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jueves, 18 de agosto de 2011

La Empresa de Inglaterra. El camino a la guerra

Cuando hablamos de la Gran Armada de 1588 lo primero que nos viene a la cabeza es el enfrentamiento entre Felipe II de España e Isabel de Inglaterra. Y uno se pregunta, culto que es uno, ¿qué pasó entre ellos para que de la amistad se pasara al odio?.

Debemos recordar que allá por 1555 eran amigos, aún más, eran familia. Felipe de España se había casado con María Tudor, reina de Inglaterra; por lo tanto era rey de Inglaterra, rey consorte sí, pero rey al fin y al cabo. Junto a ella había reinado durante cuatro años, sus relaciones con su cuñada Isabel, de 22 años, no habían sido malas. Al contrario, Felipe II la había protegido contra el partido católico inglés, en su linea radical, que abogaba por su ejecución. ¿qué pasó en esos 33 años?

Para entender la postura de la Monarquía Católica que regía Felipe II habría que tener en cuenta los principios que marcaban su política exterior: eran uno político, otro ideológico y un tercero económico. El político, el mantenimiento de los territorios heredados; el ideológico, la defensa del Catolicismo, y el económico, el monopolio de la navegación con las Indias Occidentales. Evidentemente, la defensa de esos tres principios traía consigo una serie constante de conflictos en una época en que la Reforma había triunfado en media Europa y cuando la tendencia general hacia una economía mundial hacía que las potencias marítimas llevasen cada vez peor la veda del comercio por las nuevas rutas descubiertas. Al contrario que su padre, el emperador Carlos V, Felipe II odiaba la guerra, proponiéndose desde un principio establecer una era de paz para sus pueblos. Se le vería zanjar la guerra heredada frente a Francia con la paz de Cateau Cambresis de 1559. Su drama particular estribaría en que muy pronto se vería arrastrado, él también, a guerras interminables. En este año de 1559 su experiencia política era ya grande, habiendo dado muestras de eficacia en el puesto que le había asignado su padre. Es cierto que a la muerte de Carlos V iba a introducir cambios en la manera de llevar las relaciones internacionales no siempre convenientes; el por de ellos, su aislamiento, al encerrarse en la meseta, entre Madrid y El Escorial, apartando de su vida aquellos largos y continuos viajes, que habían sido una de las características más notables del Emperador, y de su propia juventud. Con lo cual, los encuentros en la cumbre iban a desaparecer, y con ello una de las posibilidades más claras de que la diplomacia sustituyera a la guerra. Tampoco utilizó la baza del despliegue familiar: su hermana Juana, viuda desde 1554, ni la de su hijo don Carlos (por supuesto, su enfermedad era gran impedimento), ni la de su hermanastro don Juan de Austria. Sólo al final de su reinado puso en marcha dos bodas de tono menor: las de sus hijas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, la primera con el duque de Saboya y la segunda con su sobrino el archiduque Alberto de Austria. Pero no se atrevió a la más audaz, su hermanastro con María Estuardo.

A todo ello hay que añadir que Europa estaba entrando, desde mediados de siglo, en una larga etapa de antagonismos religiosos, que hacía difíciles los entendimientos diplomáticos. La época de Erasmo estaba dando paso a la de Calvino y San Ignacio, lo cual iba a enrarecer el ambiente de las relaciones diplomáticas, especialmente entre Inglaterra y España, cuyos soberanos se iban a convertir en los máximos protectores de los dos bandos religiosos en conflicto: protestantes y católicos. Estaba en marcha aquel protonacionalismo al que alude Kamen en su ensayo “La visión de España en la Inglaterra isabelina”. Protonacionalismo fortalecido por la nota peculiar de cada directriz religiosa, que curiosamente tendría un respaldo internacional, los reformadores de toda Europa tendía a considera a Isabel su protectora natural, de igual modo que los católicos lo hacía con Felipe II. De ese modo, arrastrados por corrientes no sólo nacionales sino también internacionales, poco podría hacer ambos soberanos para resguardar la paz.

En este marco es más fácilmente comprensible la involución producida, que llevó a los dos pueblos a dejar su antigua alianza para entrar por el derrotero de la guerra. Las propias embajadas se convirtieron en focos perturbadores de la paz, con lo que los diplomáticos de ambos países perdieron credibilidad ante los gobiernos respectivos, de ahí que la expulsión de los embajadores sea una nota tan frecuente, a lo largo de este periodo.

¿Quién desea la guerra?. El caso es que sabemos que en un principio tanto Isabel como Felipe II eran partidarios de la paz y que ambos se mostraban amigos. Recordemos que Felipe II había defendido a la joven princesa cuando la camarilla de María Tudor quiso ejecutarla por traidora. Aquí no nos encontramos con el rígido monarca fanático sino, curiosamente, con el hombre de Estado: Felipe II tenía muy clara la consigna de su padre Carlos V de que para que las cosas de los Países Bajos rodaran bien era preciso que fueran óptimas las relaciones con Inglaterra. La alternativa al encumbramiento de Isabel era el ascenso de María Estuardo, que en 1558 era ya reina de Escocia y esposa del Delfín de Francia. Por lo tanto, si un bloque tan fuerte se hacía también con Inglaterra, los Países Bajos quedaría aislados por mar y tierra y a su entera merced. De ahí que Felipe II tratara por todos los medios de mantener la alianza con Isabel. Incluso tratando de su posible boda, el propio Felipe II con 32 años se creía en condiciones de poder optar a la mano de Isabel con 25 años. Era una operación segura: Isabel era inexperta, estaba rodeada de enemigos y no podía exponerse a caer en desgracia del monarca más poderoso de la Cristiandad. Felipe II se iba a encontrar con una de las Reinas más inteligentes que ha conocido la Historia: una auténtica mujer de Estado, bien secundada por un político verdaderamente notable: Cecil. Por el momento daría largas al asunto, procurando ganar tiempo. El problema estribaba en poder rechazar la boda, sin provocar la ruptura con Felipe. E Isabel, con rara habilidad, lo consiguió. Sabía que tenía el apoyo popular, y eso le daba firmeza, a pesar de seguir llamándolo en sus cartas “amantissimun fratrem et perpetuum confederatum”

Estamos aún en la etapa de la amistad; todavía faltan años para que se entre en la guerra fría. Durante diez años, la diplomacia filipina luchó por mantener esa alianza inglesa. Sin embargo, hubo sus dudas, pues el partido belicoso de la Corte apostaba por un acto de fuerza. Incluso se planteó una temprana invasión de Inglaterra, alentada por Enrique II de Francia, en una negociación paralela a la de la paz de Cateau Cambresis. Pero Felipe II lo desechó, él no era un rey conquistador; quedaba el aspecto fundamental: ¿qué podía hacer los invasores una vez lograda la primera victoria?. A la larga, estaba claro que el problema no se reducía tan sólo a invadir, sino a mantener en el terreno invadido. Curiosamente el primero en desaconsejar esa invasión sería el Duque de Alba, en esa línea estaba el mismo Rey.

Después de 1568, Isabel lleva ya diez años en el trono, sale de Londres el único embajador español con el que la Reina se llevaría bien – Diego Guzmán de Silva -, el duque de Alba está en Flandes y los buques de Hawkins sufren el revés de San Juan de Ulua, aguas mexicanas, de los seis navíos perdidos por los ingleses, dos son pagados por la propia Reina, provocando como represalia inglesa el apoderamiento del dinero (medio millón de escudos) que Felipe II mandaba por mar a Flandes, para pagar a los tercios viejos y que repostaban en puertos ingleses.

Puede hablarse ya de guerra fría.

La excomunión de la reina Isabel, pronunciada por Roma en 1570, agravó la situación, radicalizando las dos posturas.
Mientras, la herida abierta en el costado español seguía supurando: los Países Bajos se habían rebelado con su señor natural y miraban a Inglaterra como defensora de su Nueva Fe.

Durante el gobierno de los Países Bajos de don Juan de Austria asistimos a una apertura de negociaciones matrimoniales con María Estuardo de Escocia, pero María era ya, de hecho, la prisionera de Estado de Isabel y cuando el intento de boda tenía que ir acompañado de una invasión. Y eso en 1574, cuando ya había muerto el mejor marino español Pedro Menéndez de Avilés. Por añadidura estaba el hecho de los recelos de Felipe II hacia su hermanastro que le llevan a negar su apoyo para lo que temía que fuese un excesivo engrandecimiento de don Juan de Austria. Entraron en juego las intrigas de Antonio Pérez, que acabaron con el asesinato del secretario de don Juan, Escobedo. Isabel, con figuras como Cecil y Walsingham estuvo mucho mejor auxiliada en su gobierno que Felipe II con Antonio Pérez. Y ese hecho, en aquella época de monarquías autoritarias tenía una especial importancia.

Así se sucedieron, cada vez con más frecuencia, los gestos hostiles: expulsión de los embajadores de uno y otro país, ataques de marinos ingleses a la Indias Occidentales españolas y, en fin, ayudas cada vez más ostensibles de los dos gobiernos a los rebeldes del otro país: así, de los ingleses al príncipe de Orange, en los Países Bajos, como a los de don Antonio Crato en Portugal; y los de España a los católicos ingleses e irlandeses. Felipe II llegaría hasta la fundación de Colegios de ingleses, escoceses e irlandeses, que servirían para mantener vivo el catolicismo en las Islas, pero también para provocar constantes dificultades a la Reina inglesa.

Todo ello arrojaba los acontecimientos por un plano inclinado, cuya desembocadura en la guerra parecía cada vez más inevitable. La incorporación de Portugal a los dominios de Felipe II (1581) agudizó aún más la rivalidad en el mar.

Se dan presiones de algunos consejeros de Felipe II, para los que bastaba un manotazo del poderío hispano para derrocar a Isabel. La soberbia de esos consejeros, típica del país que está en la cumbre del poder era increíble. En esta línea conflictiva llegó el formidable ataque de Drake a las Indias Occidentales, en 1585, en el que saqueó Santo Domingo, Cartagena de Indias y San Agustín. Las relaciones diplomáticas estaban definitivamente rotas. Los voluntarios ingleses del conde de Leicester luchaban al lado de los rebeldes holandeses, mientras Felipe II apoya en lo posible a los católicos ingleses. Puede afirmarse que la guerra entre las dos naciones era un hecho insoslayable.

Felipe II ordena preparar la Empresa de Inglaterra.

martes, 21 de junio de 2011

Una pequeña semblanza de un pirata jerezano

Fernando de Padilla Dávila, hijo del conocido como “elemento perturbador de la paz” Lorenzo de Padilla y de María de Vera. Pero esa es otra historia.
 
Todo comenzó, para el joven Fernando, cuando tuvo unas palabras, estando en el Puerto de Santa María, con un caballero de los que acompañaban al Duque de Medinaceli. Pero debido al momento y al lugar tuvo que contenerse, viéndose obligado a volverse a Xerez sin más.

Estando en ésta se enteró que el mismo Duque se hallaba en dirección a Castilla, acompañándole en el séquito Fabián de Salazar, quien era el caballero con que tuvo la reyerta. Dispuesto a cumplir su venganza y acompañado tan solo de su escudero Valderrama, decidió ir a su alcance y una vez hallado, precisamente cuando este marchaba junto al Duque a la altura de la localidad de Espera, la “emprendió con él a mandobles y le dio muerte en el acto” a pesar de la fuerte resistencia de la víctima y de sus acompañantes. De quienes aún causándole multitud de heridas, pudo escapar.
 
Debido a este lance, ocurrido en 1499, vióse obligado a exiliarse junto a su hermano bastardo Sancho de Padilla, con quién recorrería varios países y “por donde quiera fueron dejando memoria de sus aventuras”
 
Una de las más sonadas tuvo lugar en Génova: entraron un día en una nao que estaba a punto de salir del puerto. Metiéronse dentro él y su hermano Sancho mandando “levar anclas y hacer vela. ¿Quién lo manda?. Dijeron con admiración los marineros: Fernando de Padilla, respondió nuestro jerezano y tal era su decisión que no hubo quien le hiciera observación de ningún género”.
 
Ya en la mar les habló convenciéndolos para ir a “corso”, ofreciéndoles todo el lucro de sus rapiñas, con lo cual la tripulación se entregó por completo a los deseos del nuevo capitán. Con su nave se dedicó a la piratería, pues aunque se diga que iba en corso, éste no tenía ninguna patente y mucho menos después de haber huido de la justicia. Así anduvieron muchos años con otras naves que fueron capturando por el Mediterráneo a enemigos del reino, sobre todo en aguas del Estrecho y Berbería, llegando a adquirir mucha fama con sus acciones.
 
Con la muerte de la esposa de Salazar y acabada quien mantenía el juicio por la muerte de su esposo recibiría, como la mayoría de los casos de este tipo, el perdón real. Alistándose en el ejército y participando en muchas acciones brillantes, incluida la conquista de Túnez como capitán de caballos, donde fue uno de los primeros en entrar, rescatando con inusitado valor gran cantidad de cautivos, por lo que sería recompensado por Su Cesárea Majestad Carlos I con un hábito de Santiago y una veinticuatría jerezana.

lunes, 20 de junio de 2011

Andrea Doria. Un almirante de Castilla

Nacido en noviembre del 1466, ingresará como hombre de armas en la guardia pontificia en 1484. Al ser proclamado Papa Alejandro VI (el Papa Borgia) decide irse a Urbino al servicio del Duque. Al poco tiempo peregrina a Tierra Santa, donde entra en la Orden de San Juan de Jerusalén.

A su regreso a Italia, entra al servicio de Juan de la Rovere, para proteger las plazas napolitanas, conquistadas por los franceses, ante los ataques del Gran Capitán. Defiende la plaza de Rocaguillermina. La plaza cae, pero Fernández de Córdoba trata de atraer a Doria al servicio de España, infructuosamente.

En 1512, con 46 años, es nombrado Almirante de la flota Genovesa, y tiene sus primeros enfrentamientos con los franceses, y con los turcos por otro lado. En 1521 está claramente del lado francés en contra del Emperador Carlos. Incluso organiza un plan para liberar al Rey Francisco I, prisionero en Madrid, pero éste lo disuade pues había dado su palabra de no tratar de escapar.

Una vez liberado, Francisco I lo nombra Capitán General de la flota francesa del Mediterráneo.

En el verano de 1528 las relaciones entre Andrea Doria y la corte francesa estaban ya algo deterioradas y el contrato firmado entre ambos llega a su término, además de debérsele mucho dinero. Aún así, el rey francés, Francisco I, le exige la entrega de varios prisioneros españoles, entre ellos el Marqués del Vasto. Por temer una posible captura por parte de los franceses se refugió en el castillo de Lerici (la Spezia) posesión más oriental de la República de Génova, llevando consigo algunos cautivos aliados de España de los que era buen amigo.

Según un manuscrito del Seiscientos, Juan Bautista Petrioccioli, fiel amigo de Doria, le ofreció un banquete a él y a los presos más importantes. Probablemente en esta ocasión, con la intervención del propio Marqués del Vasto, Andrea Doria decidió entablar negociaciones para ofrecer sus servicios a Carlos V a cambio de una más amplia autonomía política y comercial para Génova.

Esta alianza, formalizada unas semanas después, originó una larga amistad entre España y Génova, que se mantuvo hasta fines del siglo XVIII

Su primera acción al servicio de España fue ayudar a levantar el sitio de Nápoles, asediada por los franceses. Después libera Génova, ocupada anteriormente por los franceses. Acepta ser nombrado “Padre de la Patria”, el emperador Carlos lo nombra Almirante Mayor y Gran Canciller del Reino. Le concederá el Tosión de Oro en 1530.

En 1535 acompaña al mismísimo emperador en la Jornada de Túnez contra Barbarroja. Después de diversos enfrentamientos entre ambos, reconquista Castelnuovo.

Cuando en 1543, Barbarroja apoyado por los franceses conquista y saquea Niza, Doria acude desde España, desembarca a las tropas de infantería española del marqués del Vasto que recuperan Niza y hacen huir a la flota franco-turca.

En 1547 sufre un atentando que casi le cuesta la vida. Ante las intrigas políticas genovesas, acepta en Génova una fortaleza guarnecida por tropas españolas. La conjura había sido liderada por los Fieschi, familia noble opuesta a los Doria.

En 1548, con 80 años, pasa con sus naves a la Bahía de Rosas, donde embarca el Príncipe don Felipe, que le acompaña a Italia y se aloja en Génova en el palacio del anciano Almirante.

En 1552 lleva de España a Italia 6.000 hombres y un millón de ducados, necesarios para la guerra en Italia. Acude a socorrer a Nápoles y Sicilia, atacados por los turcos. Con 40 galeras se enfrenta a 120 galeras otomanas, siendo obligado a retirarse después de perder 7 barcos, pero consiguiendo desembarcar tropas de refuerzo. Tenía 84 años.

Muere el 25 de noviembre de 1560, a punto de cumplir los 94 años.

miércoles, 15 de junio de 2011

El paso del Noreste

Acabada la Guerra de Granada los españoles sufrieron la locura americana. Todo se hizo mito y ahora el mito se llama América. ¡América....!. En la documentación de la época se observa cómo el incentivo americano mantuvo en vilo a casi toda la sociedad española. Y ello de tal manera que adivinamos a muchos de esos alucinados, los cuales nos asombran no sólo por su porfía, sino también por lo que supieron o quisieron saber de la geografía. Entre aquellos alucinados, faltos de medios o de artes, destacó Lorenzo Ferrer Maldonado, capitán de Guadix, largo currículo guerrero con su gente de Guadix, tras la guerra morisca de 1568-70 a más de 1.200 metros de altura se echó a los mares. Y a la vuelta dijo haber descubierto el Paso de Anián, que servía para comunicar, por el norte, el Atlántico con el Pacífico.

Lorenzo Ferrer Maldonado debió nacer alrededor de 1550, su familia procedía de Berja, en la Baja Alpujarra costera. El joven Lorenzo nació en Guadix, zona de atracción para repobladores cristianos de las zonas moras. De Lorenzo sabemos que tomó parte en las guerras moriscas de 1568-70, sabemos que su familia era amiga de la de D. Pedro de Mendoza, Adelantado del Río de la Plata y primer fundador de Buenos Aires. Más motivos para atraer al mito de la Conquista.

Sabemos, por diversos pleitos judiciales, que la familia había venido a menos. La madre, Inés Maldonado, había malvendido diversas fincas a la muerte del padre, y los hijos intentaron la anulación de aquellas ventas. Esto obligó a Lorenzo a tomar el oficio de Jurado en el Ayuntamiento de Guadix desde 1584. No todo son sinsabores, después de muchos años pleiteando en la Corte, consigue le sea entregados unos bienes reclamados desde la guerra de 1568-70. Lorenzo aparece casado con una dama de Granada, en septiembre de1587 estaba todavía en Guadix, de donde desaparecerá, no volviendo hasta febrero de 1589. En este periodo se fija su discutido y misterioso viaje.

Dejémoslo, de momento, entre tinieblas, y sigamos con nuestro protagonista. Al volver a Guadix trae dinero pues paga, ¡con largueza!, todas las deudas contraídas por su esposa en materia de ajuar doméstico. Tiene esclavos y establecen casa propia en Guadix. Pero la dicha dura poco. En febrero de 1590 vende sus esclavos, quizá había agotado sus caudales. Además da poder a un procurador para que reclame sus salarios del tiempo que fue capitán de las naves “La Esperanza” y la “Santa Ana” en el viaje de descubrimiento. Se ausenta de Guadix hasta noviembre de 1595, aunque ahora se declara ser vecino de Granada. Gonzalo Fernández de Navarrete nos dice que Lorenzo murió en Madrid el 12 de enero de 1625 sin haber vuelto a Guadix.

Nuestro personaje ha pasado a la historia, quizá con minúsculas, gracias a la relación que dejó escrita de su descubrimiento y paso del Atlántico al Pacífico por el Norte. Hazaña, imaginada o inventada, fabulosa donde las halla que no ha podido ser comprobada y siempre movió a la incredulidad, pero también a la duda. Nos dejó escrita la famosa relación del Paso de Anián, con grandes pinceladas de realismo y con otras tantas de fantasía. Nos cuenta su navegar desde Lisboa (parte de la Corona de Felipe II) al Pacífico, por el NO, a través del famoso Paso, que tenía 15 leguas de largura. “y donde tropezaron con un barco de 800 toneladas, en la misma boca del estrecho, contra el que pelearon, y con el que posteriormente intercambiaron productos semejantes a los de China.... ¡ Y para entenderse con ellos, no tuvieron más remedio, de echar mano del latín!....”

¿Qué sucedió en aquellas naves, “La Esperanza”, del maestro Juan de Llanos, y la “Santa Ana”, del maestre Miguel de Alvear, ambas de Sevilla?.... Nunca lo sabremos con seguridad. Quizá lo sea, gracias o peor, por culpa, de su imaginación, apoyada indudablemente por su gran capacidad de lector, la que le permitió, al margen del viaje, escribir obras tan agudas como el Memorial que presentó al rey, ofreciendo “La aguja fija, y el modo de hallar la longitud en el mar”; por la que se le ofrecieron 3.000 ducados de renta.

¿Después?... En abril del año 1600, por boca de su cuñado, intenta embarcar en una nueva aventura al Marqués de Estepa, a quién deslumbra con sus relatos, con sus documentos escritos en una hermosa y extraña letra antigua, porque Lorenzo tenía una muy bella caligrafía. Al Marqués de Estepa presenta ciertos títulos..... Pero la Justicia granadita interviene y aborta la aventura, a la vez que le procesa por falsedad en los títulos. Los testigos ponen de relieve que el capitán guadijeño es un hombre de gran ingenio, autor de libros curiosos , que sabía muchas lenguas, amén de ser latino y astrólogo. No pudo ser hallado por la Justicia. En 1615 se sabe de él en la Corte, intentando que el Rey sobresea el proceso de Granada. Y, efectivamente, una carta al Presidente de la Audiencia de Granada se lo ordena, aunque su momento de gloria ya ha pasado. Morirá en 1625 en Madrid, pobre y abandonado.

En el siglo XVIII aún había dudas de si Lorenzo había o no había descubierto el Paso de Anián. Así el Virrey de Nueva España volvió a enviar al marino Francisco Eliza con órdenes de asegurar Nutka. En el año 1790, entraba éste en dicho puerto, que puso en orden defensivo, e inmediatamente mandó al teniente de navío Salvador Hidalgo a reconocer la costa hasta los 60º N, donde pudo observar los establecimientos rusos en Alaska. Mientras tanto, en la Academia de Ciencias de Paris, un tal Buache leía una Memoria, en la que afirmaba que ya en el año 1588, Lorenzo Ferrer Maldonado había descubierto el paso del Noroeste.
Como consecuencia de todo esto, Alejandro Malaspina, que estaba efectuando un viaje científico por Sudamérica y el Pacífico, recibió órdenes para comprobar la existencia de ese Paso en 1791. Pero no lo halló. Y los barcos iniciaron el regreso efectuando un detenido examen de la costa, por si el paso estaba camuflado. Pero no lo halló.


Fuentes: Fernández de Navarrete, Martín: Biblioteca Marítima Española
Morales Padrón, Francisco: Historia de América
Asenjo Sedano, Carlos: Revista de Historia Naval nº 22

martes, 22 de marzo de 2011

El descubrimiento del Mississippi

Hernando de Soto, nacido en Jerez de los Caballeros en 1500, es uno de los mayores exploradores del territorio de los EEUU. Había formado parte de las tropas de Pedrarias Dávila que en 1514 conquistaron Panamá y Nicaragua. Allí ganó fama como experto baquiano (Práctico de los caminos, trochas y atajos) y amasó no poca fortuna. Se ofreció luego a Francisco Pizarro para conquistar Perú -participó en la captura de Atahualpa-, aunque a la larga se enemistó con él.

Regresó, rico, a España. Recién casado con Isabel de Bobadilla, hija de Pedrarias – aunque ya tenía varios hijos mestizos reconocidos- fue informado de que Cabeza de Vaca había aparecido tras permanecer ocho años en cautiverio y estar perdido por el sur norteamericano. Poco después lograba una Capitulación de la Corona en la que se le nombraba gobernador de Cuba y adelantado de la Florida. Como un imán, atrajo hacía sí, debido a su reputación, a cientos de personas que embarcaron junto a él en siete navíos y tres bergantines. Era abril de 1538.

Tras llegar a Cuba, De Soto inició los preparativos partió hacia Florida en mayo de 1539. Dejó en la bahía de Tampa, en el puerto de Espíritu Santo, a 100 hombres, hizo que volvieran los barcos a Cuba para que regresaran pasado algún tiempo y, con 600 hombres y 200 caballos, se internó tierra adentro.

Atravesó el actual estado de Georgia hasta el río Savannah, giró al noroeste, cruzó las Montañas Azules y allí, en la frontera de Tennessee, volvió hacia Georgia para adentrarse luego en Alabama, poner pies en Mauvilla e invernar en Chicasa.

Tras sufrir varios ataques de indígenas tomó el camino del noroeste y, después de avanzar con penalidad por ciénagas y pantanos, el grupo llegó hasta el padre de las aguas (Meact-Massipí en lengua india) y conocido por nosotros como Mississippí, al que llamaron Río Grande.

El 8 de junio de 1541 la expedición cruzaba la peligrosa corriente al sur de lo que hoy es Memphis. En Arkansas fueron bloqueados por la nieve, y la expedición empezó a mostrar signos de agotamiento; el propio De Soto enfermó de fiebres y murió el 21 de mayo de 1542; su sucesor hizo tirar su cuerpo al Mississippi.

Más de cuatro años después de la partida, el grupo llegaba sin su cabecilla a Tampico, en México. Quedaban poco más de 300, la mitad de los que habían salido.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El cañón del Colorado

Sugestivas leyendas,unidas a sueños de grandeza, fortuna y fama, inclinaron a muchos exploradores a acometer arriesgadas empresas en tierras difíciles. Una de esas leyendas, la de la existencia de als Siete Ciudades de Cíbola, de la cual había hablado Cabeza de Vaca, llamó la atención del virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, quién organizó un nutrido grupo se adentrara en aquellos lares.

El elegido para encabezar la expedición fue el joven gobernador de Nueva Galicia (hoy Jalisco, Zacatecas y Aguascalientes, en México) Francisco Vázquez de Coronado, nacido hacía 28 años en Salamanca. Partió de Culiacán en 1540 al frente de un grupo de 300 españoles y más de 800 indígenas que llevaban consigo ganadería de cría, caballos y semillas. Tras alcanzar el río Yaqui y encarar el cauce seco del Mayo hasta Corazones, en el extremo sur del río Sonora, surgieron las primeras quejas de la tropa, puesto que aquellos caminos duros y ásperos no eran lo felices que esperaban.

En el valle de Sonora el ánimo mejoró, pues aquellas tierras eran fértiles, pero lo que vino luego no: el temible desierto de Gila, las montañas de Pina. Hambre y sed. Después de dos meses, llegaron al río Bermejo, estaban cerca de la primera ciudad de Cíbola. Pero lo que encontraron fue una mísera aldea de casas de adobe y techos de paja, los naturales vivían en condiciones poco menos que de supervivencia. Las casas les recordaron a algunas de los pueblos de España. Identificaron a los habitantes como “indios pueblo”.

Empeñado en localizar algo que mereciera la pena se conquistado o más bien colonizado, Vázquez de Coronado envió exploradores a investigar los alrededores. A los pocos días el capitán García López de Cárdenas vino con noticias: había localizado un profundo cañón por cuya base corría un poderoso río, al que, en un primer momento bautizaron como Tizón. Era el Cañón del Colorado.


Deseoso de hallar nuevas tierras, Coronado prosiguió a Acoma y, desde allí, al valle de Tiguex, atravesado por el río Grande. Tras un duro invierno la expedición se internó en Arkansas, entre las montañas Rocosas y el Mississippi, y alcanzó el sur de Nebraska. Pero allí no había oro, ni riquezas, ni siquiera pueblos.

Tras regresar a Tiguex para pasar el invierno de aquel año 1542, Coronado sufrió un accidente: su caballo se desbocó y fue a dar con sus huesos en el suelo golpeándose con fuerza la cabeza. Las lesiones fueron tan graves que no logró ya recuperarse del todo y mostraba evidentes signos de trastorno. Su estado y el fracaso de la empresa fueron determinantes a la hora de decidir el regreso. Al llegar a México fueron recibidos con frialdad, pues el gobernador le recriminó no haber colonizado el norte de México.

Fue destituido de sus cargos en 1545 y vivió retirado hasta su muerte en 1554 en México.

lunes, 7 de marzo de 2011

Galeote

Imaginaos a seis hombres encadenados a un banco, desnudos como los creó Dios, con un pie puesto sobre el estribo y el otro sobre el banco de enfrente; manteniendo un remo inmensamente pesado (siete metros de largo), inclinados hacia adelante, en dirección de la proa, y con los brazos tendidos de modo que pasen por encima de la espalda de los remeros del banco de delante, los cuales tienen el cuerpo inclinado de la misma manera; y arrojándose luego hacia atrás. Los galeotes reman así durante diez y hasta viente horas sin un momento de descanso. El vigilante u otro marino introduce en la boca de los desgraciados a a punto de desmayarse un pedazo de pan mojado en vino, mientra sel capitán grita la orden de redoblar los latigazos. cuando un esclavo cae sin conocimiento sobres su banco es fustigado hasta dejarle muerto y arrojado luego al agua.
 
Por todo alimento recibían algunos bizcochos y de cuando en cuando un bocado de gachas de cebada; como bebida se le daba un poco de agua mezclada con vinagre y algunas gotas de aceite.
 
Jean Marteille, 1707, esclavo rescatado de las galeras de Argel.

martes, 15 de febrero de 2011

Piratas en Gibraltar

No, no vamos a hablar de los piratas que hay en Gibraltar, sino de otros piratas que atacaron a los cristianos de Gibraltar y alrededores.

Por orden de Argenali, rey de Argel, fue enviada para apoderarse de Gibraltar una  poderosa armada capitaneada por Tali-Hamet y su seundo el capitán Muely Hacen Caramani a quién llamaban Barbanegra, que había estado algún tiempo en Gibraltar como cautivo del padre de nuestro héroe y que había conseguido escapar el año anterior. Entre el resto de capitanes destacaba un tal Aliare, quien en realidad se llamaba Martín Juan, natural de Gibraltar y que conocía perfectamente todas las entradas y las casas de los acaudalados vecinos de la plaza. Prepararon una flota con 16 velas entre galeotas y galeras y una tropa compuesta por unos 3.000 hombres. Sabían perfectamente que las galeras reales se hallaban en Sicilia y que tenían el campo libre.

Reproducción galera s. XVI en Rimini

A pesar de que en la capital malagueña se supo de la poderosa armada que habían preparado y haberlo comunicado a Gibraltar, su gobernador en vez de cuidarse de fortificar y preparar las defensas, sólo informó de la llegada de flota a Tarifa y a Cádiz, para que esas ciudades estuvieran prevenidas por si acaso resultaban elegidas por tan despiadados depredadores. Podemos disculpar al gobernador pues está sería su primera acción de guerra, y es que sólo era un joven de apenas 14 años de edad, Don  Alvaro de Bazán, futuro primer Marqués de Santa Cruz, nacido el 12 de diciembre de 1526 en Granada, aunque se había criado en Gibraltar, ya que su padre, del mismo nombre, había sido capitán general de las galeras y naves destinadas a la guardia de las costas de Granada. Aún no tenía nueve años cuando fue nombrado por el César Carlos alcalde del castillo de Gibraltar, en marzo de 1535, mandando le sustituyese su padre en calidad de teniente durante su minoría de edad.

Cinco años después, en 1540, comienza nuestra historia.

En la noche del jueves día 9 de septiembre de 1540 se acomodaron los piratas tras el monte Calpe para esperar noticias de un bergantín suyo enviado como avanzadilla con gente cristiana a bordo, informando de lo descuidada que se hallaba la ciudad, pues muchos se encontraban vendimiando en la Sierra Carbonera y los pescadores en el mar. Inmediatamente desembarcaron y se repartieron para su asalto.
 
Barbanegra y Mujar Rael, alférez de la armada, entraron con sus hombres por los arrabales y ocuparon todas las posesiones estratégicas de la plaza, sembrando el pánico entre los incrédulos habitantes que no hacía caso de los avisos que llegaban de los que huían. La defensa se hacía calle por calle intentando refugiarse en la fortaleza, pero cada acometida de los turcos dejaba muertos y más cautivos, sobre todo mujeres y niños. Con la aglomeración de personas en la misma puerta de la fortaleza a la hora de abrirse el portillo para que entrara, murieron por aquel tropel 26 mujeres. Dicen varios testigos que “los turcos traían algunas armas extrañas, escopetas de tres cañones o ballestas que desparaban de una vez tres flechas.” El joven Álvaro de Bazán comandó la defensa de la fortaleza, lo que redujo las pérdidas cristianas pero no impidió el saqueo de la ciudad y los alrededores.
 
Después de saquear durante cuatro días todo cuanto pudieron; de hacer al menos 79 cautivos y 12 muertos (sin contar los aplastados en el portillo) entre las filas españolas y sufrir ellos unas sesenta bajas decidieron retirarse, aunque antes de hacerlo se pasearon por la bahía de Gibraltar tocando trompetas, añadiles y tambores mofándose de los que asombrados miraban desde la fortaleza. Luego desembarcaron algunos en Mayorga, destrozando campos y robando ganado hasta que aparecieron las fuerzas enviadas desde Jimena bajo el mando del alcaide Alonso Virués, quien fue el que envió el aviso de socorro a Jerez.
 
A las 7 de la mañana llegó el correo a uña de caballo con la desgarradora noticia a esta ciudad, tocándose a rebato y partiendo el jurado Pedro Riquel con el hijo del alcalde Martín Dávila y 30 caballos sin esperar al grueso de la fuerza, entrando en la Roca con otros tantos de Medina que se les unieron en el camino a todo galope dos días después
 
También salieron de Jerez el Duque de Medina y el conde de Niebla con el grueso de la tropa en dirección a Gibraltar, aunque por el camino encontraron un mensajero que les advirtió que el turco había abandonado el saqueo y se había retirado a la bahía, para esperar hacer negocio con los cautivos retenidos. No obstante entrarían en Gibraltar, donde se hallaron con todos los que habían llegado de toda la provincia.
 
Allí permanecieron tres días los turcos como mercaderes, a pesar de la fuerza que se hallaba a poca distancia de sus naves. Entre los cautivos se encontraba el alcalde Francisco de Mendoza, por el que pedía 800 ducados, sumando por el resto en total unos 6.000 ducados.
 
Estando negociando sucedió un percance con dos navichuelos cargados de vino y otras mercancías que se dieron de bruces con los piratas, siendo a su vez apresados, aunque durante la disputa un disparo acabó con la vida del capitán de la goleta turca que los apresó.
 
Esto enojó a Barbanegra quién hizo una última oferta por la liberación de los cautivos, además de solicitar el canje de los turcos que habían sido capturados durante el asalto. Los españoles quisieron dilatar más las negociaciones con la esperanza de que la flota de galeras reales apareciera en cualquier momento, pero nada de esto sucedió y poco a poco se fueron saliendo los turcos de la bahía alejándose en el horizonte el día 13 de septiembre con su botín de vino, cereales y cautivos. Mientras huían quemaron la famosa galera capitana “Bastarda” de Álvaro de Bazán.
 
Sería dos semanas más tarde, en el Peñón de Velez de la Gomera, donde su rey Muley Bahazon, feudatario de España, rescató por 5.000 ducados los cautivos gibraltareños, cobrando él 400 ducados más por el favor.
 
 

Bibliografía: Fray Esteban Rallón. Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera.  UCA 1998

miércoles, 9 de febrero de 2011

La tasa del Quijote

Dada su importancia en la literatura española, es costumbre iniciar las ediciones del Quijote incluyendo todos los materiales que acompañan a la obra de Miguel de Cervantes, los llamados por la crítica preliminares o paratextuales.

Así, es habitual que el lector que abra las primeras páginas de su ejemplar del Quijote, se encuentre con elementos que no se suelen reimprimir en otras novelas : una dedicatoria, un prólogo, advertencias al lector y un conjunto de poesías laudatorias además de la autorización administrativa y la tasa obligatoria y necesaria para la publicación de la obra.

Sin embargo a los lectores del siglo XVI no les resultaba extraña esta práctica ya que, en los reinos de Castilla, desde la pragmática de 1558 sobre la autorización previa de impresión, era obligado imprimir los citados preliminares. En lo que respecta al libro titulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, después de la portada de la primera edición , figuran en las siguientes páginas el siguiente documento administrativo:

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro Señor, de los que residen en el su Consejo , certifico y doy fee que, habiéndose visto por los señores dél un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y para que dello conste, di el presente en Valladolid, a veinte días del mes de diciembre de mil y seiscientos y cuatro años.
Juan Gallo de Andrada


Juan Gallo de Andrada pertenecía al cuerpo de escribanos , un selecto numerus clausus de funcionarios por oposición, asignados a uno de los Consejos -en el caso que nos ocupa el Real de Castilla- que constituían los órganos principales en la administración del estado.

Así, inicialmente, la que sería la obra inmortal de la literatura universal se tasó en su momento en docientos y noventa maravedís y medio ( el maravedí fue, durante mucho tiempo, en Castilla la principal unidad monetaria de cuenta) es decir, en ocho reales y pico (un real eran treinta y cuatro maravedís). Para hacerse una idea, en Castilla la Nueva en 1605; una docena de huevos costaba unos 63 maravedís; una de naranjas, 54; un pollo, 55, y una gallina, 127; medio kilo de carnero, unos 28 y una resma de papel de escribir, 28.

Así, si bien El Quijote (que ni siquiera se llamaba así en el documento administrativo) no se vendía barato, bien poco podía imaginar Juan Gallo de Andrada (que fue un personaje rico e influyente en la sociedad de su tiempo) que la primera edición que autorizó alcanzaría un incalculable valor y que el hecho de su vida que le haría pasar a la historia iba a ser estampar su firma, un día de diciembre de 1604, en la primera página de una, en aquel entonces, banal novela cómica.

martes, 3 de agosto de 2010

Colonización

La Española fue el primer ensayo de colonización americana; es un hecho comprobado que los primeros viajeros que se han puesto en contacto con un país nuevo han exagerado considerablemente su población, esto pasó en Groenlandía, en Tahití... y también en las Antillas. La Española fue por unos años El Dorado americano.

Se le atribuye una población máxima en 1492 de 100.000 habitantes, en el 1508 tenía unos 60.000, unos 30.000 en 1514 y unos 500 en 1570, desapareciendo lentamente en los siglos siguientes, principalmente a causa del fenómeno del mestizaje. Todos los investigadores del tema convienen en que los indios, una vez sometidos, sufrieron una rápida disminución. La presencia de los españoles dislocó la economía indígena, introdujo enfermedades y les hizo sucumbir en un trabajo agrícola normal a ojos del europeo, pero insuperable para un pueblo primitivo.

Ya durante el reinado de Felipe II se evitaba la palabra “conquista” y empezaba a hablarse de “pacificación” o “población”. No creamos que es privativo de nuestra sociedad el jugar con las palabras.

Los trabajos en las minas y agricultura, la encomienda y los repartimientos; el alcoholismo -de tan gran importancia, que se pensó en implantar la ley de los incas que castigaban a los borrachos como a envenenadores públicos, y el mestizaje fueron causas coadyuvantes en la despoblación, pero desde luego de importancia secundaria. El motivo de mayor influencia es, sin duda, el aumento de mortalidad debido a las enfermedades que a América llevaron españoles y negros. La llegada del negro y su fracaso en las minas vino a perjudicar al indígena, al que suplantó especialmente en la agricultura.

Aunque lo hemos aprendido en el s. XX, el ejército de los microbios hace en toda conquista más víctimas que las armas. Las sucesivas epidemias de viruela y sarampión causaron efectos catastróficos entre los indígenas que estaban indefensos ante ellas. A lo que hay que añadir la monótona dieta impuesta por los conquistadores, basada en la ingestión de yuca, con una gran falta de proteínas. Con la llegada de los españoles no se había conseguido evitar las hambrunas.

Entre todo este cúmulo de circunstancias destaca el negativo efecto psíquico que los españoles produjeron en los aborígenes: los indios vieron aniquilada su vida espiritual, desintegradas sus estructuras económicas y sociales y desprestigiadas o anuladas sus jerarquías. Les era imposible adaptarse a las nuevas circunstancias, y como consecuencia, los abortos provocados, la huida en masa a tierras pobres alejadas de los conquistadores, las desesperadas rebeliones contra éstos, los suicidios que llegaron a hacerse colectivos, etc. Los efectos demográficos de tal desmoralización fueron graves, bajando la tasa de natalidad a niveles que hacían imposible contrarrestar la alta tasa de mortalidad infantil de la época.

La violencia en guerra no parece que tuviera efectos notables; la duración de la conquista fue corta, seguida de un régimen estable y pacífico si lo comparamos con épocas anteriores donde los indígenas estaban en guerra continua con otras tribus.

España, al considerar sus posesiones ultramarinas como parte integrante de su territorio, elaboró una legislación indiana más justa que la establecida por otras naciones en sus colonias. Los españoles del s. XVI no podían concebir mejor trato hacia el indígena que forzarle a “civilizarse”, es decir, a que adoptara el sistema cultural del occidente cristiano; esta ha sido la actitud colonizadora de las potencias europeas hasta bien entrado el s. XX. No puede sorprendernos que desconocieran hasta qué punto destruían las fuerzas físicas e intelectuales del indio, al que, en realidad, deseaban conservar y mejorar.

Como dice L. Hanke: “otras potencias que tuvieron colonias en el Nuevo Mundo no se preocuparon grandemente por las cuestiones teóricas. No surgió ningún protector de los indios en las colonias inglesas o francesas de América. Los puritanos consideraban a los indios como malditos salvajes, a los que era preciso destruir o esclavizar.”

Desde el primer momento surgieron protectores, tanto religiosos como seglares, de los indios. A la vez que se creaba todo un nuevo cuerpo jurídico para la administración de los nuevos territorios, un conjunto de leyes y ordenanzas en donde otras naciones aprenderían y ensayarían fórmulas de expansión y de dominación.

El gran homenaje a los españoles del s. XVI y XVII se encuentra en las calles de México, Perú, Bolivia y tantos otros lugares. La legislación protectora, la posibilidad de matrimonio legal entre españoles e indios, junto con la necesidad de mantener a la población para la obra de colonización, trajo consigo un fenómeno de importancia capital: el mestizaje. Al contrario que la América anglosajona que aniquiló al salvaje, mientras acusaba a los católicos españoles de genocidio y ansia de oro.

Independientemente de los saqueos de los aventureros, la empresa americana consistió, fundamentalmente, en una cruzada religiosa emprendida por los reyes de España para promover el catolicismo.

Como dijo Restrepo Mexía, (discurso ante la Academia Colombiana de la Historia, 12 de octubre de 1930):
"Sobre los horrores de la conquista, porque toda guerra los produce, hubo una acción piadosa, conciliadora, cristiana, mezcláronse las dos razas y resultó la hispanoamericana, prueba irrefutable del humanitario concepto con que estas tierras fueron conquistadas.”