Una vez traspasados los muros, se desató una carnicería espantosa, tanto, que el propio Villehardouin se mostró horrorizado. Hubo que esperar a que anocheciera para que, al fin, “fatigados por la batalla y por la masacre”, los conquistadores declararan una tregua y se retiraran a acampar en una de las grandes plazas de la ciudad. “Aquella noche, temerosos de un contraataque, un grupo de cruzados incendiaron el distrito que se extendía entre ellos y los griegos... y la ciudad comenzó a arder de un modo pavoroso, y así estuvo durante toda la noche y todo el día siguiente hasta la tarde. Era el tercer incendio que tenía lugar en Constantinopla desde la llegada de los francos. Y ardieron más casa de las que podrían hallarse en las tres ciudades más grandes del reino de Francia.” Después de aquello, los pocos defensores que aún no habían depuesto las armas perdieron el ánimo que les permitía continuar, y cuando los cruzados despertaron a la mañana siguiente descubrieron que toda forma de resistencia había concluido.
Para los habitantes de Constantinopla, no obstante, la tragedia apenas había hecho otra cosa que empezar. Por algo habían aguardado tanto tiempo los ejércitos frente a la ciudad más rica del mundo. Ahora que era suya y que se les permitía proceder a los tres días de pillaje habituales, cayeron sobre ella como una plaga de langosta. Desde las invasiones bárbaras unos siete siglos atrás, Europa no había vuelto a ser testigo de una orgía de brutalidad y vandalismo semejante, nunca en la historia se habían destruido absurdamente y en tan corto espacio de tiempo tanta belleza ni tantas y tan exquisitas obras de arte. Entre los testigos -impotentes, horrorizados, casi incapaces de creer que seres humanos que se llamaban a sí mismos cristianos pudieran llevar a cabo tales atrocidades- se hallaba Nicetas Comiates:
No sabría como ordenar mi relato, cómo iniciarlo, proseguirlo y finalizarlo. Destrozaban las imágenes sagradas, arrojaban las santas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenzo de mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador. Estos heraldos del Anticristo se apropiaban de los cálices y las patenas, a los que arrancaban las piedras preciosas para luego utilizarlos a modo de copa....En cuanto a sus profanaciones del Gran Templo (Santa Sofía), no es posible recordarlas sin espanto. Destruyeron el altar mayor, una obra de arte admirada por el mundo entero, y se repartieron los trozos entre ellos... Y metieron caballos y mulas en el templo para mejor poder transportar los sagrados cálices y la plata y el oro labrados que habían arrancado del trono, y el púlpito y las puertas, y el mobiliario allí donde lo encontraban, y cada vez que alguna de las bestias resbalaba y caía ellos la atravesaban con sus espadas, mancillando así la iglesia con su sangre y sus despojos.
Entronizaron a una vulgar ramera en el trono del Patriarca para lanzar insultos contra Jesucristo mientras ella cantaba canciones obscenas y llevaba a cabo danzas licenciosas en el santo lugar.... y tampoco mostraron consideración con las virtuosas matronas, las doncellas inocentes o incluso las vírgenes consagradas a Dios...En las calles, en las casas y en las iglesias no se oían sino gritos y lamentos.
Y aquellos hombres, prosigue, llevaban la Cruz sobre sus hombros, la Cruz sobre la que habían jurado recorrer los territorios cristianos sin derramamiento de sangre, tomando las armas únicamente contra el infiel, absteniéndose de los placeres de la carne en tanto no hubieran completado su misión.
Fue el peor momento de Constantinopla, peor incluso que el que habría de atravesar dos siglos y medio después con la caída definitiva de la ciudad en manos del sultán otomano. Pero no todos sus tesoros se perdieron. Al contrario de los francos y flamencos, entregados a su frenesí de destrucción generalizada, los venecianos conservaron la cabeza. Sabía reconocer la belleza cuando la veían. También ellos saquearon, robaron y rapiñaron...pero no destruyeron. Antes bien, enviaron a Venecia todo aquello de lo que consiguieron apoderarse, empezando por los cuatro grandes caballos de bronce que había presidido el Hipódromo desde los tiempos de Constantino y que, tras una breve estancia en el Arsenal, se erigen hoy sobre la puerta principal de la Basílica de San Marcos. Las fachadas norte y sur de la basílica se hallan igualmente salpicadas de esculturas y relieves llegados al mismo tiempo; dentro, en el crucero norte cuelga el milagroso icono de la virgen Nicopeia -Mensajera de la Victoria- que los emperadores solían portar ante ellos en la batalla, y el Tesoro cuenta con una de las más grandes colecciones de arte bizantino existentes; otro monumento a la rapacidad veneciana.
Tras los tres días de terror, se restableció el orden. Tal y como se había dispuesto previamente, los despojos -al menos aquellos que sus poseedores no había logrado ocultar con éxito- se reunieron en tres iglesias para distribuir cuidadosamente la cuarta parte correspondiente al futuro emperador y las tres cuartas partes restantes que habrían de repartirse francos y venecianos. Tan pronto como finalizó la operación, los cruzados pagaron a Dandolo los 50.000 marcos de plata que debían, y concluidas así las formalidades, ambas facciones se aprestaron a la siguiente tarea, que no era otra que la elección imperial.
En un intento desesperado por recobrar su antiguo prestigio y al mismo tiempo fortalecer su candidatura, Bonifacio de Monferrato había localizado a la emperatriz Margarita, viuda de Isaac Ángelo, y había contraído matrimonio con ella. Podía haberse ahorrado la molestia. Enrico Dandolo se negó de entrada a considerar siquiera su candidatura, y gracias a las temibles presiones venecianas la elección recayó finalmente en el indolente y manejable conde Balduino de Flandes y Hainault. El 16 de mayo, en Santa Sofía, recibió la corona; era el tercer emperador coronado allí en menos de un año. Y aunque el Patriarca recién nombrado, el veneciano Tommaso Morisini (“Gordo como un cerdo bien cebado, y vestido con una túnica tan ajustada que parecía que se la hubieran cosido directamente sobre la piel”), aún no había recibido las órdenes, por lo que fue ordenado diácono de inmediato, quince días después sacerdote y obispo a la mañana siguiente; aún no había llegado a Constantinopla y no podía, en consecuencia, oficiar la ceremonia, pocos de los presentes habrían osado negar que el nuevo emperador debía su cargo a la República veneciana.
Venecia, a cambio, se había apropiado de la mejor parte del territorio imperial. Según los términos de su tratado con los cruzados, tenía derecho a tres octavos de la ciudad y del Imperio, y al libre comercio en todos los dominios imperiales, de los que tanto Génova como Pisa habían de verse rigurosamente excluidas. En la propia Constantinopla, Dandolo exigió todo el distrito que rodeaba Santa Sofía y el Patriarcado, que llegaba hasta las mismas costas del Cuerno del Oro; además, guardó para Venecia aquellas zonas que mejor pudieran reforzar su dominio del Mediterráneo y proporcionarle una ininterrumpida cadena de puertos a lo largo de la ruta que conducía de la laguna al mar Negro, incluyendo la costa oeste del continente griego, las islas jónicas, todo el Peloponeso, Adrianópolis y, por fin, tras una breve negociación con Bonifacio, la importantísima isla de Creta.
Quedó así demostrado que los venecianos, más que los francos y los flamencos, o incluso que Balduino, fueron los auténticos vencedores de la Cuarta Cruzada; y también que su victoria se debió casi por entero a Enrico Dandolo. Unos logros notables para un hombre ciego y a punto de cumplir los noventa años.
En la Pascua del año 1205, los búlgaros atacaron la ciudad de Adrianópolis, se apoderaron del emperador Balduino, lo que obligó al viejo dogo a volver a Constantinopla con un ejército diezmado. En ningún sitio consta que resultara herido, pero lo cierto es que seis semanas después había muerto. Sorprendentemente sus restos no fueron devueltos a Venecia, sino que fueron sepultados en Santa Sofía (aún puede verse su sepulcro). Aún resulta más enigmático que su ciudad nunca le erigieron un monumento, a pesar de ser el más grande de todos sus dogos.
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lunes, 31 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
La Cuarta Cruzada II
Inicio de las hostilidades
Nunca sabremos cómo se proponía Enrico Dandolo desviar a los francos de su objetivo conjunto. Él y sus agentes pudieron haber sido en parte responsables de haber difundido a través de los países occidentales las verdaderas intenciones de los cruzados. Desde luego pasaron a ser de dominio público en un periodo de tiempo notablemente corto. Sin embargo, se equivocaba si confiaba en que la reacción popular a aquellas noticias haría cambiar a los dirigentes de idea. Fueron los seguidores de estos quienes lo hicieron; muchos renunciaron definitivamente a la Cruzada, otros decidieron partir para Palestina por su cuenta, bien desde Marsella, bien desde la Apulia. El día señalado para la cita veneciana, el ejército que se reunió apenas alcanzaba un tercio del tamaño previamente esperado.
Para aquellos que sí habían llegado se trataba de un situación en extremo embarazosa. Venecia había cumplido su parte del trato: allí estaba la flota, compuesta por galeras de guerra y navíos de transporte, pero concebida para transportar una fuerza tres veces mayor que la congregada. Siendo tan pocos, los cruzados no tenían posibilidad alguna de pagar a los venecianos el dinero comprometido. Cuando su líder, el marqués Bonifacio de Monferrant -Tibaldo de Champagne había muerto el año anterior- llegó a Venecia se encontró con la expedición en peligro antes incluso de zarpar. No sólo los venecianos se negaban en redondo a permitir que una sola nave zarpara de puerto en tanto no hubiera llegado el dinero, sino que amenazaban incluso con cortar los suministros a las tropas que allí aguardaban apiñadas en el Lido, sin permiso para poner el pie en la ciudad.
Bonifacio vació sus propios cofres, lo mismo hicieron muchos de los otros caballeros y barones, y a todos los soldados del ejército se les apremió para que contribuyeran en la medida de sus posibilidades. Aún así faltaban 34.000 marcos de plata para alcanzar el importe de la deuda.
Mientras seguían llegando las contribuciones, Dandolo mantuvo a los cruzados en vilo. Luego, tan pronto estuvo seguro de que había obtenido de ellos el máximo posible, les hizo una oferta. La ciudad de Zara, señaló había caído recientemente en manos del rey de Hungría. Si los francos aceptaban ayudar a Venecia a reconquistarla antes de embarcarse en la Cruzada propiamente dicha, tal vez pudiera posponerse el pago final de la deuda. Se trataba de una propuesta típicamente cínica, y el papa Inocencio mandó un mensaje urgente prohibiendo que fuera aceptada tan pronto como supo de su existencia. Sin embargo, como luego comprendería, los cruzados no tenían elección.
A continuación el dogo celebró en la basílica otra de aquellas ceremonias que tan bien sabía organizar a pesar de sus años. Ante una congregación que incluía a todos los francos destacados, se dirigió a sus súbditos:
“Caballeros, os halláis en compañía de las más espléndidas gentes del mundo y dispuesto a acometer la más grandiosa empresa jamás emprendida. Yo ya soy viejo y débil; mi cuerpo está enfermo y necesito reposo. Pero sé que ningún hombre puede guiaros y gobernaros como yo, vuestro Señor. Así, si me permitís dirigiros y defenderos con la Cruz mientras mi hijo permanece en mi lugar guardando la República, estoy dispuesto a vivir y a morir con vosotros y con los peregrinos.”
Cuando le oyeron, clamaron todos al unísono “¡A Dios rogamos que así lo hagas y que vengas con nosotros!”.
Descendió del púlpito, avanzó hacia el altar, y se arrodilló allí sollozando. E hizo que le cosieran la cruz en su gran sombrero de algodón: hasta tal punto estaba decidido a que todos la vieran.
Así, el 8 de noviembre de 1202 zarpó de Venecia la cuarta Cruzada. Sus 480 naves, conducidas por la galera del dogo “pintada de rojo vivo, cubierta por un toldo rojo de seda y resonando con el estrépito de los címbalos y de las cuatro trompetas instalados en su proa”, no se dirigían ni a Egipto ni a Palestina. Tan sólo una semana después Zara fue conquistada y saqueada. La lucha que inmediatamente se desató entre francos y venecianos para el reparto del botín no auguraba nada bueno para el futuro, pero al final se hizo la paz y los dos grupos se instalaron en partes distintas de la ciudad para pasar el invierno.
El papa Inocencio, habiendo recibido noticias de lo sucedido, excomulgó de inmediato a toda la expedición. Aunque posteriormente reconsideraría su postura y limitaría su castigo a los venecianos. No puede decirse que la Cruzada hubiera empezado con buen pie.
A comienzos del año nuevo arribó un mensajero provisto de una carta para Bonifacio del rey germano, Felipe de Suabia, hijo de Barbarroja, quién también era yerno del depuesto emperador de Bizancio, Isaac Angelo. El joven hijo de este, otro Alejo, había escapado de la prisión en que estaba con su padre. Se refugió en el reino de su cuñado, allí conoció a Bonifacio. Ahora, formalmente, Felipe proponía que si la Cruzada aceptaba escoltar al joven Alejo hasta Constantinopla y entronizarle en lugar de su usurpador tío, Alejo se encargaría de financiar la subsiguiente conquista de Egipto, suministrando 10.000 soldados de sus fuerzas y costeando el mantenimiento de un retén de 500 caballeros en Tierra Santa, además de lo cual sometería la Iglesia de Constantinopla a la autoridad de Roma.
Para Bonifacio, el plan contaba con numerosas ventajas, entre otras la posibilidad de obtener unos considerables beneficios personales. Cuando le propuso la idea a Dandolo, el viejo dogo, poco sorprendido, la aceptó con entusiasmo. La excomunión no le había escarmentado en absoluto. El actual emperador había planteado tras su acceso al trono dificultades insalvables para renovar las concesiones comerciales obtenidas de su predecesor. La competencia de pisanos y genoveses era cada vez más feroz, por lo que Venecia precisaba de una acción decisiva si quería conservar su antiguo dominio sobre los mercados de este.
El ejército cruzado pareció más dispuesto a aceptar el cambio de planes de lo que hubiera cabido esperar. Los menos se negaron y partieron para Palestina, pero la mayoría se mostraron encantados de participar en un plan que prometía reforzar y enriquecer la Cruzada a la vez que devolvía a la Cristiandad su unidad original. Los bizantinos eran impopulares entre los occidentales, pues no había contribuido apenas en las anteriores Cruzadas, e incluso muchos creían que durante las mismas habían sido traicionados por los bizantinos. Y, finalmente, debió de haber varios, entre aquellos de inclinaciones más materialistas, que compartían la esperanza de su líder en cuanto a la obtención de recompensas personales. Todos ellos habían sido educados en la idea de sus inmensas riquezas, y para cualquier ejército medieval, tanto si portaba la Cruz en sus enseñas como si no, una ciudad fabulosamente rica tan sólo significaba una cosa: botín.
El joven Alejo arribó en persona a Zara a finales de abril, y pocos días después la flota zarpó haciendo escalas en Durazzo y Corfú, ciudades donde fue aclamado como el legítimo emperador. El 24 de junio de 1203, justo un año después de la reunión en Venecia, fondeó frente a Constantinopla.
Nunca sabremos cómo se proponía Enrico Dandolo desviar a los francos de su objetivo conjunto. Él y sus agentes pudieron haber sido en parte responsables de haber difundido a través de los países occidentales las verdaderas intenciones de los cruzados. Desde luego pasaron a ser de dominio público en un periodo de tiempo notablemente corto. Sin embargo, se equivocaba si confiaba en que la reacción popular a aquellas noticias haría cambiar a los dirigentes de idea. Fueron los seguidores de estos quienes lo hicieron; muchos renunciaron definitivamente a la Cruzada, otros decidieron partir para Palestina por su cuenta, bien desde Marsella, bien desde la Apulia. El día señalado para la cita veneciana, el ejército que se reunió apenas alcanzaba un tercio del tamaño previamente esperado.
Para aquellos que sí habían llegado se trataba de un situación en extremo embarazosa. Venecia había cumplido su parte del trato: allí estaba la flota, compuesta por galeras de guerra y navíos de transporte, pero concebida para transportar una fuerza tres veces mayor que la congregada. Siendo tan pocos, los cruzados no tenían posibilidad alguna de pagar a los venecianos el dinero comprometido. Cuando su líder, el marqués Bonifacio de Monferrant -Tibaldo de Champagne había muerto el año anterior- llegó a Venecia se encontró con la expedición en peligro antes incluso de zarpar. No sólo los venecianos se negaban en redondo a permitir que una sola nave zarpara de puerto en tanto no hubiera llegado el dinero, sino que amenazaban incluso con cortar los suministros a las tropas que allí aguardaban apiñadas en el Lido, sin permiso para poner el pie en la ciudad.
Bonifacio vació sus propios cofres, lo mismo hicieron muchos de los otros caballeros y barones, y a todos los soldados del ejército se les apremió para que contribuyeran en la medida de sus posibilidades. Aún así faltaban 34.000 marcos de plata para alcanzar el importe de la deuda.
Mientras seguían llegando las contribuciones, Dandolo mantuvo a los cruzados en vilo. Luego, tan pronto estuvo seguro de que había obtenido de ellos el máximo posible, les hizo una oferta. La ciudad de Zara, señaló había caído recientemente en manos del rey de Hungría. Si los francos aceptaban ayudar a Venecia a reconquistarla antes de embarcarse en la Cruzada propiamente dicha, tal vez pudiera posponerse el pago final de la deuda. Se trataba de una propuesta típicamente cínica, y el papa Inocencio mandó un mensaje urgente prohibiendo que fuera aceptada tan pronto como supo de su existencia. Sin embargo, como luego comprendería, los cruzados no tenían elección.
A continuación el dogo celebró en la basílica otra de aquellas ceremonias que tan bien sabía organizar a pesar de sus años. Ante una congregación que incluía a todos los francos destacados, se dirigió a sus súbditos:
“Caballeros, os halláis en compañía de las más espléndidas gentes del mundo y dispuesto a acometer la más grandiosa empresa jamás emprendida. Yo ya soy viejo y débil; mi cuerpo está enfermo y necesito reposo. Pero sé que ningún hombre puede guiaros y gobernaros como yo, vuestro Señor. Así, si me permitís dirigiros y defenderos con la Cruz mientras mi hijo permanece en mi lugar guardando la República, estoy dispuesto a vivir y a morir con vosotros y con los peregrinos.”
Cuando le oyeron, clamaron todos al unísono “¡A Dios rogamos que así lo hagas y que vengas con nosotros!”.
Descendió del púlpito, avanzó hacia el altar, y se arrodilló allí sollozando. E hizo que le cosieran la cruz en su gran sombrero de algodón: hasta tal punto estaba decidido a que todos la vieran.
Así, el 8 de noviembre de 1202 zarpó de Venecia la cuarta Cruzada. Sus 480 naves, conducidas por la galera del dogo “pintada de rojo vivo, cubierta por un toldo rojo de seda y resonando con el estrépito de los címbalos y de las cuatro trompetas instalados en su proa”, no se dirigían ni a Egipto ni a Palestina. Tan sólo una semana después Zara fue conquistada y saqueada. La lucha que inmediatamente se desató entre francos y venecianos para el reparto del botín no auguraba nada bueno para el futuro, pero al final se hizo la paz y los dos grupos se instalaron en partes distintas de la ciudad para pasar el invierno.
El papa Inocencio, habiendo recibido noticias de lo sucedido, excomulgó de inmediato a toda la expedición. Aunque posteriormente reconsideraría su postura y limitaría su castigo a los venecianos. No puede decirse que la Cruzada hubiera empezado con buen pie.
A comienzos del año nuevo arribó un mensajero provisto de una carta para Bonifacio del rey germano, Felipe de Suabia, hijo de Barbarroja, quién también era yerno del depuesto emperador de Bizancio, Isaac Angelo. El joven hijo de este, otro Alejo, había escapado de la prisión en que estaba con su padre. Se refugió en el reino de su cuñado, allí conoció a Bonifacio. Ahora, formalmente, Felipe proponía que si la Cruzada aceptaba escoltar al joven Alejo hasta Constantinopla y entronizarle en lugar de su usurpador tío, Alejo se encargaría de financiar la subsiguiente conquista de Egipto, suministrando 10.000 soldados de sus fuerzas y costeando el mantenimiento de un retén de 500 caballeros en Tierra Santa, además de lo cual sometería la Iglesia de Constantinopla a la autoridad de Roma.
Para Bonifacio, el plan contaba con numerosas ventajas, entre otras la posibilidad de obtener unos considerables beneficios personales. Cuando le propuso la idea a Dandolo, el viejo dogo, poco sorprendido, la aceptó con entusiasmo. La excomunión no le había escarmentado en absoluto. El actual emperador había planteado tras su acceso al trono dificultades insalvables para renovar las concesiones comerciales obtenidas de su predecesor. La competencia de pisanos y genoveses era cada vez más feroz, por lo que Venecia precisaba de una acción decisiva si quería conservar su antiguo dominio sobre los mercados de este.
El ejército cruzado pareció más dispuesto a aceptar el cambio de planes de lo que hubiera cabido esperar. Los menos se negaron y partieron para Palestina, pero la mayoría se mostraron encantados de participar en un plan que prometía reforzar y enriquecer la Cruzada a la vez que devolvía a la Cristiandad su unidad original. Los bizantinos eran impopulares entre los occidentales, pues no había contribuido apenas en las anteriores Cruzadas, e incluso muchos creían que durante las mismas habían sido traicionados por los bizantinos. Y, finalmente, debió de haber varios, entre aquellos de inclinaciones más materialistas, que compartían la esperanza de su líder en cuanto a la obtención de recompensas personales. Todos ellos habían sido educados en la idea de sus inmensas riquezas, y para cualquier ejército medieval, tanto si portaba la Cruz en sus enseñas como si no, una ciudad fabulosamente rica tan sólo significaba una cosa: botín.
El joven Alejo arribó en persona a Zara a finales de abril, y pocos días después la flota zarpó haciendo escalas en Durazzo y Corfú, ciudades donde fue aclamado como el legítimo emperador. El 24 de junio de 1203, justo un año después de la reunión en Venecia, fondeó frente a Constantinopla.
lunes, 17 de mayo de 2010
La Cuarta Cruzada I
Preámbulo en Venecia
Enrico Dandolo fue proclamado dogo el 1 de enero de 1193, nadie sabe la edad que tenía, lo más probable 75 años y, también suponemos que no estaba completamente ciego. Lo que le convertiría en un veterano octogenario en la época de la cuarta Cruzada. Patriota ferviente hasta el punto de rozar el fanatismo, había pasado gran parte de su vida al servicio de la República. Por ejemplo, en 1171 tomó parte en la expedición oriental de Vitale Michiel y al año siguiente fue uno de los embajadores que encabezaron la frustrada misión de paz ante Manuel Comneno.
El cronista Godofredo de Villehardouin, que lo conoció bien, nos dice que “aunque sus ojos mostraban un aspecto normal, no era capaz de distinguir la mano frente a su rostro debido a que había perdido la vista como resultado de una herida en la cabeza”. Sea como fuere, ni la edad ni la ceguera parecen haber menoscabado en lo más mínimo la energía y la capacidad de Dandolo quién, a las pocas semanas de su elección, había lanzado una nueva campaña para la reconquista de Zara. Pisa y Brindisi acudieron en ayuda de esta última y durante varios años, los venecianos tuvieron que esforzarse enormemente para conservar su poder en el Adriático. La situación se vio agravada cuando, el día de Navidad de 1194, el emperador germano Enrique VI asumió la corona de Sicilia en la catedral de Palermo. Con ello concluía a todos los efectos el reino normando-siciliano.
Se trataba de la posibilidad que más había inquietado a los venecianos, y lo que sabían de Enrique no les servía de consuelo alguno. Su objetivo no era otro que destruir el Imperio Bizantino, agrupar el antiguo Imperio Romano bajo su mando y luego expandirlo aún más añadiéndole un gran dominio mediterráneo que, tras una nueva Cruzada, debía incluir Tierra Santa. Ahora parecía posible, tras diez años de caos, en 1195, el emperador Isaac II fue destronado, cegado y encarcelado por su hermano Alejo, un megalómano débil, inestable e incapaz, que le sucedió con el nombre de Alejo III. Tierra Santa estaba madura para ser conquistada, Saladino había muerto y los árabes estaban desunidos. Por supuesto, una potencia marítima independiente no podía ser dejada aparte de la reunificación imperial. Por suerte para los venecianos, el emperador Enrique Barbarroja murió en Mesina en 1197 a los 32 años.
Con ambos imperios carentes en la práctica de un timonel que los guiara, con la definitiva desaparición de la Sicilia normanda, con los problemas sucesorios en Francia e Inglaterra, el papa Inocencio carecía en Europa de rivales seculares. La organización de una Cruzada era una aspiración muy profunda en su corazón, sólo necesitaba unos nobles segundones que pudieran encabezar el alistamiento. Entonces recibió una misiva del conde Tibaldo de Champagne.
Era el año 1199, el joven Tibaldo, 22 años y nieto de Luis VII y sobrino tanto de Felipe Augusto como de Ricardo Corazón de León, los grandes reyes que dirigieron la Tercera Cruzada, era enérgico y ambicioso y se hallaba imbuido de un genuino fervor religioso, celebraba un torneo en su castillo cuando se vio interpelado por el predicador Fulco de Neuilly, quién recorría Francia en busca de cruzados. Inmediatamente despacharon un mensajero para comunicar al papa Inocencio que habían abrazado la Cruz.
El principal problema era de carácter logístico: Ricardo Corazón de León había hecho saber que en su opinión, Egipto constituía el punto más débil del Oriente musulmán, y que allí debería dirigirse cualquier futura expedición. Resultaba claro que el nuevo ejército habría de viajar por mar, y que precisaría de un número de navíos que tan sólo una fuente podía suministrar: la República de Venecia.
Durante la primera semana de Cuaresma de 1201 llegó a Venecia un destacamento de seis caballeros encabezados por Godofredo de Villehardouin, mariscal de Champagne. Se convocó una reunión especial del Gran Consejo en la que los recién llegados expusieron sus necesidades y, ocho días después, obtuvieron respuesta. La República proporcionaría los medios de transporte necesarios para 4.500 caballeros con sus respectivas monturas, 9.000 escuderos, 20.000 soldados de a pie y provisiones bastantes para nueve meses. El precio sería de 84.000 marcos de plata y, adicionalmente, la República suministraría a su cargo cincuenta galeras completamente equipadas, con la condición de recibir a cambio la mitad de los territorios conquistados.
Parece ser que durante las deliberaciones el dogo Dandolo consultó en varias ocasiones tanto con los Cuarenta y los pregadi como la opinión del Gran Consejo, sin embargo, en cuestiones de tanta importancia seguía siendo necesario un arengo. Reunió al menos a 10.000 hombres en la iglesia de San Marcos para oír misa y pedir a Dios que los guiara. Acabada la misa, los enviados de Champagne volvieron a pedir la ayuda de Venecia. Luego, el dogo y el pueblo alzaron las manos y gritaron todos a una, “¡Concedido, concedido!”.
Al día siguiente se firmaron los contratos, en ellos no se hizo ninguna mención a Egipto. Godofredo nos dice que, tanto él como sus colegas, tenían miedo que de saberse el destino no conseguirían suficientes adhesiones – luego se vería que con razón-, dado que Jerusalén era el único destino legítimo para un cruzado. Además, una expedición a Egipto significaba un desembarco en tierra hostil en lugar de una apacible arribada al Acre cristiano y la ocasión de recobrar fuerzas antes de entrar en batalla. Los venecianos, por su parte, habrían estado encantados de guardar el engaño, pues también ellos guardaban un secreto propio: en esos mismos momentos sus propios embajadores estaban en El Cairo ocupados en discutir un acuerdo comercial sumamente rentable con el virrey del Sultán, a quién le comunicaron que Venecia no tenía intención de participar en ningún ataque sobre territorio egipcio.
Se acordó que todos los cruzados debían estar en Venecia el 24 de junio de 1202, día de San Juan, fecha en que estaría lista la flota.
Enrico Dandolo fue proclamado dogo el 1 de enero de 1193, nadie sabe la edad que tenía, lo más probable 75 años y, también suponemos que no estaba completamente ciego. Lo que le convertiría en un veterano octogenario en la época de la cuarta Cruzada. Patriota ferviente hasta el punto de rozar el fanatismo, había pasado gran parte de su vida al servicio de la República. Por ejemplo, en 1171 tomó parte en la expedición oriental de Vitale Michiel y al año siguiente fue uno de los embajadores que encabezaron la frustrada misión de paz ante Manuel Comneno.
El cronista Godofredo de Villehardouin, que lo conoció bien, nos dice que “aunque sus ojos mostraban un aspecto normal, no era capaz de distinguir la mano frente a su rostro debido a que había perdido la vista como resultado de una herida en la cabeza”. Sea como fuere, ni la edad ni la ceguera parecen haber menoscabado en lo más mínimo la energía y la capacidad de Dandolo quién, a las pocas semanas de su elección, había lanzado una nueva campaña para la reconquista de Zara. Pisa y Brindisi acudieron en ayuda de esta última y durante varios años, los venecianos tuvieron que esforzarse enormemente para conservar su poder en el Adriático. La situación se vio agravada cuando, el día de Navidad de 1194, el emperador germano Enrique VI asumió la corona de Sicilia en la catedral de Palermo. Con ello concluía a todos los efectos el reino normando-siciliano.
Se trataba de la posibilidad que más había inquietado a los venecianos, y lo que sabían de Enrique no les servía de consuelo alguno. Su objetivo no era otro que destruir el Imperio Bizantino, agrupar el antiguo Imperio Romano bajo su mando y luego expandirlo aún más añadiéndole un gran dominio mediterráneo que, tras una nueva Cruzada, debía incluir Tierra Santa. Ahora parecía posible, tras diez años de caos, en 1195, el emperador Isaac II fue destronado, cegado y encarcelado por su hermano Alejo, un megalómano débil, inestable e incapaz, que le sucedió con el nombre de Alejo III. Tierra Santa estaba madura para ser conquistada, Saladino había muerto y los árabes estaban desunidos. Por supuesto, una potencia marítima independiente no podía ser dejada aparte de la reunificación imperial. Por suerte para los venecianos, el emperador Enrique Barbarroja murió en Mesina en 1197 a los 32 años.
Con ambos imperios carentes en la práctica de un timonel que los guiara, con la definitiva desaparición de la Sicilia normanda, con los problemas sucesorios en Francia e Inglaterra, el papa Inocencio carecía en Europa de rivales seculares. La organización de una Cruzada era una aspiración muy profunda en su corazón, sólo necesitaba unos nobles segundones que pudieran encabezar el alistamiento. Entonces recibió una misiva del conde Tibaldo de Champagne.
Era el año 1199, el joven Tibaldo, 22 años y nieto de Luis VII y sobrino tanto de Felipe Augusto como de Ricardo Corazón de León, los grandes reyes que dirigieron la Tercera Cruzada, era enérgico y ambicioso y se hallaba imbuido de un genuino fervor religioso, celebraba un torneo en su castillo cuando se vio interpelado por el predicador Fulco de Neuilly, quién recorría Francia en busca de cruzados. Inmediatamente despacharon un mensajero para comunicar al papa Inocencio que habían abrazado la Cruz.
El principal problema era de carácter logístico: Ricardo Corazón de León había hecho saber que en su opinión, Egipto constituía el punto más débil del Oriente musulmán, y que allí debería dirigirse cualquier futura expedición. Resultaba claro que el nuevo ejército habría de viajar por mar, y que precisaría de un número de navíos que tan sólo una fuente podía suministrar: la República de Venecia.
Durante la primera semana de Cuaresma de 1201 llegó a Venecia un destacamento de seis caballeros encabezados por Godofredo de Villehardouin, mariscal de Champagne. Se convocó una reunión especial del Gran Consejo en la que los recién llegados expusieron sus necesidades y, ocho días después, obtuvieron respuesta. La República proporcionaría los medios de transporte necesarios para 4.500 caballeros con sus respectivas monturas, 9.000 escuderos, 20.000 soldados de a pie y provisiones bastantes para nueve meses. El precio sería de 84.000 marcos de plata y, adicionalmente, la República suministraría a su cargo cincuenta galeras completamente equipadas, con la condición de recibir a cambio la mitad de los territorios conquistados.
Parece ser que durante las deliberaciones el dogo Dandolo consultó en varias ocasiones tanto con los Cuarenta y los pregadi como la opinión del Gran Consejo, sin embargo, en cuestiones de tanta importancia seguía siendo necesario un arengo. Reunió al menos a 10.000 hombres en la iglesia de San Marcos para oír misa y pedir a Dios que los guiara. Acabada la misa, los enviados de Champagne volvieron a pedir la ayuda de Venecia. Luego, el dogo y el pueblo alzaron las manos y gritaron todos a una, “¡Concedido, concedido!”.
Al día siguiente se firmaron los contratos, en ellos no se hizo ninguna mención a Egipto. Godofredo nos dice que, tanto él como sus colegas, tenían miedo que de saberse el destino no conseguirían suficientes adhesiones – luego se vería que con razón-, dado que Jerusalén era el único destino legítimo para un cruzado. Además, una expedición a Egipto significaba un desembarco en tierra hostil en lugar de una apacible arribada al Acre cristiano y la ocasión de recobrar fuerzas antes de entrar en batalla. Los venecianos, por su parte, habrían estado encantados de guardar el engaño, pues también ellos guardaban un secreto propio: en esos mismos momentos sus propios embajadores estaban en El Cairo ocupados en discutir un acuerdo comercial sumamente rentable con el virrey del Sultán, a quién le comunicaron que Venecia no tenía intención de participar en ningún ataque sobre territorio egipcio.
Se acordó que todos los cruzados debían estar en Venecia el 24 de junio de 1202, día de San Juan, fecha en que estaría lista la flota.
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