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miércoles, 11 de julio de 2012

La brujería en la Edad Media


Desde mediados del siglo XV hasta finales del siglo XVIII, Europa padeció el horror de la caza de brujas, un rapto de locura colectiva propiciado por las mentes enfermas de las autoridades eclesiásticas que dictaban las normas morales de aquella sociedad. Esta persecución fue muy sangrienta en el norte de Europa y mucho menos en los países mediterráneos, herederos de la cultura romana, entre ellos España. El número de víctimas inmoladas en este holocausto quizá superó las cuatrocientas mil, la mitad de las cuales correspondería a la eficiente Alemania. Casi todas ellas fueron mujeres, algunas incluso niñas, y la acusación más común que las llevó a la hoguera fue que mantenían relaciones sexuales con el diablo.
La brujería es la pervivencia de una antigua religión ctónica y matriarcal que se remonta al Neolítico. Formas evolucionadas de esta religión fueron, en la antigüedad, los ritos mistéricos, particularmente los dionisíacos. Esta religión cree en la palingenesia mística, en el renacimiento o reencarnación y en la capacidad del hombre para influir sobre su propio destino mediante un ejercicio de autosugestión que pone en juego su propia energía espiritual. Su expresión ceremonial más común consiste en polarizar la fuerza mental que emana de toda la comunidad creyente hasta alcanzar una especie de éxtasis colectivo. De este modo, el individuo se siente arrebatado, funde su alma con la divinidad y trasciende sus limitaciones cuando la divinidad absorbe su alma. En distintos lugares y épocas tal estado de enajenación se ha conseguido por medio de la oración y el ayuno, o mediante ingestión de drogas alcaloides. Esta era la verdadera función de los famosos ungüentos de brujas, muchos de los cuales contenían belladona, acónito, atropina, beleño o bufotenina (sustancia alucinógena contenida en la piel del sapo). A esta lista habría que añadir el cornezuelo de centeno, micelio del hongo Claviceps purpurea cuyos alcaloides tienen el mismo efecto que las drogas antes citadas.
Todos producen delirio y sensación de vuelo y algunos, además, placer sexual.
En los primeros siglos medievales, la Iglesia toleró en el medio campesino la precaria existencia de una especie de culto a cierta nebulosa diosa Diana que en realidad no llegó a tener estatus de religión. La autoridad eclesiástica no ignoraba la existencia de brujos, pero los consideraba inofensivos charlatanes que vivían de engañar los senderos, y no sólo los dejaban en paz, sino que en ocasiones utilizaban sus servicios. San Isidoro, en el siglo VI, clasificaba a los brujos en magos, nigromantes, hidromantes, adivinos, encantadores, ariolos, arúspices, augures, pitones, astrólogos, genetlíacos, horóscopos, sortilegios y salisatres. Todavía no los asociaban a lo diabólico ni habían sexuado al diablo, aunque San Agustín, indagando si los ángeles podrían tener comercio carnal con mujeres, había llegado a la conclusión de que poder podían, pero solamente a un ángel caído se le ocurriría perpetrar acto tan sucio. Ya se iba preparando el terreno para que otras mentes calenturientas de célibes forzosos descubrieran que mil legiones de menudos y lujuriosos diablos habían convertido la tierra en un gigantesco lupanar.
Todavía en el siglo X, el Canon episcopi despreciaba los vuelos de brujas y los consideraba embustera ilusión de espíritus simples.
Mientras tanto, la diosa Diana había ido cediendo su puesto al diablo. Santo Tomás, la gran autoridad de la Iglesia, admitió la existencia del diablo y comenzó a cavilar sobre sus trapacerías.
Se divulgó que los demonios pueden cohabitar con mujeres dormidas y tienen la facultad de adoptar, a voluntad, ajenas apariencias (por ejemplo, una monja declaró que un íncubo que tuvo trato carnal con ella se le había presentado encarnado en obispo Sylvanus. La comunidad aceptó la explicación, qué remedio). Copiamos ahora del tratado muy sutil y bien fundado de fray Martín de Castañega, siglo XVIII:
Estos diablos se llaman íncubos cuando tomando cuerpo y oficio de varónparticipan con las mujeres, y súcubos se dice cuando por el contrario, tomandocuerpo y oficio de mujer, participan con los hombres. En los cuales actos ningúndeleite recibe el demonio.
Ahora bien, si son criaturas de aire, ¿cómo es que ocasionan preñeces? Es que los íncubos se hacen potentes con acopio del semen de los mortales.
La jerarquía eclesiástica comenzó a inquietarse por el sesgo que tomaban los acontecimientos: la brujería estaba aglutinando a una serie de colectivos oprimidos, los siervos y las mujeres. No olvidemos que las mujeres son «el instrumento más eficaz que el demonio ha tenido y tiene para engañar a los hombres», advertía el padre F. Gerónimo Planes en 1634.
Entonces, los poderes fácticos, Iglesia y Estado se combinaron para perseguir la brujería considerándola lo que no había sido nunca: un culto al diablo. El primer paso lo había dado el papa Juan XXII en 1326. Medio siglo después, el inquisidor aragonés Nicolau Eymeric acusaba a las brujas de herejía, pues rendían culto de latría o dulía al diablo. Celosos teólogos escudriñaron la Biblia en busca de las raíces malvadas de la brujería. Como no las hallaron, no tuvieron inconveniente en traducir por «bruja» la palabra kaskagh, de Exodo XXII,18, cuyo verdadero significado es «envenenadora». Redactaron también la ficha policial del diablo, una fabulación de origen persa, especie de divinidad paralela, que en la Biblia es un dios, un emperador o un príncipe, siempre una entidad angélica y bella, y lo pusieron de cabrón aprovechando que el macho cabrío, debido a su desorbitada actividad sexual, simbolizaba la lujuria (véase Levítico, 16, 20-22). Así, inventaron una imagen panfletaria del diablo y lo retrataron triste, iracundo, negro, feo, «de cabeza ceñida por una corona de cuernecillos más dos grandes como de cabrón en el colodrillo, otro grande en medio de la frente, con el cual iluminaba el prado más que la luna pero menos que el sol».
Jovencitas histéricas y monjas reprimidas daban en llamar la atención con fantasías de que el diablo visitaba sus cálidos lechos insomnes, cuando el perfume del azahar invade la noche y pone inéditos hervores en la sangre. Además, ¿qué mejor excusa para un embarazo culpable?
Sólo así se explica que los casos de posesión diabólica se redujeran drásticamente en cuanto el papa Inocencio VIII, autor de la encíclica Summa desiderantes, declaró en 1484 que «muchas personas se entregan a demonios súcubos e íncubos» y que tal copulación constituía delito de herejía.
Pero ya la terrible maquinaria estaba en marcha y su inercia la impulsaba. Retorcidas mentes de clérigos sexualmente frustrados y quizá celosos de sus feligreses comenzaron a lucubrar sobre la lujuria del diablo y le inventaron una historia sexual. La bruja poseída por el diablo podía ser reo de hoguera: había que detectar la mala hierba allá donde estuviera y arrojarla al fuego purificador para que no inficionara al pueblo de Dios. El catecismo de los perseguidores de brujas sería —como ya hemos comentado— el célebre tratado Malleus maleftcarum, obra de Sprenger y Kramer, dos sádicos dominicos alemanes que sin duda hubieran hecho una brillante carrera a las órdenes de Hitler de haber nacido unos siglos después. En este libro se describen treinta y cinco formas distintas de torturar a una bruja.

Tanto esta entrada como la anterior están tomadas de Historia secreta del sexo en España de J. Eslava Galán

lunes, 9 de julio de 2012

El matrimonio en la Edad Media

En un principio el matrimonio no constituyó sacramento. Era una institución civil, un contrato privado entre los contrayentes que tenía por objeto la perpetuación del linaje, si se trataba de nobles, o la simple mutua ayuda. La esposa era una propiedad del marido. Consecuentemente, si otro hombre accedía a ella, fuera por violación, fuera por adulterio, el delito perpetrado era, además, enajenación indebida. 
La Iglesia no intervino en el contrato matrimonial hasta muy avanzado el siglo XII. Incluso en ciertos casos, el matrimonio continuó siendo un acto exclusivamente civil hasta el final de la Edad Media. Solamente a partir del concilio de Trento se impuso la obligación de que fuese público, ante sacerdote, y de que quedase registrado en la parroquia. Iglesia y Estado se aliaron para imponer tal mudanza. De este modo controlaban mejor a sus feligreses y súbditos.
El concubinato estaba estrechamente relacionado con el matrimonio. También podía acordarse mediante contrato legal, como el que suscribieron en 1238 Jaime I de Aragón y la condesa Aurembiaiz de Urgel, sobre los hijos que pudieran tener sin estar casados. 
El Título XIV, ley III de las Partidas, admite que "las personas ilustres pueden tener barragana, pero siempe que ésta no sea sierva ni tenga oficio vil". La concubina gozaba de un estatuto judicial y social como esposa de segunda categoría. La Iglesia toleraba estas situaciones y hacía la vista gorda, aunque a veces, cuando eran demasiado notorias, intentaba corregirlas. 
En la IV Partida se regula el matrimonio: la mujer puede casarse a los doce años, el hombre a los catorce. No obstante, el comprensivo legislador admitía que también pueden unirse antes de esa edad "si fuessen ya guisados para poderse ayuntar carnalmente. Ca la sabiduria, o el poder, que han para esto fazer, cumple la mengua de la hedad". 
La potencia del marido y la virginidad de la esposa se demostraban exhibiendo ante testigos la "sábana pregonera" manchada de sangre tras la noche de bodas. A falta de este requisito se suponía que el matrimonio no era válido por defecto de alguna de las partes. 
Solamente la muerte disolvía el vínculo matrimonial. El divorcio, admitido por el Fuero Juzgo de los godos, estaba prohibido en las Partidas. No obstante, en ciertos casos, el matrimonio podía ser anulado. Por ejemplo, si se demostraba la impotencia del marido, o cuando la mujer era tan cerrada que no había manera de consumar el acto carnal. También era motivo de anulación que el desproporcionado tamaño del pene del marido pusiera en peligro la vida de la esposa. Delicado extremo que habían de decidir los jueces tasando y midiendo los respectivos miembros. 
El moralista Pedro de Cuéllar (1325) incluye a la violación entre los delitos contra la propiedad y razona que, aunque en caso de extrema necesidad uno puede usar los bienes ajenos, no es moralmente lícito usar de la mujer de otro, por muy necesitado de desahogo que se encuentre uno, ya que "quanto al negocio carnal no es cosa común, que la mujer debe ser una de uno" 
El Fuero Real concedía al marido burlado la facultad de perdonar a los culpables o de ejecutarlos, pero no podía castigar a uno de ellos y perdonar al otro. Eso tan español de todos moros o todos cristianos. En este caso particular somos mejores que los talibán. 
En los Fueros de Castilla se recoge el caso de una caballero de Ciudad Rodrigo que sorprendió a su mujer en flagrante delito de adulterio y echando mano de su rival "castrole de pixa et de coiones". Este marido fue condenado a muerte no por desgraciar al burlador, sino por perdonar a la mujer. El Fuero no nos cuenta que pasó con la mujer. Hasta tal nivel de indiferencia llegaba el interés por las mujeres, legalmente hablando claro. 
La homosexualidad femenina se toleró en la Edad Media por razones doctrinales, puesto que su práctica no entrañaba derramamiento de semen. La masculina, en cambio, fue severamente reprimida. 
"Si dos omes yacen en pecado sodomítico debem morir los dos, el que lo face y el que lo consiente. Esa misma pena debe auer todo ome o muger que yace con bestia, pero ademas deben matar al animal para borrar el recuerdo del fecho" Titulo XXI, ley II. 
El otro gran delito de índole sexual era el aborto que, junto con el infanticidio, estuvo muy divulgado como medio de controlar el crecimiento de la familia. El Fuero Juzgo condenaba a muerte tanto al que preparaba hierbas abortivas como al que incitaba a usarlas. La mujer que abortaba era esclavizada o recibía doscientos azotes si ya se trataba de una sierva; el infanticidio se castigaba con la muerte y otras veces con la ceguera. 

lunes, 19 de diciembre de 2011

Prostitutas

Soldadera, amafia, bagasa, bordelera, buscona, dama de medio manto, hembra mundanal, mujer errada, pendenga, rabiza, cantonera, moza del partido.... con todos estos nombres se hacía referencia en la Edad Media a las numerosas prostitutas que habitaban las ciudades y los pueblos. No todos significaban lo mismo, puesto que no era la misma la que se ejercía diariamente en los burdeles; la ocasional y encubierta, no reconocida, practicada en la calle, los mesones, las tabernas, las ventas, los baños públicos, las casas particulares e incluso en la corte; y la que resultaba de una coerción ejercida sobre las mujeres por su señor, padre, marido o alcahuete de turno.

La mayoría de las prostitutas eran víctimas de la pobreza o bien de alguna situación de desarraigo familiar. Otras corrieron la misma suerte tras ser violadas, una situación que en la época acarreaba la infamia para la mujer; o bien por haber dejado a sus maridos como consecuencia de una infidelidad o incompatibilidad.

Era habitual que las prostitutas procedieran de lugares distintos a aquel donde ejercían su oficio. Hablar de “vida fácil” respecto a estas mujeres resulta bastante inexacto en cualquier época, más aún en la Edad Media, durante toda su “carrera” les acechaban peligros y amenazas de toda clase. Estaban expuestas en todo momento a contraer enfermedades venéreas. Pero peor aún era el envejecimiento, que les iba quitando paulatinamente los clientes y, con ellos, el sustento. Cuando quedaban privadas definitivamente de clientela encontraban escasas alternativas de subsistencia: la mendicidad, la alcahuetería, la ayuda de instituciones religiosas o de sus mismas compañeras.

Algunas prostitutas las más afortunadas, podía permitirse trabajar por su cuenta, pero la mayoría se integraba en un burdel (mancebía) o bien dependía de un alcahuete, hombre o mujer, que les proporcionaba clientes y una habitación donde vivir y realizar su actividad. Las autoridades actuaron a menudo contra los alcahuetes, que se beneficiaban de las ganancias de las pupilas, imponiéndoles penas económicas e incluso el destierro.


                     Detalle de la "Casa de la muñeca" Burdel de Garganta de la Olla, propiedad del Obispado (Foto: Yaye)

El burdel estaba organizado por la autoridad y regulado a través de meticulosas ordenanzas. Cada ocho días un médico visitaba la mancebía, con el objetivo de evitar la propagación de enfermedades venéreas. Eso sí, para proteger el honor de las mujeres honestas y que las prostitutas no tuvieran contacto con ellas, las mancebías se trasladaron a zonas concretas de la ciudad, especialmente extramuros, o bien se cerraban sus calles mediante tapias de adobe o muros con puertas. Esta segregación servía también para evitar alteraciones del orden público.

También se promulgaron leyes que exigían que las prostitutas llevaran algún distintivo en su vestimenta: tocas azafranadas, mantillas cortas, faldas amarillas o púrpuras, y, en la cabeza, llamativos adornos y cintas de color rojizo. Se les prohibía llevar tejidos y prendas como pieles, sedas, paños de calidad, capirotes y zapatos lujosos, adornos de oro, plata y joyas. Tampoco podían usar velos, tocas, ni mantos u otras ropas de abrigo que se reservaban para las mujeres decentes. También se les imponían ciertos períodos de abstinencia, como en Semana Santa: según una orden de 1373 en Barcelona se recluía a las prostitutas desde el Miércoles Santo en el Monasterio de Santa Clara

Pero, a pesar de las críticas, los reyes eran conscientes de que con las prostitución se evitaban otros problemas y que, además, reportaba beneficios económicos. Y es que las cargas de impuestos a las prostitutas, desde el reinado de Enrique III, beneficiaron a los reyes y a las ciudades, además de ser una medida importante en el control de este oficio. La dotación de tierras para construir casas de citas aportó ganancias añadidas a los municipios.

La prostitución fue una institución fundamental en la cultura medieval, que la toleró y la reguló. Pero al mismo tiempo las prostitutas fueron víctimas de una sociedad que ofrecía nulas salidas a las mujeres (fuera del matrimonio o el convento) y sufrieron las críticas y la marginación.

Tomado de Pilar Cabanes, National Geography Historia nº 87

lunes, 21 de noviembre de 2011

El Cid, recaudador de impuestos

La literatura, desde hace siglos, y el cine, en las últimas décadas, nos han presentado al Cid como un héroe de la Reconquista plenamente comprometido en la lucha contra el Islam. Su personalidad se caracterizaba por la devoción cristiana, la nobleza, el valor y la inquebrantable lealtad a su rey legítimo; paradigma de este último rasgo fue que se atrevió a hacer jurar a Alfonso VI en Santa Gadea que no había participado en la muerte de Sancho II y que, luego, efectuado el juramento, fue fiel en todo momento al rey Alfonso. La leyenda nos muestra al Cid como el gran caudillo militar -el conquistador de Valencia- que montado en Babieca y al frente de su invencible mesnada era capaz de triunfar en cualquier situación, incluso después de la muerte. Ahora, los historiadores modernos nos dibujan otra imagen de Rodrigo Díaz de Vivar sustentada sobre fuentes documentales más fiables y, por tanto, menos mítica y más cercana a la realidad, pero no por ello menos interesante o digna admiración.
Uno de los aspectos de la vida real del Cid que ha visto la luz durante los últimos años ha sido la importante actividad que llevó a cabo como recaudador de impuestos desde su juventud hasta los años finales de su existencia. Describir esta actividad recaudatoria del Cid, en el contexto de su tiempo, es el objeto de este artículo.

La primera etapa de su vida

Rodrigo Díaz de Vivar nació a mediados del siglo XI en el seno de una noble familia castellana. Muy joven se integró en la Corte, tras ser nombrado en el año 1058 paje de Sancho, hijo del rey Fernando I. En el séquito del príncipe aprendió a leer y escribir y fue instruido en el manejo de las armas; armas que debió utilizar por primera vez en una expedición que apoyó al rey moro de Zaragoza en 1063 contra las tropas cristianas de Ramiro I de Aragón.
A la muerte de Fernando I su reino se dividió entre sus hijos: Castilla le correspondió a Sancho, León a Alfonso y Galicia a García. Los tres hermanos lucharon entre sí para conseguir la supremacía y reunificar la monarquía. En este difícil contexto, la habilidad militar de Rodrigo Díaz de Vivar empezó a ponerse de manifiesto y pasó a ser, por méritos propios, uno de los más importantes colaboradores de Sancho, el nuevo monarca de Castilla. Las victorias de Llantada y Golpejera en los años 1068 y 1072 permitieron que Sancho II gobernara sobre todo los territorios que habían formado el antiguo reino de su padre.
Sin embargo, su éxito fue efímero porque la nobleza leonesa se sublevó, haciéndose fuerte en Zamora, ciudad que era gobernada por Urraca, otra hija de Fernando I. Las tropas de Sancho, entre las que se encontrada Rodrigo, asediaron Zamora pero el monarca murió asesinado antes de lograr su objetivo. Esta prematura muerte provocó que su hermano Alfonso ascendiera al trono de Castilla y León. Este es el momento histórico en el que se situaba la legendaria actuación del Cid en la que obligó al nuevo rey a jurar que no había tenido participación en la muerte de su hermano, imposición que llevaría a la enemistad regia y al exilio del héroe. Sin embargo, la historia ahora nos dice que este episodio fue una invención literaria, posterior en más de cien años a la muerte del Cid, y que no sucedió. Al parecer, la expulsión del Cid del reino de Castilla tuvo más relación con su actividad como recaudador de impuestos que con su lealtad hacia el fallecido Sancho II.
De esta manera, y al contrario que en la leyenda, los documentos de la época relatan que Rodrigo siguió siendo un importante personaje de la Corte de Alfonso VI en los años posteriores al asesinato de Sancho. Prueba de lo anterior es que el monarca le nombró juez para dirimir varios pleitos y le permitió que se casara, hacia el año 1075, con doña Jimena, noble asturiana entroncada directamente con los monarcas de León.
En este punto de la historia nos encontramos con las primeras fuentes documentales que reflejan la actividad del Cid como recaudador. Así, en otra muestra más de la confianza regia, Alfonso encomendó a Rodrigo en 1079 la recaudación de las parias del reino taifa de Sevilla.

Parias o tributos

¿Qué eran las parias? Para contestar a esta pregunta hay que describir la situación de la Reconquista en la época del Cid. La desaparición del Califato de Córdoba y su descomposición, a partir del año 1031, en un conjunto de pequeños reinos independientes -los reinos de taifas- originó que los musulmanes tuvieran un poder militar inferior al de los cristianos y que hubieran de adoptar posiciones defensivas para mantener su territorio y riquezas. En este contexto, los reyes cristianos prefirieron no aprovechar la debilidad del enemigo para extender sus dominios territoriales, entre otras cosas, porque no tenían habitantes suficientes para repoblar los espacios reconquistados con garantía de éxito. Por eso, optaron por exigir tributos o parias a los reyes musulmanes a cambio de la suspensión de las hostilidades. Al parecer el sistema de parias se consolidó de una manera muy importante durante los primeros años del reinado de Alfonso VI.
Las parias constituían un problema económico, religioso y político para los reyes de taifas. El conflicto económico surgía como consecuencia de que la creciente superioridad militar de los cristianos colocaba a éstos en una posición muy favorable para reclamar cada vez cuantías más importantes a cambio de su inactividad guerrera. De hecho, las parias fueron una fuente de riqueza muy importante para los cristianos en este periodo de la Reconquista y un serio problema para el pueblo musulmán que se encontró sometido a una importante escasez de recursos económicos y monetarios.
Por su parte, el problema religioso aparecía como consecuencia de que el Corán prohíbe taxativamente el pago de tributos por los creyentes a los cristianos. Así, un teólogo cordobés del siglo XI sostenía que uno de los mayores crímenes que podía cometer una autoridad pública era obligar a los musulmanes a pagar tributos como los que pagaban los cristianos sometidos. Por este motivo, para los reyezuelos de los reinos de taifas resultaba vergonzante, a la vez que moralmente reprobable, que sus ciudadanos tuvieran que abonarles impuestos para, posteriormente, entregar la recaudación a los cristianos. Parecido fundamento tenía la complicación política: el territorio que paga tributos a otro reino está reconociendo la soberanía y primacía de éste último, y era fundamento del sistema teológico y político del Islam no reconocer la soberanía de ningún reino cristiano sobre ellos. Para resolver el conflicto religioso y político, los reyes de taifas nunca aceptaron que estuvieran pagando tributos a los cristianos y disfrazaron su auténtica naturaleza en la figura de las parias.
Etimológicamente, parias proviene del término latino "pariare" que significa igualar una cuenta o pagar. Por tanto, los musulmanes interpretaban las parias no como un tributo, si no como un pago por una deuda que tenían frente a otro reino, deuda que tenía su causa en la contratación de las tropas de los reinos cristianos para evitar la guerra y protegerse frente a los enemigos. Mediante este artificio, conceptuaban las parias como una paga militar efectuada a favor de los guerreros cristianos -considerando a éstos como una especie de tropas mercenarias que les garantizaban la paz y que debían ser retribuidas convenientemente-. Otra frecuente manera de enmascarar la realidad de las parias fue calificarlas como regalos o dones en favor de otros monarcas, apartando lo más posible cualquier parecido entre ellas y los impuestos prohibidos en el Corán o el reconocimiento del vasallaje y la dependencia política de los reinos cristianos.

Alfonso VI destierra al Cid

Explicado el concepto de las parias, volveremos a la vida del Cid recordando que en el año 1079 Alfonso VI le encomendó la recaudación de las parias que debía pagar el rey Almutamid de Sevilla. Cuando se encontraba desempeñando esta misión, el monarca de Granada atacó los territorios del reino de Sevilla y Rodrigo Díaz de Vivar se vio obligado a defenderlos con su ejército puesto que, como ya hemos visto, uno de los objetivos del pago de las parias era la ayuda militar en caso de ataque por parte de un tercero. Haciendo gala de su condición de caudillo invencible, el Cid derrotó en la batalla de Cabra a los granadinos haciendo numerosos prisioneros.
Reflejo de esta actividad recaudatoria del Cid lo encontramos en un romance de origen desconocido que, además, pone de manifiesto las características de las parias que se han explicado en los párrafos anteriores (sustento en la amenaza de ataque por los ejércitos cristianos, conflicto teológico y político de los soberanos musulmanes ante su pago, etc.).

"Por el val de las Estacas pasó el Cid a mediodía
en su caballo Babieca, oh, qué bien parecía.
El rey moro que lo supo a recibirle salía;
dijo: -Bien vengas, el Cid; buena sea tu venida,
que si quieres ganar sueldo muy bueno te lo daría
o si vienes por mujer darte he una hermana mía.
-Que no quiero vuestro sueldo ni de nadie lo querría;
que ni vengo por mujer, que viva tengo la mía.
Vengo a que pagues las parias que tu debes a Castilla.
-No te las daré yo, el buen Cid; Cid, yo no te las daría;
Si mi padre las pagó hizo lo que no debía.
-Si por bien no me las das, yo por mal las tomaría.
-No lo harás así, buen Cid, que yo buena lanza había.
-En cuanto a eso, rey moro, creo que nada te debía,
que si buena lanza tienes por buena tengo la mía;
mas da sus parias al rey, a ese buen rey de Castilla.
-Por ser vos su mensajero de buen grado las daría".

A pesar del buen hacer de nuestro recaudador de parias, el Cid fue desterrado de la Corte por Alfonso VI hacia el año 1080. Al parecer el motivo de incurrir en la "ira regia" fue la acusación de que había cometido un delito de "malfetría" o traición al sustraer una parte de la recaudación obtenida. Algunos historiadores sostienen que la enemistad de Alfonso VI fue provocada porque el Cid atacó con sus tropas el reino taifa de Toledo, que se encontraba bajo la protección del rey de Castilla.
Fuera cual fuera el motivo, lo cierto es que el Cid tuvo que abandonar las tierras de Castilla en un plazo de nueve días, plazo que se estimaba suficiente en aquella época para alcanzar la frontera, y junto a su mesnada busco protección en el reino moro de Zaragoza, sirviendo allí como mercenario entre los años 1081 y 1085 y defendiendo sus fronteras contra las tropas aragonesas y catalanas.

Los almorávides

En el 1085, año en que Alfonso VI conquistó Toledo, los reyes musulmanes de la península Ibérica pidieron desesperadamente el auxilio de los guerreros almorávides del norte de África. Estos, que eran una mezcla entre monjes y soldados, acudieron en defensa de los reinos de taifas y combatieron duramente a los cristianos a lo largo de décadas y en sucesivas oleadas. Los almorávides cumplían con las leyes coránicas de una manera más estricta que los musulmanes españoles y, por ese motivo, los reyes de taifas debieron suspender el pago de parias y la contratación de ejércitos cristianos mercenarios, ocasionando la penuria económica de algunos estamentos de la sociedad cristiana de la época. En todo caso, los almorávides llegaron mucho más lejos y conquistaron uno tras otro los reinos de taifas españoles hasta conseguir la hegemonía completa en el año 1110 al tomar la ciudad de Zaragoza.
A raíz de la invasión almorávide se produjo la reconciliación entre Alfonso VI de Castilla y el Cid, que empezó a colaborar con el ejército de Castilla en el 1087. Sin embargo, un año más tarde se produce un nuevo desencuentro entre ambos, como consecuencia de que Rodrigo Díaz de Vivar no acudió a apoyar al ejército real en Aledo y fue nuevamente desterrado. A partir de ese momento, el Cid centró su actividad militar en Levante y logró constituir un poderoso protectorado, una especie de señoría personal, que cobraba tributos a las ciudades fortificadas y castillos de la zona levantina y catalana: Valencia, Lérida, Tortosa, Denia, Albarracín, Sagunto, etc.

El "Cantar del Mío Cid" y la recaudación de parias

El "Cantar del Mío Cid" es un poema épico que describe la última parte de la vida del Cid, desde su primer destierro de Castilla hasta la conquista de Valencia. Se trata del primer cantar de gesta en lengua castellana y fue escrito entre 1195 y 1205 por un autor anónimo. Ha llegado hasta nosotros en una única copia manuscrita del siglo XIV, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, y a la que le faltan la primera hoja y otras dos interiores. Al tratarse de un cantar de gesta el eje de la narración es el heroísmo religioso y guerrero del Cid, por este motivo, sorprende que el Cantar describa de una manera especialmente realista y detallada los aspectos económicos de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, aspectos que no aparecen habitualmente en los poemas épicos que se refieren a otros héroes y que se centran más en sus hazañas políticas o militares.
En este contexto, la lectura del Cantar pone de manifiesto la importancia que tuvo la actividad recaudatoria llevada a cabo por el Cid, bien en favor del rey de Castilla o bien en favor de sí mismo y su mesnada, durante buena parte de su vida. No cabe duda que para lograr éxitos militares y hazañas en el campo de batalla, era necesario obtener recursos para armarse y mantener a los guerreros. Dentro del Cantar es posible destacar, entre otros muchos, los siguientes ejemplos:

"Esperando está mio Cid con todos sus vasallos;
el castillo de Alcocer en paria va entrando.
Los de Alcocer a mio Cid le dan parias
y los de Ateca y Terrer, casa,
a los de Calatayud, sabed, mal les sentaba".

"Metió en paria a Daroca antes,
luego a Molina, que está a la otra parte,
la tercera Teruel, que está delante;
en su mano tenié a Celfa la del Canal".

También el Romancero nos muestra los métodos que convertían al Cid en un excelente y convincente recaudador. De esta forma, en el romance "Verde montaña florida, al verte me da alegría" se cuenta que el Cid recorría la vega de Granada montado en Bavieca y acompañado de doscientos caballeros con la finalidad de recaudar las parias. Ante la negativa del rey moro a pagar su deuda, el romance describe las razones que debía tener en cuenta el musulmán para reconsiderar su desafortunada decisión:

"El Cid lleva una espada que ciento seis palmos tenía;
cada vez que la bandeaba hierro con hierros hería,
cada vez que la bandeaba temblaba la morería:
De tres en tres los mataba, de seis en seis los enjila".

La conquista de Valencia y la muerte del Cid

Ya vimos anteriormente que la invasión almorávide alteró totalmente la marcha de la reconquista; el poderío de los ejércitos musulmanes procedentes del norte de África originó que los reinos cristianos tuvieran que situarse en posiciones defensivas y que los reinos de taifas dejaran de pagar las parias. En este contexto, el Cid también cambió su política en la zona de Levante, sustituyendo su idea de mantener el protectorado, que se nutría de las parias que pagaban los musulmanes, por el proyecto de conquistar la taifa de Valencia y establecer un señorío personal y hereditario sobre ella. Tan ambiciosa empresa se vio coronado por el éxito en junio de 1094 al tomar la ciudad de Valencia tras un largo asedio. En los años que siguieron, mantuvo su nueva posesión venciendo en dos ocasiones a los ejércitos almorávides que intentaron recuperar esa importante ciudad para el Islam. Una de esas batallas -la celebrada en Quart en octubre de 1094- fue la primera ocasión en que un ejército consiguió derrotar a las tropas almorávides en España, poniendo de manifiesto que no eran invencibles y animando la resistencia del resto de los reinos cristianos.
El Cid falleció en 1099 a una edad levemente superior a los 50 años y fue enterrado en la catedral de Santa María de Valencia. Su viuda -Jimena- continuó siendo señora de esa ciudad hasta el 1102, fecha en la que Alfonso VI decidió su abandono al resultar imposible frenar la presión de los ejércitos almorávides.
Cuenta la leyenda que la admiración que el Cid despertaba en sus enemigos, por su valentía y éxito en el arte de la guerra, fue tan grande que logró vencer en la batalla incluso después de su fallecimiento. Tras conocer su maestría en el arte de la recaudación es posible afirmar, igualmente, que fue capaz de recaudar parias tras su muerte. El hecho de que la leyenda no haya querido recordar estas hazañas más prosaicas del Cid en favor de la hacienda pública es porque en la poesía la figura del recaudador eficaz es menos legendaria que la del guerrero

lunes, 14 de noviembre de 2011

Gonzalo de Berceo y los impuestos

Gonzalo de Berceo nació a finales del siglo XII en La Rioja y falleció después del año 1264. Es una figura fundamental en la historia de la literatura española puesto que es el primer poeta que escribió en castellano y cuyo nombre ha llegado hasta nosotros. En su niñez se educó en el Monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, luego, tras recibir en Palencia una educación muy esmerada para su época, fue ordenado sacerdote y desempeñó el cargo de notario eclesiástico de ese monasterio. Berceo es el más importante representante del mester de clerecía y contribuyó notablemente a la mejora de la lengua castellana. Toda su obra poética es de naturaleza religiosa, destacando las biografías de varios santos -San Millán, Santo Domingo de Silos, Santa Oria, etc.-y "los Milagros de Nuestra Señora", que es su obra maestra.

Durante la vida de Gonzalo de Berceo, su querido Monasterio de San Millán atravesó una fase de decadencia debido a la escasez de recursos económicos, por ese motivo, nuestro protagonista utilizó sus poesías para garantizar que la recaudación fluyera hacia las maltrechas arcas monacales -la poesía al servicio de los impuestos-. Esta es la faceta de la vida de Berceo que vamos a abordar en este artículo.

La batalla de Clavijo y el Voto de Santiago.

Veremos más adelante que Gonzalo de Berceo utilizó el Voto de Santiago como precedente de su impuesto, por eso, debemos explicar ahora que ese voto era un tributo que se satisfacía por los cristianos de Asturias, Galicia, León y Castilla durante la Edad Media. Su recaudación incrementaba los diezmos y primicias que correspondían a la Iglesia, beneficiando en concreto al Arzobispado de Santiago de Compostela como consecuencia de que el impuesto había nacido para agradecer al apóstol Santiago su participación en la batalla de Clavijo, en apoyo de los ejércitos de Ramiro I de Asturias.

Cuenta la leyenda que los cristianos decidieron dejar de satisfacer a los musulmanes el humillante tributo de las cien doncellas, y que esta actitud originó que las tropas del emirato cordobés invadieran su territorio con un poderoso ejército hacia el año 844. Enfrentadas en Clavijo las huestes de unos y otros, tuvo lugar la aparición del apóstol Santiago que luchó junto a los cristianos en un momento en el que éstos estaban al borde de la derrota. La intervención sobrenatural modificó el devenir del combate e hizo posible que los cristianos vencieran de una manera rotunda y consiguieran un cuantioso botín. Sigue contando la leyenda que Ramiro I, agradecido por la ayuda del Apóstol, instituyó el Voto, y que, desde ese momento, los fieles ofrecieron al Arzobispado de Santiago una parte de las primeras cosechas y vendimias.
Sin embargo, ya desde el siglo XVIII los historiadores opinan que la batalla de Clavijo, cuya existencia no se refleja en las fuentes documentales contemporáneas del siglo IX, fue un acontecimiento legendario que no sucedió realmente. Es más, todo parece indicar que fue inventado con la finalidad de recaudar el tributo del Voto.

Vida de San Millán de la Cogolla

De la misma manera que el Voto de Santiago nace para agradecer al Apóstol su ayuda guerrera, Gonzalo de Berceo justificó el tributo que pretendía implantar -el Voto de San Millán- en un milagro similar de este santo riojano.
San Millán nació en el seno de una humilde familia de pastores del pueblo de Berceo y vivió entre los siglos V y VI después de Cristo en la España visigoda. En su juventud se hizo ermitaño y pasó todo tipo de privaciones en la zona de Haro, dedicado a la penitencia y a la meditación. Posteriormente, fue párroco en su localidad natal de Berceo y, en la última etapa de su vida, se retiró a Suso, fundando una comunidad de monjes que, tras su muerte, se convirtió en el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Por tanto, San Millán destacó especialmente como monje pobre, confesor y ermitaño.

Como hemos visto anteriormente, la "Vida de San Millán de la Cogolla" es una de las obras que escribió Gonzalo de Berceo y es precisamente a través de sus hermosos versos endecasílabos como nuestro poeta pretendió convertirse en creador y difusor de impuestos. Veamos como lo hizo.

Justificación del nuevo impuesto

Utilizando como modelo el precedente del Voto de Santiago, Gonzalo de Berceo sostiene que el nuevo impuesto servirá para retribuir la participación de San Millán y el apóstol Santiago en una batalla entre moros y cristianos. Así describe la aparición de los santos en la "Vida de San Millán de la Cogolla":

"Vieron dos personas hermosas y lucientes
eran mucho más blancas que las nieves relucientes.
Venían en dos caballos más blancos que cristal,
armas tales no vio nunca hombre mortal;
el uno tenía báculo mitra pontifical (Santiago Apóstol)
el otro una cruz, nunca el hombre vio tal (San Millán)
tenían caras angélicas y celestial figura
descendían por el aire a una gran presura
catando a los moros con torva catadura
espadas en la mano en signo de pavura".


Tras esta aparición, la lucha, en la que los cristianos llevaban la peor parte debido al mayor número de soldados enemigos, cambió radicalmente de signo; San Millán y Santiago dieron "golpes certeros" a las primeras filas de los sarracenos, provocando el espanto del resto de su ejército. Algunos musulmanes se repusieron de la sorpresa y lanzaron una nube de flechas sobre los dos santos y sus cabalgaduras, pero milagrosamente las saetas se volvieron contra ellos mismos, clavándose en las carnes de aquellos que las disparaban. Ante esta complicada situación, el rey Abderramán decidió huir del campo de batalla.

El combate descrito por Berceo en su "Vida de San Millán de la Cogolla" encaja, desde un punto de vista histórico, con la batalla de Simancas, que tuvo lugar en el año 939 entre las tropas de Ramiro II de León y las del califa de Córdoba Abderramán III. Formando parte de las huestes cristianas se encontraba Fernán González, conde de Castilla.

Las fuentes históricas refieren que en los momentos iniciales de la batalla hubo un eclipse de sol que aterrorizó por igual a los integrantes de los dos ejércitos. A pesar de ello, las tropas de Abderramán atacaron la población de Simancas, que fue defendida con tenacidad por los cristianos provocando muchas bajas al enemigo. En la retirada que siguió, los musulmanes cayeron en una emboscada en un terreno de barrancos y gargantas y fueron exterminados. La victoria de Simancas fue muy importante en el curso de la Reconquista, en primer lugar porque se trató de una batalla real y, en segundo, porque aseguró el dominio de las tierras ubicadas al norte del Duero e hizo posible iniciar la repoblación en los territorios al sur del mismo.

Creación del impuesto

Siguiendo su relato, Gonzalo de Berceo cuenta que el rey Ramiro II confirmó el ya existente voto de Santiago, a favor de Santiago de Compostela, mientras que el conde Fernán González instituía sobre sus territorios de Castilla un impuesto nuevo -el Voto de San Millán- en beneficio del Monasterio de San Millán de la Cogolla, en señal de agradecimiento por la ayuda celestial. Veamos como lo plasma en su obra:

"Apenas tuvieron las ganancias partidas,
a Dios y a los santos las gracias ofrecidas
confirmaron las parias que fueron ofrecidas
a los dos que hicieron las primeras heridas.
(es decir al apóstol Santiago y a San Millán)
El rey don Ramiro, que esté en el Paraíso,
dio herencia al apóstol como fue prometido;
confirmole los votos como hombre comedido,
no dejó en el reino casa sin compromiso.
El conde Fernán González con todos sus varones,
con obispos y abades, alcaldes y sayones
pusieron y juraron de dar en las sazones
a la casa de San Millán estos tres pipiones"
. (los pipiones son una moneda medieval)

Ámbito territorial

Creado el impuesto, Gonzalo de Berceo procede a enumerar los territorios sobre los que se aplicaría para delimitar la recaudación correspondiente al Arzobispado de Santiago y la que beneficiaría al Monasterio de San Millán de la Cogolla. Es decir, el poeta estaba fijando lo que en la actualidad denominamos "el punto de conexión".

"De donde taja el río que corre por Palencia
Carrión es su nombre, según mi creencia,
hasta el río Arga, llega esta sentencia
de rendir cada casa esta benevolencia
desde Extremadura las sierras de Segovia
hasta la otra sierra que dicen Barahona,
así que hasta la mar que es allende Vitoria,
todos se subyugaran a dar esta memoria"
.

Forma de pago

Finalmente, las cultas estrofas de Berceo, en tetrástrofo monorrimo, especifican también la forma de pago del Voto de San Millán:

"Unas tierras dan vino, en otras dan dineros,
en algunas cebera, en alguantas carneros;
fierro traen de Álava y cuños de aceros,
quesos dan en ofrenda por todos los Cameros".


Realidad histórica

Como hemos indicado con anterioridad, el monasterio de San Millán de la Cogolla padeció problemas económicos en los inicios del siglo XIII, debido a que se redujeron notablemente las donaciones en su favor a raíz de la dura competencia entre los distintos centros de peregrinación. Fue en este contexto, sin duda, cuando se concibió la idea de crear el Voto de San Millán para obtener la parte de la recaudación del Voto de Santiago que correspondía a la zona de Castilla, en detrimento de los recursos que percibía el arzobispado de Santiago de Compostela. De una manera menos ambiciosa, se trataba también de reforzar los presentes y donaciones que se hacían de forma tradicional a San Millán, desde hacía muchos años, en una práctica obligatoria, compitiendo con la consolidada recaudación que fluía hacia la capital de Galicia.

Para conseguirlo, entre 1210 y 1240 se elaboraron por los copistas del monasterio falsos documentos del siglo X, el más importante de los cuales fue el diploma en el que el conde Fernán González de Castilla había instituido el Voto de San Millán trescientos años atrás. Todos estos documentos fueron utilizados con bastante éxito en diversos pleitos que se mantenían con otras instituciones religiosas por cuestiones económicas y recaudatorias.

Buena prueba del éxito de estos documentos es que convencieron a la cancillería regia de su autenticidad, logrando que el rey Sancho II confirmase en el año 1289 el privilegio de los votos otorgado de forma imaginaria por el conde Fernán González a favor del monasterio riojano. Aunque los documentos falsos se elaboraron durante los años de estancia de Gonzalo de Berceo en San Millán, no tenemos la certeza de que participara en su ejecución material. Lo que sí es seguro es que conocía el diploma de los votos de San Millán porque lo cita expresamente en su obra.

También es rigurosamente cierto que, como complemento de los documentos y las actuaciones judiciales, existió una campaña literaria para fomentar una mayor recaudación en la que participó decididamente Gonzalo de Berceo escribiendo su "Vida de San Millán de la Cogolla" hacia el año 1230. Esta obra se recitaba a los peregrinos que acudían al Monasterio y, por tanto, era un excelente instrumento de divulgación entre los fieles de la existencia del Voto de San Millán y la obligatoriedad de pagarlo. Además hay constancia histórica de que las obras de Berceo se recitaron por los juglares en las diversas poblaciones que iban recorriendo, incrementando su difusión entre los contribuyentes.

Conclusión.

Setecientos cincuenta años después de su muerte, Gonzalo de Berceo es considerado uno de los más importantes escritores de la Edad Media. La generación española del 98 convirtió su figura en un auténtico símbolo. Berceo tenía una clara intención didáctica a la hora de escribir sus obras: quería que los fieles aprendieran gracias a ellas. Este objetivo le hizo conseguir algo muy difícil: utilizar un lenguaje sencillo y auténtico sin olvidar la cultura eclesiástica-latina a la que pertenecía. Sus endecasílabos, que están repletos de expresiones populares y afectivas, consiguieron otorgar categoría artística a lo coloquial por primera vez en la literatura castellana. Gracias a ello, consiguió enriquecer nuestra lengua en una época tan temprana como la primera mitad del siglo XIII.

Berceo no tuvo tanta fortuna como creador y divulgador de impuestos, puesto que aunque es cierto que el Monasterio de San Millán de la Cogolla consiguió mejorar su situación económica a través de los documentos falsos, las victorias en los pleitos y la difusión poética del Voto de San Millán, no se logró el ambicioso objetivo de recaudar de manera regular el voto sobre el extenso territorio de Castilla.

miércoles, 30 de marzo de 2011

En tiempos de brujas

Como otras veces, destripamiento de película tenemos a la vista.


Empezamos con el ajusticiamiento de tres brujas en una villa, por la noche el cura intenta descolgarlas para leer unos fragmentos del libro de Salomón e impedir que el Diablo las haga resucitar. Con las dos primeras lo consigue, pero con la tercera no tiene tiempo y esta lo mata.

Saltamos varios años al futuro, nos encontramos en Tierra Santa; y no vamos bien. Un desierto a pleno sol, vemos a los “caballeros” templarios andando por las dunas. Todo un ejército a pie, con sus armaduras y arreos de guerra, a pie. Por lo menos los musulmanes también viene andando. Joderrr, han cargado a la carrera, con dos cojones, sin importar el calorcito del día ni el peso de las cotas de mallas, cascos y escudos varios. Cuando lleguen a enfrentarse estarán muuy cansados.

Vemos, de forma continuada, varias batallas pero la tónica es la misma en todas, nuestros protagonistas tienen tiempo para chascarrillos varios mientras van eliminando a enemigos a diestro y siniestro. Las escenas funcionan en "stop motion" o sea, a cámara superlenta para que veamos bien los golpes y la sangre salpicando. "Matrix" ha hecho mucho daño. Es curioso que nadie utiliza un escudo como arma defensiva, los pocos que llevan este adminículo siempre, siempre tienen la guardia abierta y nuestros protagonistas los matan facílmente. Las batallas se han llevado a cabo a lo largo de unos diez años, en todas ellas los “caballeros” templarios lucha a pie, al igual que sus enemigos sarracenos. Todos a pie, no se ve ni un solo caballo. No debían tener presupuesto suficiente.

Así llegamos a 1344 al asedio de Smyrna, donde nuestro protagonista tiene una epifanía, al matar por error a una mujer desarmada siguiendo las prédicas del jefe templario; quien está a pecho descubierto incitando a sus hombres a perseverar en el ataque para destruir a los enemigos de Dios y de su Único Hijo. Curiosamente las imágenes nos muestran a mujeres y niños asesinados pero no vemos ni un solo hombre armado, los defensores de la fortaleza han debido desaparecer como por ensalmo. Nuestros futuros héroes se enfrentan con el Heraldo de Dios y abandonan a los caballeros templarios.

Ha pasado un mes, nuestros amigos siguen caminando, vaya caballeros de mierda, andando a todos lados. En la costa de Styria llegan hasta una granja que tiene un techo a dos aguas altísimo, debe ser una zona donde nieva muchísimo. Aquí encuentran a una familia en la misma cama, todos muertos. Sí, sí, sí, ¡por fin! Encuentran dos caballos atados en el corral de la granja. Nadie los ha robado. Ellos los toman prestados, y por fín son caballeros completos. Llevamos 15 minutos de película y en tiempo de historia unos 10 años, y por fin vemos los primeros caballos, ¡aleluya!. Han llegado a Centro Europa. No sé como pero ya están aquí. En apenas un mes han llegado desde Palestina a Centroeuropa. Eso es andar con rapidez, pues no hemos visto que hayan desembarcado en ningún sitio, ni otro medio de transporte que sus piernecitas.

Acojonante, uno de ellos no quiere entrar en la ciudadela que ven desde lo alto de una colina porque teme ¡ser reconocido!. Han recorrido unos 10.000 kms en un mes y temen que los reconozcan en una ciudad de mierda en Europa. Ya sabemos que el feisbuc es lo que tiene que no te deja desaparecer con tranquilidad.

Claro, pasa lo que tenía que pasar. Cuando están cambiando los caballos por otros más acordes con su estatus de caballeros, son reconocidos. Rápidamente aparecen los guardias y los detienen. Son conducidos al dormitorio del castellano quién está en cama atacado por la peste. Hay un buen detalle histórico, los médicos que le atienden tienen el rostro cubierto por una máscara con un pico pronunciado. En este pico se introducían hierbas aromáticas para no sucumbir a la peste de los cuerpos enfermos.




He dejado de verla.

El castellano ha prometido “retirar los cargos” contra nuestros héroes si llevan a la bruja responsable de extender la peste hasta las autoridades.

Me jode que no cuiden un poco, sólo un poco, la forma de hablar. Retirar los cargos, quién coño habla así, los abogaduchos de hoy en día. En pleno siglo XIV alguien iba a hablar de esa manera, ni siquiera los leguleyos dirían esas tonterias.

He durado veinte minutos. Una película menos.

lunes, 31 de enero de 2011

La Hacienda en el reinado de Alfonso X

La Hacienda en el reinado de Alfonso X
Alfonso X el Sabio reinó en Castilla y León entre los años 1252 y 1284 y fue, sin duda, uno de los más importantes personajes de la Edad Media española. En la actualidad es recordado por su decisiva contribución al avance de las ciencias de la naturaleza, el arte, la historia y el derecho. Ejemplos excepcionales de su quehacer son las Cantigas de Santa María y las Siete Partidas. En su época destacó, además, por el impulso que dio a la reconquista y sus triunfos militares sobre los moros. Así, participó en la toma de Murcia y Sevilla, en sus años juveniles, y en la conquista del valle del Guadalquivir, Jerez, Cádiz, Huelva y Niebla, siendo ya rey.
Su labor modernizadora se extendió también al terreno hacendístico. En primer lugar, reforzó notoriamente la posición del monarca frente a la aristocracia a la hora de exigir tributos, dejando claro que sólo aquél gozaba de esa potestad con carácter general, mientras que los nobles la debían circunscribir a sus dominios territoriales.
Su segundo objetivo fue incrementar la exigua recaudación tributaria que existía en la época de su padre, Fernando III. De esta manera, creó nuevos impuestos que gravaron algunas de las actividades económicas más pujantes de los años intermedios del siglo XIII. En concreto, estableció los diezmos aduaneros, que recaían sobre el comercio exterior, y un impuesto sobre la ganadería trashumante, que se concretaba en el pago de un maravedí por cada mil cabezas de ganado lanar.
Otra vía para incrementar la recaudación consistió en normalizar los servicios, que hasta ese momento tenían un carácter extraordinario. Los servicios eran recursos adicionales que se recababan de los ciudadanos para sustentar necesidades imprevistas de la monarquía y que debían ser aprobados previamente por las Cortes. Este proceso se inició en 1264, cuando Alfonso exigió un servicio para dominar la sublevación de los mudéjares murcianos y sevillanos. Cinco años más tarde solicitó en las Cortes reunidas en Burgos seis nuevos servicios para sostener la guerra contra los musulmanes y un servicio doble para viajar a Alemania.
Esta última petición fue debida a que, durante dos décadas, Alfonso X intentó, sin éxito, ser elegido emperador del Sacro Imperio Germánico. Su candidatura se fundamentaba en el gran prestigio que tenía en las cortes cristianas de Europa y en que descendía, a través de su madre, de varios emperadores germánicos y bizantinos.
Otros tres servicios se aprobaron en 1275 con ocasión de la invasión del sur de la península por unos poderosos guerreros norteafricanos, los benimerines. Además, la traición del almojarife mayor Zag de la Maleha, y su posterior ejecución, pudo ser el detonante de la poderosa elevación de la fiscalidad sobre los judíos a partir de 1281. No contento con lo anterior, Alfonso X pidió a sus vasallos otro servicio en las Cortes sevillanas celebradas ese mismo año.
La creación de nuevos impuestos, el aumento de sus tipos y la frecuente exigencia de servicios llevó a que la presión fiscal se multiplicase por cuatro, originándose un profundo descontento entre los nobles y comerciantes que desembocó en una auténtica guerra civil a partir de 1281.
Este conflicto militar amargó profundamente los últimos tres años del reinado, puesto que los descontentos fueron acaudillados por Sancho, segundo hijo de Alfonso X. No obstante, la traición de Sancho tenía un fundamento: el Monarca le había relegado en la sucesión al trono, anteponiendo a los Infantes de la Cerda, hijos de su primogénito Fernando, el cual había fallecido prematuramente.
Decepcionado y abandonado por una parte de sus vasallos, Alfonso X el Sabio falleció el 4 de abril de 1284 en Sevilla, después de haber perdonado a su hijo Sancho, que le sucedería, a pesar de todo, con el nombre de Sancho IV el Bravo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Una bonita leyenda medieval: Lady Godiva

Hemos oído muchas veces contar la historia de Lady Godiva , en la que se entremezclan algunos elementos históricos con los más hermosos trazos de una leyenda medieval.

Se puede decir que fue la primera mujer de la historia que intervino de forma conocida - y harto peculiar - en la regulación y recaudación de impuestos.

Sea leyenda o historia, lo que parece indubitado es que aquella noble sajona sí existió en el siglo XI, tal y como queda constatado en las crónicas de Florence de Worcester.

Su nombre, Godiva, parece que se remonta, en su origen en idioma sajon, a Godgifu ó Godgyfu quiere decir Gift of God («regalo de Dios»);

Según cabe deducir de los datos disponibles, Lady Godiva vivió en la Inglaterra de Eduardo el Confesor, (1042-1066), rey de Inglaterra . Fue la esposa de Leofríc, conde de Chester y de Mercia y señor de Conventry, con quien se había casado hacia el año 1040.

El conde y señor fue afortunado en las guerras y obtuvo recompensas del Rey. Acumuló una gran fortuna que supo hacer crecer hasta el punto de convertir a Coventry en una de las ciudades inglesas mas prosperas en el comercio de lanas y textiles.

Según las crónicas, el conde Leofric fue un buen administrador dispuesto, incluso a colaborar a embellecer sus territorios con construcciones religiosas. De hecho, está demostrado que financió la construcción del Monasterio Benedictino de Coventry, sobre el que, unos cincuenta años más tarde de su construcción, se levantó la primera catedral de la zona: el Priorato de Santa Maria, en donde está enterrada Lady Godiva

Sin embargo, parece que también queda demostrado que el Conde para obtener recursos con los que hacer frente a este tipo de gastos y otros no tan artísticos, iba incrementando la presión recaudatoria de los impuestos sobre sus siervos

El pueblo de Coventry se ahogaba bajo los impuestos. Las súplicas para reducirlos fueron ignoradas por el conde de Mercia, encargado de reclamarlos en nombre del Rey. Ante los peticiones del pueblo, la respuesta fue una nueva subida en dichos impuestos.
De acuerdo con el cronista del siglo XIII Roger de Wendower, que relató la historia de Lady Godiva dos siglos después de que aconteciera, Godiva rogó a su cónyuge que disminuyera los impuestos que abrumaban a los habitantes de Coventry.
Según la versión de este cronista medieval, parece que, en vez de desanimarse por la negativa inicial de su marido, Godiva siguió insistiendo en el tema, hasta que el conde, con el objetivo de deshacerse de la absurda petición de su insistente esposa, accedió, pero con la condición de que Godiva atravesase desnuda las calles de la ciudad.

Era una condición que le pareció suficientemente imposible de cumplir, por lo pensó que esta descabellada apuesta le liberaría de negar a su esposa lo que con tanta perseverancia le rogaba.

Sin embargo, Godiva, en un gesto que resulta inconcebible en el marco histórico en el que se desarrolla, parece que aceptó el reto y cumplió la condición.

Llegados a este punto de la leyenda, existen distintas versiones sobre como discurrió el paseo a caballo. Unos afirman que, los habitantes de Conventry, impresionados por la solidaridad y el sacrifico de su señora, se juramentaron para encerrarse en sus casas y cerrar las ventanas con el objetivo de que el pudor de la dama no se viera ofendido.

Otros, narran que fue el propio Conde, viendo la resolución de su esposa a cumplir lo prometido, quien dio esa orden a todos los habitantes de Conventry , bajo seria amenaza de severo castigo.

Sea como fuere, el caso es que Lady Godiva cabalgó desnuda - cubierta tan solo por su larga cabellera - por el mercado de la villa vacía, sin ser observada por nadie ( a excepción hecha de un sastre fisgón, cuya figura pasó al folklore popular como Peeping Tom).

El conde de Mercia no tuvo más remedio que acceder a las peticiones de su esposa.

Hasta aquí la leyenda, ahora la cruda realidad: hay que advertir que según las primeras referencias escritas relativas a esta dama y los resultados de algunos estudios llevadas a cabo por profesores de Historia Medieval, la bella Lady Godiva nunca hizo el famoso paseo a caballo, y menos desnuda, por el pueblo.

Según el Harvard Magazine 2003, el profesor Daniel Donoghue concluye en su tesis:" que doscientos años después que fallece lady Godiva los monjes Benedictinos añadieron una pieza narrativa en las historias latinas" y nace la leyenda de Lady Godiva, sin fundamentos, y con intenciones reservadas.

Aunque sea una leyenda creada por la imaginación de los monjes Benedictinos, hay que reconocer su belleza y el enaltecimiento de los valores de compasión y sacrificio, valentía y decisión de una mujer ante la injusticia, que utiliza el sentido de pertenencia que sobre si misma tiene su esposo para forzarle a actuar a favor de quienes lo necesitan...

Quedaba algún tiempo para que aparecieran Las "cartas" que restringían los poderes fiscales. La primera fue suscrita por Juan sin Tierra y no es otra que la Carta Magna, firmada el 15 de junio de 1215, en la que se consagraba el principio "no taxation without representation" (no habrá impuestos sin que los voten los representantes).

No parece necesario recordar que Juan sin Tierra se vio forzado a firmar cuando, después de incrementar el tributo a la tierra (tallage) y el que permitía evitar el servicio militar a favor del rey (scutage), fue derrotado por los barones en Runnymede, en las afueras de Londres.

martes, 19 de octubre de 2010

Toledo, el lado oscuro

Se dice que Toledo, crisol de culturas y centro de la intelectualidad europea durante siglos, tuvo dos escuelas, la de Traductores y la de Nigromancia. Sobre esta segunda los datos son demasiado parcos.

Para los ilustrados, las artes mágicas no eran sino la conjunción de la vanidad de unos pocos con la ignorancia de muchos, no habiéndose probado la existencia de algo que tuviera que ver con esta artes, aunque fuera remotamente, la práctica de la magia era un sambenito con el que España en general, y Toledo en particular, había tenido que cargar.

La leyenda de Toledo como lugar destacado en la transmisión de dichas artes habría sido una consecuencia de la fama alcanzada por la Escuela de Traductores, cuyas enseñanzas estaban mal vistas por buena parte del clero y del pueblo llano. La Escuela de Nigromancia sería el imaginado lado oscuro y esotérico de la actividad científica de la de Traductores, a la que árabes, judíos y cristianos acudían para empaparse de los saberes de la Antigüedad; la interpretación heterodoxa y mágica de las enseñanzas científicas que en ella se impartían.

Las primeras referencias literarias acerca de la difusión de la nigromancia desde la ciudad del Tajo no sólo fueron tardías, sino que coincidieron en buena medida con esta espléndida época en la que, especialmente bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, la ciudad se convirtió en la meta de la intelectualidad europea. Dichas referencias no fueron escritas en la Península sino más allá de los Pirineos, siendo sobre todo religiosos cistercienses los artífices de las mismas, reticentes ante los avances científicos e interesados en desacreditar las enseñanzas que se impartían junto al Tajo.

Por tanto, más que una realidad la magia toledana fue originariamente el fruto de una literatura tendenciosa y difamatoria. Incluso en los “Hechos de los obispos de Halberstad”, obra de comienzos del s. XIII que recoge la primera referencia conocida en este sentido, se mantiene que le papa Gregorio VII aprendió magia cerca de Toledo, algo inverosímil, si tenemos en cuenta que el personaje nunca estuvo en la Península ibérica.

Antes que él, en la obra de Guillermo de Malmesbury “Gesta Regum Anglorum”, del s. XII, se recoge que el sabio francés Gerberto de Aurillac, considerado un esotérico, había aprendido magia en Barcelona y Córdoba, alcanzando el papado bajo el nombre de Silvestre II gracias a un pacto con el diablo.

Sería con obras posteriores como “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, en el que se cita a un supuesto don Ylán, gran maestre en ciencias ocultas cuya mansión se ubicaba bajo las aguas del Tajo, las que magnificaron y difundieron el componente mágico atribuido a Toledo.

Por su proximidad al inframundo, las cuevas, sótanos y subterráneos en general se convirtieron en los lugares más apropiados para los nigromantes. La cueva más famosa en Toledo era la llamada “Cueva de Hércules”, aquella en que el diablo asentó sus reales para enseñar a moros y judíos.

La cueva siguió siendo muy famosa, tanto que en 1546 el cardenal Silíceo promovió su exploración. Varios hombres entraron en ella con antorchas, después de estar todo el día explorándola salieron al exterior, según diversas versiones, con los rostros demacrados o, en el peor de los casos, enfermaron y murieron rápidamente.

Más tarde, el famoso e infamado Marqués de Sade recogería en un cuento “Rodrigo o la torre encantada”, versión libre de una de las principales leyendas sobre la pérdida de España; la historia de la cueva, bajo la iglesia de San Ginés donde había una puerta con mil cerraduras puestas por los distintos reyes de España. El rey Rodrigo hace abrir la puerta, después de recorrer múltiples estancias; e incluso pasar por el infierno, llega ante un lienzo con guerreros árabes pintados junto con una leyenda que dice: “Cuando este paño fuere extendido y aparecieran estas figuras, hombres que andarán así vestidos, conquistarán España y serán de ella señores.”

viernes, 1 de octubre de 2010

Una muerte terrible

En septiembre de 1185 el emperador bizantino Andrónico Comneno había sido víctima de un destino particularmente horripilante; al final del golpe palaciego que le arrebató el poder, fue atrapado por quienes apoyaban a Isaac Ángelo, encerrado en prisión y torturado de forma grotesca.

Sus captores le sacaron un ojo, le arrancaron los dientes y la barba y le cortaron la mano derecha. Luego, se le hizo desfilar por las calles de Constantinopla a espaldas de un camello sarnoso para que se enfrentara a la ferocidad y el rencor de la turba.

Algunos le arrojaron excrementos humanos y de animales, otros le tiraros piedras y una prostituta vació sobre su cabeza un tiesto repleto de su propia orina. Una vez en el foro, fue colgado cabeza abajo y le cortaron los genitales. Algunos de los que estaban entre la multitud le hundieron sus espadas en la boca y otros entre sus nalgas, antes de que, por fin, el depuesto emperador expirara.

Con seguridad una de las muertes más públicas y atroces de toda la Edad Media.

martes, 21 de septiembre de 2010

El transporte de los Cruzados

Durante las Cruzadas la forma más habitual y rápida de dirigirse a Tierra Santa era en barcos, tanto para los peregrinos como para los combatientes. A nuestros ojos del s. XX, las embarcaciones de madera de la Edad Media parecen feas y sin gracia, poco más que pequeñas bañeras redondeadas. La nave mercante típica tenía unos treinta y tres metros de largo por nueve metros de ancho, aproximadamente. Compárense estas cifras con la medidas de un avión moderno como el Airbus A320, que tiene algo más de treinta y seis metros de largo por cinco metros de ancho; este avión transporta hasta ciento cincuenta pasajeros y ocho tripulantes en vuelos de (normalmente) cuatro horas y media, al cabo de las cuales la mayoría de los pasajeros tienen calambres y se sienten nerviosos.

Los barcos de transporte medievales podía llegar a llevar hasta seiscientos pasajeros además de una tripulación de entre ochenta y cien hombres. En cada uno de los extremos estas naves poseían estructuras de madera conocidas como castillos, que hacían que la altura global del casco superara los doce metros. Los camarotes de los caballeros se ubicaban en la torre más alta y proporcionaban lo que entonces era considerado un alojamiento de lujo, donde al menos podía permitirse algo de privacidad. El grueso de los hombres se alojaba en la parte central de la nave, hacinados en el espacio más estrecho posible (unos sesenta centímetros por metro y medio por persona, leemos en un estatuto de mediados del siglo XIII). Los crujidos de la madera y el chasquido de las velas, el olor del mar y del sudor, unidos a la proximidad de tantísima gente convertían el viaje en una experiencia increíblemente dura.

Los medievales estaban acostumbrados a compartir alojamiento en el gran salón del castillo, pero aquí se añadía su falta de familiaridad con el viaje por mar y el hecho de que los marineros tenían que llevar a cabo sus tareas entre los cruzados. Mientras se acurrucaban en la oscuridad bajo las cubiertas y rodaban de un lado a otra en las entrañas húmedas y frías de la nave, muchos viajeros debían de arrepentirse de haber abandonado tierra firme. Sobre ellos se elevaban mástiles de más de treinta metros y velas que chasqueaban azotadas por el viento. De acuerdo con los estándares actuales , estas embarcaciones eran lentas y un viaje entre Venecia y Acre ( menos de tres mil kilómetros en línea recta) podía tardar entre cuatro y seis semanas.

La naves que llevaban los caballos, esenciales para la supremacía de los caballeros occidentales en sus temibles cargas, se llamaban taridas, eran movidas por remeros principalmente y para impulsar cada una se requerían unos cien hombres. Solían llevar unos treinta caballos cada una, y almacenaban grandes cantidades de comida y agua para alimentarlos, cada animal debía ser suspendido de eslingas para impedir que cualquier movimiento brusco de la nave le hiciera perder pie y provocarse heridas; además, era necesario limpiarlo y tirar el estiércol por la borda. Los caballos se encontraban en la parte más baja de la embarcación, cuya entrada principal quedaba por debajo de la línea de flotación cuando su carga estaba completa. Una vez preparados para la batalla, la nave se hacía varar en la costa, con lo que esta puerta podía abrirse y los caballos, ensillados y con sus jinetes completamente armados encima, atravesaban una rampa y salían de la nave para entrar de inmediato en combate.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Venecia

Levantada sobre un puñado de islas en una laguna al norte del mar Adriático, la ciudad de Venecia era una fuerza poderosa e independiente en el mundo medieval. Las islas que conforman la ciudad habían estado habitadas por pescadores desde la época de los romanos. Con el declive del Imperio romano, entre el siglo IV y V la mayor parte de Italia quedó bajo el dominio de las tribus germánicas. Una de las excepciones fue el territorio conocido como Venecia, que permaneció bajo el control de funcionarios enviados desde Constantinopla.

La invasión de Italia por los lombardos en el año 580 obligó a muchos refugiados procedentes del continente a establecerse en las islas de las lagunas.. Diversos asentamientos fueron creciendo y para 697 los funcionarios bizantinos decidieron nombrar al primer dux encargado de gobernar la zona. En el año 810, Pipino, hijo de Carlomagno, intentó conquistar la región en nombre del Imperio franco, pero fue incapaz de llegar hasta la isla de Rialto, que ya entonces era el centro neurálgico del asentamiento.

Un tratado de paz firmando en esa época aclaraba que Venecia pertenecía al imperio bizantino, pero los habitantes pronto empezaron a afirmar su independencia. Un vivo símbolo de ello tuvo lugar en el año 829 cuando las reliquias de san Marcos fueron robadas en Alejandría y la ciudad lo adoptó como su patrono. Sin embargo, la pérdida de vínculos políticos no supuso una ruptura total entre Venecia y Constantinopla y las relaciones comerciales entre ambas siguieron siendo fuertes, al igual que la influencia cultural griega, determinante, por ejemplo, en la arquitectura.

Los venecianos concentraban sus conocimientos como navegantes en la multitud de valles que forman distintos ríos al pie de los Dolositas, en el norte de Italia. Estos marineros se convirtieron en magníficos comerciantes que vendía sal y pescado procedentes de su propia región, así como productos del Mediterráneo importados por mercaderes bizantinos (especias, seda, incienso), a cambio de los granos y demás alimentos de primera necesidad que no podía cultivar en sus pequeñas y arenosas islas.

Durante los siglos IX y X, las regiones vecinas se fueron pacificando, la economía prosperó y los venecianos comenzaron a viajar cada vez más lejos para satisfacer la creciente demanda de productos suntuarios. Sus naves se adentraron el Mediterráneo con mayor frecuencia para comerciar con los musulmanes del norte de África, así como de Asia menor y Levante. Este aumento del comercio, unido a ala disponibilidad de la madera, redundaron ene le surgimiento de una industria veneciana de construcción naval que ayudó a sostener la supremacía comercial de la ciudad.

En el siglo XI, Venecia era una potencia económica y política fuerte, rica y llena de energía. A diferencia de sus rivales, Pisa y Génova, había conseguido mantener su independencia frente al emperador germánico que gobernaba la mayor parte de la Italia septentrional.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El torneo medieval

Para nosotros un torneo medieval tiene un marco más o menos formal: dos caballeros se enfrentan el uno al otro en una justa, con sus lanzas en posición horizontal; a continuación se produce un choque y las lanzas de madera se astillan en el momento en que cada uno golpea a su adversario; un ruido sordo se escucha cuando uno de los combatientes cae al suelo; quien ha resultado triunfante es aclamado por la multitud que se agolpa en las tribunas luciendo sus mejores galas.

Este cuadro quizá resulte creíble en el siglo XIV, pero antes de esa época los encuentros eran mucho más caóticos y bastante más brutales.

En el siglo XII, antes del comienzo de la Cuarta Cruzada, los torneos eran acontecimientos desordenados y anárquicos, aderezados con sangre y venganzas. No tenían lugar en recintos cerrados como la liza de las justas, sino que se desplegaban por un territorio de muchas hectáreas. Por lo general, el campo de batalla estaba definido por dos poblaciones o castillos. Era necesario un espacio tan abierto porque era muy inusual que los hombres lucharan individualmente y lo común era que los combatientes se dividieran en dos grupos de hasta 200 caballeros cada uno. La formación de los grupos era, con frecuencia, reflejo de alianzas políticas verdaderas y podía convertirse en motivo de tensiones muy agudas. El torneo comenzaba con una carga con lanzas. Los dos grupos salían disparados el uno contra el otro a gran velocidad, y los gritos de los hombres se mezclaban con el estruendo de los cascos y el traqueteo de los arneses. Venía luego el tremendo impacto que producía el encuentro de los contingentes, el ruido sordo de los cuerpos chocando entre sí, el violento sonido del metal contra el metal, la carne cediendo al impulso de la carga, los primeros gritos de los heridos. Entonces estallaba la lucha cuerpo a cuerpo y los golpes hacían repicar los yelmos con gran estrépito. No era inusual que los hombres resultaran heridos; en algunos casos alguien moría.. Las reglas eran muy pocas y, además, no había árbitros. El combate podía degenerar en tumulto o refriega más seria, un enfrentamiento caótico en el que el grupo que consiguiera mantener mejor el orden era el que tenía mayores posibilidades de hacerse con la victoria. No se tenía en cuenta el entorno en que se producía el combate: huertas, viñedos y cosechas eran pisoteados o arrasados; los caballeros podía utilizar un granero u otras edificaciones para esconderse y preparar emboscadas, y las calles de un pueblo podían de repente convertirse en escenario de una contienda a gran escala.

El propósito de estas brutales confrontaciones era practicar y prepararse para la guerra de verdad, y la única diferencia entre ambas actividades era que aquí el objetivo no era matar al oponente sino capturarlo. Por supuesto, en el calor del combate – y también cuando alguien se topaba con un viejo adversario- las espadas quizá llegaban a blandirse con demasiada dureza y alguien podía perder la vida. Otros podía quedar lisiados por accidente: el conde Godofredo de Bretaña, hermano pequeño de Ricardo Corazón de León, murió en un torneo en 1186. La desgracia podía sorprender a un hombre dejándolo atrapado en su armadura. Guillermo el Mariscal, el guerrero más grande de su época (1145?-1219), en un torneo especialmente duro desapareció sin que nadie se diera cuenta. Cuando terminó el combate y los contendientes volvieron a sus reales, alguien se dio cuenta de la falta del Mariscal. Después de mucho rato de búsqueda, consiguieron localizarlo en la herrería local, doblado sobre la forja y sometido a los golpes del herrero, que intentaba retirarle el yelmo, tan deformado que nadie había podido quitárselo de la cabeza.

El trepidante combate de un torneo ofrecía, de lejos, la preparación más realista para la guerra de verdad que cualquiera pueda imaginar. Los torneos eran enormemente populares en el norte de Francia y en Flandes, mucho menos en el sur de Francia y prácticamente desconocidos en Italia

lunes, 5 de julio de 2010

Pero Tafur

Un hidalgo medieval con pies ligeros

Hacia el año 1436, Pero Tafur era un hidalgo dueño de una gran fortuna material y con gran formación cultural. Residió durante muchos años en Sevilla, aunque no se sabe si nació allí.

Abandonó su vida acomodada para lanzarse a las distancias y recorrer sin descanso Europa, el Mediterráneo y los países del norte de África en cuatro viajes. Dejó para la posteridad un las obras maestras de la literatura de viajes medieval: Las andanzas de un hidalgo español, narrando con un estilo refinado y un explícito sentido del humor sus experiencias.

A pesar de que partió de Sanlúcar de Barrameda en el otoño de 1436, este hidalgo no era embajador ni comerciante sino un entusiasta de la idea de ver mundo, tomó como base la ciudad italiana de Venecia, desde donde inició una obligada peregrinación a Roma, no sin antes visitar Génova y Pisa. En un segundo viaje marchó hacia Oriente embarcado en una nave de peregrinos cuyo destino era la ciudad de Jaffa, en Tierra Santa. Durante tres semanas Tafur se adentró en los santos lugares anotando con fruición cuanto veía, para regresar después a Jaffa y tomar camino hacia Beirut, desde donde embarcó a Chipre. Allí le fue encargada una embajada al sultán de Egipto y desde allí alcanzó el desierto del Sinaí y las orillas del mar Rojo, para regresar a El Cairo y Alejandría y reembarcar hacia Chipre con los resultados de su empresa diplomática, y partir de allí a Constantinopla, no sin antes excursionar a Adrianópolis (enclave fundado por Adriano, el emperador romano nacido en Itálica) o Crimea.
Tras visitar Constantinopla y dar cuenta de sus costumbres, así como de sus monumentos, regresó a Venecia, adonde llegó en el año 1438.



En su libro, Tafur mostró un gran interés por dar a conocer lo “diferente”, realizando comparaciones de ciudades con otras de las que podrían ser mejores conocedores los lectores, en un momento en que esto no era lo habitual entre los escritores de culturas ajenas a la propia. Una de sus intenciones era dar a conocer a las potencias occidentales las costumbres de los pueblos considerados como enemigos de la cristiandad, ensalzando sus labores y logros, pero también deteniéndose en los puntos débiles de los mismos; especialmente en lo concerniente a la organización militar y defensiva, que podría ser en un futuro aprovechados en caso de conflicto armado.

En Ferrara se entrevistó con el papa, al que dio breve cuenta de sus andanzas, para posteriormente visitar al emperador de Constantinopla, que también se encontraba en aquella ciudad italiana. Tafur fue luego a Parma y Milán antes de iniciar un nuevo viaje, el tercero, este con rumbo a los países al norte de los Alpes, una frontera natural difícil de cruzar, en especial en los meses del crudo invierno. Que esta estación no mermó el ánimo del sevillano lo demuestra el hecho que hizo construir un trineo tirado por bueyes. Así, consiguió cruzar el Paso de San Gotardo y llegar a Basilea. Descansó unos días y se dirigió a Estrasburgo y después a Flandes, no sin antes darse unos baños calientes en Baden. Posteriormente acudió a la famosa feria de comercio de Frankfurt y pasó un tiempo en Colonia, de la que dijo que era la ciudad más rica de Alemania. Vuelto a Basilea se dirigió a Constanza y Breslau, con paradas en Ulm y Nüremberg, tras lo cual regresó a Ferrara, haciendo escala en Viena.

Su cuarto viaje y último fue el que supuso su regreso a España, pero no por la vía rápida, pues aún tenía mucho que ver y que anotar. Así que de Ferrara viajó a Florencia, pasando por Venecia, Vicenza y Verona; su curiosidad le hizo detenerse en Bolonia y, de nuevo, en Ferrara, desde donde volvió a Venecia. En la ciudad de los canales esperó durante un mes un embarque apropiado hasta que, al fin, una nave de Sicilia lo llevó por el Adriático parando en todas las ciudades importantes de la ruta comercial hasta parar en Messina, contemplar el volcán Strómboli desde las islas Lipari, rodear completamente Sicilia y toparse con el majestuoso volcán Etna. Malos vientos empujaron su nave hasta África, Túnez, desde donde llegó a la isla de Cerdeña, última etapa, esta vez sí, de su regreso a España.

La línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero como podría decirnos Pero Tafur no siempre es el mejor.

miércoles, 30 de junio de 2010

Ruy González de Clavijo

Diplomático y viajero

De noble familia madrileña, oficial de la Casa Real y camarero de Enrique III de Castilla, el propio rey le encargó en 1403 que encabezara la embajada a Samarcanda (hoy de Uzbekistán), la capital del imperio de Timur, apodado el cojo, un monarca de crueldad bien conocida pero que mantenía importantes relaciones con Occidente. Timur el Cojo, era conocido en Occidente como Tamerlán, había enviado años atrás al monarca castellano una embajada

Esta embajada castellana tenía como objeto trazar itinerarios fiables desde Castilla hasta Asia central, verificar las rutas comerciales, recabar noticias sobre los pueblos transitados y poner de manifiesto la superioridad de Enrique III frente al resto de las monarquías europeas, en un momento difícil para los occidentales tras la derrota de los cruzados en Nicópolis ante el turco Bayaceto.



El grupo mandado por González de Clavijo partió de Cádiz, probablemente de El Puerto de Santa María, en mayo de 1403 a bordo de un barco genovés. Tras atravesar el Mediterráneo la embajada llegó a Rodas y luego a Constantinopla, para partir después, por el sur del mar Negro, hasta Trebisonda (actual Trabsond) en un intento por sortear los dominios del sultán turco y así alcanzar Persia, bajo el dominio de los mongoles. Tuvieron que adentrarse en tierras ásperas y pagar peajes abusivos. Cruzaron Armenia, pasaron cerca del monte Ararat y llegaron por fín a Teherán.

Se adentraron en el desierto del Turquestán para llegar al río Amu Daria y de allí viajaron a Samarcanda, adonde llegaron el 8 de septiembre de 1404 (un viaje de 16 meses).

En la fastuosa urbe de la Ruta de la Seda permanecieron 75 días, recogiendo datos importantes sobre las relaciones entre las diferentes monarquías asiáticas de la época.

De regreso, llegaron a Bujara, desde donde tomaron el camino de idea e hicieron escala en Trebisonda. Llegaron a Alcalá de Henares en marzo de 1406, tras un penoso viaje de regreso.

Fruto de aquel periplo fue la crónica que conocemos como “Viaje de Tamorlán”, que está considerado como el primer libro de viajes de la literatura castellana. Se trata de una obra fundamental, que llegó a figurar en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia para documentar, entre otros, el uso de voces y modos de hablar desde 1400 a 1500. Fue publicado por primera vez en 1582 en Sevilla y consiguió rápidamente un carácter universal pues fue traducido al ruso, inglés, francés, pesa y turco.

domingo, 27 de junio de 2010

Benjamín de Tudela

El gran viajero hispano-judío por Oriente

El judío español Benjamin ben Zona, natural de Tudela era un rabino (sabio), según se sabe por el prologuista anónimo de su libro Sefer-Ma´asot (Libro de viajes), políglota, experto en telas, gemas, especias y perfumes. Con sus conocimientos sobre estas materias inició un periplo hacia Oriente que guardaba una doble intención. Por una parte, establecer nexos en la distancia con los diferentes grupos de judíos dispersos por Europa y Asia y, por otra, obtener recursos para los gastos de tan costoso viaje. Porque, según su relato, pudo haber llegado hasta China en constante observación de la situación de sus hermanos de religión, la política entre las naciones del mundo occidental cristiano y el oriental islámico y la descripción y situación de centros comerciales, así como las rutas que los unían y las que podían unirlos más en el futuro.

Podría considerarse que el objetivo de sus anotaciones era la construcción de un informe puramente comercial pero, en realidad, se trataba de un ambicioso producto cultural y literario en el que se dieron cita la crónica, la geografía, el ensayo costumbrista y, en cierto sentido, a modo de precedente, la etnografía y la sociología.


El viaje de Benjamín de Tudela se inició en Zaragoza, no se sabe con certeza si en 1159 o 1165 y duraría catorce años. Llegó al Mediterráneo por Tarragona, para seguir luego a Barcelona, Gerona, internarse en el Rosellón y la Provenza, y embarcar en Marsella hasta Génova. Cruzó la península itálica hasta el Adriático tras visitar Pisa y otras ciudades, y allí volvió a embarcar para llegar a Corfú y Corta, escala necesaria para arribar a Constantinopla, desde donde viajó a las islas del Egeo.



En Tierra Santa visitó Nablús, Jerusalén, llegó a Damasco, luego a Jama, Alepo, Racca y Mosul, e inició el camino hacia Bagdad por el valle del Tigris. Aquí se abre un paréntesis en su relato, pues a partír de aquí sus palabras parecen serle transmitidas, como atestigua la constante referencia a mitos y leyendas, mientras que hasta aquí sus palabras eran verosímiles. Es la parte correspondiente a su visita a Asia, a Ceilán, las islas de Qis o la misma China.

Un paréntesis que se cierra cuando su escritura retorna a la senda de lo creible, que coincide con el momento en que pisa territorio egipcio, con descripciones fabulosas de El Cairo, Fustat, Alejandría, el monte Sinaí y Damietta.

Sus andanzas terminan bruscamente en París, ciudad a la que llegó desde la costa del norte de Africa, por un curioso itinerario: Sicilia, Roma, Lucca y Verdún.

Nota: Todos los mapas que aparecen en estas entradas de viajeros españoles han sido escaneados del Atlas de los Exploradores españoles editado por la Sociedad Geográfica Española

martes, 22 de junio de 2010

Ibn Yubair. Peregrino del Mediterráneo

Ibn Yubair, poeta valenciano afincado en Granada y secretario de la cancillería decidió, motivado por una crisis de fe, que era el momento de peregrinar a La Meca.

Tras cruzar el estrecho de Gibraltar se embarcó en Ceuta rumbo a Alejandría en una nave genovesa. Era febrero de 1183. Casi un mes después llegaba a tierras egipcias, gobenadas entonces por el sultán Salah al-Din Yusuf, conocido en Occidente como Saladino, tras pasar por las islas Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta.



Después de visitar la ciudad y su famoso faro, partió hacia El Cairo, donde llegó tres días más tarde. Descripciones de la urbe y, cómo no, palabras sobrecogedoras sobre las pirámides. Remontó el Nilo hasta Asuán, para cruzar el mar Rojo, llegar a Jedda, alcanzar La Meca, ciudad en la que permaneció 8 meses, y finalizar la peregrinación en Medina.

En vez de enfilar el camino de regreso a la Península se animó a proseguir ruta. Tomó rumbo norte hacia Jerusalén, Damasco, Mosul, Bagdad y Acre. Dos años después decidió volver a Granada, vía Sicilia, isla en la que hizo una escala, en la ciudad de Palermo.

Fruto de aquel periplo nació su rihla (libro de viajes), un testimonio inusual para la época, pues el autor narró de forma pormenorizada no solo los puntos geográficos por los que transitó, sino su experiencia personal, las costumbres locales, la política, los sistemas de fiscalidad, la cultura en general y el estado de las comunidades religiosas, especialmente de la musulmana pero sin olvidar otras, como la judía o la cristiana, presente esta última con notoriedad en Jerusalén tras las Cruzadas.

Su libro es una ventana esencial para el conocimiento de la cultura mediterránea medieval.

Se tiene constancia de que Yubair viajó dos veces más hacia Levante, pero nada dejó escrito sobre ello.

jueves, 17 de junio de 2010

Abu Hamid Al-Gharnati, Un granadino por Eurasia

En 1090 las tropas del emir almorávide Yusuf ibn Tasufin amenazaban la Granada del último de los reyes ziries. La familia de Abu Hamid dejó su ciudad para asentarse en Uclés. Su estancia allí no fue muy duradera pues el joven, apenas tenía 12 años, abandonó para siempre la península ibérica y se dedicó a viajar por Oriente hasta los paises más alejados dentro de las fronteras islámicas siguiendo las rutas establecidas.

En el transcursos de su largísimo viaje escribió dos libros: AlMu'rib y Tuhfa, obras documentales de gran valor geográfico. Además de llevar una vida azarosa en la que no perdió en ningún momento su afán por el conocimiento, llevó a cabo una importante misión de divulgación de la fe islámica, realizó operaciones comerciales, fue discípulo de grandes eruditos y maestro de otros, narró con verdadera solvencia literaria leyendeas de los lugares que iba visitando y proporcionó datos importantes de los pueblos por los que pasó.




En 1106 ó 1107 al-Garnati cruzó el estrecho de Gibraltar, llegó a Ceuta y se internó en Marruecos, aunque se desconoce si realmente avanzó hasta el sur, a la ciudad comercial de Siyilmasa. Donde sí se sabe que estuvo fue en Túnez y Kairuán. Con 34 años se encontraba ya en Alejandría, adonde había llegado navegando por el Mediterráneo tras hacer escala en Cerdeña y Sicilia. De Alejandría, urbe en la que realizó anotaciones sobre su arquitectura, marchó a El Cairo, donde se detuvo por un tiempo para estudiar, visitar las pirámides y preocuparse de los sistemas de abastecimiento de agua para riego y consumo del Nilo, rio del que dejó una buena descripción en la que también incluyó su fauna.

Desde Egipto siguió a Damasco, visitó de camino las ruinas de Baalbek y Palmira y llegó a Bagdad, en donde se instaló por un tiempo.

En 1130 se encontraba en Abhar y un año más tarde aparecía en la desembocadura del Volga en el Caspio. Desde allí realizó un viaje por la costa occidental de este mar interior, en el cual tuvo oportunidad de conocer Derbend. Siguió luego el curso del Volga hasta llegar a Bulgar, en 1135, donde dio cuenta de las actividades comerciales que por la zona se llevaban a cabo (espadas por pieles de castor).

Transcurridos 15 años este impresionante viajero se hallaba en Hungría, llamado País de Basgird. Allí permaneció durante unos ochos años desarrollando otra sus múltiples facetas, la de misionero islámico y maestro de árabe. Tras su estancia en este lugar se fue a Saysin e hizo una parada invernal en el país de los saqaliba. Bajó hasta Derbend y cruzó el mar Caspio para llegar a Juawarizm. Estamos ya en 1154.

Al año siguiente, 1155, en cumplimiento de uno de los cinco mandatos del islam, al-Garnati se dirigió a La Meca, en peregrinación, por la ruta de Merw, Ispahán y Basora.

Una vez cumplido el precepto volvió a Bagdad, en donde comenzó a escribir la primera de sus obras, el libro de viajes, AlMu'rib. Una vez terminado, siguió camino a Jurasan y de allí pasó a Mosul, y durante los tres años siguientes se ocupó en la redacción de su segundo relato, Tuhfa. Cuando termió marchó a Siria, y después de permanecer un tiempo en Alepo, llegó a Damasco, ciudad en la que acabó sus días.

Tenía casi 90 años.



Bibliografía: Atlas de los exploradores españoles. Sociedad Geográfica Española