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martes, 27 de noviembre de 2012

El parto de las mujeres


La televisión ha hecho mucho daño. Hoy unas compañeras del trabajo estaban hablando del episodio de ayer lunes de Isabel, la serie de la Primera sobre la Reina Católica. Una de ellas (embarazada de 6 meses) dijo que le gustaría vivir en aquella época, “en la Edad Media, con Los Pilares de la tierra”. Cuando le dije que aquella época era un sitio horrible para las mujeres, y más si estaban embarazadas, no me creyó. En un rato libre me puse a buscar información sobre partos.
En una época en que la mortalidad infantil era altísima, sin olvidarnos de los "problemas de mujeres", como las fiebres puerperales, tenemos que tener presente la necesidad perentoria que sentían las clases dominantes por un heredero viable. Me fui a un caso extremo, pero muy importante para la Historia de España, el final de la dinastía de los Austria. Empezamos con la familia de Felipe IV

Doña Isabel de Borbón, con la que casó a la temprana edad de diez años, ella tenía apenas 17 años cuando quedó embarazada por primera vez.

1.- Dio a luz una niña el 14 de agosto de 1621: la infanta Margarita María, que vivió sólo unas horas.
2.- Quedó embarazada de nuevo muy pronto, para alumbrar, el 23 de noviembre de 1623, a  Margarita María Micaela, que no llegó a vivir un mes.
3.- El 25 de noviembre de 1625, nació la infanta María Eugenia. Fallecería, sin llegar a cumplir los tres años, el 21 de julio de 1627.
4.- El 3 de noviembre de 1626, antes de que pasase un año desde el parto anterior, doña Isabel tuvo un aborto, se sabe que fue de una niña.
5.- Antes del año, el 30 de octubre de 1627, nació otra infanta, bautizada con los nombres de Isabel María Teresa. Falleció a las 24 horas.
6.- Al fin, el 17 de octubre de 1629, nacía el ansiado varón: el príncipe Baltasar Carlos, tan reiterada y amorosamente retratado por Velázquez. Habría de fallecer, de viruelas, en Zaragoza, el 9 de octubre de 1646.

Quizá el nacimiento del príncipe mitigara el deseo de procrear de la real pareja, pues el siguiente parto de doña Isabel no tuvo lugar hasta el 16 de enero de 1635,
7.- Nació la infanta María Antonia Jacinta, que habría de vivir poco menos de tres años, pues falleció el 5 de diciembre de 1637.
8.- El 20 de septiembre de 1638 habría de nacer la infanta María Teresa, única que sobrevivió y dejó descendencia, casó con Luis XIV en 1660.


Doña Isabel tuvo, pues, siete partos y un aborto, para lograr sólo una hija, la que habría de trasmitir los derechos a la Corona española a Felipe de Anjou, su nieto, al morir sin descendencia Carlos II. 
Falleció doña Isabel el 6 de octubre de 1644, a los cuarenta años. Los especialistas no descartan que las infantas murieran por una debilidad congénita, quizá por línea materna heredada de Enrique IV. Los hijos bastardos de Felipe IV, de los que tuvo 8, mostraron buena salud y vitalidad. 



La segunda mujer de Felipe IV fue doña Mariana de Austria, sobrina del rey y prometida, que había sido, del príncipe Baltasar Carlos, muerto tres años antes de esa boda, celebrada por poderes en Viena el 8 de octubre de 1649. Cuando la real pareja se encontró en Navalcarnero, él era un viejo prematuro, artrítico, a los cuarenta y cuatro años, mientras que ella contaba sólo quince de edad.

Tuvo cinco embarazos en un plazo de quince años:

1.- Margarita (12 de julio de 1651 - 12 de marzo de 1673), Sería la esposa del emperador Leopoldo I (25 de abril de 1666). Muriendo pronto, a consecuencia del parto de su cuarta hija (Hizo vida marital desde diciembre de 1666 hasta marzo de 1673, o sea, 7 años).


2.-Nacería María Ambrosia de la Concepción el 7 de diciembre de 1655, sólo viviría 13 días.
3.- En agosto de 1656,nació una niña -quizá muerta- a la que ni se la auxilió con el agua de socorro. Si contamos los meses nos sale 8 meses, desde el aborto anterior
4.- Felipe Próspero nacido el 28 de noviembre de 1657, vivió hasta el primero del mismo mes de 1661, cuando aún no había cumplido los 4 años. Fue jurado príncipe de Asturias.


5.- Fernando Tomás Carlos (1658 - 1659).Menos de diez meses de vida
Y por último,
6.- Carlos(1661-1700), rey de España como Carlos II. Un niño que no fue capaz de andar hasta los cuatro años.


Los historiadores consideran probado que la sífilis actuara en esas calamidades. Ya que era conocida la promiscuidad del rey Felipe IV, un hombre que alternaba sus aventuras amorosas, con todo tipo de mujeres de alta y baja cuna, con épocas de profundo fervor religioso.

Aunque no se dice todas las imágenes son tomadas de la Wikipedia


lunes, 24 de septiembre de 2012

Los dientes de la emperatriz


“He tenido el honor de ser presentada a muchas princesas de sangre, y debo reconocer que jamás ninguna me ha impresionado tanto como Josefina. Es la elegancia y la majestad. Nunca una reina ha sabido estar mejor en un trono, sin haberlo aprendido. ¡Lástima que la emperatriz haya perdido los dientes!”
Duquesa de Abrantes, 1808

Los dientes de la emperatriz. Es un tema que me viene a la mente cada vez que veo en la tele una serie histórica y cualquiera de los personajes principales y no tan principales, exhibe una dentadura perfecta. Y recordé estos datos que entresaqué de la novela Yo, el Rey de J. A. Vallejo-Nágera del año 1985

La emperatriz Josefina tenía unos pocos dientes negros y carcomidos tras unos labios perfectos. Son una especie de embajadores que traen cartas credenciales de la muerte. En las calaveras siempre impresionan los dientes, tanto los que restan como los que faltan
Hace pocos años se consideraba hermosa toda mujer que no tuviera desfigurado el rostro por las cicatrices de la viruela. El feliz descubrimiento de la vacuna ha disminuido tanto este azote de la humanidad, que en la nueva generación es una rareza. Los admiradores de las mujeres podemos disfrutarlas con un cutis de seda, que en la juventud de Napoleón era un preciado privilegio. Hoy, en 1808, encontramos bella a toda joven con la dentadura completa.
Es evidente que Josefina no olvida un momento su dentadura. Usa el abanico para tapar la boca, en un gesto que logra sea agraciado, destacando la belleza de los ojos en línea horizontal sobre la curva del abanico que se ilumina. Los hombres miramos con predilección cuatro centros del encanto femenino: los ojos, la boca, el escote y las manos. La emperatriz Josefina  con hábil acentuación del anzuelo de los otros tres intenta que olvidemos el cuarto, al que también cuida esforzadamente. Casi todas las personas desdentadas curvan hacia dentro los labios. La emperatriz con la boca cerrada consigue mantener el contorno de sus labios perfectos. Repite el milagro de mantenerlo durante la sonrisa, pero Josefina tiene, como una de sus mayores gracias, un carácter jovial y está inclinada a reír alegremente. Éste es el momento peligroso, que suele resolver con el abanico…..casi siempre. Cuando no lo consigue, el horror, como un látigo envenenado, nos azota el espíritu a los espectadores.
La dentadura de la emperatriz no atormenta sólo su vanidad, sufre dolores agudos, que atenúa con opio. En su neceser de viaje hay dos cajitas circulares de oro: una para el opio en granos, otra lo contiene disuelto en tintura de láudano.
Antes de las comidas, otra situación dramática: suele retirarse a frotar las encías con el polvo y la tintura de láudano. Dicen que el sopor que a veces la obliga a recogerse en su aposento tras el yantar, se debe a esa necesidad de alivio de sus sufrimientos. Durante la comida los disimula con entereza, nadie nota el dolor ni las dificultades para masticar. Jamás realiza esos movimientos con la lengua entre los dientes y la mejilla con que tantas personas vulgares tratan de menguar sus molestias. También ha logrado maestría en el control del movimiento de los labios al hablar. Nadie que no esté prevenido notará su miseria dental. Y todos podemos disfrutar sin menoscabo en la complacencia de su conversación encantadora, del tono dulce, insinuante, acariciador de esta persona de bondad y gracias excepcionales.

Se cuenta que la emperatriz, al conocer a Maria Luisa, esposa del desdichado Carlos IV, quedó sorprendida por los bellos dientes de esta. Al preguntarle cómo había conseguido mantener todos sus dientes a lo largo de su vida, la cachazuda esposa del Borbón le contestó que se los habían hecho unos orfebres de Medina de Rioseco.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Prostitutas

Soldadera, amafia, bagasa, bordelera, buscona, dama de medio manto, hembra mundanal, mujer errada, pendenga, rabiza, cantonera, moza del partido.... con todos estos nombres se hacía referencia en la Edad Media a las numerosas prostitutas que habitaban las ciudades y los pueblos. No todos significaban lo mismo, puesto que no era la misma la que se ejercía diariamente en los burdeles; la ocasional y encubierta, no reconocida, practicada en la calle, los mesones, las tabernas, las ventas, los baños públicos, las casas particulares e incluso en la corte; y la que resultaba de una coerción ejercida sobre las mujeres por su señor, padre, marido o alcahuete de turno.

La mayoría de las prostitutas eran víctimas de la pobreza o bien de alguna situación de desarraigo familiar. Otras corrieron la misma suerte tras ser violadas, una situación que en la época acarreaba la infamia para la mujer; o bien por haber dejado a sus maridos como consecuencia de una infidelidad o incompatibilidad.

Era habitual que las prostitutas procedieran de lugares distintos a aquel donde ejercían su oficio. Hablar de “vida fácil” respecto a estas mujeres resulta bastante inexacto en cualquier época, más aún en la Edad Media, durante toda su “carrera” les acechaban peligros y amenazas de toda clase. Estaban expuestas en todo momento a contraer enfermedades venéreas. Pero peor aún era el envejecimiento, que les iba quitando paulatinamente los clientes y, con ellos, el sustento. Cuando quedaban privadas definitivamente de clientela encontraban escasas alternativas de subsistencia: la mendicidad, la alcahuetería, la ayuda de instituciones religiosas o de sus mismas compañeras.

Algunas prostitutas las más afortunadas, podía permitirse trabajar por su cuenta, pero la mayoría se integraba en un burdel (mancebía) o bien dependía de un alcahuete, hombre o mujer, que les proporcionaba clientes y una habitación donde vivir y realizar su actividad. Las autoridades actuaron a menudo contra los alcahuetes, que se beneficiaban de las ganancias de las pupilas, imponiéndoles penas económicas e incluso el destierro.


                     Detalle de la "Casa de la muñeca" Burdel de Garganta de la Olla, propiedad del Obispado (Foto: Yaye)

El burdel estaba organizado por la autoridad y regulado a través de meticulosas ordenanzas. Cada ocho días un médico visitaba la mancebía, con el objetivo de evitar la propagación de enfermedades venéreas. Eso sí, para proteger el honor de las mujeres honestas y que las prostitutas no tuvieran contacto con ellas, las mancebías se trasladaron a zonas concretas de la ciudad, especialmente extramuros, o bien se cerraban sus calles mediante tapias de adobe o muros con puertas. Esta segregación servía también para evitar alteraciones del orden público.

También se promulgaron leyes que exigían que las prostitutas llevaran algún distintivo en su vestimenta: tocas azafranadas, mantillas cortas, faldas amarillas o púrpuras, y, en la cabeza, llamativos adornos y cintas de color rojizo. Se les prohibía llevar tejidos y prendas como pieles, sedas, paños de calidad, capirotes y zapatos lujosos, adornos de oro, plata y joyas. Tampoco podían usar velos, tocas, ni mantos u otras ropas de abrigo que se reservaban para las mujeres decentes. También se les imponían ciertos períodos de abstinencia, como en Semana Santa: según una orden de 1373 en Barcelona se recluía a las prostitutas desde el Miércoles Santo en el Monasterio de Santa Clara

Pero, a pesar de las críticas, los reyes eran conscientes de que con las prostitución se evitaban otros problemas y que, además, reportaba beneficios económicos. Y es que las cargas de impuestos a las prostitutas, desde el reinado de Enrique III, beneficiaron a los reyes y a las ciudades, además de ser una medida importante en el control de este oficio. La dotación de tierras para construir casas de citas aportó ganancias añadidas a los municipios.

La prostitución fue una institución fundamental en la cultura medieval, que la toleró y la reguló. Pero al mismo tiempo las prostitutas fueron víctimas de una sociedad que ofrecía nulas salidas a las mujeres (fuera del matrimonio o el convento) y sufrieron las críticas y la marginación.

Tomado de Pilar Cabanes, National Geography Historia nº 87

martes, 18 de enero de 2011

Vida y muerte en la Edad Moderna

La fecundidad elevada y la constante presencia de la muerte eran en esencia los rasgos más destacados de la demografía en el mundo moderno

La mortalidad llegaba a cotas muy elevadas (del 28 al 38 por mil), pero se situaba por debajo de la natalidad, lo que permitía el crecimiento continuado de la población. Entre las causas de la alta mortalidad estaban:

- una economía agraria de escaso desarrollo tecnológico, que no siempre era capaz de cubri las necesidades alimenticias.

- Un reparto de la riqueza muy desigual.

- Falta de higiene generalizada, con la consiguiente transmisión de agentes patógenos.

- Aceptación pasiva y fatalista de la muerte, que llevaba a un rechazo pasivo de las innovaciones higiénicas.

La fuerte tasa de mortalidad infantil (250 por mil) contribuía a elevar las tasas globales. Esto era debido especialmente a la deficiente alimentación de las madres y los partos en precarias condiciones higiénica, amén de la transmisión de enfermedades infantiles como el sarampión o la tos ferina.

Además debemos añadir la aparición de periódicas crisis demográficas provocadas por la guerra, el hambre o las enfermedades epidémicas (era muy conocida la jaculotaria medieval: A fame, peste et bello, liberanos Domine)


Las guerras provocaban pérdidas no tanto debido a los muertos en combate como a las destrucciones y a la desorganización de la vida económica que causaba el paso de los ejércitos en marcha.

En una Europa cerealista donde no existían aún los cultivos alternativos los accidentes meteorológicos (sequías prolongadas, lluvias excesivas) eran los causantes habituales de las crisis de subsistencia. Las zonas costeras y de recursos más diferenciados eran las más afectadas. Las capas acomodadas y ricas de la sociedad moderna rara vez vieron peligrar su salud a causa del hambre.

Entre las enfermedades infectocontagiosas las había lentas (tuberculosís, sífilis) que se suelen incluir en la mortalidad ordinaria. Otras, como el sarampión, eran universales y causaban graves secuelas. El tifus y la viruela se cuentan entre las grandes asesinas de la historia, pero la más temida era la peste, por su aparición periódica y por los estragos y perturbaciones que causaba. Sin embargo desaparecería paulatinamente a lo largo de la Edad Moderna, con un último caso de contagio en Provenza en 1720-1722.

La mortalidad presentaba en general un máximo a fines del invierno y principios del otoño, provocado por las enfermedades gastrointestinales y la peste. Un segundo máximo se presentaba a finales del invierno debido a las enfermedades respiratorias.

La consecuencia última de la mortalidad era una esperanza de vida muy baja, lastrada sobre todo por la mortalidad infantil, que se podía situar entre los 24 y los 38 años, según los países.

Por su parte, la natalidad era muy alta (entre 35 y 45 por mil), aunque el matrimonio era relativamente tardío: la mujer se casaba a los 25 ó 26 años y el hombre a los 28 ó 30 años, lo que limitaba el tiempo de fecundidad efectiva en las mujeres a 15 años. El máximo de nacimientos se solía dar en los meses invernales, lo que correspondía a una concepción primaveral. El número de hijos era aproximadamente de siete, aunque la mayor mortalidad relativa del hombre y el celibato de cierto número de mujeres casadas hacen descender ese número a cinco por mujer. La mortalidad infantil, como hemos visto, haría el resto por lo que la cifra real de descendientes apenas llegaba para producir la sustitución generacional.

jueves, 14 de octubre de 2010

Historias del dia a dia

Uno de los objetos más utilizados de manera cotidiana en los últimos cien años ha sido la humilde cerilla.

Hasta épocas recientes, el fuego se lograba al golpear un eslabón de hierro contra un pedernal, lo que producía la chispa que prendía la yesca, pero a principios del s. XIX comenzaron a buscarse alternativas para este sistema.

En 1812 se probó una pajita impregnada de azufre y cubierta con una cabeza compuesta de clorato potásico y azúcar. Para que esta rudimentaria cerilla prendiera, era necesario que entrase en contacto con un concentrado de ácido sulfúrico contenido en una botellita de amianto.

Como casi todo en el mundo de la ciencia, la casualidad hizo que en 1826 el farmacéutico inglés John Walter, mientras experimentaba con la fabricación de explosivos, observase que una gota se había quedado solidificada en el extremo de un palito de remover. Para eliminarla, la frotó enérgicamente contra el suelo de piedra y, repentinamente, ardió: había nacido la cerilla de fricción.

Sin mucho éxito intentó comercializar una mezcla compuesta por sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón, acompañada de un pedazo de papel de lija doblado. No lo patentó y sí lo hizo Samuel Jones, quien comenzó a comercializarlas con el nombre de Lucifers. Este nombre comercial en los países anglosajones se convirtió en un sinónimo de cerilla

El siguiente paso consistió en sustituir el sulfuro de antimonio, que olía realmente mal, por fósforo blanco, se hizo en 1830. A pesar de que el fósforo blanco es altamente tóxico para el ser humano.

A partir de 1844, dos químicos suecos desarrollaron los fósforos de seguridad, incluyendo el fósforo rojo en lugar del blanco, ya que aquel no es tóxico aunque sí prohibitivamente caro. Al año siguiente se consiguió la sintetización del fósforo rojo amorfo lo que permitió, diez años después, comenzar la producción masiva de estas cerillas, las cuales recibieron un premio en la Exposición Universal de París de 1855.

Faltaba un paso más, la superficie de frotación, en 1898 dos químicos franceses sintetizaron el sesquisulfuro de fósforo, lo que permitió desarrollar unas cerillas que no prendía de manera espontánea, que no eran venenosas y que al frotarlas contra una superficie rugosa entraban en combustión. Nuestros actuales fósforos.