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lunes, 24 de septiembre de 2012

Los dientes de la emperatriz


He tenido el honor de ser presentada a muchas princesas de sangre, y debo reconocer que jamás ninguna me ha impresionado tanto como Josefina. Es la elegancia y la majestad. Nunca una reina ha sabido estar mejor en un trono, sin haberlo aprendido. ¡Lástima que la emperatriz haya perdido los dientes!”
Duquesa de Abrantes, 1808

Los dientes de la emperatriz. Es un tema que me viene a la mente cada vez que veo en la tele una serie histórica y cualquiera de los personajes principales y no tan principales, exhibe una dentadura perfecta. Y recordé estos datos que entresaqué de la novela Yo, el Rey de J. A. Vallejo-Nágera del año 1985

La emperatriz Josefina tenía unos pocos dientes negros y carcomidos tras unos labios perfectos. Son una especie de embajadores que traen cartas credenciales de la muerte. En las calaveras siempre impresionan los dientes, tanto los que restan como los que faltan
Hace pocos años se consideraba hermosa toda mujer que no tuviera desfigurado el rostro por las cicatrices de la viruela. El feliz descubrimiento de la vacuna ha disminuido tanto este azote de la humanidad, que en la nueva generación es una rareza. Los admiradores de las mujeres podemos disfrutarlas con un cutis de seda, que en la juventud de Napoleón era un preciado privilegio. Hoy, en 1808, encontramos bella a toda joven con la dentadura completa.
Es evidente que Josefina no olvida un momento su dentadura. Usa el abanico para tapar la boca, en un gesto que logra sea agraciado, destacando la belleza de los ojos en línea horizontal sobre la curva del abanico que se ilumina. Los hombres miramos con predilección cuatro centros del encanto femenino: los ojos, la boca, el escote y las manos. La emperatriz Josefina  con hábil acentuación del anzuelo de los otros tres intenta que olvidemos el cuarto, al que también cuida esforzadamente. Casi todas las personas desdentadas curvan hacia dentro los labios. La emperatriz con la boca cerrada consigue mantener el contorno de sus labios perfectos. Repite el milagro de mantenerlo durante la sonrisa, pero Josefina tiene, como una de sus mayores gracias, un carácter jovial y está inclinada a reír alegremente. Éste es el momento peligroso, que suele resolver con el abanico…..casi siempre. Cuando no lo consigue, el horror, como un látigo envenenado, nos azota el espíritu a los espectadores.
La dentadura de la emperatriz no atormenta sólo su vanidad, sufre dolores agudos, que atenúa con opio. En su neceser de viaje hay dos cajitas circulares de oro: una para el opio en granos, otra lo contiene disuelto en tintura de láudano.
Antes de las comidas, otra situación dramática: suele retirarse a frotar las encías con el polvo y la tintura de láudano. Dicen que el sopor que a veces la obliga a recogerse en su aposento tras el yantar, se debe a esa necesidad de alivio de sus sufrimientos. Durante la comida los disimula con entereza, nadie nota el dolor ni las dificultades para masticar. Jamás realiza esos movimientos con la lengua entre los dientes y la mejilla con que tantas personas vulgares tratan de menguar sus molestias. También ha logrado maestría en el control del movimiento de los labios al hablar. Nadie que no esté prevenido notará su miseria dental. Y todos podemos disfrutar sin menoscabo en la complacencia de su conversación encantadora, del tono dulce, insinuante, acariciador de esta persona de bondad y gracias excepcionales.

Se cuenta que la emperatriz, al conocer a Maria Luisa, esposa del desdichado Carlos IV, quedó sorprendida por los bellos dientes de esta. Al preguntarle cómo había conseguido mantener todos sus dientes a lo largo de su vida, la cachazuda esposa del Borbón le contestó que se los habían hecho unos orfebres de Medina de Rioseco.

sábado, 25 de julio de 2009

Blanca de Castilla, 3ª parte y última

Una personalidad tan avasalladora no había de abandonar la escena por una nimiedad como el hecho de que su hijo bienamado llegara a la mayoría de edad y la plenitud legal de sus poderes. A pesar de esto, Blanca siguió firmando al lado del nombre de Luis IX, y en muchas ocasiones, ella sola. Esta actitud no representaba en modo alguno desamor ni desacato respecto del rey, pues era patente el cariño que le profesaba.

Un momento especialmente dramático para plasmarlo fue aquel en que el rey Luis se despidió de su reino para ir a la Cruzada, en junio de 1248. Blanca no encontraba la hora de dejarle marchar y le fue acompañando varios días mientras él hacía camino. Tras muchas insistencias, se separaron y ella le dijo con llantos y suspiros: «Beau, tendré fils, nunca más te volveré a ver, el corazón me lo dice».

La reina madre acertó. San Luis habría de pasar cuatro años combatiendo en Pales- tina mientras su madre llevaba las riendas de Francia, a los sesenta y cuatro años de edad, cifra notable para entonces. La ausencia del rey complicó el problema más grave que por entonces desazonaba a la regente: como tantas suegras del mundo, la reina de Francia no podía ver a su nuera ni en pintura, y se lo demostraba con su habitual vehemencia. No es improbable que éste fuera el pecado más grave que cometió la virtuosa castellana —aunque, como veremos, se la calumnió con otros—. En efecto, en el acoso y derribo de la mujer de su hijo, la reina llegó a extremos dignos del grand guignol.


Luis IX se había casado con Margarita de Provenza, hija del conde Ramón Berenguer V y de Beatriz de Saboya. Dante conmemoró con un famoso verso la insigne singularidad de esta madre: «Quattro figlie ebbe e ciascuna reina» ('Tuvo cuatro hijas y todas reinas'). No es nada probable que Blanca de Castilla contemplase con simpatía previa la boda de su hijo con aquella princesa, en cuya sangre se refundían la de los Sa- boya, tan traviesos y preocupantes para Francia, con la de los soberanos barcelo-neses, no menos fastidiosos. Lo que sí está claro es que Margarita de Provenza era hermosa y gentil y que San Luis se enamoró locamente de ella, con lo cual entraban en juego unos factores ajenos al control de la regente Blanca, quien no lo podía sufrir.

Preocupada por la salud de su hijo, celosa de su nuera, la mandona regente se pro- puso que los jóvenes esposos durmieran separados y no flaqueó en el ejercicio de una vigilancia cuidadosa, sin importarle la estampa de bruja que daba, encorvada sobre su cayado, recorriendo de noche las habitaciones de los castillos para comprobar si su hijo dormía solo. Los esposos habían de ingeniarse de la forma más novelesca para liberarse de esta inquisición. Por suerte, el bastón de la reina hacía algún ruido cuando se acercaba y los criados eran todo lo cómplices que podían. Así, los esposos se abrazaban a hurtadillas, se separaban corriendo en cuanto oían acercarse a la temida madre, y cada uno se volvía a su alcoba. La reina Blanca llevó este furor al extremo de impacientarse de que su hijo fuera a la cabecera de la cama de su nuera después de un difícil parto que ésta había tenido. Estaba la pobre medio difunta, y la reina insistía en tirar de su hijo para llevárselo de allí. La princesa gimió: «¡Ay de mí, que no me dejáis ver a mi marido, ni viva ni muerta!».

Estas escenas no habrían de durar toda la vida. Tras el climax de las ten- siones que trajo consigo la ausencia del rey y la omnipotencia de Blanca, vino su decadencia física. Se dio cuenta clara de ella y aceleró las medidas para poner a Francia en orden. Luego citó a la abadesa de Maubuisson, de la orden del Císter, para pedirle que la admitiese en el claustro. Vistió su hábito durante el ocaso de su vida y se infligió las más duras penitencias. Falleció en 1252, cuando tenía sesenta y ocho años de edad, tras treinta de reinado. Su hijo, informado mientras seguía en la Cruzada, experimentó un dolor profundísimo.

Anotemos, sobre la marcha, que esas cruzadas de San Luis y otros príncipes cristianos, estudiadas en un libro reciente de Norman Housley, tenían mucho de ex- pansión imperialista y económica, como es ya sabido. La envergadura de la ciudad de Aigues-Mortes, que fue construida durante este reinado para apoyar, según se hizo creer, la empresa cruzada, sigue mostrando hoy, a través de sus ruinas, que se trató en realidad de una gran plaza mercantil fortificada, una especie de mezcla de Gibraltar y Hong-Kong, destinada a robustecer el dominio francés en este área. Así pues, semejante expedición era toda una empresa político-mercantil de vastas dimen-siones, antes que un impulso alucinado de la devoción. En este nivel también, los esfuerzos franceses del tiempo de Blanca de Castilla y de su hijo competían con la Corona de Aragón y sus aspiraciones a ser un emporio mercantil mediterráneo.

Aunque fuera madre de un santo y de una beata —la princesa Isabel, fundadora del monasterio de Longchamp—, Blanca de Castilla conoció, ya en sus mismos días, el mordisco de la calumnia. Como es natural, los historiadores, con mejor o peor volun- tad, recogieron la voz del pueblo, que no siempre es la voz del cielo, y muy a menu- do es la del limbo. Cuando murió Luis VIII, cundió en el estamento proceril, cuya rebeldía hemos indicado ya, la especie de que su viuda le había empujado hacia el otro mundo; que le había envenenado, en una palabra.

¿Ella misma? No tanto. Ella había estado al lado del autor material, según la in- sidia, y, como el presunto homicida era un apuesto, galán y brillante poeta, nada le costó a la imaginación popular montarse una historieta de amores adúlteros entre la reina tenida por virtuosa y este caballero seductor. Se trataba del conde Teobaldo de Champagne y de Brie, hijo del anterior conde del mismo nombre y de Blanca de Na- varra, hermana de Sancho VII «el Fuerte» (1194-1234). En el curso de su obra poéti- ca, el cortesano galanteador —casado varias veces, además—, se dedica a evocar sus primeras visiones de la dama misteriosa, a describir la resistencia de ella, el ren- cor del amante y los encuentros del enamorado con la sobrehumana beldad que le cau- tivó, bastante más o menos a la manera de Dante con su Beatriz. De todos modos, la fantasía del populacho no afinaba tanto y, cuando Teobaldo, invitado por la regente a la coronación de Luis IX, acudió a Reims, fue abucheado por la plebe con los gritos de «¡Envenenador! ¡Asesino!», y se retiró entre confuso y colérico, por lo cual no pudo estar presente en la ceremonia. Más tarde, el conde de Champaña no se sumó a los demás magnates en la rebelión contra la regente y, por el contrario, ostentó una devota fidelidad a su persona. ¿Gratuita?

Lo cierto es que, ejerciendo los derechos derivados de su progenie, el conde poeta se alzó con el reino de Navarra en 1234, al morir Sancho «el Fuerte», último monarca de la dinastía nativa. Con el apoyo de Francia y de su regente, el galán Teobaldo se instaló en el trono y lo ocupó hasta morirse, en 1253, dejándolo luego a sus herede- ros. Estos, más tarde, lo transmitieron a los reyes de Francia por un tiempo y, en suma, a titulares de origen francés, por lo cual, en resumidas cuentas, Navarra estuvo bajo la soberanía de reyes de estirpe francesa hasta que en 1516 Fernando «el Católico» rompió la baraja, volcó la mesa de juego y anexionó aquel reino a su coro- na. Todos estos hechos derivaban de la intensa simpatía de la corte parisiense de Blanca de Castilla por el seductor Teobaldo.

En su propio tiempo, la entrada del conde y la casa de Champaña en el palacio regio de Navarra representaron otro fracaso y otra merma de los derechos y posibilidades de la Corona de Aragón y su egregio monarca Jaime I, que en un momento de indignación emprendió una campaña para invadir Navarra y hacerla suya, en el mismo año sucesorio de 1234. Muchos caballeros navarros lo preferían como rey antes que a Teobaldo y le habían prestado ya juramento de fidelidad. «El Conquistador», poco más tarde, lo pensó mejor y prefirió no enfrentarse con Francia y con cierta parte de los navarros para hacer valer sus derechos. Dedicado como siempre a los temas del sur antes que a los del norte, optó por pensar en la Reconquista en vez de la adquisición de territorios pirenaicos y se prestó a la paz con el francés, con- vertido en nuevo rey de Navarra.

¿Puede hablarse de error, de imprevisión, de candidez? Cierto es que Nava- rra, por su sola posición geográfica, prevalecía sobre media Castilla y habría, en manos de un monarca agresivo y enérgico, coartado toda expansión de la misma hacia el Nordeste. Si se hubiera extendido la Corona de Aragón hasta el golfo de Vizcaya, habríamos visto consolidarse un eje político pirenaico, y tendríamos hoy más unidos a todos sus pobladores, desde los vascos en un extremo hasta los catalanes en otro. Mucha fantasía es ésta, acaso. Volvamos a las realidades indiscutibles: la principal de ellas es que la castellana Blanca fue una gran reina de Francia.

Fin

Ahmete

P.S.: Estos tres artículos han sido intercontextualizados anarosaquintanamente de obras del profesor Pedro Voltes de la Universidad de Barcelona. Uno de los mejores divulgadores de la Historia de España

Blanca de Castilla, 2ª parte

Blanca de Castilla dedicó a su hijo un amor vehemente de leona, y no escasean las anécdotas que lo acreditan. Dícese así que en cierta ocasión no tenía leche en su seno para amamantar a su hijo, por haber estado indispuesta, y el niño lloraba de hambre. Una dama de la corte, que estaba criando a su propio hijo en aquellos días, creyó conducirse muy bien al dar el pecho al príncipe niño, el cual no vaciló en aprovechar la ocasión. La princesa no se enteró y, algo más tarde, ya repuesta, fue a alimentar a su hijo, quien, ahíto, apartó la cara. La dama, con toda candidez, explicó lo ocurrido y la princesa montó en cólera, hizo vomitar al niño la leche que había recibido de la bienintencionada intrusa.

El padre de esta criatura subió al trono de Francia como Luis VIII, llamado por los cronistas «el León», el 6 o el 8 de agosto de 1223. Junto a su esposa Blanca, fue consagrado en Reims por el arzobispo Guillaume de Joinville con todas las solemnidades. Su reinado sería breve: no duró más allá del 8 de noviembre de 1226, fecha en que sucumbió víctima de una disentería. Veinte días más tarde su viuda, la reina castellana, fue nombrada regente de Francia en nombre de su hijo Luis IX, proclamado rey.

En este lugar hemos de recordar que en la mitad sur de Francia, la Occita- nia, había cundido la herejía albigense, la cual, como otros grandes movimientos colectivos de heterodoxia, englobaba diversas tensiones sociales y económicas. El conde de Toulouse, Ramón V, había clamado en el Concilio de Arles de 1177 contra los estragos de la herejía, diciendo: «Ha penetrado por doquier; ha llevado la discordia a todas las familias, separa al marido de la mujer, al hijo del padre; los templos están desiertos y caen en ruinas».

Su hijo y sucesor, Ramón VI, se mostraba condescendiente con los herejes, para gran cólera de los eclesiásticos y de los propietarios. Los albigenses no eran partidarios ni del matrimonio ni de la guerra ni del derecho de propiedad, lo cual les otorga un vivaz colorido moderno.

Tal como ocurriría también hoy, su actitud suscitaba la repulsión de todos los poderes públicos y privados. Cuando hemos hablado antes del buen consejo dado por Santo Domingo de Guzmán a Blanca de Castilla, hemos callado que éste estaba sumamente familiarizado con el problema albigense porque había recorrido el país y predicado con ardor contra los herejes. Tenemos, pues, ante los ojos un esquema de alianza de la Iglesia y la propiedad contra la herejía y el estilo de vida hippy.

A este enfrentamiento se va a añadir otro: el del conde Ramón VI contra los franceses del norte, lo cual es tanto como decir de los señores feudales de sur de Francia contra la realeza de París. Patrocinada por ésta última, en junio de 1209 (los primeros años del matrimonio de Blanca de Castilla), se puso en marcha contra las gentes del sur una «cruzada» La cruzada fue bajando hacia los Pirineos como una apisonadora, machacando por igual a fieles y herejes. Nadie podía sorprenderse de que así fuera, porque todo el mundo tenía claro que el problema de fondo estribaba en que el sur de Francia quedase sojuzgado por el norte, como hubo de ocurrir con todas las consecuencias: desde el saqueo y la violencia hasta la ruina de las potes- tades del país en favor de las invasoras.

Y héte aquí que en esta catástrofe, que duró varios años, tomó tanta parte el soberano aragonés Pedro II (1196-1213) que vino a dejar la piel en ella. El caballe- roso monarca de la Casa de Barcelona se hallaba comprometido con la causa occitana y sentía como propio el hundimiento de aquella sociedad cultivada, ilustre en poesía y gentileza, capitaneada por multitud de amigos personales, densa en pertenencias de la Corona de Aragón. Para complicarle más en la tragedia, los condes de Toulouse, de Foix y Cominges, aterrados ante el alud que bajaba del norte, se colocaron bajo la protección del rey aragonés, así como todos sus vasallos. Indiquemos de paso que con este enorme problema se entremezclaba otro de rango aparentemente menor, pero de importante implicación en el total: el rey Pedro II de Aragón se llevaba mal con su esposa, María de Montpellier (madre de Jaime I «el Conquistador»); deseaba divor-ciarse de ella y casarse con una hija de Felipe Augusto, rey de Francia. Roma le negó la nulidad y frustró su doble ilusión de contraer nuevas nupcias y aproximarse al trono francés.

Si la sentencia papal no se hubiera expedido, el rey Pedro se habría convertido en cuñado del futuro Luis VIII y Blanca de Castilla, no habría participado en la guerra que se avecinaba y hubiera salvado la vida y los intereses, a la par que habría iniciado una aproximación a Francia que habría resultado inédita en su dinastía y prometedora para la suerte de su corona.

Para no entretenernos nos situaremos en la batalla de Muret (13 de septiem- bre de 1213), donde vemos combatir al soberano aragonés contra los «cruzados», al lado de sus amigos y aliados, los señores del mediodía francés y el pueblo tildado de herético. El rey murió en el combate, y con él se hundió buena parte del catafal- co de las posesiones y la influencia de la Corona de Aragón más allá de los Pirineos.

No se puede omitir, para dar color a tan penosa historia, que el rey Pedro fue a la batalla después de haberse pasado toda la noche fornicando, en ejercicio de su famoso entusiasmo erótico, y con tal fogosidad e insistencia que al día siguien- te, cuando oyó misa —la última de su vida—, no se pudo tener en pie durante la lec- tura del Evangelio. Este detalle lo anota con cierta crueldad la crónica escrita por su hijo, «el Conquistador» (1213-1276), el cual, dicho sea de paso, no tenía legiti- midad alguna para reprocharle a su padre las mismas debilidades a las que él cedía con frecuencia.

Habrá ya quedado claro que esta batalla de Muret, fatídica para la presencia de la Corona de Aragón, se dio el año antes del nacimiento de San Luis, reinando en Francia Felipe II Augusto y siendo sus herederos el futuro Luis VIII y su esposa, Blanca de Castilla. El trono aragonés estaba mucho más inseguro que el francés, puesto que su heredero, Jaime I, nacido en el año 1208, tenía entonces cinco años y se hallaba bajo la tutela y cautividad del vencedor de su padre, Simón de Monfort. El trono francés, en íntima connivencia con el Papado, acabó de desmantelar las estructuras occitanas, a la vez que borraba del mapa al conde de Toulouse, aliado tradicional de Barcelona, y se comía posesiones indiscutibles de esta ciudad, como Carcasona.

Este avance hacia el sur fue corregido y aumentado cuando Luis IX, el Santo, subió al trono en 1266, como se ha dicho. Jaime I, entregado desde la mocedad a la empresa reconquistadora en el litoral mediterráneo, se desentendió en gran medida de los complicadísimos problemas ultrapirenaicos, y regaló sus derechos y conveniencias para dedicarse obsesivamente al combate contra los musulmanes. La apatía con que «el Conquistador» miraba aquel laberinto quedó plasmada en el tratado de Corbeil del 11 de mayo de 1258, concertado entre él y el futuro San Luis, por virtud del cual éste renunciaba a todos sus derechos sobre Barcelona y los demás condados catalanes y a cambio Jaime I se desprendía de todos los suyos sobre media Francia meridional.

En realidad, los derechos del rey francés sobre el Principado se habían extinguido más de tres siglos antes, mientras que los del rey Jaime sobre aquellas otras tierras continuaban vivos. Se hizo epígrafe aparte con Provenza, que fue tam- bién objeto de renuncia por nuestro rey, pero con el distingo de cederla a Margarita de Provenza, esposa del de Francia, mediante documento aparte. Antes, durante y después de estos acuerdos, la corona de Francia hizo cuanto pudo para quebrantar la presencia catalana al otro lado de los Pirineos, con toda clase de artificios, comprendida una sublevación «popular» en Montpellier, cuna y señorío de Jaime I, que tuvo que ir a sofocarla en persona. Por largo que haya sido este inciso, no es de nuestro gran rey del que queremos ahora hablar.

Los historiadores franceses están de acuerdo en conceder a la reina Blanca las cuali dades típicas de un gran conductor político: valor, entereza, habilidad, penetración en el conocimiento de las personas y continuidad en los designios. Sus enemigos le indicaron, por si ella misma no lo sabía ya bastante, que el principal problema que había de resolver a su hijo y a su país era el sometimiento a la autoridad regia de todas las heterogéneas piezas que componían el «puzzle» político francés. El pro- blema tardaría cuatro siglos en quedar arreglado, pero, dentro de este moroso pro- ceso, el capítulo correspondiente a Blanca de Castilla destaca por su firmeza y su eficacia. La impaciencia y la insumisión de los mil magnates particularistas se manifestaron primeramente en el desagrado por que la regencia de Francia hubiera sido confiada a una princesa extranjera, y más exactamente a «une espagnole d'étrange pays», como se dijo en un documento de protesta. La reina Blanca se salió como pudo de los problemas creados por semejante coalición de privilegiados, valién- dose, siempre que le fue posible, de sutiles artes femeninas para el halago y la conciliación.

Cuando semejantes habilidades le fallaron, la reina Blanca no vaciló en ponerse al frente de sus ejércitos, llevando al lado a su hijo, y desafió fríos y calores, además de todas las tensiones de los combates y la dureza de las decisiones que había de tomar. Incluso en los aspectos técnicos y materiales de tales proble- mas, la reina exhibió unas dotes que, según los comentaristas, superaron muchas veces a las de su santo hijo, y también a las de su difunto esposo. Puestos a hacer comparaciones odiosas, podemos llegar a decir que estas facultades de la reina debían de sobrepasar a la capacidad militar de su famoso padre, Alfonso VIII de Castilla. Lo decimos porque éste se condujo con grave atolondramiento y torpeza en la que se conoce como la batalla de las Navas de Tolosa.

La regente Blanca lo mismo disponía dónde había que situar las máquinas de guerra que mandaba ahorcar a media docena de individuos, tomaba una ciudad sitiada o administraba sabiamente las arcas reales. Los magnates fueron doblegándose ante su talento superior. La regente cuidó de procurar a Francia vigorosas amistades extran- jeras, comenzando por la permanente alianza con Castilla, de la cual ella misma era la personificación; siguieron a ésta las avenencias que estableció con el emperador germánico Federico II y con el rey de Inglaterra, Enrique III, dedicadas, en el caso de éste último, a atemperar las tensiones que existían entre él y Francia por mor de las extensas posesiones que tenía en suelo francés. Añadamos, en suma, que durante la regencia de Blanca acabaron de ser planchados y sofocados los herejes del sur del país. No han faltado historiadores que observen que la reina logró por cuanto toca a su sumisión y aplastamiento definitivos, un éxito total que ni su suegro ni su marido habían conseguido.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

miércoles, 22 de julio de 2009

Blanca de Castilla, reina de Francia, 1200 , 1ª parte

El rey Felipe Augusto de Francia determinó casar a su hijo Luis (VIII), heredero del trono, sin dejarse inportunar porque el novio tuviera solamente doce años. Corrían los últimos meses de 1199 y en el año terminal del siglo XII, en 1200, se celebraría la boda, ¿Con quién? Con una novia procedente de la nación que era y seguiría siendo durante muchos siglos la aliada principal de Francia: Castilla.

Los franceses tenían la idea fija de apoyarse en ella para hacer frente a su perma- nente antagonista: la Corona de Aragón. Toda esta tramoya había sido montada por una mujer singular en muchos conceptos, el más raro de todos sus méritos: el de haber sido sucesivamente reina de Francia y reina de Inglaterra. Hablamos de Leonor de Aquitania (1122-1204), la cual estuvo primero casada con el rey francés Luis VII, quien la repudió en el año 1152 y se casó con Constanza, hija de Alfonso VII de Castilla. Leonor contrajo entonces matrimonio con Enrique Plantagenet, el cual habría de subir al trono de Inglaterra con el nombre de Enrique II (1133-1189).

Leonor fue madre de los reyes ingleses Juan «sin Tierra» y Ricardo «Corazón de León» y de la reina de Castilla, Leonor, esposa de Alfonso VIII (1158-1214). Leonor de Aquitania llegó a tener más de ochenta años de edad y le encantaba zurcir matrimo- nios, planear intrigas y proteger las letras y las artes.

El soberano de Castilla, Alfonso VIII, tenía dos hijas solteras que eran, como se ve, nietas de la reina madre inglesa y sobrinas del rey Juan. Además del problema de casarlas —en lo cual se asemejaba a los padres de todos los tiempos— Alfonso VIII deseaba que las bodas favorecieran sus conexiones con Europa. Se había agravado la amenaza musulmana con la irrupción de los almohades en Al Andalus y nuestro rey deseó promover una cruzada europea en suelo español. La expedición degeneró en una vulgar depredación perpetrada por los aventureros que pasaron los Pirineos en busca de fortuna. La batalla de las Navas de Tolosa (1212) —que no se dio en dicho lugar, sino en el puerto de Muradal— constituyó el momento culminante de la avenencia entre las grandes monarquías atlánticas.

Dentro de esta tónica de concordia optimista, el rey inglés Juan anunció su generosa intención de dotar a la novia castellana, fuese la que fuese de las dos hermanas, concediéndole diversas ciudades, Evreux entre ellas, en suelo hoy francés, y anunció también su voluntad de hacer la paz con Francia.

Resueltos estos preliminares, quedaba por determinar un minúsculo punto: ¿cuál de las dos hermanas sería la escogida? El rey de Inglaterra dijo que le daba igual y el de Francia pensó que, puestas así las cosas, no se perdía nada con que fuera la más guapa. Para asesorarse, Felipe Augusto envió a unos expertos, que comparecieron en Burgos y solicitaron conocer a las dos princesitas. No consta que éstas fueran in- formadas de semejante embajada, así que se presentaron cándidamente ante los comi- sionados franceses, quienes las contemplaron con detenimiento, mientras sostenían con ellas un diálogo paternalista encaminado a que se soltaran un poco.

Una de las dos era ciertamente más bella que la otra y los franceses se concen-traron en interrogarla con mayor escrúpulo. El diálogo quedó cortado casi en seco cuando, a la cortés pregunta de cuál era su nombre, la oyeron responder «Me llamo Urraca», con tanta naturalidad como fundamento. Los franceses estuvieron a punto de marcharse, pues el nombre les pareció chusco y además casi impronunciable en su país. La elección se inclinó automáticamente en favor de la hermana, que llevaba el nombre, mucho más internacional y suave, de Blanca.

Por otra parte, la comparación efectuada no quiere decir que Blanca de Castilla no fuera hermosa, en sus once años de edad, la princesa era positivamente bonita. En Inglaterra se pusieron tan contentos que el rey Juan despachó a la reina Leonor hacia Castilla, para recoger a la novia, instruirla y luego llevarla hacia su nuevo hogar.

La abuela Leonor instaló a la niña Blanca en la refinada y culta corte de Aquitania, de donde ella procedía, y designó al arzobispo de Burdeos para que dirigiese su educación. Después, se retiró a la abadía de Fontevrault, donde murió cuatro años más tarde. La infantil boda no pudo celebrarse en territorio propiamente francés por efecto del entredicho que el Papa había fulminado contra el rey Felipe Augusto para castigar su desarreglada conducta respecto de su esposa, Ingeburga.

Por esta razón, en el ya citado año 1200, la boda de Blanca de Castilla y el delfín de Francia, Luis, se celebró en una villa de Normandía, Pormoy, que era de soberanía inglesa, como buena parte del hexágono. El esposo tenía dieciséis años cuando se consumó el matrimonio, cuatro años después de la ceremonia.

En la boda había ofrecido a la novia un anillo adornado con margaritas y flores de lis entrelazadas en cuyo interior decía:

«Hors cet annel point n'est amour» ('Fuera de este anillo no hay amor').

Los historiadores franceses señalan con cierto asombro que Luis VIII fue fiel a esta afirmación y no conoció otra mujer que la suya, la cual correspondió apasionada- mente a su amor.

La novia había sido dotada por su tío el rey de Inglaterra con los feudos de Issou- dun, Graçay y otros del Berry, además de las poblaciones antedichas, todo lo cual tendría que volver a la Corona de Inglaterra si no tenían sucesión. Y, precisamente, lo que angustió al futuro rey Luis VIII y a su esposa durante bastantes años de su matrimonio fue el carecer de descendencia. Intervino para remediar el problema un personaje español que también habría de ser santo, Domingo de Guzmán, el cual ac- tuó en favor de Francia. La reina Blanca manifestó sus preocupaciones al fundador de la Orden de Predicadores y éste le aconsejó que se encomendara a la Virgen María.

Las súplicas de la princesa de Francia fueron escuchadas en grado sumo, el matrimo- nio llegó a tener once hijos, aunque la mayoría de ellos, y concretamente los cuatro primeros, murieron en la más temprana niñez, si no fue a los pocos días de nacer.

El quinto de sus hijos, que habría de ser Luis IX y santo, nació el 25 de abril de 1214. El parto tuvo lugar en la localidad de Passy, cercana a París, y por esta ra- zón San Luis, que presumía de modesto, acostumbró a firmar siempre «Louis de Passy».

Fin de la primera parte