Durante las Cruzadas la forma más habitual y rápida de dirigirse a Tierra Santa era en barcos, tanto para los peregrinos como para los combatientes. A nuestros ojos del s. XX, las embarcaciones de madera de la Edad Media parecen feas y sin gracia, poco más que pequeñas bañeras redondeadas. La nave mercante típica tenía unos treinta y tres metros de largo por nueve metros de ancho, aproximadamente. Compárense estas cifras con la medidas de un avión moderno como el Airbus A320, que tiene algo más de treinta y seis metros de largo por cinco metros de ancho; este avión transporta hasta ciento cincuenta pasajeros y ocho tripulantes en vuelos de (normalmente) cuatro horas y media, al cabo de las cuales la mayoría de los pasajeros tienen calambres y se sienten nerviosos.
Los barcos de transporte medievales podía llegar a llevar hasta seiscientos pasajeros además de una tripulación de entre ochenta y cien hombres. En cada uno de los extremos estas naves poseían estructuras de madera conocidas como castillos, que hacían que la altura global del casco superara los doce metros. Los camarotes de los caballeros se ubicaban en la torre más alta y proporcionaban lo que entonces era considerado un alojamiento de lujo, donde al menos podía permitirse algo de privacidad. El grueso de los hombres se alojaba en la parte central de la nave, hacinados en el espacio más estrecho posible (unos sesenta centímetros por metro y medio por persona, leemos en un estatuto de mediados del siglo XIII). Los crujidos de la madera y el chasquido de las velas, el olor del mar y del sudor, unidos a la proximidad de tantísima gente convertían el viaje en una experiencia increíblemente dura.
Los medievales estaban acostumbrados a compartir alojamiento en el gran salón del castillo, pero aquí se añadía su falta de familiaridad con el viaje por mar y el hecho de que los marineros tenían que llevar a cabo sus tareas entre los cruzados. Mientras se acurrucaban en la oscuridad bajo las cubiertas y rodaban de un lado a otra en las entrañas húmedas y frías de la nave, muchos viajeros debían de arrepentirse de haber abandonado tierra firme. Sobre ellos se elevaban mástiles de más de treinta metros y velas que chasqueaban azotadas por el viento. De acuerdo con los estándares actuales , estas embarcaciones eran lentas y un viaje entre Venecia y Acre ( menos de tres mil kilómetros en línea recta) podía tardar entre cuatro y seis semanas.
La naves que llevaban los caballos, esenciales para la supremacía de los caballeros occidentales en sus temibles cargas, se llamaban taridas, eran movidas por remeros principalmente y para impulsar cada una se requerían unos cien hombres. Solían llevar unos treinta caballos cada una, y almacenaban grandes cantidades de comida y agua para alimentarlos, cada animal debía ser suspendido de eslingas para impedir que cualquier movimiento brusco de la nave le hiciera perder pie y provocarse heridas; además, era necesario limpiarlo y tirar el estiércol por la borda. Los caballos se encontraban en la parte más baja de la embarcación, cuya entrada principal quedaba por debajo de la línea de flotación cuando su carga estaba completa. Una vez preparados para la batalla, la nave se hacía varar en la costa, con lo que esta puerta podía abrirse y los caballos, ensillados y con sus jinetes completamente armados encima, atravesaban una rampa y salían de la nave para entrar de inmediato en combate.
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
martes, 21 de septiembre de 2010
martes, 22 de junio de 2010
Ibn Yubair. Peregrino del Mediterráneo
Ibn Yubair, poeta valenciano afincado en Granada y secretario de la cancillería decidió, motivado por una crisis de fe, que era el momento de peregrinar a La Meca.
Tras cruzar el estrecho de Gibraltar se embarcó en Ceuta rumbo a Alejandría en una nave genovesa. Era febrero de 1183. Casi un mes después llegaba a tierras egipcias, gobenadas entonces por el sultán Salah al-Din Yusuf, conocido en Occidente como Saladino, tras pasar por las islas Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta.

Después de visitar la ciudad y su famoso faro, partió hacia El Cairo, donde llegó tres días más tarde. Descripciones de la urbe y, cómo no, palabras sobrecogedoras sobre las pirámides. Remontó el Nilo hasta Asuán, para cruzar el mar Rojo, llegar a Jedda, alcanzar La Meca, ciudad en la que permaneció 8 meses, y finalizar la peregrinación en Medina.
En vez de enfilar el camino de regreso a la Península se animó a proseguir ruta. Tomó rumbo norte hacia Jerusalén, Damasco, Mosul, Bagdad y Acre. Dos años después decidió volver a Granada, vía Sicilia, isla en la que hizo una escala, en la ciudad de Palermo.
Fruto de aquel periplo nació su rihla (libro de viajes), un testimonio inusual para la época, pues el autor narró de forma pormenorizada no solo los puntos geográficos por los que transitó, sino su experiencia personal, las costumbres locales, la política, los sistemas de fiscalidad, la cultura en general y el estado de las comunidades religiosas, especialmente de la musulmana pero sin olvidar otras, como la judía o la cristiana, presente esta última con notoriedad en Jerusalén tras las Cruzadas.
Su libro es una ventana esencial para el conocimiento de la cultura mediterránea medieval.
Se tiene constancia de que Yubair viajó dos veces más hacia Levante, pero nada dejó escrito sobre ello.
Tras cruzar el estrecho de Gibraltar se embarcó en Ceuta rumbo a Alejandría en una nave genovesa. Era febrero de 1183. Casi un mes después llegaba a tierras egipcias, gobenadas entonces por el sultán Salah al-Din Yusuf, conocido en Occidente como Saladino, tras pasar por las islas Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta.

Después de visitar la ciudad y su famoso faro, partió hacia El Cairo, donde llegó tres días más tarde. Descripciones de la urbe y, cómo no, palabras sobrecogedoras sobre las pirámides. Remontó el Nilo hasta Asuán, para cruzar el mar Rojo, llegar a Jedda, alcanzar La Meca, ciudad en la que permaneció 8 meses, y finalizar la peregrinación en Medina.
En vez de enfilar el camino de regreso a la Península se animó a proseguir ruta. Tomó rumbo norte hacia Jerusalén, Damasco, Mosul, Bagdad y Acre. Dos años después decidió volver a Granada, vía Sicilia, isla en la que hizo una escala, en la ciudad de Palermo.
Fruto de aquel periplo nació su rihla (libro de viajes), un testimonio inusual para la época, pues el autor narró de forma pormenorizada no solo los puntos geográficos por los que transitó, sino su experiencia personal, las costumbres locales, la política, los sistemas de fiscalidad, la cultura en general y el estado de las comunidades religiosas, especialmente de la musulmana pero sin olvidar otras, como la judía o la cristiana, presente esta última con notoriedad en Jerusalén tras las Cruzadas.
Su libro es una ventana esencial para el conocimiento de la cultura mediterránea medieval.
Se tiene constancia de que Yubair viajó dos veces más hacia Levante, pero nada dejó escrito sobre ello.
martes, 16 de febrero de 2010
El segundo viaje de Colón
Septiembre 1493 – junio 1496
Los RRCC tenían prisa por consolidar una conquista que podía ser impugnada por el rey portugués, razón por la que consiguieron que el Papa Alejandro VI les diera bulas, firmadas el 3 y el 4 de mayo de ese mismo año, concediendo a la soberanía española los hallazgos de Colón y se repartía el mundo oceánico entre las naciones ibéricas, trazando una línea imaginaria que corría “a cien leguas a poniente de cualquiera de las islas conocidas como Azores y Cabo Verde”
El 31 de marzo hizo entrada en Sevilla el descubridor acompañado de indios, papagayos y otras muestras de las nuevas tierras. En su viaje a Cataluña, las gentes le aclamaban por caminos y pueblos; a fines de abril llega a Barcelona para ser recibido con toda solemnidad por los Reyes, en una recepción pública, rematada por un Te Deum entonado por las voces de la capilla real. El Rey le hizo cabalgar a su lado, con el príncipe don Juan al otro. El cardenal Mendoza lo invitaba a comer, mientras adelantaban los preparativos para su siguiente viaje. Los reyes le confirmaron todos los títulos y privilegios contenidos en las capitulaciones, le obsequiaron con mil doblas de oro y le nombraron capitán general de la futura flota, con facultad para elegir a quienes deberían gobernar las tierras descubiertas.
El carácter de la empresa se va perfilando con las instrucciones reales: conversión a la fe de Cristo y buen trato a los indios, envío de religiosos, aportación de animales y semillas para cría y siembra, colonización en suma, siempre a nombre y con rigurosa dependencia de los soberanos españoles.
La flota se aparejó en Cádiz, y sus proporciones no recordaban en nada a aquel primer viaje. Eran 17 naves con unas 1.200 personas a bordo, que no necesitaban de grandes estímulos para enrolarse. Embarcaron también 20 lanceros con su correspondientes cabalgaduras. Entre las naves repetía la veterana Niña. Entre otros embarcó el cartógrafo Juan de la Cosa y Diego de Colón, hermano del capitán general.
La flota zarpó de Cádiz el 25 de septiembre, y el 2 de octubre tocó en Gran Canaria, iniciando el salto atlántico el día 14. Se comentó que mientras estuvo en la Gomera, el descubridor sintió cierta inclinación amorosa hacia Beatriz de Bobadilla, viuda entonces del que había sido gobernador de la isla.
El camino oceánico transcurrió por latitudes más bajas que en la anterior travesía y resultó más corto. El 3 de noviembre estaban en las Pequeñas Antillas, donde fueron descubriendo y nombrando la mayoría de islas de este grupo, totalizando casi un centenar de islas e islotes; para llegar en la jornada del 19 de noviembre a la isla de San Juan Bautista (hoy Puerto Rico), que sus naturales llamaban Boriquén, ya en la Grandes Antillas.
El día 22, arrumbados al oeste-noroeste, se encaminaron a la Española, presentándose ante el fuerte y puerto de Navidad (Haití) el 28. Las salvas artilleras no obtuvieron respuesta de la guarnición; el mal presagio tuvo explicación al saberse que el cacique Caonabó había destruido el fuerte y exterminado a sus defensores. El 7 de diciembre se hacían de nuevo a la mar, y el 6 de enero de 1494, en una gran llanura de la misma isla, fundaban la Isabela, primera ciudad europea del Nuevo Continente.
Una tropa mandada por Alonso de Ojeda exploró el interior de la isla y trajo muestras auríferas de la comarca de Cibao. La dureza de los trabajos y la mala alimentación fueron debilitando a la gente; razón que obligó al Almirante a enviar una flota de 12 naves de vuelta a España bajo el mando de Antonio de Torres; con el encargo de comunicar los nuevos descubrimientos y retornar con víveres, municiones y ropas, lo que Torres cumplió a entera satisfacción.
La paz entre los españoles se iba menoscabando por las dificultades del asentamiento, los trabajos, las enfermedades y las muertes. Cosa rara entre españoles, que siempre se han caracterizado por saber sufrir en silencio y con respeto hacia la autoridad. Colón hubo de prender al contador Bernal de Pisa, cabeza de una conjura. El 24 de abril, después de encomendar el gobierno de la isla a un Consejo presidido por su hermano Diego, el virrey zarpó con tres naves para llevar a cabo un nuevo reconocimiento de Cuba, que seguía creyendo tierra de Catay asiático. La recorrió por la costa del sur, y desde allí, el día 5 de mayo descubrió la isla de Santiago (hoy Jamaica). Volvió a Cuba y, sin poder terminar su circunnavegación (lo que le convenció de que era tierra china continental),remató la campaña en septiembre, más doliente que sano.
Durante la ausencia de Colón había llegado a la Isabela su hermano Bartolomé (24 de junio), con tres carabelas y título de Adelantado, y allí instauró una política represiva movida por el deseo de lucro y propicia a la exportación de esclavos. Don Cristóbal intentó remediar el desorden e hizo unos repartimientos que dieron lugar a muchos abusos y descontentos. El padre Boil y Margarit regresaron a España en noviembre de 1494 y denunciaron la mala gestión de los hermanos genoveses, por lo que los reyes mandaron en octubre de 1495 al visitador Juan de Aguado, a quien acompañaba Diego, el hijo del Almirante. Visitador y Almirante chocaron en sus actitudes y apreciaciones, por lo que resolvieron volver juntos a España y dar cumplida razon de sus desavenencias.
Partieron de la Española el 10 de marzo de 1496 y llegaron a Cádiz el 11 de junio, en dos carabelas abarrotadas con más de dos centenares de españoles y una treintena de esclavos indios.
Los RRCC tenían prisa por consolidar una conquista que podía ser impugnada por el rey portugués, razón por la que consiguieron que el Papa Alejandro VI les diera bulas, firmadas el 3 y el 4 de mayo de ese mismo año, concediendo a la soberanía española los hallazgos de Colón y se repartía el mundo oceánico entre las naciones ibéricas, trazando una línea imaginaria que corría “a cien leguas a poniente de cualquiera de las islas conocidas como Azores y Cabo Verde”
El 31 de marzo hizo entrada en Sevilla el descubridor acompañado de indios, papagayos y otras muestras de las nuevas tierras. En su viaje a Cataluña, las gentes le aclamaban por caminos y pueblos; a fines de abril llega a Barcelona para ser recibido con toda solemnidad por los Reyes, en una recepción pública, rematada por un Te Deum entonado por las voces de la capilla real. El Rey le hizo cabalgar a su lado, con el príncipe don Juan al otro. El cardenal Mendoza lo invitaba a comer, mientras adelantaban los preparativos para su siguiente viaje. Los reyes le confirmaron todos los títulos y privilegios contenidos en las capitulaciones, le obsequiaron con mil doblas de oro y le nombraron capitán general de la futura flota, con facultad para elegir a quienes deberían gobernar las tierras descubiertas.
El carácter de la empresa se va perfilando con las instrucciones reales: conversión a la fe de Cristo y buen trato a los indios, envío de religiosos, aportación de animales y semillas para cría y siembra, colonización en suma, siempre a nombre y con rigurosa dependencia de los soberanos españoles.
La flota se aparejó en Cádiz, y sus proporciones no recordaban en nada a aquel primer viaje. Eran 17 naves con unas 1.200 personas a bordo, que no necesitaban de grandes estímulos para enrolarse. Embarcaron también 20 lanceros con su correspondientes cabalgaduras. Entre las naves repetía la veterana Niña. Entre otros embarcó el cartógrafo Juan de la Cosa y Diego de Colón, hermano del capitán general.
La flota zarpó de Cádiz el 25 de septiembre, y el 2 de octubre tocó en Gran Canaria, iniciando el salto atlántico el día 14. Se comentó que mientras estuvo en la Gomera, el descubridor sintió cierta inclinación amorosa hacia Beatriz de Bobadilla, viuda entonces del que había sido gobernador de la isla.
El camino oceánico transcurrió por latitudes más bajas que en la anterior travesía y resultó más corto. El 3 de noviembre estaban en las Pequeñas Antillas, donde fueron descubriendo y nombrando la mayoría de islas de este grupo, totalizando casi un centenar de islas e islotes; para llegar en la jornada del 19 de noviembre a la isla de San Juan Bautista (hoy Puerto Rico), que sus naturales llamaban Boriquén, ya en la Grandes Antillas.
El día 22, arrumbados al oeste-noroeste, se encaminaron a la Española, presentándose ante el fuerte y puerto de Navidad (Haití) el 28. Las salvas artilleras no obtuvieron respuesta de la guarnición; el mal presagio tuvo explicación al saberse que el cacique Caonabó había destruido el fuerte y exterminado a sus defensores. El 7 de diciembre se hacían de nuevo a la mar, y el 6 de enero de 1494, en una gran llanura de la misma isla, fundaban la Isabela, primera ciudad europea del Nuevo Continente.
Una tropa mandada por Alonso de Ojeda exploró el interior de la isla y trajo muestras auríferas de la comarca de Cibao. La dureza de los trabajos y la mala alimentación fueron debilitando a la gente; razón que obligó al Almirante a enviar una flota de 12 naves de vuelta a España bajo el mando de Antonio de Torres; con el encargo de comunicar los nuevos descubrimientos y retornar con víveres, municiones y ropas, lo que Torres cumplió a entera satisfacción.
La paz entre los españoles se iba menoscabando por las dificultades del asentamiento, los trabajos, las enfermedades y las muertes. Cosa rara entre españoles, que siempre se han caracterizado por saber sufrir en silencio y con respeto hacia la autoridad. Colón hubo de prender al contador Bernal de Pisa, cabeza de una conjura. El 24 de abril, después de encomendar el gobierno de la isla a un Consejo presidido por su hermano Diego, el virrey zarpó con tres naves para llevar a cabo un nuevo reconocimiento de Cuba, que seguía creyendo tierra de Catay asiático. La recorrió por la costa del sur, y desde allí, el día 5 de mayo descubrió la isla de Santiago (hoy Jamaica). Volvió a Cuba y, sin poder terminar su circunnavegación (lo que le convenció de que era tierra china continental),remató la campaña en septiembre, más doliente que sano.
Durante la ausencia de Colón había llegado a la Isabela su hermano Bartolomé (24 de junio), con tres carabelas y título de Adelantado, y allí instauró una política represiva movida por el deseo de lucro y propicia a la exportación de esclavos. Don Cristóbal intentó remediar el desorden e hizo unos repartimientos que dieron lugar a muchos abusos y descontentos. El padre Boil y Margarit regresaron a España en noviembre de 1494 y denunciaron la mala gestión de los hermanos genoveses, por lo que los reyes mandaron en octubre de 1495 al visitador Juan de Aguado, a quien acompañaba Diego, el hijo del Almirante. Visitador y Almirante chocaron en sus actitudes y apreciaciones, por lo que resolvieron volver juntos a España y dar cumplida razon de sus desavenencias.
Partieron de la Española el 10 de marzo de 1496 y llegaron a Cádiz el 11 de junio, en dos carabelas abarrotadas con más de dos centenares de españoles y una treintena de esclavos indios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)