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miércoles, 18 de julio de 2012

El rescate de las Malvinas


La Paz de París puso fin a la guerra de los Siete Años en 1763, en virtud de ella los británicos obtuvieron el Canadá –a costa de Francia- y la Florida –a costa de España-. Para vencer la resistencia de Carlos III a entregar la Florida, en compensación Francia tuvo que ceder a España la Luisiana, de menor valor estratégico que la península arrebatada, pero susceptible de oponer un frente al avance inglés hacia el virreinato mexicano. La Paz de París proclamó la victoria militar británica, pero pocos años después se presentaría a Francia y, en menor medida, a España una ocasión de revancha con motivo de la Revolución americana de las Trece colonias. 
Pero antes de esto se daría la vuelta al mundo que dio el navegante francés Bougainville (diciembre de 1766-marzo de 1769) costeada con dinero español. ¿Por qué pagamos a los franceses?. 


El coronel Bougainville volvió de la colonia francesa del Canadá con sus profundos sentimientos patrióticos intactos; quería compensar a su país de las pérdidas sufridas. La expansión colonial francesa ya no era viable en el continente americano, en el que sólo se le otorgaba el derecho de pesca del bacalao en las costas de Terranova, con base en la isla de San Pedro y Miquelón. Amén de unas pocas islas en las Antillas. Por lo que, para una expansión ultramarina de nuevo cuño, Bougainville pensó en las islas que comúnmente se llamaban Malouines, inspirado por el hecho de la incursiones pesqueras de los balleneros del puerto de Saint-Maló, con cuyo gentilicio secularizado las habían bautizado. 
Estas islas habían sido descubiertas en 1520 por una nave española, y por su estratégica situación, desde la que se domina el estrecho de Magallanes, fueron visitadas más de una vez por marinos españoles; de hecho, España las consideraba tradicionalmente incluidas dentro de sus dominios de América, aunque faltase un registro con un nombre propio. 
Desde fines del s. XVI, las Malvinas comenzaron a ser visitadas por los navegantes ingleses y holandeses, e incluso belgas, que hacían la ruta de las Molucas, los cuales les dieron diversos nombres efímeros. En 1690 el capitán John Strong exploró minuciosamente el archipiélago y se cercioró de que las dos islas principales estaban separadas por un estrecho, al que llamó de Falkland en honor de su protector, lord Falkland, cuyo nombre se extendió luego a todo el grupo en la cartografía inglesa. 
En 1764, Bougainville organizó a sus expensas y con ayuda de los armadores de Saint-Maló la expedición francesa de conquista de las Malvinas, al este de las cuales dejó fundada una colonia. El gobierno español, en ejercicio de sus derechos, protestó contra esta ocupación y obtuvo de Luis XV (1 de abril de 1767) la orden de devolución, pero recibiendo de la corona española una indemnización de 603.000 libras que se destinaron a organizar el viaje francés de circunnavegación en busca de nuevas tierras de expansión. El mismo fundador francés de la colonia fue “invitado” a organizar la devolución tras su conquista, se concertó un encuentro en el Río de la Plata con el capitán de fragata Felipe Ruiz Puente. 
Mientras tanto, el comodoro inglés Byron había establecido en la isla occidental de Port Egmont, con la intención de lograr el dominio de todo el archipiélago. Así lo comunicaron al destacamento español al que Bougainville había hecho recientemente entrega de la plaza, y lo intimaron a abandonarla.
Al saberse esto en Madrid, se dieron instrucciones al capitán general de Buenos Aires, don Francisco de Bucareli, para que mandara un contingente de tropas que desalojase a los invasores. La orden fue ejecutada por una expedición naval mandada por Madariaga el 10 de junio de 1770. La acción española provocó una fuerte tensión entre las Cortes de Madrid y Londres que puso  a ambas naciones al borde de la guerra. España comprobó que, en caso de guerra, no contaría con la colaboración francesa. España tuvo que aceptar en 1771 la presencia inglesa por la fuerza de los hechos, pero sin renunciar al derecho que le asistía sobre ellas. A los tres años de esta ocupación, los ingleses se desentendieron de aquella poco rentable colonia. 
Desde entonces y hasta 1811, España mantuvo un contingente en la isla oriental, a la que llamó isla de la Soledad, un bello nombre que podría restaurar Argentina al recuperarlas como heredera de los derechos de España. Desde 1820 las islas pasaron a la nueva república de Argentina; estuvieron bajo su control hasta 1833, en que el gobierno inglés se apoderó de nuevo de ellas para, en 1851, establecer la actual colonia.

miércoles, 15 de junio de 2011

El paso del Noreste

Acabada la Guerra de Granada los españoles sufrieron la locura americana. Todo se hizo mito y ahora el mito se llama América. ¡América....!. En la documentación de la época se observa cómo el incentivo americano mantuvo en vilo a casi toda la sociedad española. Y ello de tal manera que adivinamos a muchos de esos alucinados, los cuales nos asombran no sólo por su porfía, sino también por lo que supieron o quisieron saber de la geografía. Entre aquellos alucinados, faltos de medios o de artes, destacó Lorenzo Ferrer Maldonado, capitán de Guadix, largo currículo guerrero con su gente de Guadix, tras la guerra morisca de 1568-70 a más de 1.200 metros de altura se echó a los mares. Y a la vuelta dijo haber descubierto el Paso de Anián, que servía para comunicar, por el norte, el Atlántico con el Pacífico.

Lorenzo Ferrer Maldonado debió nacer alrededor de 1550, su familia procedía de Berja, en la Baja Alpujarra costera. El joven Lorenzo nació en Guadix, zona de atracción para repobladores cristianos de las zonas moras. De Lorenzo sabemos que tomó parte en las guerras moriscas de 1568-70, sabemos que su familia era amiga de la de D. Pedro de Mendoza, Adelantado del Río de la Plata y primer fundador de Buenos Aires. Más motivos para atraer al mito de la Conquista.

Sabemos, por diversos pleitos judiciales, que la familia había venido a menos. La madre, Inés Maldonado, había malvendido diversas fincas a la muerte del padre, y los hijos intentaron la anulación de aquellas ventas. Esto obligó a Lorenzo a tomar el oficio de Jurado en el Ayuntamiento de Guadix desde 1584. No todo son sinsabores, después de muchos años pleiteando en la Corte, consigue le sea entregados unos bienes reclamados desde la guerra de 1568-70. Lorenzo aparece casado con una dama de Granada, en septiembre de1587 estaba todavía en Guadix, de donde desaparecerá, no volviendo hasta febrero de 1589. En este periodo se fija su discutido y misterioso viaje.

Dejémoslo, de momento, entre tinieblas, y sigamos con nuestro protagonista. Al volver a Guadix trae dinero pues paga, ¡con largueza!, todas las deudas contraídas por su esposa en materia de ajuar doméstico. Tiene esclavos y establecen casa propia en Guadix. Pero la dicha dura poco. En febrero de 1590 vende sus esclavos, quizá había agotado sus caudales. Además da poder a un procurador para que reclame sus salarios del tiempo que fue capitán de las naves “La Esperanza” y la “Santa Ana” en el viaje de descubrimiento. Se ausenta de Guadix hasta noviembre de 1595, aunque ahora se declara ser vecino de Granada. Gonzalo Fernández de Navarrete nos dice que Lorenzo murió en Madrid el 12 de enero de 1625 sin haber vuelto a Guadix.

Nuestro personaje ha pasado a la historia, quizá con minúsculas, gracias a la relación que dejó escrita de su descubrimiento y paso del Atlántico al Pacífico por el Norte. Hazaña, imaginada o inventada, fabulosa donde las halla que no ha podido ser comprobada y siempre movió a la incredulidad, pero también a la duda. Nos dejó escrita la famosa relación del Paso de Anián, con grandes pinceladas de realismo y con otras tantas de fantasía. Nos cuenta su navegar desde Lisboa (parte de la Corona de Felipe II) al Pacífico, por el NO, a través del famoso Paso, que tenía 15 leguas de largura. “y donde tropezaron con un barco de 800 toneladas, en la misma boca del estrecho, contra el que pelearon, y con el que posteriormente intercambiaron productos semejantes a los de China.... ¡ Y para entenderse con ellos, no tuvieron más remedio, de echar mano del latín!....”

¿Qué sucedió en aquellas naves, “La Esperanza”, del maestro Juan de Llanos, y la “Santa Ana”, del maestre Miguel de Alvear, ambas de Sevilla?.... Nunca lo sabremos con seguridad. Quizá lo sea, gracias o peor, por culpa, de su imaginación, apoyada indudablemente por su gran capacidad de lector, la que le permitió, al margen del viaje, escribir obras tan agudas como el Memorial que presentó al rey, ofreciendo “La aguja fija, y el modo de hallar la longitud en el mar”; por la que se le ofrecieron 3.000 ducados de renta.

¿Después?... En abril del año 1600, por boca de su cuñado, intenta embarcar en una nueva aventura al Marqués de Estepa, a quién deslumbra con sus relatos, con sus documentos escritos en una hermosa y extraña letra antigua, porque Lorenzo tenía una muy bella caligrafía. Al Marqués de Estepa presenta ciertos títulos..... Pero la Justicia granadita interviene y aborta la aventura, a la vez que le procesa por falsedad en los títulos. Los testigos ponen de relieve que el capitán guadijeño es un hombre de gran ingenio, autor de libros curiosos , que sabía muchas lenguas, amén de ser latino y astrólogo. No pudo ser hallado por la Justicia. En 1615 se sabe de él en la Corte, intentando que el Rey sobresea el proceso de Granada. Y, efectivamente, una carta al Presidente de la Audiencia de Granada se lo ordena, aunque su momento de gloria ya ha pasado. Morirá en 1625 en Madrid, pobre y abandonado.

En el siglo XVIII aún había dudas de si Lorenzo había o no había descubierto el Paso de Anián. Así el Virrey de Nueva España volvió a enviar al marino Francisco Eliza con órdenes de asegurar Nutka. En el año 1790, entraba éste en dicho puerto, que puso en orden defensivo, e inmediatamente mandó al teniente de navío Salvador Hidalgo a reconocer la costa hasta los 60º N, donde pudo observar los establecimientos rusos en Alaska. Mientras tanto, en la Academia de Ciencias de Paris, un tal Buache leía una Memoria, en la que afirmaba que ya en el año 1588, Lorenzo Ferrer Maldonado había descubierto el paso del Noroeste.
Como consecuencia de todo esto, Alejandro Malaspina, que estaba efectuando un viaje científico por Sudamérica y el Pacífico, recibió órdenes para comprobar la existencia de ese Paso en 1791. Pero no lo halló. Y los barcos iniciaron el regreso efectuando un detenido examen de la costa, por si el paso estaba camuflado. Pero no lo halló.


Fuentes: Fernández de Navarrete, Martín: Biblioteca Marítima Española
Morales Padrón, Francisco: Historia de América
Asenjo Sedano, Carlos: Revista de Historia Naval nº 22

sábado, 11 de diciembre de 2010

El primer negro en Norteamérica

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y Estebanico el Negro

Con cargo de tesorero y alguacil mayor, Cabeza de Vaca partió en 1527 de España en la expedición capitaneada por Pánfilo de Narváez con destino a las costas de Florida. Seiscientos hombres y cinco naves componían la empresa, cuya intención era poblar las tierras de la desembocadura del río de Las Palmas. Tras poner pie en el continente y mantener duros enfrentamientos con los naturales, el grupo se aventuró hacia el interior atravesando pantanos, ciénagas y espesuras boscosas casi infranqueables. Al no hallar un lugar idóneo en el que asentarse iniciaron el regreso a las naves que habían dejado ancladas en la bahía de Tampa. Pero ya no estaban, habían desaparecido.

Con cueros de caballo construyeron unas rudimentarias y frágiles embarcaciones con las que intentaron llegar al golfo de México, pero una tormenta descomunal empujó las naves artesanales hacia la costa y las hizo naufragar.

En este momento comienza una de las mayores epopeyas americanas, la que protagonizaron hasta 1536, cuatro hombres: el propio Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes de Carranza, Gonzalo de Acosta, y el negro Estebanico (el primero de esa raza que vieron los indígenas del norte de América). Permanecieron durante 9 años en compañía de distintos grupos, en calidad a veces de cautivos, otras de amigos y algunas de aliados o curanderos, puesto que Cabeza de Vaca, que tenía vagos conocimientos de medicina ganó fama como sanador y también como taumaturgo hacedor de milagros, ya que envolvía sus prácticas curativas con rituales basados en la invocación a la Virgen María, la práctica de signos de la cruz sobre el enfermo o el soplo de algún tipo de “mágico” aire.



Así anduvieron a lo largo de casi 20.000 km vagando sin rumbo por Texas, por las áridas mesetas de Chihuaha y Sonora o remontando el río Grande hasta El Paso. Por fin, una patrulla española que merodeaba a la caza de esclavos fugitivos los localizó en las cercanías de San Miguel de Culiacán, en la costa mexicana del océano Pacífico. Su aspecto era desastroso, pero estaban vivos.

El relato de aquella odisea quedó plasmado en el célebre libro “Naufragios y comentarios”, escrito por el propio Cabeza de Vaca, que llegó a impulsar con brío el interés de las autoridades por aquellos territorios del norte continental, donde se creía estaban las míticas Siete Ciudades de Cíbola.

El negro Estebanico reincidió en sus viajes. Esta vez, como guía conocedor del territorio, acompañó a la expedición de fray Marcos de Niza en la búsqueda de las míticas Siete Ciudades de Cíbola. Partieron de Sinaloa en abril de ese mismo año de 1536, y recorrieron los actuales estados de norteamericanos de Arizona, Nuevo México, Colorado, Texas, Oklahoma y Kansas. Por fin, en junio de 1539, llegaron a las proximidades de una aldea de los indios Zuñí, en Nuevo México, donde suponían que se hallaba una de las ciudades de Cíbola. Allí encontró la muerte el negro Estebanico, al sobrepasarse con las mujeres indígenas, revolucionadas por el color de su piel. Otras crónicas dicen que las mujeres lo ocultaron de los españoles y vivió largos años casado con cuatro o cinco de ellas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Américo Vespucio, el hombre que dio su nombre a un continente

Hijo de un notario miembro de la nobleza mediana florentina, su familia se encontraba integrada en la red clientelar de Lorenzo de Médici el Magnífico, quién ejercía el mando en Florencia sin ocupar ningún cargo.

A partir de 1480 la familia perdió el amparo de El Magnífico y Américo tuvo que ganarse la vida mediante ocupaciones a veces poco respetables, principalmente agente de compras especializado en perlas y otras joyas. En 1491 buscó su fortuna, como muchos otros jóvenes de su patria, en España trasladándose a Sevilla, allí trabajó con un de los principales armadores de Colón, Giannotto Berardi. En 1499 cuando los RRCC eliminaron el monopolio de la navegación atlántica concedida a Colón, Vespucio fue uno de los primeros que se aprovecharon.

Se unió a la expedición de Alonso de Ojeda, recaló en las pesquerías de perlas de la isla Margarita, descubiertas por Colón el año anterior. Redactó una crónica del viaje poco fehaciente; se retrató como uno de los capitanes de la expedición. Insistió también en su competencia en materia de navegación científica, con el uso del cuadrante y astrolabio, y decía que los pilotos profesionales confiaban en su mayor conocimiento. Vespucio, al igual que Colón, creía que el planeta era más pequeño de lo que es, y que las riquezas de Asia se hallaban a poca distancia de sus descubrimientos.

Hacia fines de 1501 se trasladó a Portugal, En 1502 desempeñó un cierto papel en la exploración de unos 4.000 kms de la costa del actual Brasil y en su propia relación aseguró haber navegado hasta los 50º de latitud sur. No consta prueba alguna de tal hazaña.

Por razones desconocidas rompió con los portugueses y volvió a España, donde solicitó sin éxito permiso para realizar más viajes. Se sabe que pasaba mucho tiempo con Colón en su casa, y que se ganaba la vida arreglando abastecimientos para las flotas de Indias. En 1503 se editó su obra de mayor divulgación, Mundus Novus, un breve resumen de sus viajes, pero no aportó ninguna novedad importante, si bien su latín apacible y sus detalles sobre el uso de cuadrante y astrolabio llamó la atención de los cosmógrafos que lo leyeron. En 1505 llegó a manos de Martín Waldseemüller y Mathias Ringmann en Saint-Dié (Lorena), donde un grupo de humanistas estaban trabajando en una nueva edición de la Geografía de Ptolomeo.

Sin más reflexión, aclamaron a Vespucio como el nuevo Ptolomeo y en 1507, en la introducción a su edición, en el espléndido mapa impreso que la acompañó, propusieron el nombre de “América” para aquel nuevo continente. En la edición de 1513 Waldseemüller retiró la propuesta y reconoció la preeminencia de Colón pero el nuevo nombre ya se había establecido entre los especialistas en geografía.

En marzo de 1508, tras una larga campaña de solicitudes, el rey otorgó a Vespucio el cargo de piloto mayor, con un salario elevado y la responsabilidad de recopilar datos sobre la carrera de Indias y de enseñar técnicas avanzadas a los pilotos. No constan pruebas de que cumpliera con ninguna de estas tareas, pero siguió cobrando el salario hasta su muerte en 1512.

Post Scriptum: Siempre ha habido quién tiene una flor en el culo, y algunos tienen un jardín.

jueves, 11 de febrero de 2010

Primer viaje de Colón

Agosto de 1492 – Marzo de 1493

El coste del primer viaje fue de dos millones de maravedíes (un marinero cobraba unos mil maravedíes al mes), más de la mitad de los cuales anticiparon Luis de Santángel y Francisco Pinelo de las rentas de la Santa Hermandad. El almirante participó con medio millón endeudado por ello con algunos buenos amigos.

Una parte del coste de la empresa lo cubrieron los vecinos de Palos quienes por faltas cometidas contra la Corona tiempo atrás habían sido condenados a servir con dos naves durante un año. Tres fueron los barcos elegidos: la nao Santa María, alias la Gallega, capitana, propiedad de Juan de la Cosa, de unas 100 toneladas, de 23 a 29 metros de eslora (el largo medido de popa a proa) y 8 de manga (el ancho); la Pinta de unas 60 toneladas, de 24 metros de eslora, y la carabela latina Niña, propiedad de Juan Niño, de 50 toneladas y unos 20 metros de eslora.

Muy pocos hombres se enrolaron en la empresa, la incertidumbre del destino y el hecho de que Colón fuese un desconocido en la comarca pesaban en el alma de los marineros. La resuelta intervención de Martín Alonso Pinzón, navegante de reconocido prestigio, determinó el embarque de la gente necesaria. De 90 a 110 hombres, naturales de Palos, Moguer y Huelva especialmente, aunque no faltaron de otras regiones e incluso extranjeros. Volveremos a hablar de Martín Alonso Pinzón en otras entradas.

Las naves zarparon de Palos de la Frontera al amanecer del día 3 de agosto de 1492. Seis días después, en la isla de Gran Canaria, se mejoró el andar de la Pinta cambiándole las velas latinas por velas cuadras. A partir de la isla Gomera, 6 de septiembre, comienza el camino por aguas desconocidas. Los vientos alisios, pronto advertidos por Colón, favorecían la marcha, pero a medida que transcurría el tiempo y se sumaban los centenares de leguas navegadas, el temor y la desazón comenzaron a apoderarse de los más flojos. El almirante llevaba dos cuentas del camino recorrido, una real para su propio gobierno y otra en que acortaba los datos para no alarmar a los marineros. El paso de aves y el cruce del Mar de los Sargazos sin encontrar tierra quebraron la entereza de muchos marineros y comenzaron a murmurar contra Colón y a proponer el regreso antes de navegar hacia el desastre. La resuelta actitud de Martín Alonso Pinzón apoyando al Almirante, incluso propuso ahorcar a media docena de los más revoltosos, hizo callar a los hombres.

El 15 de septiembre comienzan a disfrutar de un tiempo agradable “como abril en Sevilla” y a ver hierbas de apariencia fluvial, señales de islas próximas. En la anotación del día 7 de octubre, haciendo caso a Martín Alonso Pinzón, el almirante mandó poner rumbo oeste-sudoeste, dejando así un camino que le hubiera llevado a la península de la Florida. El día 11 el mar se embraveció, pero el hallazgo de cañas, tablillas y algún palo labrado vino a levantar los ánimos. Cuenta Colón que esa misma noche, desde el castillo de popa vio una lumbre que se alzaba y titilaba. Y ya después de medianoche, el 12 de octubre, la carabela Pinta, que iba delante por ser más velera “halló tierra y hizo señas, las que el almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana (en realidad Juan Rodríguez Bermejo)”.

Llegada la mañana, desembarcó una larga comitiva para formalizar la toma de posesión. Era “una isleta de las Lucayos, llamada Guanahaní en lengua india”, fue llamada San Salvador por Colón. Hoy, la mayoría de los investigadores consideran que es la que conocemos como Watling, en el archipiélago de las Bahamas, al nordeste de Cuba.

Los nativos “desnudos como su madre los parió” se aficionaron pronto al trueque, se acercaban a los barcos españoles con papagayos, ovillos de algodón y azagayas y otras cosas y las cambiaban por cuentas de vidrio y bonetes de colores brillantes. No conocían el hierro, aunque algunos traían pedazos de oro colgados de agujeros que tenían en la nariz. Cuando los españoles quisieron saber donde lo habían conseguido, señalaban hacia el sur, a una isla grande.

Colón recorrió las diversas islas hasta que el día 28 de octubre tomó tierra en una gran isla que bautizó Juana (Cuba) en honor de la hija mayor de los RRCC, “la más hermosa que ojos hayan visto”. Creyó haber dado con el imperio del Gran Kan y la tierra de Catay. Por entonces se separó accidentalmente la carabela Pinta, de Martín Alonso Pinzón. Después de varios días llegaría la primera a Haití, donde se reencontrarían las naves. Colón llegó el día 6 de diciembre a esta isla que llamó Española (actualmente compartida por Haití y Republica Dominicana), aunque había tenido que pasar por el duro trance de perder su nao capitana, la Santa María, encallada sobre un bajío en las proximidades de Haití. Con el auxilio de la Niña y la ayuda de los indígenas, pudieron salvarse muchos efectos que fueron destinados al fuerte Navidad. Allí dejaría Colón, al mando de Diego de Arana, una guarnición de 40 hombres; en el que sería el primer y efímero asentamiento europeo en el Nuevo Mundo.

El 16 de enero de 1493 inició Colón el tornaviaje, desde la bahía dominicana de Samaná. Le acompañaban algunos isleños como testimonio vivo de sus hallazgos. Las dos naves iban patroneadas por los hermanos Pinzón. Tomaron una derrota más septentrional que les hizo encontrar los vientos del Oeste que les empujaron hacia Europa.

El 14 de febrero a la altura de las Azores por el Sur, un fuerte temporal empujó a la Niña, donde iba el Almirante, desde la popa, alejándola de la Pinta.

Amainando el temporal, el día 18 fondeó Colón en la isla azorera de Santa María. El capitán portugués de la isla, Joao de Castanheda expresó su admiración por el descubrimiento cuando se lo contó Colón. Pero al descender tres marineros para dirigirse en busca de un clérigo que dijese misa por el alma de los marineros, fueron apresados por los pobladores y el capitán portugués se negó a liberarlos. La Niña debió ponerse en marcha con menos hombres para las maniobras, sólo quedaban tres hombres expertos, incluso Colón estaba muy dolorido en las piernas, pues siempre estaba en cubierta pasando frío y mojado, además del poco comer. A poco volvió a la isla de Santa María, y consiguió que le devolviesen a los tres marineros capturados. Por fin, el 24 de septiembre pusieron rumbo a la península. Sufrieron varias borrascas que incluso rasgaron la velas. El día 4 de marzo embocaron el Tajo y subieron hasta Lisboa. Colón escribió al Rey de Portugal, explicando que venían de las Indias y no de Guinea, pidiéndole ayuda para sus hombres. El rey Juan II recibió a Colón el día 9 de marzo con mucho honor pero pronto se hizo notar la envidia del Rey hacia aquel aventurero que años atrás le pidió barcos para realizar la hazaña que ahora pertenecería a los reyes de España. Cuando el rey le dijo que aquellas tierras le pertenecían a él, Colón arguyó que nunca había navegado hacia Guinea ni San Jorge de Mina. El contencioso duraría hasta el tratado de Tordesillas (1494).

El día 13 de marzo largó el trapo y puso proa a Palos, donde arribó el día 15 de marzo. Por su parte, Martín Alonso Pinzón había hecho una derrota más hábil y menos comprometida que la de su jefe. A fines de febrero entraba en la bahía pontevedresa de Bayona, donde reparó la Pinta. Los gallegos fueron los primeros europeos en saber del descubrimiento de nuevas tierras hacia el Oeste. Después puso proa a Palos, donde llegó el mismo día -estupenda casualidad- y pocas horas después que Colón. Algunos días después, consumido por la enfermedad dejó el mundo de los vivos.

Colón puso en circulación las cartas que había ido escribiendo en su viaje, dando cuenta del resultado del viaje y de la fertilidad de las islas descubiertas, así como de su riqueza en oro y de la facilidad para sojuzgar a los indígenas. Los reyes, a la sazón en Barcelona, escribieron a “nuestro Almirante de la mar Océana e visorrey y gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias”, rogándole que fuera a verles, al tiempo que le encargaban las disposiciones necesarias para otra expedición inmediata.