La finalidad evangelizadora estuvo presente desde los primeros viajes al Nuevo Mundo. Va a ser precisamente este carácter proselitista el que singularice la obra de España en América: no se trata tanto de una conquista (entendida en términos de sometimiento y acatamiento), como de una colonización, si bien interpretada no a la manera griega de explotación de recursos naturales, sino como prolongación de la metrópoli, con los mismos derechos que ésta. Este deseo de la monarquía hispánica va íntimamente unido a su intención de difundir el Evangelio, como así se afirma en 1526 al ordenar que vayan religiosos en los viajes: (…) instruirlos (a los infieles) en nuestra santa fe católica y predicársela para su salvación y atraerlos a nuestro señorío, porque fuesen tratados favorecidos, defendidos como los otros nuestros súbditos y vasallos (...)
Desde julio de 1508, la bula Universalis Ecclesiae de Julio II, confiere el derecho de patronazgo español también en América, el Papa delegaba en los reyes de Castilla el poder enviar misioneros, así como facilitar y sufragar sus viajes. Se trataba de la contrapartida en agradecimiento a la incipiente labor evangelizadora de estos primeros viajes de conquista. La Corona de Castilla nunca consideró los territorios descubiertos como meras factorías sino que quiso incorporarlos políticamente al Estado, las capitulaciones de la época constituían una especie de Carta puebla (fuero municipal) ya que los descubridores estaban obligados por contrato a poblar las tierras descubiertas. Además de que los indígenas infieles eran considerados súbditos de la Corona en cuanto se bautizaban
Es a partir de 1526 cuando se ordena que en las naves que cruzan el Atlántico, además de la tripulación, vayan siempre religiosos. Se colige una finalidad condicional: la monarquía hispánica tomaba en posesión las tierras del Nuevo Mundo si, al mismo tiempo, difundía la fe católica. Esta misión evangelizadora va a ser cumplida por los conquistadores no sólo obedeciendo a una orden impuesta, sino por propia iniciativa personal.
El propio Carlos V se preocupó personalmente de la organización de la Iglesia americana, fundando el Consejo de Indias, extensivo para asuntos eclesiásticos. Es decir, durante esta primera mitad del siglo XVI la labor evangelizadora en América fue regida desde el Estado, no siendo hasta después del Concilio de Trento (1563) cuando la Iglesia, tras las guerras de religión de las primeras décadas, se ocupe de la difusión evangélica entre los indios, fracasando en sus intenciones de imponerse al establecido poder decisorio estatal de España en América. Cualquier asunto religioso ultramarino debía pasar por el Consejo de Indias, considerándose injerencia toda tentativa al margen.
sábado, 17 de septiembre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
Corsarios y piratas en la Valencia de principios del s. XV
La galera fue la más genuina representante de la guerra naval y de buena parte de los tráficos mercantes durante la Edad Media, dentro del ámbito mediterráneo, en un medio en el que la navegación exclusivamente a vela resultaba menos apropiada que en el Atlántico, debido a las condiciones naturales de un mar interior, con vientos de dirección irregular y cambiantes. Sin embargo, la navegación a remo resultaba muy costosa por el número de individuos que era necesario emplear. Afortunadamente, estas naves podían ser usadas por los particulares cuando no servían a la Corona en circunstancias concretas. La expansión mediterránea de la Corona de Aragón no podría entenderse sin atender a las responsabilidades asumidas por la iniciativa privada o por las poderosas ciudades costeras: Barcelona, Mallorca y Valencia. Estas serán las que sostendrán, por ejemplo, la guerra contra Génova por la posesión de Cerdeña en un momento en que Alfonso el Benigno, su soberano, se desentenderá del problema.
Durante el reinado de Pedro el Ceremonioso la actividad del corso alcanzará una considerable expansión, debido precisamente a la guerra contra Génova. A una guerra terrestre en la isla de Cerdeña, que requerirá continuos envíos de tropas y suministros, se superpondrá una auténtica guerra naval en la que llegarán a verse implicados casi todos los países mediterráneos: Génova, Venecia, el Imperio Latino de Oriente, la Corona de Anjou o la propia Corona de Aragón. El equilibrio de fuerzas será tan grande y el resultado de las batallas tan ajustado, que la solución drástica se demostró operativamente imposible. Por lo que no quedó otra alternativa que buscar métodos subsidiarios de desgaste del rival y debilitamiento a la espera de obtener una ventaja real y moral que permitiese plantear un conflicto a gran escala.
Las acciones de corso ligur contra puertos y barcos de la Corona de Aragón se sucederán, ininterrumpidamente, desde mediados del trescientos hasta finales del cuatrocientos. Pedro el Ceremonioso dará carta blanca a los aparejos corsarios en sus territorios contra los enemigos del rey. A cambio de condiciones muy favorables, muchos armadores particulares accederán a botar sus barcos, algunos en condiciones muy precarias, para asegurar las comunicaciones con Cerdeña y lanzar una contraofensiva que frenase la avalancha genovesa en aguas de la Corona de Aragón. El objetivo se cumplió, se logró mantener abierta la ruta hacia la isla sarda, lo que permitirá a Alfonso el Magnánimo saltar sobre la Península italiana. Lo que nos llevará a la posesión española del sur de la Italia renacentista.
Que duda cabe que la guerra de corso y la piratería se confundirán con tanta asiduidad que obligará a tener que considerar a piratas y corsarios como dos categorías igualmente perseguibles en muchos casos. El área donde más se va a notar esta confusión será en los mares de Berbería. La abundancia de barcos armados poco sujetos a las leyes de la guerra naval se convertirá en un problema por doquier. Ante esta situación y ante la creciente avalancha de corsarios genoveses y musulmanes que corrían los mares peninsulares aparecerá otra alternativa para la protección pública. Las ciudades catalanas, valencianas y baleáricas de la Corona de Aragón tenderán a formar ligas y a aparejar en común barcos, verdaderas flotillas de cuatro o seis unidades, para su autodefensa.
La experiencia no acabó de consolidarse ,por los múltiples factores que intervenían en cada caso y la lentitud en acordar planes de operaciones cuando los enemigos eran potencialmente menos peligrosos. Así pues, ante la amenaza de dos o tres barcos piratas, la reacción lógica fue la de actuar independientemente cada población. Valencia contaba con una pequeña escuadrilla de barcos comunales compuesta por una o dos galeras y varias unidades menores. Generalmente, los buques permanecían varados, desarmados y a la intemperie en las playas del Grao de la capital, siendo objeto de deterioro muy acelerado. Frente a una operación menor como la vigilancia costera o la búsqueda, localización y eliminación de un número reducido de piratas incluso resultaba gravosísimo la puesta en servicio de las galeras ciudadanas. Por lo que se procedió con frecuencia a la contratación de naves de las que frecuentaban las playas del Grao. El flete de una nao de gran porte, con una dotación bien armada, o la contratación temporal de una galera siempre resultó más económico y con frecuencia igualmente efectivo. Como vemos no es nuevo eso de cerrar servicios públicos en favor de la iniciativa privada, y eso que aún no gobernaba el PP (aunque seguro que sí estaba Fraga por ahí).
Debemos ser conscientes que las cosas no eran como las muestran en las películas de Jolibú: por lo general los piratas y corsarios que entraban en acción disponían de una fuerza armada muy reducida, los aparejos de sus barcos eran deficientes e incompletos, en suma, muchas veces los asaltantes corrían tan serios peligros de ser capturados como los que sufrían sus potenciales víctimas. Por ejemplo, los musulmanes con fustas pequeñas y mal equipadas rehuían los encuentros con barcos de tráfico y buscaban los abrigos de la costa, los barcos de pesca de bajura o las localidades litorales aisladas, mal defendidas y con escasa población; sus objetivos se centraban en la captura de cautivos y el robo de ganado. En cambio los piratas genoveses disponían de grandes y poderosas naves, sus objetivos eran los barcos que hacían las rutas comerciales o los grandes puertos de la Corona de Aragón, siguiendo la tradicional guerra de desgaste que duraba más de un siglo. La pérdida de los barcos con cereal tendría repercusiones muy negativas para las grandes ciudades, es por eso que los rectores políticos cuidaban especialmente la continuidad de este tráfico.
Durante el reinado de Pedro el Ceremonioso la actividad del corso alcanzará una considerable expansión, debido precisamente a la guerra contra Génova. A una guerra terrestre en la isla de Cerdeña, que requerirá continuos envíos de tropas y suministros, se superpondrá una auténtica guerra naval en la que llegarán a verse implicados casi todos los países mediterráneos: Génova, Venecia, el Imperio Latino de Oriente, la Corona de Anjou o la propia Corona de Aragón. El equilibrio de fuerzas será tan grande y el resultado de las batallas tan ajustado, que la solución drástica se demostró operativamente imposible. Por lo que no quedó otra alternativa que buscar métodos subsidiarios de desgaste del rival y debilitamiento a la espera de obtener una ventaja real y moral que permitiese plantear un conflicto a gran escala.
Las acciones de corso ligur contra puertos y barcos de la Corona de Aragón se sucederán, ininterrumpidamente, desde mediados del trescientos hasta finales del cuatrocientos. Pedro el Ceremonioso dará carta blanca a los aparejos corsarios en sus territorios contra los enemigos del rey. A cambio de condiciones muy favorables, muchos armadores particulares accederán a botar sus barcos, algunos en condiciones muy precarias, para asegurar las comunicaciones con Cerdeña y lanzar una contraofensiva que frenase la avalancha genovesa en aguas de la Corona de Aragón. El objetivo se cumplió, se logró mantener abierta la ruta hacia la isla sarda, lo que permitirá a Alfonso el Magnánimo saltar sobre la Península italiana. Lo que nos llevará a la posesión española del sur de la Italia renacentista.
Que duda cabe que la guerra de corso y la piratería se confundirán con tanta asiduidad que obligará a tener que considerar a piratas y corsarios como dos categorías igualmente perseguibles en muchos casos. El área donde más se va a notar esta confusión será en los mares de Berbería. La abundancia de barcos armados poco sujetos a las leyes de la guerra naval se convertirá en un problema por doquier. Ante esta situación y ante la creciente avalancha de corsarios genoveses y musulmanes que corrían los mares peninsulares aparecerá otra alternativa para la protección pública. Las ciudades catalanas, valencianas y baleáricas de la Corona de Aragón tenderán a formar ligas y a aparejar en común barcos, verdaderas flotillas de cuatro o seis unidades, para su autodefensa.
La experiencia no acabó de consolidarse ,por los múltiples factores que intervenían en cada caso y la lentitud en acordar planes de operaciones cuando los enemigos eran potencialmente menos peligrosos. Así pues, ante la amenaza de dos o tres barcos piratas, la reacción lógica fue la de actuar independientemente cada población. Valencia contaba con una pequeña escuadrilla de barcos comunales compuesta por una o dos galeras y varias unidades menores. Generalmente, los buques permanecían varados, desarmados y a la intemperie en las playas del Grao de la capital, siendo objeto de deterioro muy acelerado. Frente a una operación menor como la vigilancia costera o la búsqueda, localización y eliminación de un número reducido de piratas incluso resultaba gravosísimo la puesta en servicio de las galeras ciudadanas. Por lo que se procedió con frecuencia a la contratación de naves de las que frecuentaban las playas del Grao. El flete de una nao de gran porte, con una dotación bien armada, o la contratación temporal de una galera siempre resultó más económico y con frecuencia igualmente efectivo. Como vemos no es nuevo eso de cerrar servicios públicos en favor de la iniciativa privada, y eso que aún no gobernaba el PP (aunque seguro que sí estaba Fraga por ahí).
Debemos ser conscientes que las cosas no eran como las muestran en las películas de Jolibú: por lo general los piratas y corsarios que entraban en acción disponían de una fuerza armada muy reducida, los aparejos de sus barcos eran deficientes e incompletos, en suma, muchas veces los asaltantes corrían tan serios peligros de ser capturados como los que sufrían sus potenciales víctimas. Por ejemplo, los musulmanes con fustas pequeñas y mal equipadas rehuían los encuentros con barcos de tráfico y buscaban los abrigos de la costa, los barcos de pesca de bajura o las localidades litorales aisladas, mal defendidas y con escasa población; sus objetivos se centraban en la captura de cautivos y el robo de ganado. En cambio los piratas genoveses disponían de grandes y poderosas naves, sus objetivos eran los barcos que hacían las rutas comerciales o los grandes puertos de la Corona de Aragón, siguiendo la tradicional guerra de desgaste que duraba más de un siglo. La pérdida de los barcos con cereal tendría repercusiones muy negativas para las grandes ciudades, es por eso que los rectores políticos cuidaban especialmente la continuidad de este tráfico.
lunes, 5 de septiembre de 2011
La navegación en el s.XVI
El siglo XVI fue testigo de un notable cambio en el status y adiestramiento de pilotos en Europa. La pericia náutica para la mayoría de los viajes marítimos eran limitadas y había cambiado poco durante el siglo anterior, podía ser ejercida bien por pilotos especializados, maestres o por oficiales de menor rango. Lo que importaba era la capacidad de memorizar marcas de tierra, calcular distancias y tener conocimiento de las mareas y aguas en que navegaban, empleándose cálculos de la velocidad6 del buque y una estima muy simples. La experiencia e instrucción por viejos pilotos eran los requisitos para una eficaz navegación costera y bastarían para la mayoría de los buques que navegaban por derrotas bien establecidas (Michael Coignet, 1581). Se conocía la aguja magnética, los portulanos y la observación celeste, y se empleaban regularmente en sus viajes más largos, pero escasamente en viajes rutinarios costeros.
Las exploraciones portuguesas en Africa y el posterior descubrimiento de nuevos continentes reflejaban el gradual avance en navegación y proyecto de buques, pero lo que es más importante, dieron un tremendo empuje a la invención y mejora de instrumentos y técnicas. El adiestramiento de pilotos para las nuevas navegaciones a grandes distancias se convirtió en asunto de la mayor importancia para el gobierno central. Las potencias ibéricas establecieron instituciones especiales para la instrucción y control de estos especialistas, por muy buenas razones, la más obvia, que los buques con navegantes expertos solían volver a salvo. Más importante era la necesidad de controlar información de gran valor político. Los pilotos experimentados podía llevar a otros a las nuevas tierras y junto con cartógrafos establecer la posesión de aquellos territorios después que las naciones ibéricas y el Papado dividieron el mundo en dos áreas.
Era esencial el control de la información y pronto se hizo corriente la falsificación deliberada y el empleo de trucos para confundir al enemigo. Las prolongadas y poco decorosas disputas sobre la posición y posesión de Las Molucas y las Filipinas, ilustran el valor de los pilotos y cartógrafos.
Cuando Felipe II volvió a España como regente en 1551, inmediatamente mostró su interés por la navegación y la geografía y su deseo en mejorar estas ciencias, e inició una completa reforma de la instrucción técnica que se daba a los pilotos y maestres en la Casa de la Contratación de Sevilla. Creó una cátedra de navegación y cosmografía en 1552 y reguló el contenido de los cursos. Los aspirantes a piloto recibían buena base teórica para las observaciones astronómicas, así como instrucción en el empleo de instrumentos como la aguja magnética, el astrolabio, el cuadrante, la ballestilla y los relojes. En 1582 fundó en Madrid una nueva Academia de Matemáticas, siendo la navegación una parte muy importante del currículum.
El aprecio de la pericia de los pilotos era evidente en la legislación y en los nuevos tipos de pagas, como muestran contratos del s. XVI en que muchos pilotos eran pagados mejor que los maestres (capitanes) de los buques en los viajes al Norte y a las Indias. A partir de 1580 armadores sin conocimientos de navegación eran permitidos a ser maestres en sus propios barcos siempre que llevaran a bordo al menos dos pilotos.
Los aspectos teóricos de la navegación aumentaron notablemente durante este siglo. Los españoles y portugueses eran los primeros en cartografía y en la construcción y empleo de instrumentos náuticos, produciendo también los mejores maestros, como pronto se dieron cuenta los demás países. El “Arte de navegar”, de Medina, publicado en 1545, se utilizaba ya en su traducción francesa en 1554 y posteriormente se publicó en la mayoría de las lenguas europeas. El libro “Breve compendio de la sphera y del Arte de Navegar” de Martin Cortés, se publicó en Sevilla en 1551, siendo adoptado como texto fijo por la Casa de Contratación. Fue traducido al inglés en 1561, la primera de nueve ediciones antes de 1630. Pedro de Medina afirmaba con orgullo que ahora los pilotos podían navegar con el empleo de la aritmética, geometría y astronomía y no necesitaban marcas de tierra para guiarse. En realidad los más renombrados autores y maestros del arte de la navegación no tenían experiencia naval, se concedía mayor respeto a aquellos con capacidad teórica que a los que sólo tenían experiencia práctica. La Corona mantuvo equilibradas las cosas al insistir en que los pilotos para las Indias no debían obtener licencia antes de haber adquirido experiencia práctica navegando por aquellas aguas.
Pero, no debemos olvidar la presión comercial, pues la expansión del comercio de Indias requería una continua provisión de pilotos, por lo que se redujo dramáticamente el tiempo empleado en la instrucción formal. Si bien se había pretendido que los pilotos debían pasar un curso de un año, en 1555 se redujo a tres meses y en 1567 a dos contando los días festivos. Los maestros se quejaban del bajo nivel entre los pilotos adiestrados, pero estas críticas se dirigían a las deficiencias en la lectura y escritura de algunos pilotos, y a la falta de interés que demostraban por los aspectos más teóricos del curso. Aquellos pilotos empleados en la carrera de Indias eran considerados como los mejores expertos del oficio y las potencias extranjeras trataban continuamente de atraer pilotos españoles y portugueses a su servicio, siendo el problema que nunca había bastantes para satisfacer a la demanda.
Las exploraciones portuguesas en Africa y el posterior descubrimiento de nuevos continentes reflejaban el gradual avance en navegación y proyecto de buques, pero lo que es más importante, dieron un tremendo empuje a la invención y mejora de instrumentos y técnicas. El adiestramiento de pilotos para las nuevas navegaciones a grandes distancias se convirtió en asunto de la mayor importancia para el gobierno central. Las potencias ibéricas establecieron instituciones especiales para la instrucción y control de estos especialistas, por muy buenas razones, la más obvia, que los buques con navegantes expertos solían volver a salvo. Más importante era la necesidad de controlar información de gran valor político. Los pilotos experimentados podía llevar a otros a las nuevas tierras y junto con cartógrafos establecer la posesión de aquellos territorios después que las naciones ibéricas y el Papado dividieron el mundo en dos áreas.
Era esencial el control de la información y pronto se hizo corriente la falsificación deliberada y el empleo de trucos para confundir al enemigo. Las prolongadas y poco decorosas disputas sobre la posición y posesión de Las Molucas y las Filipinas, ilustran el valor de los pilotos y cartógrafos.
Cuando Felipe II volvió a España como regente en 1551, inmediatamente mostró su interés por la navegación y la geografía y su deseo en mejorar estas ciencias, e inició una completa reforma de la instrucción técnica que se daba a los pilotos y maestres en la Casa de la Contratación de Sevilla. Creó una cátedra de navegación y cosmografía en 1552 y reguló el contenido de los cursos. Los aspirantes a piloto recibían buena base teórica para las observaciones astronómicas, así como instrucción en el empleo de instrumentos como la aguja magnética, el astrolabio, el cuadrante, la ballestilla y los relojes. En 1582 fundó en Madrid una nueva Academia de Matemáticas, siendo la navegación una parte muy importante del currículum.
El aprecio de la pericia de los pilotos era evidente en la legislación y en los nuevos tipos de pagas, como muestran contratos del s. XVI en que muchos pilotos eran pagados mejor que los maestres (capitanes) de los buques en los viajes al Norte y a las Indias. A partir de 1580 armadores sin conocimientos de navegación eran permitidos a ser maestres en sus propios barcos siempre que llevaran a bordo al menos dos pilotos.
Los aspectos teóricos de la navegación aumentaron notablemente durante este siglo. Los españoles y portugueses eran los primeros en cartografía y en la construcción y empleo de instrumentos náuticos, produciendo también los mejores maestros, como pronto se dieron cuenta los demás países. El “Arte de navegar”, de Medina, publicado en 1545, se utilizaba ya en su traducción francesa en 1554 y posteriormente se publicó en la mayoría de las lenguas europeas. El libro “Breve compendio de la sphera y del Arte de Navegar” de Martin Cortés, se publicó en Sevilla en 1551, siendo adoptado como texto fijo por la Casa de Contratación. Fue traducido al inglés en 1561, la primera de nueve ediciones antes de 1630. Pedro de Medina afirmaba con orgullo que ahora los pilotos podían navegar con el empleo de la aritmética, geometría y astronomía y no necesitaban marcas de tierra para guiarse. En realidad los más renombrados autores y maestros del arte de la navegación no tenían experiencia naval, se concedía mayor respeto a aquellos con capacidad teórica que a los que sólo tenían experiencia práctica. La Corona mantuvo equilibradas las cosas al insistir en que los pilotos para las Indias no debían obtener licencia antes de haber adquirido experiencia práctica navegando por aquellas aguas.
Pero, no debemos olvidar la presión comercial, pues la expansión del comercio de Indias requería una continua provisión de pilotos, por lo que se redujo dramáticamente el tiempo empleado en la instrucción formal. Si bien se había pretendido que los pilotos debían pasar un curso de un año, en 1555 se redujo a tres meses y en 1567 a dos contando los días festivos. Los maestros se quejaban del bajo nivel entre los pilotos adiestrados, pero estas críticas se dirigían a las deficiencias en la lectura y escritura de algunos pilotos, y a la falta de interés que demostraban por los aspectos más teóricos del curso. Aquellos pilotos empleados en la carrera de Indias eran considerados como los mejores expertos del oficio y las potencias extranjeras trataban continuamente de atraer pilotos españoles y portugueses a su servicio, siendo el problema que nunca había bastantes para satisfacer a la demanda.
jueves, 18 de agosto de 2011
La Empresa de Inglaterra. El camino a la guerra
Cuando hablamos de la Gran Armada de 1588 lo primero que nos viene a la cabeza es el enfrentamiento entre Felipe II de España e Isabel de Inglaterra. Y uno se pregunta, culto que es uno, ¿qué pasó entre ellos para que de la amistad se pasara al odio?.
Debemos recordar que allá por 1555 eran amigos, aún más, eran familia. Felipe de España se había casado con María Tudor, reina de Inglaterra; por lo tanto era rey de Inglaterra, rey consorte sí, pero rey al fin y al cabo. Junto a ella había reinado durante cuatro años, sus relaciones con su cuñada Isabel, de 22 años, no habían sido malas. Al contrario, Felipe II la había protegido contra el partido católico inglés, en su linea radical, que abogaba por su ejecución. ¿qué pasó en esos 33 años?
Para entender la postura de la Monarquía Católica que regía Felipe II habría que tener en cuenta los principios que marcaban su política exterior: eran uno político, otro ideológico y un tercero económico. El político, el mantenimiento de los territorios heredados; el ideológico, la defensa del Catolicismo, y el económico, el monopolio de la navegación con las Indias Occidentales. Evidentemente, la defensa de esos tres principios traía consigo una serie constante de conflictos en una época en que la Reforma había triunfado en media Europa y cuando la tendencia general hacia una economía mundial hacía que las potencias marítimas llevasen cada vez peor la veda del comercio por las nuevas rutas descubiertas. Al contrario que su padre, el emperador Carlos V, Felipe II odiaba la guerra, proponiéndose desde un principio establecer una era de paz para sus pueblos. Se le vería zanjar la guerra heredada frente a Francia con la paz de Cateau Cambresis de 1559. Su drama particular estribaría en que muy pronto se vería arrastrado, él también, a guerras interminables. En este año de 1559 su experiencia política era ya grande, habiendo dado muestras de eficacia en el puesto que le había asignado su padre. Es cierto que a la muerte de Carlos V iba a introducir cambios en la manera de llevar las relaciones internacionales no siempre convenientes; el por de ellos, su aislamiento, al encerrarse en la meseta, entre Madrid y El Escorial, apartando de su vida aquellos largos y continuos viajes, que habían sido una de las características más notables del Emperador, y de su propia juventud. Con lo cual, los encuentros en la cumbre iban a desaparecer, y con ello una de las posibilidades más claras de que la diplomacia sustituyera a la guerra. Tampoco utilizó la baza del despliegue familiar: su hermana Juana, viuda desde 1554, ni la de su hijo don Carlos (por supuesto, su enfermedad era gran impedimento), ni la de su hermanastro don Juan de Austria. Sólo al final de su reinado puso en marcha dos bodas de tono menor: las de sus hijas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, la primera con el duque de Saboya y la segunda con su sobrino el archiduque Alberto de Austria. Pero no se atrevió a la más audaz, su hermanastro con María Estuardo.
A todo ello hay que añadir que Europa estaba entrando, desde mediados de siglo, en una larga etapa de antagonismos religiosos, que hacía difíciles los entendimientos diplomáticos. La época de Erasmo estaba dando paso a la de Calvino y San Ignacio, lo cual iba a enrarecer el ambiente de las relaciones diplomáticas, especialmente entre Inglaterra y España, cuyos soberanos se iban a convertir en los máximos protectores de los dos bandos religiosos en conflicto: protestantes y católicos. Estaba en marcha aquel protonacionalismo al que alude Kamen en su ensayo “La visión de España en la Inglaterra isabelina”. Protonacionalismo fortalecido por la nota peculiar de cada directriz religiosa, que curiosamente tendría un respaldo internacional, los reformadores de toda Europa tendía a considera a Isabel su protectora natural, de igual modo que los católicos lo hacía con Felipe II. De ese modo, arrastrados por corrientes no sólo nacionales sino también internacionales, poco podría hacer ambos soberanos para resguardar la paz.
En este marco es más fácilmente comprensible la involución producida, que llevó a los dos pueblos a dejar su antigua alianza para entrar por el derrotero de la guerra. Las propias embajadas se convirtieron en focos perturbadores de la paz, con lo que los diplomáticos de ambos países perdieron credibilidad ante los gobiernos respectivos, de ahí que la expulsión de los embajadores sea una nota tan frecuente, a lo largo de este periodo.
¿Quién desea la guerra?. El caso es que sabemos que en un principio tanto Isabel como Felipe II eran partidarios de la paz y que ambos se mostraban amigos. Recordemos que Felipe II había defendido a la joven princesa cuando la camarilla de María Tudor quiso ejecutarla por traidora. Aquí no nos encontramos con el rígido monarca fanático sino, curiosamente, con el hombre de Estado: Felipe II tenía muy clara la consigna de su padre Carlos V de que para que las cosas de los Países Bajos rodaran bien era preciso que fueran óptimas las relaciones con Inglaterra. La alternativa al encumbramiento de Isabel era el ascenso de María Estuardo, que en 1558 era ya reina de Escocia y esposa del Delfín de Francia. Por lo tanto, si un bloque tan fuerte se hacía también con Inglaterra, los Países Bajos quedaría aislados por mar y tierra y a su entera merced. De ahí que Felipe II tratara por todos los medios de mantener la alianza con Isabel. Incluso tratando de su posible boda, el propio Felipe II con 32 años se creía en condiciones de poder optar a la mano de Isabel con 25 años. Era una operación segura: Isabel era inexperta, estaba rodeada de enemigos y no podía exponerse a caer en desgracia del monarca más poderoso de la Cristiandad. Felipe II se iba a encontrar con una de las Reinas más inteligentes que ha conocido la Historia: una auténtica mujer de Estado, bien secundada por un político verdaderamente notable: Cecil. Por el momento daría largas al asunto, procurando ganar tiempo. El problema estribaba en poder rechazar la boda, sin provocar la ruptura con Felipe. E Isabel, con rara habilidad, lo consiguió. Sabía que tenía el apoyo popular, y eso le daba firmeza, a pesar de seguir llamándolo en sus cartas “amantissimun fratrem et perpetuum confederatum”
Estamos aún en la etapa de la amistad; todavía faltan años para que se entre en la guerra fría. Durante diez años, la diplomacia filipina luchó por mantener esa alianza inglesa. Sin embargo, hubo sus dudas, pues el partido belicoso de la Corte apostaba por un acto de fuerza. Incluso se planteó una temprana invasión de Inglaterra, alentada por Enrique II de Francia, en una negociación paralela a la de la paz de Cateau Cambresis. Pero Felipe II lo desechó, él no era un rey conquistador; quedaba el aspecto fundamental: ¿qué podía hacer los invasores una vez lograda la primera victoria?. A la larga, estaba claro que el problema no se reducía tan sólo a invadir, sino a mantener en el terreno invadido. Curiosamente el primero en desaconsejar esa invasión sería el Duque de Alba, en esa línea estaba el mismo Rey.
Después de 1568, Isabel lleva ya diez años en el trono, sale de Londres el único embajador español con el que la Reina se llevaría bien – Diego Guzmán de Silva -, el duque de Alba está en Flandes y los buques de Hawkins sufren el revés de San Juan de Ulua, aguas mexicanas, de los seis navíos perdidos por los ingleses, dos son pagados por la propia Reina, provocando como represalia inglesa el apoderamiento del dinero (medio millón de escudos) que Felipe II mandaba por mar a Flandes, para pagar a los tercios viejos y que repostaban en puertos ingleses.
Puede hablarse ya de guerra fría.
La excomunión de la reina Isabel, pronunciada por Roma en 1570, agravó la situación, radicalizando las dos posturas.
Mientras, la herida abierta en el costado español seguía supurando: los Países Bajos se habían rebelado con su señor natural y miraban a Inglaterra como defensora de su Nueva Fe.
Durante el gobierno de los Países Bajos de don Juan de Austria asistimos a una apertura de negociaciones matrimoniales con María Estuardo de Escocia, pero María era ya, de hecho, la prisionera de Estado de Isabel y cuando el intento de boda tenía que ir acompañado de una invasión. Y eso en 1574, cuando ya había muerto el mejor marino español Pedro Menéndez de Avilés. Por añadidura estaba el hecho de los recelos de Felipe II hacia su hermanastro que le llevan a negar su apoyo para lo que temía que fuese un excesivo engrandecimiento de don Juan de Austria. Entraron en juego las intrigas de Antonio Pérez, que acabaron con el asesinato del secretario de don Juan, Escobedo. Isabel, con figuras como Cecil y Walsingham estuvo mucho mejor auxiliada en su gobierno que Felipe II con Antonio Pérez. Y ese hecho, en aquella época de monarquías autoritarias tenía una especial importancia.
Así se sucedieron, cada vez con más frecuencia, los gestos hostiles: expulsión de los embajadores de uno y otro país, ataques de marinos ingleses a la Indias Occidentales españolas y, en fin, ayudas cada vez más ostensibles de los dos gobiernos a los rebeldes del otro país: así, de los ingleses al príncipe de Orange, en los Países Bajos, como a los de don Antonio Crato en Portugal; y los de España a los católicos ingleses e irlandeses. Felipe II llegaría hasta la fundación de Colegios de ingleses, escoceses e irlandeses, que servirían para mantener vivo el catolicismo en las Islas, pero también para provocar constantes dificultades a la Reina inglesa.
Todo ello arrojaba los acontecimientos por un plano inclinado, cuya desembocadura en la guerra parecía cada vez más inevitable. La incorporación de Portugal a los dominios de Felipe II (1581) agudizó aún más la rivalidad en el mar.
Se dan presiones de algunos consejeros de Felipe II, para los que bastaba un manotazo del poderío hispano para derrocar a Isabel. La soberbia de esos consejeros, típica del país que está en la cumbre del poder era increíble. En esta línea conflictiva llegó el formidable ataque de Drake a las Indias Occidentales, en 1585, en el que saqueó Santo Domingo, Cartagena de Indias y San Agustín. Las relaciones diplomáticas estaban definitivamente rotas. Los voluntarios ingleses del conde de Leicester luchaban al lado de los rebeldes holandeses, mientras Felipe II apoya en lo posible a los católicos ingleses. Puede afirmarse que la guerra entre las dos naciones era un hecho insoslayable.
Felipe II ordena preparar la Empresa de Inglaterra.
Debemos recordar que allá por 1555 eran amigos, aún más, eran familia. Felipe de España se había casado con María Tudor, reina de Inglaterra; por lo tanto era rey de Inglaterra, rey consorte sí, pero rey al fin y al cabo. Junto a ella había reinado durante cuatro años, sus relaciones con su cuñada Isabel, de 22 años, no habían sido malas. Al contrario, Felipe II la había protegido contra el partido católico inglés, en su linea radical, que abogaba por su ejecución. ¿qué pasó en esos 33 años?
Para entender la postura de la Monarquía Católica que regía Felipe II habría que tener en cuenta los principios que marcaban su política exterior: eran uno político, otro ideológico y un tercero económico. El político, el mantenimiento de los territorios heredados; el ideológico, la defensa del Catolicismo, y el económico, el monopolio de la navegación con las Indias Occidentales. Evidentemente, la defensa de esos tres principios traía consigo una serie constante de conflictos en una época en que la Reforma había triunfado en media Europa y cuando la tendencia general hacia una economía mundial hacía que las potencias marítimas llevasen cada vez peor la veda del comercio por las nuevas rutas descubiertas. Al contrario que su padre, el emperador Carlos V, Felipe II odiaba la guerra, proponiéndose desde un principio establecer una era de paz para sus pueblos. Se le vería zanjar la guerra heredada frente a Francia con la paz de Cateau Cambresis de 1559. Su drama particular estribaría en que muy pronto se vería arrastrado, él también, a guerras interminables. En este año de 1559 su experiencia política era ya grande, habiendo dado muestras de eficacia en el puesto que le había asignado su padre. Es cierto que a la muerte de Carlos V iba a introducir cambios en la manera de llevar las relaciones internacionales no siempre convenientes; el por de ellos, su aislamiento, al encerrarse en la meseta, entre Madrid y El Escorial, apartando de su vida aquellos largos y continuos viajes, que habían sido una de las características más notables del Emperador, y de su propia juventud. Con lo cual, los encuentros en la cumbre iban a desaparecer, y con ello una de las posibilidades más claras de que la diplomacia sustituyera a la guerra. Tampoco utilizó la baza del despliegue familiar: su hermana Juana, viuda desde 1554, ni la de su hijo don Carlos (por supuesto, su enfermedad era gran impedimento), ni la de su hermanastro don Juan de Austria. Sólo al final de su reinado puso en marcha dos bodas de tono menor: las de sus hijas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, la primera con el duque de Saboya y la segunda con su sobrino el archiduque Alberto de Austria. Pero no se atrevió a la más audaz, su hermanastro con María Estuardo.
A todo ello hay que añadir que Europa estaba entrando, desde mediados de siglo, en una larga etapa de antagonismos religiosos, que hacía difíciles los entendimientos diplomáticos. La época de Erasmo estaba dando paso a la de Calvino y San Ignacio, lo cual iba a enrarecer el ambiente de las relaciones diplomáticas, especialmente entre Inglaterra y España, cuyos soberanos se iban a convertir en los máximos protectores de los dos bandos religiosos en conflicto: protestantes y católicos. Estaba en marcha aquel protonacionalismo al que alude Kamen en su ensayo “La visión de España en la Inglaterra isabelina”. Protonacionalismo fortalecido por la nota peculiar de cada directriz religiosa, que curiosamente tendría un respaldo internacional, los reformadores de toda Europa tendía a considera a Isabel su protectora natural, de igual modo que los católicos lo hacía con Felipe II. De ese modo, arrastrados por corrientes no sólo nacionales sino también internacionales, poco podría hacer ambos soberanos para resguardar la paz.
En este marco es más fácilmente comprensible la involución producida, que llevó a los dos pueblos a dejar su antigua alianza para entrar por el derrotero de la guerra. Las propias embajadas se convirtieron en focos perturbadores de la paz, con lo que los diplomáticos de ambos países perdieron credibilidad ante los gobiernos respectivos, de ahí que la expulsión de los embajadores sea una nota tan frecuente, a lo largo de este periodo.
¿Quién desea la guerra?. El caso es que sabemos que en un principio tanto Isabel como Felipe II eran partidarios de la paz y que ambos se mostraban amigos. Recordemos que Felipe II había defendido a la joven princesa cuando la camarilla de María Tudor quiso ejecutarla por traidora. Aquí no nos encontramos con el rígido monarca fanático sino, curiosamente, con el hombre de Estado: Felipe II tenía muy clara la consigna de su padre Carlos V de que para que las cosas de los Países Bajos rodaran bien era preciso que fueran óptimas las relaciones con Inglaterra. La alternativa al encumbramiento de Isabel era el ascenso de María Estuardo, que en 1558 era ya reina de Escocia y esposa del Delfín de Francia. Por lo tanto, si un bloque tan fuerte se hacía también con Inglaterra, los Países Bajos quedaría aislados por mar y tierra y a su entera merced. De ahí que Felipe II tratara por todos los medios de mantener la alianza con Isabel. Incluso tratando de su posible boda, el propio Felipe II con 32 años se creía en condiciones de poder optar a la mano de Isabel con 25 años. Era una operación segura: Isabel era inexperta, estaba rodeada de enemigos y no podía exponerse a caer en desgracia del monarca más poderoso de la Cristiandad. Felipe II se iba a encontrar con una de las Reinas más inteligentes que ha conocido la Historia: una auténtica mujer de Estado, bien secundada por un político verdaderamente notable: Cecil. Por el momento daría largas al asunto, procurando ganar tiempo. El problema estribaba en poder rechazar la boda, sin provocar la ruptura con Felipe. E Isabel, con rara habilidad, lo consiguió. Sabía que tenía el apoyo popular, y eso le daba firmeza, a pesar de seguir llamándolo en sus cartas “amantissimun fratrem et perpetuum confederatum”
Estamos aún en la etapa de la amistad; todavía faltan años para que se entre en la guerra fría. Durante diez años, la diplomacia filipina luchó por mantener esa alianza inglesa. Sin embargo, hubo sus dudas, pues el partido belicoso de la Corte apostaba por un acto de fuerza. Incluso se planteó una temprana invasión de Inglaterra, alentada por Enrique II de Francia, en una negociación paralela a la de la paz de Cateau Cambresis. Pero Felipe II lo desechó, él no era un rey conquistador; quedaba el aspecto fundamental: ¿qué podía hacer los invasores una vez lograda la primera victoria?. A la larga, estaba claro que el problema no se reducía tan sólo a invadir, sino a mantener en el terreno invadido. Curiosamente el primero en desaconsejar esa invasión sería el Duque de Alba, en esa línea estaba el mismo Rey.
Después de 1568, Isabel lleva ya diez años en el trono, sale de Londres el único embajador español con el que la Reina se llevaría bien – Diego Guzmán de Silva -, el duque de Alba está en Flandes y los buques de Hawkins sufren el revés de San Juan de Ulua, aguas mexicanas, de los seis navíos perdidos por los ingleses, dos son pagados por la propia Reina, provocando como represalia inglesa el apoderamiento del dinero (medio millón de escudos) que Felipe II mandaba por mar a Flandes, para pagar a los tercios viejos y que repostaban en puertos ingleses.
Puede hablarse ya de guerra fría.
La excomunión de la reina Isabel, pronunciada por Roma en 1570, agravó la situación, radicalizando las dos posturas.
Mientras, la herida abierta en el costado español seguía supurando: los Países Bajos se habían rebelado con su señor natural y miraban a Inglaterra como defensora de su Nueva Fe.
Durante el gobierno de los Países Bajos de don Juan de Austria asistimos a una apertura de negociaciones matrimoniales con María Estuardo de Escocia, pero María era ya, de hecho, la prisionera de Estado de Isabel y cuando el intento de boda tenía que ir acompañado de una invasión. Y eso en 1574, cuando ya había muerto el mejor marino español Pedro Menéndez de Avilés. Por añadidura estaba el hecho de los recelos de Felipe II hacia su hermanastro que le llevan a negar su apoyo para lo que temía que fuese un excesivo engrandecimiento de don Juan de Austria. Entraron en juego las intrigas de Antonio Pérez, que acabaron con el asesinato del secretario de don Juan, Escobedo. Isabel, con figuras como Cecil y Walsingham estuvo mucho mejor auxiliada en su gobierno que Felipe II con Antonio Pérez. Y ese hecho, en aquella época de monarquías autoritarias tenía una especial importancia.
Así se sucedieron, cada vez con más frecuencia, los gestos hostiles: expulsión de los embajadores de uno y otro país, ataques de marinos ingleses a la Indias Occidentales españolas y, en fin, ayudas cada vez más ostensibles de los dos gobiernos a los rebeldes del otro país: así, de los ingleses al príncipe de Orange, en los Países Bajos, como a los de don Antonio Crato en Portugal; y los de España a los católicos ingleses e irlandeses. Felipe II llegaría hasta la fundación de Colegios de ingleses, escoceses e irlandeses, que servirían para mantener vivo el catolicismo en las Islas, pero también para provocar constantes dificultades a la Reina inglesa.
Todo ello arrojaba los acontecimientos por un plano inclinado, cuya desembocadura en la guerra parecía cada vez más inevitable. La incorporación de Portugal a los dominios de Felipe II (1581) agudizó aún más la rivalidad en el mar.
Se dan presiones de algunos consejeros de Felipe II, para los que bastaba un manotazo del poderío hispano para derrocar a Isabel. La soberbia de esos consejeros, típica del país que está en la cumbre del poder era increíble. En esta línea conflictiva llegó el formidable ataque de Drake a las Indias Occidentales, en 1585, en el que saqueó Santo Domingo, Cartagena de Indias y San Agustín. Las relaciones diplomáticas estaban definitivamente rotas. Los voluntarios ingleses del conde de Leicester luchaban al lado de los rebeldes holandeses, mientras Felipe II apoya en lo posible a los católicos ingleses. Puede afirmarse que la guerra entre las dos naciones era un hecho insoslayable.
Felipe II ordena preparar la Empresa de Inglaterra.
jueves, 28 de julio de 2011
Homosexualidad en la Iglesia
Las frecuentes dificultades para mantener relaciones heterosexuales debieron empujar a muchos monjes a la homosexualidad o a otros tipos de contactos sexuales.
Es cierto que contra eso se tomaron todas las precauciones imaginables. Ya en el monacato más antiguo ningún monje podía hablar con otro en la oscuridad, ni agarrarle de la mano, lavarlo, enjabonarlo o tonsurarlo; incluso debían guardar una pequeña distancia entre ellos, tanto si estaban parados como si iban caminando. Tampoco debían cabalgar dos juntos a lomos de un asno sin montura. Se prefería que los monjes no durmieran en celdas individuales. En el pabellón, cada cual tenía que permanecer vestido en su propia cama, generalmente uno más anciano entre dos jóvenes, y el dormitorio tenía que estar iluminado durante toda la noche hasta el amanecer; además, un grupo reducido velaba por turnos.
Pero por muy completa que fuese la labor de espionaje, los monasterios siempre fueron centros de relación homosexual, relación que los monjes fueron los primeros en difundir.
En la Antigüedad sucedía más abiertamente y comunidades enteras fueron destruidas por la pederastía. Hoy en día se guarda cierta discreción. Aunque como contó un anónimo en los años de 1950: "La inclinación homoerótica se reforzó en mí en el mundo puramente masculino de la escuela del convento (...) Inicie a algunos chavales en la sexualidad, individualmente o en pequeños grupos mediante determinados actos sexuales. Pero tenía miedo a ser descubierto así que, con una sola excepción, no solía repetir."
Los monjes fornicaban incluso con seres que en el cristianismo no están precisamente bien vistos. Así, cuando a comienzos del siglo IX, y a causa de los continuos escándalos, se suprimieron los monasterios mixtos en Europa oriental, el abad Platón, con admirable coherencia, expulsó también del área de su monasterio a todos los animales hembras. Hasta San Francisco, el amigo de los animales, se vio obligado en su segunda regla a prohibir a todos los hermanos, "tanto clérigos como lacios, que tuvieran un animal hembra, ellos mismo o en casa de otros o por cualquier otro medio."
Es cierto que contra eso se tomaron todas las precauciones imaginables. Ya en el monacato más antiguo ningún monje podía hablar con otro en la oscuridad, ni agarrarle de la mano, lavarlo, enjabonarlo o tonsurarlo; incluso debían guardar una pequeña distancia entre ellos, tanto si estaban parados como si iban caminando. Tampoco debían cabalgar dos juntos a lomos de un asno sin montura. Se prefería que los monjes no durmieran en celdas individuales. En el pabellón, cada cual tenía que permanecer vestido en su propia cama, generalmente uno más anciano entre dos jóvenes, y el dormitorio tenía que estar iluminado durante toda la noche hasta el amanecer; además, un grupo reducido velaba por turnos.
Pero por muy completa que fuese la labor de espionaje, los monasterios siempre fueron centros de relación homosexual, relación que los monjes fueron los primeros en difundir.
En la Antigüedad sucedía más abiertamente y comunidades enteras fueron destruidas por la pederastía. Hoy en día se guarda cierta discreción. Aunque como contó un anónimo en los años de 1950: "La inclinación homoerótica se reforzó en mí en el mundo puramente masculino de la escuela del convento (...) Inicie a algunos chavales en la sexualidad, individualmente o en pequeños grupos mediante determinados actos sexuales. Pero tenía miedo a ser descubierto así que, con una sola excepción, no solía repetir."
Los monjes fornicaban incluso con seres que en el cristianismo no están precisamente bien vistos. Así, cuando a comienzos del siglo IX, y a causa de los continuos escándalos, se suprimieron los monasterios mixtos en Europa oriental, el abad Platón, con admirable coherencia, expulsó también del área de su monasterio a todos los animales hembras. Hasta San Francisco, el amigo de los animales, se vio obligado en su segunda regla a prohibir a todos los hermanos, "tanto clérigos como lacios, que tuvieran un animal hembra, ellos mismo o en casa de otros o por cualquier otro medio."
jueves, 7 de julio de 2011
El pellejito de Jesús
Si un Papa iba a la peregrinación del prepucio de Abraham nada menos que en 1728, no debe extrañar que el prepucio de Jesús haya conmovido a los devotos cristianos tan profundamente.
Una larga nómina de Padres de la Iglesia estuvieron atormentados por el destino de este prepucio, que Dios debió perder al octavo día de su vida terrenal.
¿Se había podrido? ¿Se había vuelto demasiado pequeños o había crecido milagrosamente?¿Se fabricó el Señor uno nuevo?¿Lo tenía en la Última Cena, cuando convirtió el pan en su cuerpo?¿Tiene prepucio, ahora en el Cielo, y es adecuado a su grandeza?¿Cual es la relación entre su divinidad y el prepucio?¿También se extiende la divinidad al prepucio?¿Y la reliquia? ¿Puede ser auténtica?. Y finalmente, ¿porqué hay tantos prepucios de Jesús?. El ex dominico A. V. Müller escribió en 1907 "El sagrado prepucio de Cristo", anotando, al menos, trece lugares que se vanaglorian de poseer el "auténtico" prepucio divino: el Lateranense y los de Charroux (Poitiers), Amberes, París, Brujas, Bolonia, Besançon, Nancy, Metz, Le Puy, Conques, Hildesheim, Cálcala y "algunos otros".
El precioso bien llegó a Roma de la mano de Carlomagno (hacia el año 805), a quien se lo había facilitado un ángel.
Con el tiempo, se desarrolló un culto prepucial en toda regla. En 1427 se fundó una Hermandad del Santo Prepucio. Muchas personas, y en especial las embarazadas, peregrinaban para visitar el pellejo conservado en Charroux, al que se atribuyó un efecto benéfico sobre la marcha del embarazo en la época de Voltaire y en la de Goethe. La pieza conservada en Amberes tenía sus propios capellanes. Cada semana se celebraba allí una misa mayor en honor del santo prepucio, y una vez al año lo llevaban "en triunfo" por las calles.
Aunque era pequeño y casi invisible, los favores que concedía debían ser grandes.
Una monja muerta en Viena en 1715, Agnes Blannbekin, tuvo una relación "muy especial" con el prepucio divino.
Nos lo contó el benedictinio austriaco Pez en 1731:
Casi desde la adolescencia la Blannbekin había echado de menos esa parte que Jesús había perdido: el ilocalizable pellejo del pene del Señor. Más concretamente, "siempre que llegaba la fiesta de la Circuncisión solía llorar el derramamiento de sangre que Cristo se había dignado padecer desde el mismo comienzo de su infancia, lo que hacía con íntima y muy sincera compasión."
Y precisamente en una de estas fiestas ocurrió que, justo después de la comunión, Agnes sintió el prepucio en su lengua. "Mientras estaba llorando y compadeciéndome de Cristo comencé a pensar en dónde estaría el Prepucio. ¡Y ahí estaba! De repente, sentí un pellejito, como la cáscara de un huevo, de una dulzura completamente superlativa, y me lo tragué. Apenas lo había hecho, de nuevo sentí en la lengua el dulce pellejo, y una vez más me lo tragué." ... Y esto lo pudo hacer unas cien veces....
Y le fue revelado que Prepucio había resucitado con el Señor el día de la Resurreción.
Tan grande fue el dulzor cuando Agnes se tragó el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros.
Una larga nómina de Padres de la Iglesia estuvieron atormentados por el destino de este prepucio, que Dios debió perder al octavo día de su vida terrenal.
¿Se había podrido? ¿Se había vuelto demasiado pequeños o había crecido milagrosamente?¿Se fabricó el Señor uno nuevo?¿Lo tenía en la Última Cena, cuando convirtió el pan en su cuerpo?¿Tiene prepucio, ahora en el Cielo, y es adecuado a su grandeza?¿Cual es la relación entre su divinidad y el prepucio?¿También se extiende la divinidad al prepucio?¿Y la reliquia? ¿Puede ser auténtica?. Y finalmente, ¿porqué hay tantos prepucios de Jesús?. El ex dominico A. V. Müller escribió en 1907 "El sagrado prepucio de Cristo", anotando, al menos, trece lugares que se vanaglorian de poseer el "auténtico" prepucio divino: el Lateranense y los de Charroux (Poitiers), Amberes, París, Brujas, Bolonia, Besançon, Nancy, Metz, Le Puy, Conques, Hildesheim, Cálcala y "algunos otros".
El precioso bien llegó a Roma de la mano de Carlomagno (hacia el año 805), a quien se lo había facilitado un ángel.
Con el tiempo, se desarrolló un culto prepucial en toda regla. En 1427 se fundó una Hermandad del Santo Prepucio. Muchas personas, y en especial las embarazadas, peregrinaban para visitar el pellejo conservado en Charroux, al que se atribuyó un efecto benéfico sobre la marcha del embarazo en la época de Voltaire y en la de Goethe. La pieza conservada en Amberes tenía sus propios capellanes. Cada semana se celebraba allí una misa mayor en honor del santo prepucio, y una vez al año lo llevaban "en triunfo" por las calles.
Aunque era pequeño y casi invisible, los favores que concedía debían ser grandes.
Una monja muerta en Viena en 1715, Agnes Blannbekin, tuvo una relación "muy especial" con el prepucio divino.
Nos lo contó el benedictinio austriaco Pez en 1731:
Casi desde la adolescencia la Blannbekin había echado de menos esa parte que Jesús había perdido: el ilocalizable pellejo del pene del Señor. Más concretamente, "siempre que llegaba la fiesta de la Circuncisión solía llorar el derramamiento de sangre que Cristo se había dignado padecer desde el mismo comienzo de su infancia, lo que hacía con íntima y muy sincera compasión."
Y precisamente en una de estas fiestas ocurrió que, justo después de la comunión, Agnes sintió el prepucio en su lengua. "Mientras estaba llorando y compadeciéndome de Cristo comencé a pensar en dónde estaría el Prepucio. ¡Y ahí estaba! De repente, sentí un pellejito, como la cáscara de un huevo, de una dulzura completamente superlativa, y me lo tragué. Apenas lo había hecho, de nuevo sentí en la lengua el dulce pellejo, y una vez más me lo tragué." ... Y esto lo pudo hacer unas cien veces....
Y le fue revelado que Prepucio había resucitado con el Señor el día de la Resurreción.
Tan grande fue el dulzor cuando Agnes se tragó el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros.
miércoles, 6 de julio de 2011
Castrati
En Occidente la emasculación solamente fue cultivada por razones artísticas, para evitar el cambio de voz de los cantantes de las capillas de los príncipes y papas: se trató, sobre todo, de una costumbre italiana, todavía muy en boga en el s. XVIII. Fue la tierra de los papas la que abasteció de cantantes eunucos a toda Europa, apareciendo como enclave de esta industria del bel canto la villa de Nórica, en el estado papal.
Los castrados siguieron entonando sus cánticos en la Capilla Sixtina - erigida por el papa Sixto IV, un chulo excepcional, constructor también de un burdel famosísimo - durante siglos, hasta ¡1920! aproximadamente. No menos de treinta y dos Santos Padres (comenzando por Pio V, un antiguo monje e inquisidor, que, a su vez, ordenó la pena de muerte para el incesto, el proxenetismo, el aborto y el adulterio) tuvieron la misma falta de escrúpulos a la hora de hacer mutilar a los jóvenes. Expresión también de la aversión a la mujer, pues por este medio se evitaba su presencia en los coros.
Los castrados siguieron entonando sus cánticos en la Capilla Sixtina - erigida por el papa Sixto IV, un chulo excepcional, constructor también de un burdel famosísimo - durante siglos, hasta ¡1920! aproximadamente. No menos de treinta y dos Santos Padres (comenzando por Pio V, un antiguo monje e inquisidor, que, a su vez, ordenó la pena de muerte para el incesto, el proxenetismo, el aborto y el adulterio) tuvieron la misma falta de escrúpulos a la hora de hacer mutilar a los jóvenes. Expresión también de la aversión a la mujer, pues por este medio se evitaba su presencia en los coros.
martes, 21 de junio de 2011
Una pequeña semblanza de un pirata jerezano
Fernando de Padilla Dávila, hijo del conocido como “elemento perturbador de la paz” Lorenzo de Padilla y de María de Vera. Pero esa es otra historia.
Todo comenzó, para el joven Fernando, cuando tuvo unas palabras, estando en el Puerto de Santa María, con un caballero de los que acompañaban al Duque de Medinaceli. Pero debido al momento y al lugar tuvo que contenerse, viéndose obligado a volverse a Xerez sin más.
Estando en ésta se enteró que el mismo Duque se hallaba en dirección a Castilla, acompañándole en el séquito Fabián de Salazar, quien era el caballero con que tuvo la reyerta. Dispuesto a cumplir su venganza y acompañado tan solo de su escudero Valderrama, decidió ir a su alcance y una vez hallado, precisamente cuando este marchaba junto al Duque a la altura de la localidad de Espera, la “emprendió con él a mandobles y le dio muerte en el acto” a pesar de la fuerte resistencia de la víctima y de sus acompañantes. De quienes aún causándole multitud de heridas, pudo escapar.
Debido a este lance, ocurrido en 1499, vióse obligado a exiliarse junto a su hermano bastardo Sancho de Padilla, con quién recorrería varios países y “por donde quiera fueron dejando memoria de sus aventuras”
Una de las más sonadas tuvo lugar en Génova: entraron un día en una nao que estaba a punto de salir del puerto. Metiéronse dentro él y su hermano Sancho mandando “levar anclas y hacer vela. ¿Quién lo manda?. Dijeron con admiración los marineros: Fernando de Padilla, respondió nuestro jerezano y tal era su decisión que no hubo quien le hiciera observación de ningún género”.
Ya en la mar les habló convenciéndolos para ir a “corso”, ofreciéndoles todo el lucro de sus rapiñas, con lo cual la tripulación se entregó por completo a los deseos del nuevo capitán. Con su nave se dedicó a la piratería, pues aunque se diga que iba en corso, éste no tenía ninguna patente y mucho menos después de haber huido de la justicia. Así anduvieron muchos años con otras naves que fueron capturando por el Mediterráneo a enemigos del reino, sobre todo en aguas del Estrecho y Berbería, llegando a adquirir mucha fama con sus acciones.
Con la muerte de la esposa de Salazar y acabada quien mantenía el juicio por la muerte de su esposo recibiría, como la mayoría de los casos de este tipo, el perdón real. Alistándose en el ejército y participando en muchas acciones brillantes, incluida la conquista de Túnez como capitán de caballos, donde fue uno de los primeros en entrar, rescatando con inusitado valor gran cantidad de cautivos, por lo que sería recompensado por Su Cesárea Majestad Carlos I con un hábito de Santiago y una veinticuatría jerezana.
Todo comenzó, para el joven Fernando, cuando tuvo unas palabras, estando en el Puerto de Santa María, con un caballero de los que acompañaban al Duque de Medinaceli. Pero debido al momento y al lugar tuvo que contenerse, viéndose obligado a volverse a Xerez sin más.
Estando en ésta se enteró que el mismo Duque se hallaba en dirección a Castilla, acompañándole en el séquito Fabián de Salazar, quien era el caballero con que tuvo la reyerta. Dispuesto a cumplir su venganza y acompañado tan solo de su escudero Valderrama, decidió ir a su alcance y una vez hallado, precisamente cuando este marchaba junto al Duque a la altura de la localidad de Espera, la “emprendió con él a mandobles y le dio muerte en el acto” a pesar de la fuerte resistencia de la víctima y de sus acompañantes. De quienes aún causándole multitud de heridas, pudo escapar.
Debido a este lance, ocurrido en 1499, vióse obligado a exiliarse junto a su hermano bastardo Sancho de Padilla, con quién recorrería varios países y “por donde quiera fueron dejando memoria de sus aventuras”
Una de las más sonadas tuvo lugar en Génova: entraron un día en una nao que estaba a punto de salir del puerto. Metiéronse dentro él y su hermano Sancho mandando “levar anclas y hacer vela. ¿Quién lo manda?. Dijeron con admiración los marineros: Fernando de Padilla, respondió nuestro jerezano y tal era su decisión que no hubo quien le hiciera observación de ningún género”.
Ya en la mar les habló convenciéndolos para ir a “corso”, ofreciéndoles todo el lucro de sus rapiñas, con lo cual la tripulación se entregó por completo a los deseos del nuevo capitán. Con su nave se dedicó a la piratería, pues aunque se diga que iba en corso, éste no tenía ninguna patente y mucho menos después de haber huido de la justicia. Así anduvieron muchos años con otras naves que fueron capturando por el Mediterráneo a enemigos del reino, sobre todo en aguas del Estrecho y Berbería, llegando a adquirir mucha fama con sus acciones.
Con la muerte de la esposa de Salazar y acabada quien mantenía el juicio por la muerte de su esposo recibiría, como la mayoría de los casos de este tipo, el perdón real. Alistándose en el ejército y participando en muchas acciones brillantes, incluida la conquista de Túnez como capitán de caballos, donde fue uno de los primeros en entrar, rescatando con inusitado valor gran cantidad de cautivos, por lo que sería recompensado por Su Cesárea Majestad Carlos I con un hábito de Santiago y una veinticuatría jerezana.
lunes, 20 de junio de 2011
Andrea Doria. Un almirante de Castilla
Nacido en noviembre del 1466, ingresará como hombre de armas en la guardia pontificia en 1484. Al ser proclamado Papa Alejandro VI (el Papa Borgia) decide irse a Urbino al servicio del Duque. Al poco tiempo peregrina a Tierra Santa, donde entra en la Orden de San Juan de Jerusalén.
A su regreso a Italia, entra al servicio de Juan de la Rovere, para proteger las plazas napolitanas, conquistadas por los franceses, ante los ataques del Gran Capitán. Defiende la plaza de Rocaguillermina. La plaza cae, pero Fernández de Córdoba trata de atraer a Doria al servicio de España, infructuosamente.
En 1512, con 46 años, es nombrado Almirante de la flota Genovesa, y tiene sus primeros enfrentamientos con los franceses, y con los turcos por otro lado. En 1521 está claramente del lado francés en contra del Emperador Carlos. Incluso organiza un plan para liberar al Rey Francisco I, prisionero en Madrid, pero éste lo disuade pues había dado su palabra de no tratar de escapar.
Una vez liberado, Francisco I lo nombra Capitán General de la flota francesa del Mediterráneo.
En el verano de 1528 las relaciones entre Andrea Doria y la corte francesa estaban ya algo deterioradas y el contrato firmado entre ambos llega a su término, además de debérsele mucho dinero. Aún así, el rey francés, Francisco I, le exige la entrega de varios prisioneros españoles, entre ellos el Marqués del Vasto. Por temer una posible captura por parte de los franceses se refugió en el castillo de Lerici (la Spezia) posesión más oriental de la República de Génova, llevando consigo algunos cautivos aliados de España de los que era buen amigo.
Según un manuscrito del Seiscientos, Juan Bautista Petrioccioli, fiel amigo de Doria, le ofreció un banquete a él y a los presos más importantes. Probablemente en esta ocasión, con la intervención del propio Marqués del Vasto, Andrea Doria decidió entablar negociaciones para ofrecer sus servicios a Carlos V a cambio de una más amplia autonomía política y comercial para Génova.
Esta alianza, formalizada unas semanas después, originó una larga amistad entre España y Génova, que se mantuvo hasta fines del siglo XVIII
Su primera acción al servicio de España fue ayudar a levantar el sitio de Nápoles, asediada por los franceses. Después libera Génova, ocupada anteriormente por los franceses. Acepta ser nombrado “Padre de la Patria”, el emperador Carlos lo nombra Almirante Mayor y Gran Canciller del Reino. Le concederá el Tosión de Oro en 1530.
En 1535 acompaña al mismísimo emperador en la Jornada de Túnez contra Barbarroja. Después de diversos enfrentamientos entre ambos, reconquista Castelnuovo.
Cuando en 1543, Barbarroja apoyado por los franceses conquista y saquea Niza, Doria acude desde España, desembarca a las tropas de infantería española del marqués del Vasto que recuperan Niza y hacen huir a la flota franco-turca.
En 1547 sufre un atentando que casi le cuesta la vida. Ante las intrigas políticas genovesas, acepta en Génova una fortaleza guarnecida por tropas españolas. La conjura había sido liderada por los Fieschi, familia noble opuesta a los Doria.
En 1548, con 80 años, pasa con sus naves a la Bahía de Rosas, donde embarca el Príncipe don Felipe, que le acompaña a Italia y se aloja en Génova en el palacio del anciano Almirante.
En 1552 lleva de España a Italia 6.000 hombres y un millón de ducados, necesarios para la guerra en Italia. Acude a socorrer a Nápoles y Sicilia, atacados por los turcos. Con 40 galeras se enfrenta a 120 galeras otomanas, siendo obligado a retirarse después de perder 7 barcos, pero consiguiendo desembarcar tropas de refuerzo. Tenía 84 años.
Muere el 25 de noviembre de 1560, a punto de cumplir los 94 años.
A su regreso a Italia, entra al servicio de Juan de la Rovere, para proteger las plazas napolitanas, conquistadas por los franceses, ante los ataques del Gran Capitán. Defiende la plaza de Rocaguillermina. La plaza cae, pero Fernández de Córdoba trata de atraer a Doria al servicio de España, infructuosamente.
En 1512, con 46 años, es nombrado Almirante de la flota Genovesa, y tiene sus primeros enfrentamientos con los franceses, y con los turcos por otro lado. En 1521 está claramente del lado francés en contra del Emperador Carlos. Incluso organiza un plan para liberar al Rey Francisco I, prisionero en Madrid, pero éste lo disuade pues había dado su palabra de no tratar de escapar.
Una vez liberado, Francisco I lo nombra Capitán General de la flota francesa del Mediterráneo.
En el verano de 1528 las relaciones entre Andrea Doria y la corte francesa estaban ya algo deterioradas y el contrato firmado entre ambos llega a su término, además de debérsele mucho dinero. Aún así, el rey francés, Francisco I, le exige la entrega de varios prisioneros españoles, entre ellos el Marqués del Vasto. Por temer una posible captura por parte de los franceses se refugió en el castillo de Lerici (la Spezia) posesión más oriental de la República de Génova, llevando consigo algunos cautivos aliados de España de los que era buen amigo.
Según un manuscrito del Seiscientos, Juan Bautista Petrioccioli, fiel amigo de Doria, le ofreció un banquete a él y a los presos más importantes. Probablemente en esta ocasión, con la intervención del propio Marqués del Vasto, Andrea Doria decidió entablar negociaciones para ofrecer sus servicios a Carlos V a cambio de una más amplia autonomía política y comercial para Génova.
Esta alianza, formalizada unas semanas después, originó una larga amistad entre España y Génova, que se mantuvo hasta fines del siglo XVIII
Su primera acción al servicio de España fue ayudar a levantar el sitio de Nápoles, asediada por los franceses. Después libera Génova, ocupada anteriormente por los franceses. Acepta ser nombrado “Padre de la Patria”, el emperador Carlos lo nombra Almirante Mayor y Gran Canciller del Reino. Le concederá el Tosión de Oro en 1530.
En 1535 acompaña al mismísimo emperador en la Jornada de Túnez contra Barbarroja. Después de diversos enfrentamientos entre ambos, reconquista Castelnuovo.
Cuando en 1543, Barbarroja apoyado por los franceses conquista y saquea Niza, Doria acude desde España, desembarca a las tropas de infantería española del marqués del Vasto que recuperan Niza y hacen huir a la flota franco-turca.
En 1547 sufre un atentando que casi le cuesta la vida. Ante las intrigas políticas genovesas, acepta en Génova una fortaleza guarnecida por tropas españolas. La conjura había sido liderada por los Fieschi, familia noble opuesta a los Doria.
En 1548, con 80 años, pasa con sus naves a la Bahía de Rosas, donde embarca el Príncipe don Felipe, que le acompaña a Italia y se aloja en Génova en el palacio del anciano Almirante.
En 1552 lleva de España a Italia 6.000 hombres y un millón de ducados, necesarios para la guerra en Italia. Acude a socorrer a Nápoles y Sicilia, atacados por los turcos. Con 40 galeras se enfrenta a 120 galeras otomanas, siendo obligado a retirarse después de perder 7 barcos, pero consiguiendo desembarcar tropas de refuerzo. Tenía 84 años.
Muere el 25 de noviembre de 1560, a punto de cumplir los 94 años.
miércoles, 15 de junio de 2011
El paso del Noreste
Acabada la Guerra de Granada los españoles sufrieron la locura americana. Todo se hizo mito y ahora el mito se llama América. ¡América....!. En la documentación de la época se observa cómo el incentivo americano mantuvo en vilo a casi toda la sociedad española. Y ello de tal manera que adivinamos a muchos de esos alucinados, los cuales nos asombran no sólo por su porfía, sino también por lo que supieron o quisieron saber de la geografía. Entre aquellos alucinados, faltos de medios o de artes, destacó Lorenzo Ferrer Maldonado, capitán de Guadix, largo currículo guerrero con su gente de Guadix, tras la guerra morisca de 1568-70 a más de 1.200 metros de altura se echó a los mares. Y a la vuelta dijo haber descubierto el Paso de Anián, que servía para comunicar, por el norte, el Atlántico con el Pacífico.
Lorenzo Ferrer Maldonado debió nacer alrededor de 1550, su familia procedía de Berja, en la Baja Alpujarra costera. El joven Lorenzo nació en Guadix, zona de atracción para repobladores cristianos de las zonas moras. De Lorenzo sabemos que tomó parte en las guerras moriscas de 1568-70, sabemos que su familia era amiga de la de D. Pedro de Mendoza, Adelantado del Río de la Plata y primer fundador de Buenos Aires. Más motivos para atraer al mito de la Conquista.
Sabemos, por diversos pleitos judiciales, que la familia había venido a menos. La madre, Inés Maldonado, había malvendido diversas fincas a la muerte del padre, y los hijos intentaron la anulación de aquellas ventas. Esto obligó a Lorenzo a tomar el oficio de Jurado en el Ayuntamiento de Guadix desde 1584. No todo son sinsabores, después de muchos años pleiteando en la Corte, consigue le sea entregados unos bienes reclamados desde la guerra de 1568-70. Lorenzo aparece casado con una dama de Granada, en septiembre de1587 estaba todavía en Guadix, de donde desaparecerá, no volviendo hasta febrero de 1589. En este periodo se fija su discutido y misterioso viaje.
Dejémoslo, de momento, entre tinieblas, y sigamos con nuestro protagonista. Al volver a Guadix trae dinero pues paga, ¡con largueza!, todas las deudas contraídas por su esposa en materia de ajuar doméstico. Tiene esclavos y establecen casa propia en Guadix. Pero la dicha dura poco. En febrero de 1590 vende sus esclavos, quizá había agotado sus caudales. Además da poder a un procurador para que reclame sus salarios del tiempo que fue capitán de las naves “La Esperanza” y la “Santa Ana” en el viaje de descubrimiento. Se ausenta de Guadix hasta noviembre de 1595, aunque ahora se declara ser vecino de Granada. Gonzalo Fernández de Navarrete nos dice que Lorenzo murió en Madrid el 12 de enero de 1625 sin haber vuelto a Guadix.
Nuestro personaje ha pasado a la historia, quizá con minúsculas, gracias a la relación que dejó escrita de su descubrimiento y paso del Atlántico al Pacífico por el Norte. Hazaña, imaginada o inventada, fabulosa donde las halla que no ha podido ser comprobada y siempre movió a la incredulidad, pero también a la duda. Nos dejó escrita la famosa relación del Paso de Anián, con grandes pinceladas de realismo y con otras tantas de fantasía. Nos cuenta su navegar desde Lisboa (parte de la Corona de Felipe II) al Pacífico, por el NO, a través del famoso Paso, que tenía 15 leguas de largura. “y donde tropezaron con un barco de 800 toneladas, en la misma boca del estrecho, contra el que pelearon, y con el que posteriormente intercambiaron productos semejantes a los de China.... ¡ Y para entenderse con ellos, no tuvieron más remedio, de echar mano del latín!....”
¿Qué sucedió en aquellas naves, “La Esperanza”, del maestro Juan de Llanos, y la “Santa Ana”, del maestre Miguel de Alvear, ambas de Sevilla?.... Nunca lo sabremos con seguridad. Quizá lo sea, gracias o peor, por culpa, de su imaginación, apoyada indudablemente por su gran capacidad de lector, la que le permitió, al margen del viaje, escribir obras tan agudas como el Memorial que presentó al rey, ofreciendo “La aguja fija, y el modo de hallar la longitud en el mar”; por la que se le ofrecieron 3.000 ducados de renta.
¿Después?... En abril del año 1600, por boca de su cuñado, intenta embarcar en una nueva aventura al Marqués de Estepa, a quién deslumbra con sus relatos, con sus documentos escritos en una hermosa y extraña letra antigua, porque Lorenzo tenía una muy bella caligrafía. Al Marqués de Estepa presenta ciertos títulos..... Pero la Justicia granadita interviene y aborta la aventura, a la vez que le procesa por falsedad en los títulos. Los testigos ponen de relieve que el capitán guadijeño es un hombre de gran ingenio, autor de libros curiosos , que sabía muchas lenguas, amén de ser latino y astrólogo. No pudo ser hallado por la Justicia. En 1615 se sabe de él en la Corte, intentando que el Rey sobresea el proceso de Granada. Y, efectivamente, una carta al Presidente de la Audiencia de Granada se lo ordena, aunque su momento de gloria ya ha pasado. Morirá en 1625 en Madrid, pobre y abandonado.
En el siglo XVIII aún había dudas de si Lorenzo había o no había descubierto el Paso de Anián. Así el Virrey de Nueva España volvió a enviar al marino Francisco Eliza con órdenes de asegurar Nutka. En el año 1790, entraba éste en dicho puerto, que puso en orden defensivo, e inmediatamente mandó al teniente de navío Salvador Hidalgo a reconocer la costa hasta los 60º N, donde pudo observar los establecimientos rusos en Alaska. Mientras tanto, en la Academia de Ciencias de Paris, un tal Buache leía una Memoria, en la que afirmaba que ya en el año 1588, Lorenzo Ferrer Maldonado había descubierto el paso del Noroeste.
Como consecuencia de todo esto, Alejandro Malaspina, que estaba efectuando un viaje científico por Sudamérica y el Pacífico, recibió órdenes para comprobar la existencia de ese Paso en 1791. Pero no lo halló. Y los barcos iniciaron el regreso efectuando un detenido examen de la costa, por si el paso estaba camuflado. Pero no lo halló.
Fuentes: Fernández de Navarrete, Martín: Biblioteca Marítima Española
Morales Padrón, Francisco: Historia de América
Asenjo Sedano, Carlos: Revista de Historia Naval nº 22
Lorenzo Ferrer Maldonado debió nacer alrededor de 1550, su familia procedía de Berja, en la Baja Alpujarra costera. El joven Lorenzo nació en Guadix, zona de atracción para repobladores cristianos de las zonas moras. De Lorenzo sabemos que tomó parte en las guerras moriscas de 1568-70, sabemos que su familia era amiga de la de D. Pedro de Mendoza, Adelantado del Río de la Plata y primer fundador de Buenos Aires. Más motivos para atraer al mito de la Conquista.
Sabemos, por diversos pleitos judiciales, que la familia había venido a menos. La madre, Inés Maldonado, había malvendido diversas fincas a la muerte del padre, y los hijos intentaron la anulación de aquellas ventas. Esto obligó a Lorenzo a tomar el oficio de Jurado en el Ayuntamiento de Guadix desde 1584. No todo son sinsabores, después de muchos años pleiteando en la Corte, consigue le sea entregados unos bienes reclamados desde la guerra de 1568-70. Lorenzo aparece casado con una dama de Granada, en septiembre de1587 estaba todavía en Guadix, de donde desaparecerá, no volviendo hasta febrero de 1589. En este periodo se fija su discutido y misterioso viaje.
Dejémoslo, de momento, entre tinieblas, y sigamos con nuestro protagonista. Al volver a Guadix trae dinero pues paga, ¡con largueza!, todas las deudas contraídas por su esposa en materia de ajuar doméstico. Tiene esclavos y establecen casa propia en Guadix. Pero la dicha dura poco. En febrero de 1590 vende sus esclavos, quizá había agotado sus caudales. Además da poder a un procurador para que reclame sus salarios del tiempo que fue capitán de las naves “La Esperanza” y la “Santa Ana” en el viaje de descubrimiento. Se ausenta de Guadix hasta noviembre de 1595, aunque ahora se declara ser vecino de Granada. Gonzalo Fernández de Navarrete nos dice que Lorenzo murió en Madrid el 12 de enero de 1625 sin haber vuelto a Guadix.
Nuestro personaje ha pasado a la historia, quizá con minúsculas, gracias a la relación que dejó escrita de su descubrimiento y paso del Atlántico al Pacífico por el Norte. Hazaña, imaginada o inventada, fabulosa donde las halla que no ha podido ser comprobada y siempre movió a la incredulidad, pero también a la duda. Nos dejó escrita la famosa relación del Paso de Anián, con grandes pinceladas de realismo y con otras tantas de fantasía. Nos cuenta su navegar desde Lisboa (parte de la Corona de Felipe II) al Pacífico, por el NO, a través del famoso Paso, que tenía 15 leguas de largura. “y donde tropezaron con un barco de 800 toneladas, en la misma boca del estrecho, contra el que pelearon, y con el que posteriormente intercambiaron productos semejantes a los de China.... ¡ Y para entenderse con ellos, no tuvieron más remedio, de echar mano del latín!....”
¿Qué sucedió en aquellas naves, “La Esperanza”, del maestro Juan de Llanos, y la “Santa Ana”, del maestre Miguel de Alvear, ambas de Sevilla?.... Nunca lo sabremos con seguridad. Quizá lo sea, gracias o peor, por culpa, de su imaginación, apoyada indudablemente por su gran capacidad de lector, la que le permitió, al margen del viaje, escribir obras tan agudas como el Memorial que presentó al rey, ofreciendo “La aguja fija, y el modo de hallar la longitud en el mar”; por la que se le ofrecieron 3.000 ducados de renta.
¿Después?... En abril del año 1600, por boca de su cuñado, intenta embarcar en una nueva aventura al Marqués de Estepa, a quién deslumbra con sus relatos, con sus documentos escritos en una hermosa y extraña letra antigua, porque Lorenzo tenía una muy bella caligrafía. Al Marqués de Estepa presenta ciertos títulos..... Pero la Justicia granadita interviene y aborta la aventura, a la vez que le procesa por falsedad en los títulos. Los testigos ponen de relieve que el capitán guadijeño es un hombre de gran ingenio, autor de libros curiosos , que sabía muchas lenguas, amén de ser latino y astrólogo. No pudo ser hallado por la Justicia. En 1615 se sabe de él en la Corte, intentando que el Rey sobresea el proceso de Granada. Y, efectivamente, una carta al Presidente de la Audiencia de Granada se lo ordena, aunque su momento de gloria ya ha pasado. Morirá en 1625 en Madrid, pobre y abandonado.
En el siglo XVIII aún había dudas de si Lorenzo había o no había descubierto el Paso de Anián. Así el Virrey de Nueva España volvió a enviar al marino Francisco Eliza con órdenes de asegurar Nutka. En el año 1790, entraba éste en dicho puerto, que puso en orden defensivo, e inmediatamente mandó al teniente de navío Salvador Hidalgo a reconocer la costa hasta los 60º N, donde pudo observar los establecimientos rusos en Alaska. Mientras tanto, en la Academia de Ciencias de Paris, un tal Buache leía una Memoria, en la que afirmaba que ya en el año 1588, Lorenzo Ferrer Maldonado había descubierto el paso del Noroeste.
Como consecuencia de todo esto, Alejandro Malaspina, que estaba efectuando un viaje científico por Sudamérica y el Pacífico, recibió órdenes para comprobar la existencia de ese Paso en 1791. Pero no lo halló. Y los barcos iniciaron el regreso efectuando un detenido examen de la costa, por si el paso estaba camuflado. Pero no lo halló.
Fuentes: Fernández de Navarrete, Martín: Biblioteca Marítima Española
Morales Padrón, Francisco: Historia de América
Asenjo Sedano, Carlos: Revista de Historia Naval nº 22
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