que aguantar un asedio, se levantaron barricadas, parapetos y se dotó al pueblo de defensas mínimamente sólidas.
Oñate, ya maduro y experimentado, sabía que debía de responder al desafío, pues de lo contrario los indios pueblo en masa se unirían a los rebeldes y aplastarían el incipiente Nuevo México español. Pero había un problema, apenas contaba con 200 hombres y si quería tener éxito debía conquistar la más inexpugnable de las alturas.
Acoma contaba con unos 300 guerreros, a los que había que sumar un centenar de indios navajo que se les habían unido.  En total los queres y navajos disponía de casi medio millar de hombres en una fortaleza imposible de someter. Además, aunque los españoles podía barrer del campo con sus armas y caballos a un gran ejército de indios a pie, en el caso de Acoma las cosas no eran tan sencillas, pues había que subir por un sendero imposible que hacía fácil la defensa.
Aún así, Oñate sabía que la vida de la colonia, de las mujeres y de los niños dependía de si podía tomar la inconquistable ciudad del cielo. La elección era sencilla, o los españoles tomaban Acoma o desaparecían de Nuevo México.
Más allá de lo posible
En una junta de guerra se planteó la situación en toda su crudeza. Oñate pensó que él debía liderar la operación, pero había alguien que le disputó el honor. Se trataba del sargento mayor, Vicente Zaldívar, hermano del ayudante de Oñate, quien pidió capitanear la expedición contra Acoma. Nadie osó rechistar y se le entregó el mando de la operación de castigo que debía de salvar la nueva provincia para España.
El 12 de enero de 1599 el ejército de Nueva México, formado por 70 hombres partió a la búsqueda de la victoria o la muerte. Eran soldados viejos y solo entendían una forma de enfrentar la vida, así que la decisión fue simple: o todo o nada.
Las tropas de la minúscula expedición llevaban como artillería un rudimentario pedrero a lomos de un caballo. Apenas un puñado de oficiales disponía de arneses de calidad y el resto de la tropa se conformaba con escarcelas, herrumbrosas cotas de malla, petos acolchados y morriones de hierro. Sus armas ofensivas eran espadas y dagas, picas, unas pocas alabardas y algunos mosquetes y arcabuces. Sólo los oficiales disponían de alguna pistola de rueda. Todos conocían lo que era y significaba Acoma y ninguno pensaba en regresar ni en retroceder. De hecho nadie lo hizo.
El 22 de enero divisaron la impresionante roca en la que se levantaba altiva la ciudad. Los queres sabían ya que los españoles se acercaban y se habían preparado a conciencia. Habían acumulado provisiones, armas y, sobre todo, estaban convencidos de que podían derrotar a los demonios blancos y barbados, pues parecía imposible subir hasta lo más alto de la roca atravesando las barreras que habían situado en el camino. En las lindes de los precipicios, en las rocas y peñas y en las casas, terrazas y azoteas, centenares de guerreros con el cuerpo pintado de negro aullaban y maldecían al viento confiados en su fuerza. Para Acoma era la hora de la verdad, para los hombres de Zaldívar también.
Al pie de la inmensa formación rocosa los españoles se detuvieron. Sabían perfectamente que los gritos de desafío de los guerreros indios estaban dirigidos a ellos para acobardarles, pero algo así no iba a perturbar su calma y su decisión. Eran los herederos de mil años de guerra, de mil años de dedicación combativa.
Un heraldo se acercó y, después de hacer sonar la trompeta como aviso, reclamó la entrega de los culpables de la muerte de Zaldívar y sus compañeros. Tres veces lo exigió en nombre del rey, en medio de los insultos, amenazas y un griterío ensordecedor. Sólo se pretendía castigar a los culpables y Acoma no sufriría daño alguno.
Los enfurecidos indios no pararon de lanzar imprecaciones y cuando los españoles se aproximaron les cayó una lluvia de piedras y flechas. Sintiéndose protegidos por la altura, la fortaleza de sus defensas y el número de sus guerreros, los indios despreciaron las amenazas del insignificante ejército que les desafiaba.
El objetivo de Zaldívar era claro, con los medios de los que disponía era imposible el éxito, pero si conseguía la entrega de los culpables de la matanza y los sometía a un castigo ejemplar, tras un juicio en San Gabriel, era posible lograr la pacificación del territorio sin demasiado coste. Si por el contrario no había un acuerdo su código de honor y su deber le exigían tomar Acoma por la fuerza, algo sin duda más fácil de decir que de hacer.
Durante toda la noche, los españoles acampados al raso, debajo de la mole de la roca, escucharon los gritos de los indios en la cumbre. El viento arrastraba los ecos de sus cantos en las danzas guerreras con las que ya celebraban su segura victoria. Pero no sabían que quienes estaba debajo eran los compatriotas de quienes durante el último siglo habían cambiado la historia del mundo. Aunque aquellos españoles eran pocos y estaban solos, el problema para los indios queres es que no estaban dispuestos a perder, y la hazaña que iban a hacer al día siguiente no tendría parangón en la historia. Comenzaba a amanecer el 22 de enero de 1599.
Doce hombres elegidos –se habían dividido en grupos de 12 con diferentes misiones-, fueron enviados durante la noche a la parte más escabrosa del talud cargando con el pedrero que arrastraban con cuerdas. A pesar de que debían escalar, se armaron lo mejor que pudieron, y con sus espadas, dagas, cotas y corazas empezaron a remontar el cerro. Habían engrasado el metal para que no hiciese ruido y las piezas metálicas de las armaduras habían sido pintadas de negro –algo habitual para evitar la herrumbre- lo que hacía difícil verles. También habían oscurecido sus rostros, como los modernos comandos, y lentamente iniciaron la subida al borde del vacío, apoyándose unos a otros con cuerdas y arrastrando también su pequeño cañón y unos pocos arcabuces.
Para los indios de Acoma, el primer intento español comenzó al romper el alba, cuando Zaldívar envío a sus escasos mosqueteros y arcabuceros contra el lado norte de la roca. Desde allí comenzaron a disparar en tandas contra los indios, a los que causaron poco daño, pues para garantizar el éxito de las armas de fuego debían de acercarse aún más. Así lo hicieron pero los defensores, encaramados en los farallones y rocas, les acribillaron a flechazos y pedradas, e hirieron a varios.
Mientras el ataque de diversión se producía en el lado norte, los doce escaladores habían alcanzado lo más alto de un inmenso farallón separado por un profundo tajo del núcleo de la ciudad, y al atardecer cargaron el cañón y dispararon. El impacto del proyectil destrozó la pared de una de las casas de adobe y demostró a los indios que la defensa no iba a ser tan fácil.
Durante la noche varios grupos de soldados talaron los pocos pinos que había y los subieron hasta donde estaban los doce soldados y el pedrero. Todos, menos un grupo que quedó debajo guardando los caballos, subieron hasta el farallón y se ocultaron en las grietas y hendiduras. Con los troncos que llevaban y unas cuerdas fabricaron durante la noche un pequeño e inestable puente portátil.
En la madrugada del 23 de enero una sección de atacantes inició una carrera que sorprendió a los defensores. Cuando estos se quisieron dar cuenta los españoles habían tendido su tosca pasarela por encima del tajo, pese a la lluvia de flechas y piedras de los indios. Ya estaba un grupo de atacantes al otro lado cuando uno de los soldados cortó sin querer la cuerda que unía la pasarela, que cayó al abismo. Ahora el grupo estaba aislado de sus compañeros por un corte en la roca de decena de metros de profundidad y los defensores se dispusieron a acabar con ellos.
Separados de sus compañeros y atacados por una muchedumbre de enemigos, los españoles tenían que acabar sucumbiendo por el cansancio y las heridas. A corta distancia, sus armas de acero y su habilidad como espadachines les daba una notable ventaja que aumentaba con las recias protecciones que llevaban, pero también el peso de las armas les agotaba en la lucha contra cientos de enemigos que, además, se relevaban una y otra vez con nuevos combatientes. La situación reclamaba un héroe o un milagro y encontró ambas cosas.
Los arcabuceros concentrados al otro lado del tajo no podía disparar contra la masa de combatientes, pues podía herir  matar a sus compañeros, y veían con desesperación la dramática lucha que se desarrollaba al otro lado. En ese momento, Gaspar Pérez de Villagrá salió corriendo hacia el precipicio y dando un salto inconcebible alcanzó el otro lado de la sima. Con el apoyo de sus acorralados compañeros, alcanzó la cuerda de la pasarela y la aseguró de nuevo. Había otra vez un paso, por el que los soldados de Zaldívar pudieron cruzar para ayudar a sus compañeros.
Lo que ocurrió en las horas siguientes fue uno de los combates más feroces de la historia de América del Norte. Con una desproporción de uno contra diez, los españoles comenzaron a abrirse paso entre los enjambres de guerreros indios que les acosaban y con sus picas, alabardas, dagas y espadas avanzaron metro a metro, combatiendo contra enemigos cargados de valor que les disputaron cada esquina y cada piedra de la ciudad. La lucha fue brutal. Aturdidos por los golpes de mazas y macanas, por los cortes de los cuchillos y clavas de piedra y acribillados de flechas hasta el extremo de parecer erizos, los hombres del grupo de Zaldívar se fueron apoderando de la ciudad.
Atemorizados ante seres que no parecían humanos, los defensores se refugiaron en sus casas, que por si mismas, con sus techos planos y sus terrazas constituían excelentes posiciones defensivas. La Roca había caído, pero quedaba aún la ciudad de Acoma, un espacio de casi medio km de muros entrelazados como en un complejo laberinto. Enfrente, con las armaduras y los cascos abollados, sangrando por mil heridas y con contusiones y huesos rotos, los españoles supervivientes se concentraron una vez más dispuestos a acabar de una vez con la resistencia.
De nuevo se repitió la ceremonia y un heraldo conminó a la rendición a los defensores, a los que se prometió el perdón si se declaraban súbditos del rey de España. Tres veces se repitió la oferta de rendición y por tres veces fue rechazada. Zaldívar ordenó tomar casa por casa.
El pedrero se colocó en primera línea y disparó contra las casas. Fue un proceso lento y sangriento, cada disparo del cañón demolía una pared o abría una brecha en los muros, por la que los rodeleros y piqueros españoles se introducían para acabar con los defensores con sus espadas y cuchillos de acero.
A los aullidos de los guerreros se unían los gritos de las mujeres y de los niños, más aún cuando algunas casas empezaron a arder. Una gran cantidad de humo comenzó a invadir la ciudad, dificultando la respiración y la visión. En medio de la confusión algunas casas se hundieron al caer los techos y a los españoles les costó sacar a mujeres y niños para que no cayesen abrasados entre las llamas o murieran de asfixia por la densa humareda.
La rendición
En la tarde del 24 de enero los defensores comenzaron a flaquear. Muchos de ellos, desesperados, se lanzaron al vacío antes que rendirse (dos de ellos se salvaron) y poco después los ancianos salieron de sus refugios y pidieron tregua, algo que los agobiados y agotados españoles aceptaron de inmediato.
La práctica totalidad de los aliados navajo habían caído, al igual que los responsables de la muerte de Juan Zaldívar y sus compañeros, por lo que su hermano concluyó que no era preciso más castigo. La ciudad de Acoma había quedado en ruinas y dos terceras partes de sus casas estaban destruidas. Todos los almacenes, en los que guardaban provisiones, estaban arrasados. Quinientos de sus defensores (en una ciudad de 1000 hombres) estaban muertos y todo el trabajo de años de acarrear piedras, arcilla, adobe y madera hasta la cumbre se habían perdido y sería necesario comenzar de nuevo. El castigo sufrido había sido terrible.
En los alrededores de Acoma pronto se supo que los diablos blancos habían tomado la ciudad de las nubes y que los invencibles queres habían perdido su inconquistable ciudadela. El miedo cundió entre los indios pueblo que esperaban el momento de acabar con los españoles de San Gabriel, y concluyeron que estos debían de estar protegidos por algún embrujo o poder oculto y decidieron presentarse ante Oñate en señal de sumisión, llegado al extremo de entregarle a los queres que se habían refugiado entre ellos.
De esta manera, el conquistador de Nuevo México supo de la victoria de Zaldívar, que llegó poco días después con sus hombres tras una dura marcha en medio de la nieve. Todos los españoles estaban heridos y toda su vida guardaron en sus terribles cicatrices el recuerdo de uno de los combates más asombrosos que recuerda la historia. Habían tenido sólo dos muertos y uno de ellos, Lorenzo Saldo por fuego amigo, ya que lo abatió por error su compañero Arsenio Archuleta. También llevaba Zaldívar a 80 muchachas de Acoma para que fuesen educadas por las monjas en México.

Fuente: Martínez Láinez, F.; Canales Torres, C. Banderas lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales EE.UU.

sábado, 24 de junio de 2017

Celebración de cumple

-¡Me estoy meando!.- Me levanté del taburete y me dirigí al fondo del garito donde habíamos empezado la noche y de donde aún no nos habíamos movido. El mariconazo de Juan estaba en su salsa, el cabrón. Pero bueno, qué le íbamos a hacer, estábamos celebrando su cumpleaños y estaba desatado cantando en el pequeño escenario con karaoke todas las canciones de ABBA.
Al llegar al meadero sólo había dos tipos jovencitos esperando en la puerta. Al preguntar quién era el último se miraron y se sonrieron.
–Podemos ser quién tú quieras- me dijo el moreno de la camiseta de Queen. Me sonrió sacando la punta de la lengua.
 – No, no entiendo. Sólo estoy acompañando a un amigo que hoy cumple años- les conté. No se sorprendieron aunque sí me repasaron de arriba abajo con la mirada. Se apartaron de la puerta lo justo para que pudiera entrar rozándome con los codos.
El baño estaba muy limpio, supongo que era temprano. La única puerta de las tazas estaba cerrada y se escuchaban jadeos y golpetazos. O me esperaba o me arriesgaba a mear contra la letrina que recorría la pared del fondo. La que tenía un espejo a todo lo largo justo a la altura adecuada. No pude esperar, separé las piernas y me bajé la cremallera. Estuve orinando más de cinco minutos intentando no oír los gritos y aplausos que se filtraban del otro lado de la pared. Se que no tengo una polla especialmente grande pero los mariconazos se lo estaban pasando en grande. No quería ni imaginarme los comentarios de las locas. Cuando terminé me tomé mi tiempo colocándome el paquete. Me giré hacía el lavamanos y vi a un jovencito mirándome desde la puerta abierta, tenía los pantalones bajados y los calzoncillos marcados con una gran mancha. Detrás de él se veía a un calvo más viejo que nosotros  con cara de satisfacción metiéndole unos billetes en la pechera de la camiseta de Morrisey. El calvo salió del baño sin refrescarse ni despedirse. Al momento entraron los dos que estaban esperando fuera.
-¿Estás bien? dijeron al unísono. Al ver la cara de su amigo se tranquilizaron. Los tres se abrazaron, terminó de subirse los pantalones y riéndose salieron.
Al llegar a mi taburete vi a Juan morreándose con un negro, cubano creo recordar que nos había dicho que era cuando se presentó. Tuve que zarandear a Juan varias veces para que se despegara de los músculos del maromo.
 –Pídele el teléfono que nos vamos-. Inocente de mí, debí sospechar cuando no protestó y se levantó al momento. Salimos del local y entonces me cogió del brazo.
- Espera un segundo. Me giré hacia él y vi que no íbamos a celebrar su cumpleaños juntos.
-Quieres comerte al negrito, ¿eh?. Se me quedó mirando con esa sonrisa de pandillero juvenil. Sólo asintió una vez y me dio un fuerte abrazo.
 –Lo siento –susurró- se que soy una perra.
–No pasa nada, es tu cumple, debes hacer lo que quieras.
¿Qué le podía decir?. Acababa de salir del armario y estaba desatado después de 30 años de fingimientos. Que yo acabara de divorciarme no quería decir que los dos debiéramos estar jodidos. Al menos uno de los dos podría follar sin ataduras.
– Usa condón siempre. Sin excusas. ¿Está claro?- le dije cogiéndole la cara con las dos manos y con mi voz más seria. Me sentí extraño haciéndolo, era mi amigo del instituto y de la facultad; y yo lo trataba como a un hermano pequeño que sale por primera vez con una tía.
- Tengo extra-grandes y de todos los sabores- Se echó a reír al ver mi cara de sorpresa.
Qué rápido se había adaptado a su nueva vida libre de las inhibiciones de la vida como Dios y la Santa Madre Iglesia mandan.  Yo cumpliría los 45 al cabo de unos días y, volvía a estar soltero desde los lejanos 16 años de  3º de BUP, al menos uno de los dos se lo iba a pasar muy bien esa noche.  Nos despedimos con un fuerte abrazo sin palabras. Volvió dentro y yo empecé a andar hacia la Plaza Mayor. 
Una sonrisa me bailaba en el rostro recordando con orgullo mi despedida de soltero. El mariconazo de Juan se ventiló a dos alemanas aquella noche en Sabinillas y ahora se la iba a chupar a un negrata. ¡Las vueltas que da la vida!.

viernes, 26 de agosto de 2016

El asalto al castillo

Los tambores estaban sonando, llamando a todos los hombres a sus puestos.

- ¡Escuchadme todos!. Este es el asalto final. ¡Hoy caerá Castellar!. ¡Abriremos el camino de Gibraltar!.
La soldadesca gritaba enfervorizada. Gritos de ¡Santiago!¡Castilla!¡Aragó! recorrieron las filas de vascones, cántabros, aragoneses, marineros catalanes, peones castellanos, caballeros y jóvenes segundones. Todos aprestándose al combate contra la morisma. 

 -¡Y lo que es mejor, el botín!. El pensamiento de riquezas nos hizo gritar con más fuerzas aún, pues todos queremos que los infieles desaparezcan de nuestra amada España pero para un soldado no hay nada mejor que el saqueo de una ciudad de moros.

Éstos nos miraban desde las almenas del castillo. Hacía pocos meses que había caído el castillo de Jimena donde ahora estaba la frontera entre Castilla y el reino moro de Granada.  Las condiciones de la rendición habían sido muy generosas al haber abierto las puertas el castellano de Jimena. Pero Castellar había decidido resistir y se había decretado ¡a degüello!. ¡Sin piedad para los vencidos!.

El verano había llegado a su fin y pronto llegarían las lluvias, los hombres querían volver a sus hogares para las labores agrícolas de la cosecha y prepararse para el duro invierno del norte. Pocos nos quedaríamos en estas nuevas tierras al sur del río Betis que los moros llamaban Río Grande en su lengua extraña.

- ¡Maestro artillero, a su conveniencia!. La voz de mando llegó clara desde el altozano donde se encontraba el duque de Medina, señor de Sanlúcar, en la desembocadura del gran rio.

El artillero mayor comunicó a los banderolos sus órdenes. En toda la línea los cabrestantes se tensaron y fueron soltadas sus cargas pétreas. Acertaron todos los disparos ya que llevaban varias semanas afinando la puntería. Los muros de la fortaleza resistieron los embates. Los peones miraban con atención mientras se cruzaban apuestas sobre qué lienzo de la muralla caería primero. Los operarios de las catapultas se afanaban con diligencia, ellos también habían apostado y fuerte.

Un griterío se alzó desde el lado sur de la fortaleza. Aguzamos los oídos intentando entender. Al poco se hicieron inteligibles los chillidos de satisfacción de unos y los alaridos de pesar de otros. Había caído el lienzo más cercano al portillo del traidor. Como las olas del mar los infantes y peones nos desplazamos hacía aquel lado. Los clarines de órdenes se apresuraron a transmitir los deseos del duque. En las murallas los moros también se movían. El fin parecía próximo.

Cuando se aposentó el polvo se pudo comprobar la amplitud del boquete. Los rezagados apresuraban sus pasos para colocarse en sus posiciones. Los jóvenes nobles apenas podían refrenar sus cabalgaduras. Todos envidiarían al primer hombre que traspasará las murallas. Y volviese con vida para disfrutar de los favores de las mujeres de la corte del Duque.

- ¡Cubríos, bastardos!. El aviso llegó a tiempo, llovían saetas. Desde las almenas tenían a tiro a las primeras filas de los cristianos que eran empujadas por los retrasados en su afán de acercarse a la primera línea.
De pronto, un clarín sonó nítido en el bello azul del cielo sureño. Por un momento, todos los contendientes aguantamos la respiración asimilando la orden que los oídos recibían.

¡Al ataque! ¡Al ataque!. 

Orden general de avanzar contra el muro derruido. Los hombres saltamos como animales de presa, comenzando a correr por la pequeña pendiente que llevaba hacia el muro. Gritos roncos de aliento y miedo salían de cien gargantas. Los más rápidos comenzaron a adelantarse al resto. Eran los más jóvenes y menos protegidos para el combate. Calleron segados por los virotes y flechas de los moros. Los gritos de guerra se vieron superados por los de dolor y muerte.
La segunda oleada, donde yo iba, pasó por encima de los caídos. Los sargentos de armas gritaban: ¡Seguid avanzando!¡No os paréis!¡Dios os quiere!¡Muerte al infiel!.  Estábamos mejor equipados: sentí como una flecha se rompía contra mi pecho, la malla que llevaba bajo la camisola me protegió de morir, apenas sentí el golpe, como si chocara con el pico de una mesa de la oficina. Al bajar la vista vi la flecha clavada en la cabeza del león que era mi emblema. Seguí corriendo, la adrenalina me empujaba. Los tres que me adelantaban ya habían llegado al muro. No iba a conseguir los honores por entrar el primero en la fortaleza, mala suerte.  
Vi como el joven don Pedro de Souza, un portugués, caía bajo la cimitarra de un enorme moro. Éste fue empalado por la lanza de Lázaro, un piquero de la lejana Zaragoza. Dos moros cerraron el paso a don Juan de Banderas, un mozárabe de Algeciras, que luchaba a nuestro lado. Fui en su ayuda. Con el hombro aparté a uno que cayó al suelo, pero tropecé y perdí mi espadón. Levanté la cabeza y vi venir una maza erizada de púas. “Madre mía” Todo se puso rojo ante mis ojos. Se acabó.

“ Game Over” era el mensaje que mostraron las gafas de Realidad Virtual. 

Me levanté el ligero casco y miré por el ventanal de los recreativos hacia la mole del Peñón de Gibraltar, sonreí y metí otro billete de 5 euros.

Los tambores comenzaron a sonar.

domingo, 21 de agosto de 2016

La guerra civil de los literatos I

“Queremos una patria totalitaria. El poder ha de ser íntegro para nosotros.... Y cuando llegue el momento, el Parlamento o se somete o desaparece: la democracia será un medio, no un fin.”

Uno lee esta frase en un panfleto amarillento y no sabe si la dijo Goebbels o Trostki.

“Ahora, cuando nos lancemos por segunda vez a la calle, que no nos hable de generosidades ni de respetar personas y coas. Vamos a la toma del Poder como sea, para establecer la dictadura.”

¿Y ésta?, quién la dijo, ¿Onésimo Redondo o Ledesma Ramos?.

Son frases que como las fotos viejas nos suenan a conocidas, sabemos que son de la familia pero somos incapaces de adjudicárselas a un tío o a un primo o a un abuelo determinado.

La primera es del clerical Gil Robles y la pronunció en 1933, la segunda es de Largo Caballero y la dijo poco antes del estallido de la guerra.

Incluso uno que intentó mantenerse apartado de las banderías, Antonio Machado, cargaba sus frases con pólvora: “Es don Miguel de Unamuno la figura más alta de la actual política española. Él ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus, de la cual ha de surgir (cuando surja) una España nueva.” , Segovia, 15 de marzo de 1930.

El ambiente empezó a cargarse de electricidad. Las mayores atrocidades parecía anunciadas, y cuando acababan por cumplirse, nadie se extrañaba de ello: ni asesinatos, ni complots, ni pronunciamientos cuarteleros, ni quema de iglesias o conventos, ni matanzas de campesinos, ni.....

Dijo Dionisio Ridruejo: “En su inmensa mayoría, los pensadores, profesores y escritores que tenían vigencia en el decenio del 23 al 33 eran liberales o se interesaban por el socialismo o el anarquismo.” A partir del 33 y hasta desembocar en 1936, unos tiraron para la izquierda y otros para la derecha. Entre los viejos del 98 la mayoría se quedó donde estaba o se quitó de en medio con discreción.


Andres Trapiello, Las Armas y las Letras. Literatura y guerra civil, 1936-39

viernes, 15 de julio de 2016

Corpus de Sangre II

La presunta muerte del consejero Massana fue la que hoy en día da fuerza al mito catalanista: la defensa de los poderes locales por la sincera mayoría de los barceloneses obviando, claro está, la revuelta de los segadores.
Los miembros del Consell del Cent fueron llamados a reunión, se encontraron al conseller en cap sin saber qué hacer, esperando que alguien le dijera qué dirección tomar. A lo que hay que añadir la información sobre la no huida del virrey, los consejeros estaban anonadados. Mandando llamar a los obispos de Urgel y Vic, el virrey quería saber qué iba a hacer el gobierno de la ciudad para protegerlo. Al llegar a las Atarazanas los obispos se encontraron con unas quinientas personas entre notarios, fiscales, militares y castellanófilos declarados. El virrey estaba muy asustado después de enterarse de la muerte del conseller Massana. El obispo Manrique consiguió convencerlo para abordar una galera genovesa que llegaba a puerto. El virrey se fue a la playa a esperar el esquife.
Los segadores iban envalentonándose por momentos. Mandaron un grupito a parlamentar con los pescadores del barrio de la Ribera. Allí contaron todas las tropelías que les habían hecho los gobernantes de la ciudad, aún daban vivas al rey, a través de la milicia. Los pescadores se encalabrinaron y, reventando la puerta del duque de Cardona, entraron en la ciudad apoderándose del baluarte de Santa Eulalia que dominaba las Atarazanas y la zona de costa donde estaba esperando el virrey. Los pescadores, ni cortos ni perezosos, desembrazaron el cañón del baluarte y apuntaron hacia los barcos que estaban en puerto, y sí, hacia la galera genovesa que estaba llegando cerca de tierra. Afortunadamente no eran artilleros por lo que el primer disparo fue a dar al agua. El que estaba al mando tuvo la suerte de encontrar un artillero que andaba por allí con su uniforme, y obligarle, a punta de pedrero, a cargar y disparar el cañón. Éste lo hizo pero con la picardía de no cargar la mano en la pólvora, con el resultado previsible de no acertar a la galera pero acercándose mucho para no levantar la liebre con los amotinados. Los genoveses voltearon las velas e hicieron como que volvían a mar abierto. Todo esto lo contemplaba el virrey con el agua por los corvejones esperando a los esquifes;  tuvo que volver con su séquito a las Atarazanas. Y siguieron los malos consejos, alguien propuso que el virrey se resguardase en el llamado baluarte del Rey, en la zona de la muralla más cercana al castillo de Montjuich. Pero, por desgracia, obligaba a atravesar una  playa. Los que estaban en las Atarazanas se dieron cuenta que la galera genovesa no se había largado sino que se había apartado del rango de fuego de los amotinados pero que había ordenado a los esquifes que buscaran un lugar donde poder embarcar al virrey. Pero no pudo ser, el virrey a pesar de todo el miedo que llevaba encima decidió renunciar a embarcar. Se dirigió a las Atarazanas en un momento de calma total.
Era la calma que precede a la tempestad.
El populacho consiguió derribar las puertas. Entraron en Atarazanas bramando el viejo grito medieval catalán: “¡A carn, a carn!”. Democrático y políticamente correcto que te rilas por las patas abajo. Y claro, nada más cruzar las puertas, la milicia ciudadana se puso de parte de los amotinados. A fin de cuentas eran tan catalanes cómo los que atacaban. Los castellanos y sus aliados huyeron como alma que lleva al diablo en dirección a Montjuich, o sea en dirección al baluarte. Como una riada empujaron al virrey hacia éste. Pero los perseguidores les iban a la zaga. Todos se mezclaron en el interior, el virrey fue puesto a resguardo en una habitación pero la presión de los atacados y los atacantes impidió protegerlo. En su desespero saltó por un ventanal desde unos cuatro metros de altura. Del hostiazo quedó conmocionado. Dos fieles, Santiago Domínguez, andaluz, y el capitán Magí Esteve consiguieron ponerlo de pie y llevárselo. Se dirigieron hacia la playa, pero los esquifes se estaban retirando aguijoneados por los que sí habían conseguido llegar en primer lugar, y no estaban dispuestos a esperar a nadie; ni siquiera al puñetero virrey. Tuvieron que ir andando hacia la montaña de Montjuich, el gordo virrey cayó exhausto. Allí dio su última orden: 
“’!Que nadie hable castellano!”
Santa Coloma, viendo llegar a los segadores, saltó hacia otra roca, pero se dio una hostia de padre y muy señor mío. Una partida de segadores y marineros lo encontró medio desmayado y sin pensárselo ni mucho ni poco le hicieron unos ojales con sus dagas, matándolo. Nada más hacerlo debieron darse cuenta del sacrilegio que habían cometido pues perdonaron la vida a los dos acompañantes del difunto virrey. Con la peregrina razón de que ambos eran catalanes. Cosa que no se sostiene pues uno de ellos, Dominguez de la Mora, era andaluz, aunque hablaba un catalán perfecto y, el muerto virrey era un catalán de pura cepa.

Las instituciones locales barcelonesas se revelaron totalmente inoperativas. Fuera para defender al virrey o para enfrentársele, lo cierto es que ni el Consell del Cent ni la Diputación sirvieron como fuerza alternativa, ni para los castellanos ni para la turba incontrolada de los segadores amotinados. Esta es una de las muchas paradojas que la actual autonomía catalana prefiere ignorar. El conseller en cap del momento no supo, ni pudo, estar a la altura de sus responsabilidades, era un hombre mayor, débil de espíritu y de cuerpo. Los consejeros le iban a la zaga; debió ser terrible para ellos no poder responder a todas las peticiones de ayuda y protección que recibieron ese día. 
El Consell del Cent redactó una carta dirigida al rey en la que culpaban de todo a los excesos de las tropas acantonada en Cataluña, con razón; pero también intentaban minimizar los daños ocasionados por los segadores y los milicianos unidos, sin razón.
A la mañana siguiente, día 8, consiguieron, por fin, convencer a los segadores para que abandonaran Barcelona. Pero los amotinados nada más salir de la ciudad se dieron cuenta que eran ellos los que mandaban en la ciudad y volvieron a ella. Se dirigieron al convento de Santa Madrona donde estaban refugiados muchos de los que sobrevivieron a Montjuich. Los monjes intentaron protegerlos dándoles sayales y tocas frailunos; fueron descubiertos al mirarles las botas. La matanza fue de órdago.
En un día lleno de hechos execrables, uno sobresale sobre todos. Les llegó la noticia a los segadores que estaban en la calle Ancha que había muerto un segador en la posada de María Calvet. Se dirigieron hacia ella, allí encontraron a un segador con un tiro en el pecho. Se les dijo que María Calvet había ido al hospital de la Santa Cruz. Y sólo con esta frase decidieron que la mujer era la culpable del asesinato.
María Calvet había ido al hospital de la Santa Cruz llevando a Miquel de Segarra, el segador que se había peleado, y matado, al primero. Segarra murió de las heridas nada más llegar al hospital y María Calvet estaba allí sin hacer nada. Los segadores llegaron y rodearon el hospital y a voces reclamaron que saliera. Cuando supo que la quería matar, María se negó a salir. Cómo defensores de la autonomía catalana en contra del opresor castellano, los segadores hicieron lo más lógico, anunciaron que iban a quemar el hospital. Un hospital lleno, no de pérfidos castellano, sino de catalanes enfermos y heridos. Y los segadores estaban dispuestos a quemarlos vivos si no entregaban a la mujer que había cometido el terrible delito de auxiliar a un herido.
El obispo Gil Manrique intentó aplacar a los revoltosos. Pero no hubo forma, o María Calvet o quemaban el hospital. El propio obispo acompañó a la mujer hasta la puerta. Donde los valientes luchadores por las libertades catalanas la hicieron ponerse de rodillas y la mataron a tiros.
Y así siguió unos días hasta que el Consejo del Ciento consiguió que los segadores abandonaran la ciudad  pero el mal ya estaba hecho. Lo que había comenzado desde el mediodía del Corpus de Sangre como un desorden de orden público pasó a ser una protesta nacionalista que llevaría a una guerra, la guerra de Cataluña enmarcada en un momento de debilidad del gobierno central en España. Llevaría a la pérdida de Portugal como parte del imperio español y a una larga guerra de recuperación de Cataluña desde 1641 hasta 1652.