Cuando parecía que Madrid estaba a punto de caer en manos facciosas el Gobierno republicano decidió trasladarse a Valencia, una ciudad más segura. Se organizó también el traslado de reconocidos intelectuales, entre los que se contaban Antonio Machado y Moreno Vila.
Después de un duro día de viaje, por culpa de los controles de carretera realizados por todas y cada una de las organizaciones obreras, a las que no les convencían aquellos republicanos de chaqueta, corbata y sombrero, llegaron al pueblo de Tarancón donde fueron alojados en una casa grande, con algunos lujos impensable en el Madrid sitiado.
Antonio Machado y su esposa se disponían a dormir cuando se les ocurrió preguntar de quién era la casa que ocupaban. Un miliciano les respondió: “Es del cacique del pueblo, pero no se preocupe camarada, le dimos el paseo antier a toda la familia”.
Machado, por delicadeza, no deshizo aquella cama, y pasó esa noche durmiendo sobre la alfombra.
Moreno Villa por su parte, al preguntar por la familia recibió la escalofriante declaración: “Les matemos ayer”. Esto le hizo recordar una conversación que tuvo en Madrid en la Residencia de Estudiantes: “(...) Todas las noches oíamos descargas de fusilamientos en las cercanías, y cuando nos levantábamos oíamos contar a las criadas, que nos miraban como a burgueses dignos de ser arrastrados, cómo eran las víctimas de los famosos “paseos”. “El de hoy era un señorito fascista, tenía zapatos de charol y estaba envuelto en una bandera monárquica. El de ayer era un pobre de alpargatas.” Se fijaban mucho en el calzado y en las manos.
jueves, 9 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Juan Bermúdez, descubridor español
Nacido en Palos de la Frontera (Huelva) hacia 1450.
De linaje de navegantes se hizo a la mar desde muy joven. Entre 1495 y 1519 viajó a América once veces en calidad de piloto o maestre, lo que significa que en veinticinco años cruzó el Atlántico, en uno u otro sentido, en veintidós ocasiones. Toda una plusmarca, diríamos hoy, que no fue superada por ningún marino en los siglos XVI y XVII de los que se tenga noticias. Debemos añadir aquellas navegaciones que debió hacer antes para que pudiera ser reconocido como piloto con experiencia, especialmente los conocidos como “viajes menores andaluces” entre 1501 y 1509.
Aquí queremos hablar del viaje que lo haría pasar a la Historia, la historia se inicia en Sevilla, en el mes de julio de 1505, al salir de este puerto como piloto de la carabela Garza con el encargo de llevar vituallas y pertrechos a los asentamientos españoles en las Indias. La singladura de ida se llevó a cabo felizmente y sin contratiempos. Cuando inició su regreso dirigió su proa al norte, quizás porque ya se sabía que una fuerte corriente marina, que puede llegar a alcanzar los cuatro nudos, circulaba muy pegada a las costas de Florida en dirección sur-norte: el descubrimiento de la conocida como Corriente del Golfo es de otro marino palermo, Antón de Alaminos. Es posible que tomara esa dirección despistado por una tormenta.
Cuando llevaba apenas unos días en la mar, Bermúdez alcanzó a ver un grupo de islas con evidente riesgo para la navegación a las que les dio el nombre de su carabela, Garza, ¡que bello gesto! cuando lo normal era dar el nombre del descubridor, de su monarca, de su tierra de origen o de la efeméride religiosa que se celebraba el día de la arribada.
Pero la posteridad no quiso fijarse en la carabela y sí en el descubridor, por lo que hoy en día conocemos ese grupo de islas por el nombre de su descubridor: las islas Bermudas.
Juan Bermúdez murió en su Palos natal hacia 1520
De linaje de navegantes se hizo a la mar desde muy joven. Entre 1495 y 1519 viajó a América once veces en calidad de piloto o maestre, lo que significa que en veinticinco años cruzó el Atlántico, en uno u otro sentido, en veintidós ocasiones. Toda una plusmarca, diríamos hoy, que no fue superada por ningún marino en los siglos XVI y XVII de los que se tenga noticias. Debemos añadir aquellas navegaciones que debió hacer antes para que pudiera ser reconocido como piloto con experiencia, especialmente los conocidos como “viajes menores andaluces” entre 1501 y 1509.
Aquí queremos hablar del viaje que lo haría pasar a la Historia, la historia se inicia en Sevilla, en el mes de julio de 1505, al salir de este puerto como piloto de la carabela Garza con el encargo de llevar vituallas y pertrechos a los asentamientos españoles en las Indias. La singladura de ida se llevó a cabo felizmente y sin contratiempos. Cuando inició su regreso dirigió su proa al norte, quizás porque ya se sabía que una fuerte corriente marina, que puede llegar a alcanzar los cuatro nudos, circulaba muy pegada a las costas de Florida en dirección sur-norte: el descubrimiento de la conocida como Corriente del Golfo es de otro marino palermo, Antón de Alaminos. Es posible que tomara esa dirección despistado por una tormenta.
Cuando llevaba apenas unos días en la mar, Bermúdez alcanzó a ver un grupo de islas con evidente riesgo para la navegación a las que les dio el nombre de su carabela, Garza, ¡que bello gesto! cuando lo normal era dar el nombre del descubridor, de su monarca, de su tierra de origen o de la efeméride religiosa que se celebraba el día de la arribada.
Pero la posteridad no quiso fijarse en la carabela y sí en el descubridor, por lo que hoy en día conocemos ese grupo de islas por el nombre de su descubridor: las islas Bermudas.
Juan Bermúdez murió en su Palos natal hacia 1520
martes, 7 de septiembre de 2010
Unamuno y Millán Astray
El 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la universidad de Salamanca se celebraba el Día de la Raza con la presencia de Carmen Polo, esposa del general Franco recién nombrado Jefe del Estado. Millán Astray había llegado escoltado por sus legionarios armados con metralletas, afectación que conservaría a lo largo de toda la guerra. Varios oradores soltaron los consabidos tópicos acerca de la “anti-España”. Un indignado Unamuno, de setenta y dos años, que había estado tomando notas sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado discurso. “Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana, yo mismo lo hice otras veces. Pero, no, la nuestra es sólo una guerra incivil (...) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión (...). Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida ensenándoos la lengua española, que no sabéis...”
En ese punto Millán Astray empezó a gritar: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: “¡Viva la muerte!”. En lo que fue un exhibicionismo fríamente calculado, Millán habló: “¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación!. ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!”. Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de “¡Viva España!”. Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno. “Acabo de oír el grito negrófilo e insensato de ¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, ha de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa!. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de sicología de masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él(...). El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada....”
Furioso, Millán gritó: “¡Muera la inteligencia!”. En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó:”¡No!. ¡Viva la inteligencia!. ¡Mueran los malos intelectuales!”. Unamuno no se amilanó y concluyó: “¡Éste es el templo de la inteligencia”¡Y yo soy su supremo sacerdote!. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta, razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.”
Millán se controló lo suficiente como para, señalando a la esposa de Franco, ordenarle: “¡Coja el brazo de la señora!”, cosa que Unamuno hizo, evitando así que el incidente acabara en tragedia.
En ese punto Millán Astray empezó a gritar: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: “¡Viva la muerte!”. En lo que fue un exhibicionismo fríamente calculado, Millán habló: “¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación!. ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!”. Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de “¡Viva España!”. Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno. “Acabo de oír el grito negrófilo e insensato de ¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, ha de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa!. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de sicología de masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él(...). El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada....”
Furioso, Millán gritó: “¡Muera la inteligencia!”. En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó:”¡No!. ¡Viva la inteligencia!. ¡Mueran los malos intelectuales!”. Unamuno no se amilanó y concluyó: “¡Éste es el templo de la inteligencia”¡Y yo soy su supremo sacerdote!. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta, razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.”
Millán se controló lo suficiente como para, señalando a la esposa de Franco, ordenarle: “¡Coja el brazo de la señora!”, cosa que Unamuno hizo, evitando así que el incidente acabara en tragedia.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Américo Vespucio, el hombre que dio su nombre a un continente
Hijo de un notario miembro de la nobleza mediana florentina, su familia se encontraba integrada en la red clientelar de Lorenzo de Médici el Magnífico, quién ejercía el mando en Florencia sin ocupar ningún cargo.
A partir de 1480 la familia perdió el amparo de El Magnífico y Américo tuvo que ganarse la vida mediante ocupaciones a veces poco respetables, principalmente agente de compras especializado en perlas y otras joyas. En 1491 buscó su fortuna, como muchos otros jóvenes de su patria, en España trasladándose a Sevilla, allí trabajó con un de los principales armadores de Colón, Giannotto Berardi. En 1499 cuando los RRCC eliminaron el monopolio de la navegación atlántica concedida a Colón, Vespucio fue uno de los primeros que se aprovecharon.
Se unió a la expedición de Alonso de Ojeda, recaló en las pesquerías de perlas de la isla Margarita, descubiertas por Colón el año anterior. Redactó una crónica del viaje poco fehaciente; se retrató como uno de los capitanes de la expedición. Insistió también en su competencia en materia de navegación científica, con el uso del cuadrante y astrolabio, y decía que los pilotos profesionales confiaban en su mayor conocimiento. Vespucio, al igual que Colón, creía que el planeta era más pequeño de lo que es, y que las riquezas de Asia se hallaban a poca distancia de sus descubrimientos.
Hacia fines de 1501 se trasladó a Portugal, En 1502 desempeñó un cierto papel en la exploración de unos 4.000 kms de la costa del actual Brasil y en su propia relación aseguró haber navegado hasta los 50º de latitud sur. No consta prueba alguna de tal hazaña.
Por razones desconocidas rompió con los portugueses y volvió a España, donde solicitó sin éxito permiso para realizar más viajes. Se sabe que pasaba mucho tiempo con Colón en su casa, y que se ganaba la vida arreglando abastecimientos para las flotas de Indias. En 1503 se editó su obra de mayor divulgación, Mundus Novus, un breve resumen de sus viajes, pero no aportó ninguna novedad importante, si bien su latín apacible y sus detalles sobre el uso de cuadrante y astrolabio llamó la atención de los cosmógrafos que lo leyeron. En 1505 llegó a manos de Martín Waldseemüller y Mathias Ringmann en Saint-Dié (Lorena), donde un grupo de humanistas estaban trabajando en una nueva edición de la Geografía de Ptolomeo.
Sin más reflexión, aclamaron a Vespucio como el nuevo Ptolomeo y en 1507, en la introducción a su edición, en el espléndido mapa impreso que la acompañó, propusieron el nombre de “América” para aquel nuevo continente. En la edición de 1513 Waldseemüller retiró la propuesta y reconoció la preeminencia de Colón pero el nuevo nombre ya se había establecido entre los especialistas en geografía.
En marzo de 1508, tras una larga campaña de solicitudes, el rey otorgó a Vespucio el cargo de piloto mayor, con un salario elevado y la responsabilidad de recopilar datos sobre la carrera de Indias y de enseñar técnicas avanzadas a los pilotos. No constan pruebas de que cumpliera con ninguna de estas tareas, pero siguió cobrando el salario hasta su muerte en 1512.
Post Scriptum: Siempre ha habido quién tiene una flor en el culo, y algunos tienen un jardín.
A partir de 1480 la familia perdió el amparo de El Magnífico y Américo tuvo que ganarse la vida mediante ocupaciones a veces poco respetables, principalmente agente de compras especializado en perlas y otras joyas. En 1491 buscó su fortuna, como muchos otros jóvenes de su patria, en España trasladándose a Sevilla, allí trabajó con un de los principales armadores de Colón, Giannotto Berardi. En 1499 cuando los RRCC eliminaron el monopolio de la navegación atlántica concedida a Colón, Vespucio fue uno de los primeros que se aprovecharon.
Se unió a la expedición de Alonso de Ojeda, recaló en las pesquerías de perlas de la isla Margarita, descubiertas por Colón el año anterior. Redactó una crónica del viaje poco fehaciente; se retrató como uno de los capitanes de la expedición. Insistió también en su competencia en materia de navegación científica, con el uso del cuadrante y astrolabio, y decía que los pilotos profesionales confiaban en su mayor conocimiento. Vespucio, al igual que Colón, creía que el planeta era más pequeño de lo que es, y que las riquezas de Asia se hallaban a poca distancia de sus descubrimientos.
Hacia fines de 1501 se trasladó a Portugal, En 1502 desempeñó un cierto papel en la exploración de unos 4.000 kms de la costa del actual Brasil y en su propia relación aseguró haber navegado hasta los 50º de latitud sur. No consta prueba alguna de tal hazaña.
Por razones desconocidas rompió con los portugueses y volvió a España, donde solicitó sin éxito permiso para realizar más viajes. Se sabe que pasaba mucho tiempo con Colón en su casa, y que se ganaba la vida arreglando abastecimientos para las flotas de Indias. En 1503 se editó su obra de mayor divulgación, Mundus Novus, un breve resumen de sus viajes, pero no aportó ninguna novedad importante, si bien su latín apacible y sus detalles sobre el uso de cuadrante y astrolabio llamó la atención de los cosmógrafos que lo leyeron. En 1505 llegó a manos de Martín Waldseemüller y Mathias Ringmann en Saint-Dié (Lorena), donde un grupo de humanistas estaban trabajando en una nueva edición de la Geografía de Ptolomeo.
Sin más reflexión, aclamaron a Vespucio como el nuevo Ptolomeo y en 1507, en la introducción a su edición, en el espléndido mapa impreso que la acompañó, propusieron el nombre de “América” para aquel nuevo continente. En la edición de 1513 Waldseemüller retiró la propuesta y reconoció la preeminencia de Colón pero el nuevo nombre ya se había establecido entre los especialistas en geografía.
En marzo de 1508, tras una larga campaña de solicitudes, el rey otorgó a Vespucio el cargo de piloto mayor, con un salario elevado y la responsabilidad de recopilar datos sobre la carrera de Indias y de enseñar técnicas avanzadas a los pilotos. No constan pruebas de que cumpliera con ninguna de estas tareas, pero siguió cobrando el salario hasta su muerte en 1512.
Post Scriptum: Siempre ha habido quién tiene una flor en el culo, y algunos tienen un jardín.
martes, 31 de agosto de 2010
Prensa libre
El 30 de agosto de 1914 Don Miguel de Unamuno es separado del cargo de Rector de la Universidad de Salamanca. Había ostentado el cargo 14 años.
Se había esforzado por renovar el espíritu de la cuatro veces centenaria Universidad, especialmente en el absentismo de los catedráticos.
En estos 14 años había tenido muchos enfrentamientos con las autoridades del Ministerio de Instrucción Pública y con las fuerzas vivas de la ciudad de Salamanca, sobre todo el obispo y los jesuitas.
Quiero traer aqui una frase de un discurso que hizo a los dos meses de su separación en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid:
"...De la prensa nada diré...,todos sabeis que esa administradora del silencio y del semi-silencio forma con los políticos profesionales una asociación a la que no deben ser gratos los que rechazan las hierras de las mesnadas que asaltan el presupuesto de empleos y subvenciones directas e indirectas. "
Esta frase fue dicha en noviembre de 1914, hace ahora 100 años casi, nuestra España no ha aprendido nada. O, siendo más cínico, ha aprendido lo mejorcito de cada casa. Los periodistas cobran de los políticos y sólo conocemos las noticias que interesan al que manda, mientras hacen profesión de independencia y libertad.
Pobre España
Se había esforzado por renovar el espíritu de la cuatro veces centenaria Universidad, especialmente en el absentismo de los catedráticos.
En estos 14 años había tenido muchos enfrentamientos con las autoridades del Ministerio de Instrucción Pública y con las fuerzas vivas de la ciudad de Salamanca, sobre todo el obispo y los jesuitas.
Quiero traer aqui una frase de un discurso que hizo a los dos meses de su separación en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid:
"...De la prensa nada diré...,todos sabeis que esa administradora del silencio y del semi-silencio forma con los políticos profesionales una asociación a la que no deben ser gratos los que rechazan las hierras de las mesnadas que asaltan el presupuesto de empleos y subvenciones directas e indirectas. "
Esta frase fue dicha en noviembre de 1914, hace ahora 100 años casi, nuestra España no ha aprendido nada. O, siendo más cínico, ha aprendido lo mejorcito de cada casa. Los periodistas cobran de los políticos y sólo conocemos las noticias que interesan al que manda, mientras hacen profesión de independencia y libertad.
Pobre España
domingo, 29 de agosto de 2010
Una pequeña anécdota divina
El rey de los dioses, Zeus, era bastante casquivano. Se sentía atraído por todas las mujeres, especialmente las esposas de los reyes humanos. Las había gozado de múltiples maneras: como lluvia dorada, como cisne, como toro o, lo más habitual, tomando la forma del marido cuando éste estaba guerreando contra los vecinos.
Pero estaba casado, y como todo casado tenía que ocultarse de su esposa, Hera, para poder llevar a cabo sus aventurillas. Asi que Zeus utilizaba a todos los habitantes del Olimpo que querían llevarse bien con él. Al fin y al cabo era el rey de los dioses.
En una de sus aventurillas extra-maritales contó con la ayuda de una mujer amiga de su esposa. Esta mujer, una gran charlatana, entretuvo a la diosa Hera con sus historias mientras Zeus consumaba sus divinos deseos.
Pero Hera, como buena conocedora de las debilidades de su marido, estaba alerta. Cuando Zeus regresó al Monte Olimpo estaba esperándolo y le soltó un buen rapapolvo.
A la mujer que había tratado de engañarla con su charla, la diosa Hera la condenó a mantenerse en silencio y sólo repetir la última palabra de aquellos que le hablasen.
La mujer se llamaba Eco.
Pero estaba casado, y como todo casado tenía que ocultarse de su esposa, Hera, para poder llevar a cabo sus aventurillas. Asi que Zeus utilizaba a todos los habitantes del Olimpo que querían llevarse bien con él. Al fin y al cabo era el rey de los dioses.
En una de sus aventurillas extra-maritales contó con la ayuda de una mujer amiga de su esposa. Esta mujer, una gran charlatana, entretuvo a la diosa Hera con sus historias mientras Zeus consumaba sus divinos deseos.
Pero Hera, como buena conocedora de las debilidades de su marido, estaba alerta. Cuando Zeus regresó al Monte Olimpo estaba esperándolo y le soltó un buen rapapolvo.
A la mujer que había tratado de engañarla con su charla, la diosa Hera la condenó a mantenerse en silencio y sólo repetir la última palabra de aquellos que le hablasen.
La mujer se llamaba Eco.
viernes, 27 de agosto de 2010
Centurión, la película
Atención aviso. Esto no es un spoiler. Esto es una disección a lo bestia de la pinícula Centurión. Si no quieres seguir leyendo, te lo pondré fácil. Si vas a ir a verla no siguas leyendo. Si no vas a ir a verla o simplemente la vas a descargar de internet como yo: La pinícula es un truño de padre y señor mío.
Empezamos.....
Mal empezamos, un fuerte del Lejano Oeste lleno de romanos. Sí, un fuerte del Far West, he dicho bien. Una empalizada, con un par de torreones de centinela, varias tiendas de campaña en el interior. Todo muy cuco y recogido, sin muestras de la organización interna de un campamento romano, y eso que la voz en off nos dice que llevan dos años en ese infierno luchando contra los pictos; en el exterior no se ve un foso de protección, ni un muro de estacas puntiagudas, seguro que el enemigo puede llegar hasta el muro sin ser visto. Los centinelas merecen morir.
Coño, ya han atacado los pictos. Sabemos que son pictos porque lo dice el narrador. Yo sólo veo un puñado de tipos a pecho descubierto (estamos en invierno en Britania) sin el característico color azul que usaban los pictos. ¡Una mujer!, una mujer arquero está masacrando a los romanos sin tomar puntería. Han cogido prisionero al protagonista principal o, como decíamos en mi infancia, el muchachito.
Joderrrr, el general de la Novena Legión, bebiendo, echando pulsos y peleando en una taberna, junto con algunos de sus hombres. Un romano no se arrodillaba ante otro romano, ya puestos, no se arrodillaba ante nadie.
El muchachito tiene muchos cojones, a pesar de que lo están torturando los salvajes, sigue defendiendo a Roma hasta la muerte. Tiene una dentadura perfecta, me gustaría tener el odontólogo romano que lo atiende a él.
El general de la Novena está reunido con el gobernador Agrícola en Carlisle, un esclavo intenta matar al gobernador y hace aparición la fémina con cojones, aún no sé si es la muchachita, una muda que conoce a los pictos y podrá servir de exploradora a la Novena Legión.
En el campamento de los romanos se ven un montón de corazas segmentatas, no sé si es la correcta para este momento histórico. Los soldados de infantería llevan lanzas, la clásica lanza que conoce todo el mundo, un palo largo y una punta pequeña de metal en forma de hoja. ¿Donde carajo están las azagayas romanas de toda la vida?. Bueno, tenemos dos mujeres de armas tomar, una arquera picta y una muda que maneja la lanza con virtuosísmo. No pidamos mucho sentido histórico.
No sabemos cómo, el muchachito ha escapado de sus captores, aunque tiene las manos atadas, afortunadamente por delante. Corre, muchachito, corre. Mientras la Novena Legión está en camino, el héroe corre huyendo de los pictos. Inexplicablemente, corre por un sendero claramente delineado a través del bosque. Esto no puede terminar bien. Le persiguen cuatro pictos a caballo. De pronto, cuando todo está perdido y el muchachito se ha resignado a perder la cabeza, los pictos se han puesto a dar vueltas a su alrededor sin decidirse a matarlo, y claro. Llega el general de la Novena y se carga al jefe de los pictos. El resto de los pictos huyen a pie, ¿porqué han dejado los caballos atrás?. Estos bárbaros son idiotas, así no hay forma de librarse del Imperio Romano.
Al muchachito le dan un nuevo uniforme, ahora sí lleva una coraza de anillo de mallas, parece más histórica.
Siguen avanzando en busca de los pictos. En un bosque, una emboscada. Y claro, como los soldados llevan lanzas, pues no pueden defenderse bien contra enemigos que blanden espadas y hachas de tamaño reducido. El cuadro romano no está ni se le espera. La defensa es una mierda pinchá en un palo. Durante la marcha los romanos llevaban esa lanza y el clásico escudo cuadrado. En el combate nadie parece estar usando el escudo como defensa y nadie ha lanzado las lanzas, ¡que pasa aquí!, pero ya están luchando con espadas, espadas tan largas como las de los pictos, ¿dónde está el gladio?, esa espada corta que tan bien sirvió a las legiones junto con el escudo para hacer frente a un enemigo sin conocimientos de táctica de combate. Los romanos parecen tan bárbaros como sus contrincantes.
Eso sí, un montón de sangre y de cabezas cortadas. La arquera picta ha debido dejarse el arco en casa, digo en la cabaña, y está matando romanos con un hacha de una mano. Debe tener un brazo más grande que Terminator, la he visto cortar la cabeza a un romano, sin casco, de un solo tajo.
A pesar de que los pictos se han cargado a casi toda la unidad, creo que era una avanzadilla de la Novena Legión, el muchachito ha conseguido salvarse al caerle encima varios cuerpos de soldados muertos. Los malos han capturado con vida al general. La muda que hacía de exploradora es una traidora, la vemos con el jefe picto.
Vaya mierda. Los pictos debían tener repuestos militares a tutiplén, o no les gustaban los romanos, pues vemos que todos los cadáveres romanos siguen teniendo puesta toda su impedimenta. Nadie les ha robado nada. Estos pictos no saben cómo ganar una guerra. Resulta que han sobrevivido 7 u 8 legionarios y un mozo de cocinas. Se me olvidaba: es que soy muy politicamente correcto: ¡uno de los legionarios es negro!. Pero negro, negro. Negro de África, lo que llamaban un nubio. Y yo que creía que en las legiones sólo se podía alistar ciudadanos romanos; o sea, blancos y asimilados. Vemos que se han cargado a TODA la Novena Legión. ¡Bien por los pictos!. Lástima que los Anales no recojan nada sobre una Legión destruida completamente en Britania. La Historia es una mierda. ¡Viva Jolibú!.
Todo esto ha pasado en la primera media hora de película. Nos queda una hora de persecuciones campo a través. 7 romanos contra todos los pictos de Britania. ¡Apostad sobre el ganador!.
El negro corre más que todos los blanquitos juntos. Nos cuenta el cocinero que aquel era corredor de maratón en su juventud. Entonces el negro no era de Nubia, sino de Etiopía, seguro. Lo que se dice primos hermanos. Está en Britania con un grupo de blancos, yo apostaría que lo van a matar, o se va a sacrificar para salvar al general.
El campamento picto está desguarnecido, ya que los hombres no han vuelto después de masacrar a los romanos. Deben estar tomandose unas pintas en el pub. Nuestros 7 valientes van a asaltar el poblado enemigo. Seguro que los guardias nocturnos son fácilmente eliminables. Como si lo viera. ¡Alto!, si lo he visto miles de veces.
Eliminan a los guardias nocturnos. Llegan hasta donde está encadenado el general. ¡Y son incapaces de cortar una simple cadena de hierro!. ¡Qué mierda de héroes!. Tienen que retirarse sin poder llevarse a su general pues se acerca un grupo de caballería picta.
Uno de ellos ha matado al hijo del jefe picto, porque éste estaba jugueteando con el casco del general y eso no se hace. Una cosa es matar romanos y otra muy distinta jugar con los símbolos de poder. Me pregunto cómo es que ninguno se preocupa por rescatar las águilas: el símbolo sagrado de la legión romana.
El general romano lleva varios días encadenado a una roca, suponemos que sin comer ni beber. Los pictos lo liberan y le dan una espada. De pronto vemos aparecer a la muda con su lanza. Nos han informado que su familia murió a manos de los romanos y ella, aunque niña pequeña, fue violada y después le cortaron la lengua. Se entabla un combate singular. Por supuesto, parece que el romano va a ganar pero la muda se rehace y consigue matar al malvado opresor, enemigo de la alianza de cvilizaciones.
¡¡¡Una mierda!!!. Los pictos queman el águila romana. ¡Anda ya! ¡papa frita!. Hasta la tribu más ignara sabía que un águila romana era como dinero en el banco, la podían intercambiar por cualquier cosa que quisieran. A no ser que los pictos estén por encima de las cosas materiales de esta vida, y quieran demostrarnos que el imperio puede desaparecer cuando nos lo propongamos.
Nuestros siete valientes deciden dirigirse al Norte, pues, al no tener caballos pueden ser alcanzados por los pictos fácilmente. Así que deciden dar un laaargo rodeo.
¡Ahh! Ya tardaba. En un contraluz he visto los estribos de los caballos. Hasta ahora habían estado tapados con mantos o pieles o la toma elevada no permitían verlos. Pero el realizador no ha podido evitar mostrar unos bellos planos, lo digo en serio, de las montañas. En uno de esos se han visto varios caballos pictos galopando por la cima de una colina y se han visto claramente los estribos de los caballos. Este párrafo es un homenaje a Máximo y su comentario sobre los Rohirrin en la película del Señor de los Anillos. Comprendo que es muy difícil montar a caballo sin estribos, seguro que el seguro pedía mucho dinero para asegurar a los especialistas. Digo lo del Señor de los Anillos porque llevamos varios minutos viendo correr a siete tipos en la distancia en largos planos de una naturaleza salvaje, a través del hielo y por altas montañas.
El negro da las primeras señales de querer morir. Ha propuesto eliminar al peor corredor ya que les ralentiza la marcha. Perdón, digo el nubio de Numidia, o sea, un subsahariano de mierda. Vemos, por fin, a los pictos de azul. Se pintan la cara para indicar que están en una persecución a vida o muerte. Aunque se han pintado una raya cada uno, muy molona eso sí. Seguimos con las imágenes a vista de helicóptero, al estilo Señor de los Anillos, ¿lo he dicho antes?, muy chulas.
No comprendo cómo siete tipos a pie pueden mantenerse por delante de un grupo de caballeros. Todos los que de chico veíamos las pinículas de John Wayne sabemos que en las largas distancias el caballo es mejor que el hombre. Cuando por fin los alcanzan, tenemos un homenaje a Dos hombres y un destino; pero con mejor resultado, aún nos quedan 40 minutos de pinícula.
Pobre nubio, lo han puteado, pero bien. Al final me ha dado pena.
La pinícula se ha convertido en una aventurita de huidas y persecuciones. Aún falta el interludio amoroso. Supongo que la muda o, mejor aún, la arquera picta, se follará a un romano antes de cortarle los huevos.
Si antes lo digo antes ocurre. Los tres que quedan. ¿Cómo, sólo tres?. Claro no voy a destripar la pinícula completamente, así podréis verla. Los tres que quedan encuentra refugio en la cabaña de una bruja. Pasan allí dos noches y se produce el interludio amoroso, entre el muchachito romano y una bruja picta de muy buen ver. La muda y la arquera no han tenido sexo, lástima.
El desenlace final es una estupidez. Si un centinela ve a alguien acercarse galopando por terreno abierto hasta su puesto de guardia, gritando y gesticulando, a una persona sola, ¿qué debe hacer?. Pues eso, dispararle un flechazo y matarlo, porque él lo vale.
Después de lo mal que lo han pasado los pobres soldados, el gobernador decide que en Roma no deben enterarse de la destrucción de la Novena Legión. Ahora me explico porque los Anales no dicen nada de esa legión.
Y como toda pinícula de Jolibú, al final el muchachito se queda con la muchachita. Po fale, po m´alegro.
Conclusión:
La pinícula tiene dos momentos bastante buenos, dos peleas muy conseguidas. No es el típico caso de un montón de malos que van atacando al bueno de uno en uno, son dos peleas bien hechas, bien coreografiadas, siempre que olvidemos el sexo de una de las luchadoras.
Si teneis una hora y media y no sabeís que hacer, descargadla de Internet y pasad un ratito relativamente entretenido dejando vuestros conocimientos históricos a un lado.
Empezamos.....
Mal empezamos, un fuerte del Lejano Oeste lleno de romanos. Sí, un fuerte del Far West, he dicho bien. Una empalizada, con un par de torreones de centinela, varias tiendas de campaña en el interior. Todo muy cuco y recogido, sin muestras de la organización interna de un campamento romano, y eso que la voz en off nos dice que llevan dos años en ese infierno luchando contra los pictos; en el exterior no se ve un foso de protección, ni un muro de estacas puntiagudas, seguro que el enemigo puede llegar hasta el muro sin ser visto. Los centinelas merecen morir.
Coño, ya han atacado los pictos. Sabemos que son pictos porque lo dice el narrador. Yo sólo veo un puñado de tipos a pecho descubierto (estamos en invierno en Britania) sin el característico color azul que usaban los pictos. ¡Una mujer!, una mujer arquero está masacrando a los romanos sin tomar puntería. Han cogido prisionero al protagonista principal o, como decíamos en mi infancia, el muchachito.
Joderrrr, el general de la Novena Legión, bebiendo, echando pulsos y peleando en una taberna, junto con algunos de sus hombres. Un romano no se arrodillaba ante otro romano, ya puestos, no se arrodillaba ante nadie.
El muchachito tiene muchos cojones, a pesar de que lo están torturando los salvajes, sigue defendiendo a Roma hasta la muerte. Tiene una dentadura perfecta, me gustaría tener el odontólogo romano que lo atiende a él.
El general de la Novena está reunido con el gobernador Agrícola en Carlisle, un esclavo intenta matar al gobernador y hace aparición la fémina con cojones, aún no sé si es la muchachita, una muda que conoce a los pictos y podrá servir de exploradora a la Novena Legión.
En el campamento de los romanos se ven un montón de corazas segmentatas, no sé si es la correcta para este momento histórico. Los soldados de infantería llevan lanzas, la clásica lanza que conoce todo el mundo, un palo largo y una punta pequeña de metal en forma de hoja. ¿Donde carajo están las azagayas romanas de toda la vida?. Bueno, tenemos dos mujeres de armas tomar, una arquera picta y una muda que maneja la lanza con virtuosísmo. No pidamos mucho sentido histórico.
No sabemos cómo, el muchachito ha escapado de sus captores, aunque tiene las manos atadas, afortunadamente por delante. Corre, muchachito, corre. Mientras la Novena Legión está en camino, el héroe corre huyendo de los pictos. Inexplicablemente, corre por un sendero claramente delineado a través del bosque. Esto no puede terminar bien. Le persiguen cuatro pictos a caballo. De pronto, cuando todo está perdido y el muchachito se ha resignado a perder la cabeza, los pictos se han puesto a dar vueltas a su alrededor sin decidirse a matarlo, y claro. Llega el general de la Novena y se carga al jefe de los pictos. El resto de los pictos huyen a pie, ¿porqué han dejado los caballos atrás?. Estos bárbaros son idiotas, así no hay forma de librarse del Imperio Romano.
Al muchachito le dan un nuevo uniforme, ahora sí lleva una coraza de anillo de mallas, parece más histórica.
Siguen avanzando en busca de los pictos. En un bosque, una emboscada. Y claro, como los soldados llevan lanzas, pues no pueden defenderse bien contra enemigos que blanden espadas y hachas de tamaño reducido. El cuadro romano no está ni se le espera. La defensa es una mierda pinchá en un palo. Durante la marcha los romanos llevaban esa lanza y el clásico escudo cuadrado. En el combate nadie parece estar usando el escudo como defensa y nadie ha lanzado las lanzas, ¡que pasa aquí!, pero ya están luchando con espadas, espadas tan largas como las de los pictos, ¿dónde está el gladio?, esa espada corta que tan bien sirvió a las legiones junto con el escudo para hacer frente a un enemigo sin conocimientos de táctica de combate. Los romanos parecen tan bárbaros como sus contrincantes.
Eso sí, un montón de sangre y de cabezas cortadas. La arquera picta ha debido dejarse el arco en casa, digo en la cabaña, y está matando romanos con un hacha de una mano. Debe tener un brazo más grande que Terminator, la he visto cortar la cabeza a un romano, sin casco, de un solo tajo.
A pesar de que los pictos se han cargado a casi toda la unidad, creo que era una avanzadilla de la Novena Legión, el muchachito ha conseguido salvarse al caerle encima varios cuerpos de soldados muertos. Los malos han capturado con vida al general. La muda que hacía de exploradora es una traidora, la vemos con el jefe picto.
Vaya mierda. Los pictos debían tener repuestos militares a tutiplén, o no les gustaban los romanos, pues vemos que todos los cadáveres romanos siguen teniendo puesta toda su impedimenta. Nadie les ha robado nada. Estos pictos no saben cómo ganar una guerra. Resulta que han sobrevivido 7 u 8 legionarios y un mozo de cocinas. Se me olvidaba: es que soy muy politicamente correcto: ¡uno de los legionarios es negro!. Pero negro, negro. Negro de África, lo que llamaban un nubio. Y yo que creía que en las legiones sólo se podía alistar ciudadanos romanos; o sea, blancos y asimilados. Vemos que se han cargado a TODA la Novena Legión. ¡Bien por los pictos!. Lástima que los Anales no recojan nada sobre una Legión destruida completamente en Britania. La Historia es una mierda. ¡Viva Jolibú!.
Todo esto ha pasado en la primera media hora de película. Nos queda una hora de persecuciones campo a través. 7 romanos contra todos los pictos de Britania. ¡Apostad sobre el ganador!.
El negro corre más que todos los blanquitos juntos. Nos cuenta el cocinero que aquel era corredor de maratón en su juventud. Entonces el negro no era de Nubia, sino de Etiopía, seguro. Lo que se dice primos hermanos. Está en Britania con un grupo de blancos, yo apostaría que lo van a matar, o se va a sacrificar para salvar al general.
El campamento picto está desguarnecido, ya que los hombres no han vuelto después de masacrar a los romanos. Deben estar tomandose unas pintas en el pub. Nuestros 7 valientes van a asaltar el poblado enemigo. Seguro que los guardias nocturnos son fácilmente eliminables. Como si lo viera. ¡Alto!, si lo he visto miles de veces.
Eliminan a los guardias nocturnos. Llegan hasta donde está encadenado el general. ¡Y son incapaces de cortar una simple cadena de hierro!. ¡Qué mierda de héroes!. Tienen que retirarse sin poder llevarse a su general pues se acerca un grupo de caballería picta.
Uno de ellos ha matado al hijo del jefe picto, porque éste estaba jugueteando con el casco del general y eso no se hace. Una cosa es matar romanos y otra muy distinta jugar con los símbolos de poder. Me pregunto cómo es que ninguno se preocupa por rescatar las águilas: el símbolo sagrado de la legión romana.
El general romano lleva varios días encadenado a una roca, suponemos que sin comer ni beber. Los pictos lo liberan y le dan una espada. De pronto vemos aparecer a la muda con su lanza. Nos han informado que su familia murió a manos de los romanos y ella, aunque niña pequeña, fue violada y después le cortaron la lengua. Se entabla un combate singular. Por supuesto, parece que el romano va a ganar pero la muda se rehace y consigue matar al malvado opresor, enemigo de la alianza de cvilizaciones.
¡¡¡Una mierda!!!. Los pictos queman el águila romana. ¡Anda ya! ¡papa frita!. Hasta la tribu más ignara sabía que un águila romana era como dinero en el banco, la podían intercambiar por cualquier cosa que quisieran. A no ser que los pictos estén por encima de las cosas materiales de esta vida, y quieran demostrarnos que el imperio puede desaparecer cuando nos lo propongamos.
Nuestros siete valientes deciden dirigirse al Norte, pues, al no tener caballos pueden ser alcanzados por los pictos fácilmente. Así que deciden dar un laaargo rodeo.
¡Ahh! Ya tardaba. En un contraluz he visto los estribos de los caballos. Hasta ahora habían estado tapados con mantos o pieles o la toma elevada no permitían verlos. Pero el realizador no ha podido evitar mostrar unos bellos planos, lo digo en serio, de las montañas. En uno de esos se han visto varios caballos pictos galopando por la cima de una colina y se han visto claramente los estribos de los caballos. Este párrafo es un homenaje a Máximo y su comentario sobre los Rohirrin en la película del Señor de los Anillos. Comprendo que es muy difícil montar a caballo sin estribos, seguro que el seguro pedía mucho dinero para asegurar a los especialistas. Digo lo del Señor de los Anillos porque llevamos varios minutos viendo correr a siete tipos en la distancia en largos planos de una naturaleza salvaje, a través del hielo y por altas montañas.
El negro da las primeras señales de querer morir. Ha propuesto eliminar al peor corredor ya que les ralentiza la marcha. Perdón, digo el nubio de Numidia, o sea, un subsahariano de mierda. Vemos, por fin, a los pictos de azul. Se pintan la cara para indicar que están en una persecución a vida o muerte. Aunque se han pintado una raya cada uno, muy molona eso sí. Seguimos con las imágenes a vista de helicóptero, al estilo Señor de los Anillos, ¿lo he dicho antes?, muy chulas.
No comprendo cómo siete tipos a pie pueden mantenerse por delante de un grupo de caballeros. Todos los que de chico veíamos las pinículas de John Wayne sabemos que en las largas distancias el caballo es mejor que el hombre. Cuando por fin los alcanzan, tenemos un homenaje a Dos hombres y un destino; pero con mejor resultado, aún nos quedan 40 minutos de pinícula.
Pobre nubio, lo han puteado, pero bien. Al final me ha dado pena.
La pinícula se ha convertido en una aventurita de huidas y persecuciones. Aún falta el interludio amoroso. Supongo que la muda o, mejor aún, la arquera picta, se follará a un romano antes de cortarle los huevos.
Si antes lo digo antes ocurre. Los tres que quedan. ¿Cómo, sólo tres?. Claro no voy a destripar la pinícula completamente, así podréis verla. Los tres que quedan encuentra refugio en la cabaña de una bruja. Pasan allí dos noches y se produce el interludio amoroso, entre el muchachito romano y una bruja picta de muy buen ver. La muda y la arquera no han tenido sexo, lástima.
El desenlace final es una estupidez. Si un centinela ve a alguien acercarse galopando por terreno abierto hasta su puesto de guardia, gritando y gesticulando, a una persona sola, ¿qué debe hacer?. Pues eso, dispararle un flechazo y matarlo, porque él lo vale.
Después de lo mal que lo han pasado los pobres soldados, el gobernador decide que en Roma no deben enterarse de la destrucción de la Novena Legión. Ahora me explico porque los Anales no dicen nada de esa legión.
Y como toda pinícula de Jolibú, al final el muchachito se queda con la muchachita. Po fale, po m´alegro.
Conclusión:
La pinícula tiene dos momentos bastante buenos, dos peleas muy conseguidas. No es el típico caso de un montón de malos que van atacando al bueno de uno en uno, son dos peleas bien hechas, bien coreografiadas, siempre que olvidemos el sexo de una de las luchadoras.
Si teneis una hora y media y no sabeís que hacer, descargadla de Internet y pasad un ratito relativamente entretenido dejando vuestros conocimientos históricos a un lado.
Una de tapas
Como toda costumbre que se precie, el origen de las tapas ha dado pábulo a toda clase de leyendas, normalmente protagonizadas por un rey o personaje de alta alcurnia. Aquí van tres de ellas:
Primera, hacia 1260
El rey Alfonso X el Sabio sufría una enfermedad a la que su médico personal no sabia cómo hacer frente. Desesperado, el galeno recomendó al rey tomar vino acompañado por pequeñas cantidades de comida para que aquel no le sentara mal. Obediente, el autor de la Crónica general, bebió y comió, con moderación, y...... se recuperó.
Asombrado, quiso compartir con el pueblo la bondad de este remedio y promulgó una ley que obligaba a las tabernas a servir un pequeño aperitivo con cada vaso de vino...
Bien se lo agradecemos hoy, aunque no consta en ningún lugar del amplio Corpus legislativo del Rey Sabio.
Segunda, hacia 1490
Gracias a la mano dura de los Reyes Católicos con los señores banderizos, los caminos de Castilla estaban tranquilos, lo que hizo aumentar el comercio, y esto trajo otros problemas.
Las tabernas en los caminos estaban siempre llenas de carreteros en tránsito, estos rudos hombres bebían vino y cerveza en exceso, lo que llevaba a un incremento de enfrentamientos cuando la sangre se calentaba y el alcohol nublaba los sentidos. Los RRCC consideraron que la mejor forma de paliar los enfrentamientos era obligar a los dueños de las tabernas a servir algo de comida con cada consumición alcohólica. Normalmente un trozo de pan con algo encima que servía de tapa al frasco de vino, para protegerlo de las moscas.
Tercera, hacia 1920
En el reinado de Alfonso XIII, el rey chulapo, tenemos una de las versiones más extendidas. Estaba el Rey recorriendo el sur de la provincia de Cádiz, de buenas a primeras decidió parar en un mesón que estaba a pie de carretera para tomarse un jerez. Estaba sentado en la terraza exterior disfrutando de su copa cuando una ráfaga de viento amenazó con llenar de arena el vaso regio. Uno de los camareros mostró grandes reflejos y colocó una rebanada de jamón que tenía en la mano sobre el vaso para taparlo. Un poco azorado se dirigió al Monarca: “Perdón Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en su vaso”. El rey, divertido, se comió el jamón y le pidió otro vaso de jerez, “que lleve tapa”.
Primera, hacia 1260
El rey Alfonso X el Sabio sufría una enfermedad a la que su médico personal no sabia cómo hacer frente. Desesperado, el galeno recomendó al rey tomar vino acompañado por pequeñas cantidades de comida para que aquel no le sentara mal. Obediente, el autor de la Crónica general, bebió y comió, con moderación, y...... se recuperó.
Asombrado, quiso compartir con el pueblo la bondad de este remedio y promulgó una ley que obligaba a las tabernas a servir un pequeño aperitivo con cada vaso de vino...
Bien se lo agradecemos hoy, aunque no consta en ningún lugar del amplio Corpus legislativo del Rey Sabio.
Segunda, hacia 1490
Gracias a la mano dura de los Reyes Católicos con los señores banderizos, los caminos de Castilla estaban tranquilos, lo que hizo aumentar el comercio, y esto trajo otros problemas.
Las tabernas en los caminos estaban siempre llenas de carreteros en tránsito, estos rudos hombres bebían vino y cerveza en exceso, lo que llevaba a un incremento de enfrentamientos cuando la sangre se calentaba y el alcohol nublaba los sentidos. Los RRCC consideraron que la mejor forma de paliar los enfrentamientos era obligar a los dueños de las tabernas a servir algo de comida con cada consumición alcohólica. Normalmente un trozo de pan con algo encima que servía de tapa al frasco de vino, para protegerlo de las moscas.
Tercera, hacia 1920
En el reinado de Alfonso XIII, el rey chulapo, tenemos una de las versiones más extendidas. Estaba el Rey recorriendo el sur de la provincia de Cádiz, de buenas a primeras decidió parar en un mesón que estaba a pie de carretera para tomarse un jerez. Estaba sentado en la terraza exterior disfrutando de su copa cuando una ráfaga de viento amenazó con llenar de arena el vaso regio. Uno de los camareros mostró grandes reflejos y colocó una rebanada de jamón que tenía en la mano sobre el vaso para taparlo. Un poco azorado se dirigió al Monarca: “Perdón Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en su vaso”. El rey, divertido, se comió el jamón y le pidió otro vaso de jerez, “que lleve tapa”.
jueves, 26 de agosto de 2010
Irlandeses en el ejército español 1
En el siglo XVIII numerosos apellidos irlandeses ocuparon cargos de la más alta responsabilidad en el ejército y la administración española, a pesar de que la propia Irlanda permanecía bajo la férula de hierro de la Gran Bretaña. Recordemos algunos nombres, Ricardo Wall (Nantes, 1694) ocupó el puesto de secretario de Estado entre 1754 y 1763, compaginándolo con el de secretario del Despacho de Guerra entre 1759 y 1763; Alejandro O´Reilly, nacido en Cavan, uno de los mayores reformadores del ejército español del XVIII y fue gobernador de Madrid, Andalucía (1775) y Cataluña (1794). En las Américas se dieron casos extraordinarios como el de Ambrosio O´Higgins, nacido en Ballenary (Sligo) y que terminó su carrera en 1795 como virrey del Perú y presidente de la Real Audiencia de Lima. El último virrey de Nueva España (México) también llevaba apellido irlandés, Juan O´Donoju (Sevilla, 1762), quién ocupó el cargo en 1821.
Aunque hemos citado algunos casos no debemos creer que fueron accidentales o circunscritos a determinadas individuales. Nos encontramos ante un extraordinario éxito del exilio irlandés en España, aunque no todos los emigrantes irlandeses pudieron beneficiarse de las sinecuras de la corona española a la nación irlandesa desde el s. XVII. Para la nobleza irlandesa el exilio no fue una experiencia traumática: las autoridades españolas reconocieron los antiguos títulos nobiliarios irlandeses (algunos ya sin valor en la propia Irlanda) y, cuando fue necesario, se crearon otros nuevos. Una vez reconocida la nobleza irlandesa, los exiliados y sus descendientes pudieron alcanzar en los ejércitos españoles los grados más elevados.
Todo comenzó a mediados del s. XVI cuando las siempre difíciles relaciones angloespañolas contribuyeron a un natural entendimiento hispanoirlandés: desde Felipe II todos los monarcas de la rama de los Austrias estuvieron en guerra con Inglaterra alguna vez.
Durante toda la Edad Moderna varias zonas de Europa, densamente pobladas y/o económicamente atrasadas, destacaron como áreas proveedoras de hombres para unos ejércitos en continua expansión: la confederación helvética, el Mezzogiorno italiano, las Highlands escocesas y la propia Irlanda. Miles de irlandeses encontraron en las armas una forma de sobrevivir en el Continente: entre 1586 y 1622 en los Países Bajos españoles hubo más de 10.000 irlandeses católicos. En la Gran Armada de 1588 muchos lucharon como “aventureros sin sueldo”, y solicitaron su incorporación como tropa de servicio tras la constitución de la Armada del Mar Océano en 1594. Cuando se decidió el nuevo desembarco en las islas británicas (Kinsale, 1601) los españoles fueron conscientes de la necesidad de mantener en nómina a un equipo de pilotos irlandeses.
Las fuentes contemporáneas coinciden en exaltar el valor y la fidelidad de los irlandeses en los ejércitos españoles. Aunque, curiosamente, los mandos españoles arremetieron durísimamente contra las técnicas de guerrilla y la escasa organización mostrada por los irlandeses en el desembarco de Kinsale.
El permanente estado de tensión bélica vivido bajo los Austrias hispanos en los Países Bajos ofreció a la comunidad irlandesa en el exilio una magnífica oportunidad de integrarse en la maquinaria bélica de la Monarquía española. Desde fines del XVI se constituyeron unidadesirlandesas en el Ejército de Flandes siguiendo tres fases: desde el regimiento del coronel inglés William Stanley (1587-96), hasta la constitución de compañías irlandesas específicas (1596-1604) y por último la formación de tercios de la nación irlandesa (desde 1605 hasta 1610 bajo la coronelía de Enrique O’Neill y desde 1610 hasta 1628 bajo la de John O’Neill).
La falta de recursos humanos para los ejércitos de la Monarquía española alcanzó niveles alarmantes a mediados del XVII. Con frentes abiertos en los Países Bajos desde el reinicio de las hostilidades con las Provincias Unidas en 1621, con Francia desde 1635 y en la propia Península, con las sublevaciones de Cataluña y Portugal desde 1640, la Monarquía hispánica entró en un estado de emergencia total. La Monarquía hispánica intentó sacar provecho de su especial relación con Irlanda para traer a España al mayor número de irlandeses posible. Sin embargo, el programa “armas por hombres” ofrecido por Madrid a la Confederación de Kilkenny no funcionó, porque encerraba en sí mismo una gran contradicción: ¿cómo se podían enviar soldados a España cuando desde 1641 Irlanda estaba en un permanente estado de rebelión? Aún así, llegaron hasta los frentes de Portugal y Cataluña miles de irlandeses gracias a la iniciativa privada de mercaderes sin escrúpulos (españoles, ingleses, pero también irlandeses). El reclutamiento no siempre era voluntario y el transporte marítimo se hacía en unas condiciones durísimas
Las ventajas de servir en el exterior eran considerables. En todo grupo militar se crean especiales relaciones de solidaridad difíciles de encontrar en la vida civil. Particularmente, en el caso de agrupamiento y formación de unidades militares irlandesas, los lazos vasalláticos siguieron teniendo gran importancia. Para los irlandeses el servicio en las armas significaba la posibilidad de mantenerse activos, entrenados, armados y preparados para cualquier eventualidad, incluída su vuelta a Irlanda. Esto era sin duda un buen método psicológico de autodefensa del grupo exiliado.
Unida a esta tradición, la reputación de los soldados irlandeses en Europa era excelente. Desde principios del XVII España y Francia entraron en una durísima disputa por sus servicios e incluso la República de Venecia llamó la atención sobre sus cualidades. Distintos consejeros militares coincidían al señalar que una tierra áspera tenía su reflejo en una población dura.
Tiempo después, en 1653 el rey Felipe IV quedaría muy desilusionado cuando un millar de irlandeses desertaron y se pasaron a los franceses, ya que “era una accion tan indigna de nación de quien yo me servia en mis exercitos con la seguridad y confianza que se haze de la española”.
Con la llegada de los Borbones a comienzos del s. XVIII las relaciones entre Madrid y Londres empezaron mal y continuaron así: la disputa del espacio comercial americano provocaba constantes desencuentros entre ambos gobiernos.
Aunque hemos citado algunos casos no debemos creer que fueron accidentales o circunscritos a determinadas individuales. Nos encontramos ante un extraordinario éxito del exilio irlandés en España, aunque no todos los emigrantes irlandeses pudieron beneficiarse de las sinecuras de la corona española a la nación irlandesa desde el s. XVII. Para la nobleza irlandesa el exilio no fue una experiencia traumática: las autoridades españolas reconocieron los antiguos títulos nobiliarios irlandeses (algunos ya sin valor en la propia Irlanda) y, cuando fue necesario, se crearon otros nuevos. Una vez reconocida la nobleza irlandesa, los exiliados y sus descendientes pudieron alcanzar en los ejércitos españoles los grados más elevados.
Todo comenzó a mediados del s. XVI cuando las siempre difíciles relaciones angloespañolas contribuyeron a un natural entendimiento hispanoirlandés: desde Felipe II todos los monarcas de la rama de los Austrias estuvieron en guerra con Inglaterra alguna vez.
Durante toda la Edad Moderna varias zonas de Europa, densamente pobladas y/o económicamente atrasadas, destacaron como áreas proveedoras de hombres para unos ejércitos en continua expansión: la confederación helvética, el Mezzogiorno italiano, las Highlands escocesas y la propia Irlanda. Miles de irlandeses encontraron en las armas una forma de sobrevivir en el Continente: entre 1586 y 1622 en los Países Bajos españoles hubo más de 10.000 irlandeses católicos. En la Gran Armada de 1588 muchos lucharon como “aventureros sin sueldo”, y solicitaron su incorporación como tropa de servicio tras la constitución de la Armada del Mar Océano en 1594. Cuando se decidió el nuevo desembarco en las islas británicas (Kinsale, 1601) los españoles fueron conscientes de la necesidad de mantener en nómina a un equipo de pilotos irlandeses.
Las fuentes contemporáneas coinciden en exaltar el valor y la fidelidad de los irlandeses en los ejércitos españoles. Aunque, curiosamente, los mandos españoles arremetieron durísimamente contra las técnicas de guerrilla y la escasa organización mostrada por los irlandeses en el desembarco de Kinsale.
El permanente estado de tensión bélica vivido bajo los Austrias hispanos en los Países Bajos ofreció a la comunidad irlandesa en el exilio una magnífica oportunidad de integrarse en la maquinaria bélica de la Monarquía española. Desde fines del XVI se constituyeron unidadesirlandesas en el Ejército de Flandes siguiendo tres fases: desde el regimiento del coronel inglés William Stanley (1587-96), hasta la constitución de compañías irlandesas específicas (1596-1604) y por último la formación de tercios de la nación irlandesa (desde 1605 hasta 1610 bajo la coronelía de Enrique O’Neill y desde 1610 hasta 1628 bajo la de John O’Neill).
La falta de recursos humanos para los ejércitos de la Monarquía española alcanzó niveles alarmantes a mediados del XVII. Con frentes abiertos en los Países Bajos desde el reinicio de las hostilidades con las Provincias Unidas en 1621, con Francia desde 1635 y en la propia Península, con las sublevaciones de Cataluña y Portugal desde 1640, la Monarquía hispánica entró en un estado de emergencia total. La Monarquía hispánica intentó sacar provecho de su especial relación con Irlanda para traer a España al mayor número de irlandeses posible. Sin embargo, el programa “armas por hombres” ofrecido por Madrid a la Confederación de Kilkenny no funcionó, porque encerraba en sí mismo una gran contradicción: ¿cómo se podían enviar soldados a España cuando desde 1641 Irlanda estaba en un permanente estado de rebelión? Aún así, llegaron hasta los frentes de Portugal y Cataluña miles de irlandeses gracias a la iniciativa privada de mercaderes sin escrúpulos (españoles, ingleses, pero también irlandeses). El reclutamiento no siempre era voluntario y el transporte marítimo se hacía en unas condiciones durísimas
Las ventajas de servir en el exterior eran considerables. En todo grupo militar se crean especiales relaciones de solidaridad difíciles de encontrar en la vida civil. Particularmente, en el caso de agrupamiento y formación de unidades militares irlandesas, los lazos vasalláticos siguieron teniendo gran importancia. Para los irlandeses el servicio en las armas significaba la posibilidad de mantenerse activos, entrenados, armados y preparados para cualquier eventualidad, incluída su vuelta a Irlanda. Esto era sin duda un buen método psicológico de autodefensa del grupo exiliado.
Unida a esta tradición, la reputación de los soldados irlandeses en Europa era excelente. Desde principios del XVII España y Francia entraron en una durísima disputa por sus servicios e incluso la República de Venecia llamó la atención sobre sus cualidades. Distintos consejeros militares coincidían al señalar que una tierra áspera tenía su reflejo en una población dura.
Tiempo después, en 1653 el rey Felipe IV quedaría muy desilusionado cuando un millar de irlandeses desertaron y se pasaron a los franceses, ya que “era una accion tan indigna de nación de quien yo me servia en mis exercitos con la seguridad y confianza que se haze de la española”.
Con la llegada de los Borbones a comienzos del s. XVIII las relaciones entre Madrid y Londres empezaron mal y continuaron así: la disputa del espacio comercial americano provocaba constantes desencuentros entre ambos gobiernos.
lunes, 23 de agosto de 2010
La vida diaria de los piratas 2
La hermandad de los piratas a bordo era muy democrática, tomando esta palabra con muchas precauciones: Excepto en el combate, por lo general las decisiones importantes se tomaban con una votación de mano alzada, y si había una minoría disidente lo suficientemente grande, abandonaba el barco y emprendía una carrera por su cuenta. El privilegio se consideraba el primer paso hacía la autocracia. “Sólo le permiten ser capitán con la condición de poder se capitanes por encima de él”. El capitán carecía de autoridad constitucional y no tenía ningún privilegio especial excepto una parte doble del botín. Aunque usaba el camarote del capitán, cualquiera podía entrar y sentarse cuando y donde quisiera.
Excepto en el combate, “el poder del capitán es incontrolable en la persecución o la batalla, y puede apalear, cortar e incluso matar a cualquiera que no acate una orden.”
El hombre fuerte del barco era el cabo de mar. Era el magistrado y castigaba los delitos menores. Los delitos graves se juzgaban ante el jurado. Era el primer hombre en pasar al abordaje. Era el responsable de la selección y reparto del botín.
A los especialistas los llamaban “artistas”: carpintero, velero (fabricante de velas), cirujano. El piloto estaba a cargo de la navegación y de la elección de las velas. El contramaestre era responsable del mantenimiento, de los aparejos y pertrechos y del trabajo cotidiano del barco.
El artillero se hallaba a cargo de las municiones, del entrenamiento de las dotaciones de artillería y de dirigir las andanadas en el ataque. Los especialistas más populares eran los miembros de la orquesta. Casi la única diversión a bordo era escuchar música, tanto en el tiempo libre como en los momentos de duro trabajo.
No aceptaban marineros corrientes, había muchos voluntarios. Y casi nunca obligaban a enrolarse a hombres casados. Cuando un hombre era obligado a unírseles, el cabo de mar le entregaba un documento en el que exponían que lo habían obligado; dicho documento lo podía usar, y de hecho se usó muchas veces, como defensa en un juicio cuando esos piratas eran capturados.
Si un pirata mataba a otro, el castigo consistía en atar juntos al cadáver y a su asesino y tirarlos por la borda. Un castigo terrible era el abandono en una isla desierta. Al abandonado se le daba una botella de ron y una pistola con sólo una carga de pólvora y una bala.
Excepto en el combate, “el poder del capitán es incontrolable en la persecución o la batalla, y puede apalear, cortar e incluso matar a cualquiera que no acate una orden.”
El hombre fuerte del barco era el cabo de mar. Era el magistrado y castigaba los delitos menores. Los delitos graves se juzgaban ante el jurado. Era el primer hombre en pasar al abordaje. Era el responsable de la selección y reparto del botín.
A los especialistas los llamaban “artistas”: carpintero, velero (fabricante de velas), cirujano. El piloto estaba a cargo de la navegación y de la elección de las velas. El contramaestre era responsable del mantenimiento, de los aparejos y pertrechos y del trabajo cotidiano del barco.
El artillero se hallaba a cargo de las municiones, del entrenamiento de las dotaciones de artillería y de dirigir las andanadas en el ataque. Los especialistas más populares eran los miembros de la orquesta. Casi la única diversión a bordo era escuchar música, tanto en el tiempo libre como en los momentos de duro trabajo.
No aceptaban marineros corrientes, había muchos voluntarios. Y casi nunca obligaban a enrolarse a hombres casados. Cuando un hombre era obligado a unírseles, el cabo de mar le entregaba un documento en el que exponían que lo habían obligado; dicho documento lo podía usar, y de hecho se usó muchas veces, como defensa en un juicio cuando esos piratas eran capturados.
Si un pirata mataba a otro, el castigo consistía en atar juntos al cadáver y a su asesino y tirarlos por la borda. Un castigo terrible era el abandono en una isla desierta. Al abandonado se le daba una botella de ron y una pistola con sólo una carga de pólvora y una bala.
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