Este fin de semana ha muerto Berlanga, el director de cine y antiguo miembro de la División 250 en el frente del Este. He recordado a otro Berlanga, que también fue muy conocido y respetado. Hoy en día, prácticamente nadie se acuerda de él aunque sí agradecemos lo que le hizo entrar en la Historia de los descubrimientos.
El acceso español al océano Pacífico se realizó por dos puntos. La primera vez Vasco Núñez de Balboa (1513), lo hizo en el istmo centroamericano; carecía de elementos de juicio para hacer una valoración de lo que él llamó “Mar del Sur” por hallarlo en esa dirección. En segundo lugar se efectuó el contacto con el Pacífico por el sur mediante la expedición Magallanes-Elcano que, ésta sí, pudo apreciar la magnitud y, con terror, el vacío oceánico. Se comenzó a buscar islas-escalas, al estilo de Azores, Cabo Verde, Canarias o Madera, a la vez que seguía el avance tierra adentro por el continente sudamericano.
En estos momentos se estaba produciendo la conquista del Perú, mientras se estaba luchando contra los indígenas, las distintas facciones hispanas: los Pizarro por un lado y Almagro por el otro; habían estado en paz. Pero cuando se alzaron victoriosos sobre el peligro común, las desavenencias volvieron a aflorar. La ventaja legal estaba de parte de Pizarro, pero Almagro no se resignaba, mandó un mensaje al Emperador Carlos. Este le concedería el mandato sobre Nueva Toledo, al sur de las actuales posesiones. El problema estribaba en la lentitud de las comunicaciones entre la metrópoli y los nuevos territorios. Cuando llegó la autorización de la Corona: “descubrir y poblar en un ámbito de 200 leguas al sur de Nueva Castilla”; el Cuzco entraba justo en la frontera que desde Madrid habían trazado. El conflicto estaba servido.
Aquí entra en juego nuestro protagonista principal.
La Corona, previsora, había tomado una primera provisión mediadora más entre los contendientes que entre su obra. Había elegido a un prestigioso fraile: fray Tomás de Berlanga, obispo de Castilla del Oro (Panamá). Había llamado la atención del Emperador Carlos con anterioridad por una misiva que envió desde su sede en Castilla del Oro, que constituye un informe detallado del estado del reino con precisos apuntes de interés geográfico e histórico. Partió por mar desde su sede en Panamá hacia el Perú para mediar entre los dos antiguos amigos y al momento actual acérrimos enemigos, así nuestro protagonista entrará en la Historia de los Descubrimientos.
Su embarcación partió el 23 de febrero de 1535, Durante siete días tuvieron muy buena brisa. Después tuvieron seis días de clama chicha. Fueron empujados por la fuertes corrientes y el 10 de marzo vieron una isla. Hoy sabemos que es la contracorriente ecuatorial apoyada por los alisios. Avistaron otra isla cercana y tardaron tres días en pasar de una a otra. Pensando que estaban cerca de la costa del Perú no hicieron aguada y se dieron a la vela. Hoy sabemos que la distancia entre el archipiélago de las Galápagos y el continente es de unos 1.000 kms en línea recta. Estuvieron navegando once días, y se quedaron sin agua. Sin poder arrumbar a su destino, sabemos que la corriente de Humboldt los dirigía en dirección contraria a sus intereses. En este momento tomó la decisión que le consagraría en la Historia de la Navegación. Hizo virar el barco del otro bordo, navegando ocho días y vieron tierra. Acababa de descubrir el mecanismo que en el océano Atlántico los portugueses habían denominado “la volta de Guiné.”
Esto, aún siendo muy importante para la navegación de la época, no sería suficiente para que el fraile Berlanga fuese recordado en nuestros días. Pero fray Tomás era un hombre con un espíritu observador. Nos dejó una descripción muy ajustada de las islas que había encontrado, que en nuestros días aún asombra. De su carta al Emperador Carlos cuando arribó al Perú podemos leer:
“ E salidos a tierra no hallaron sino lobos marinos e tortugas e galápagos tan grandes que llevaban cada uno un hombre encima, e muchas iguanas....Vimos otra isla mayor y de grandes sierras, creyendo que tendría ríos e frutas, fuimos a ella.... Salimos todos los pasajeros en tierra e unos hicieron un pozo, e otros en buscar agua por la isla; del pozo salió el agua más amarga que la del mar; en la tierra no pudieron descubrir agua en dos días. Con las necesidades que la gente tenía echaron mano de una hoja de unos cardos que estaban como zumosas aunque no muy sabrosas comenzaron a comer dellas e esprimirlas para sacar de ellas agua e sacada parecía lavadizas de legía.”
Después de mucho buscar encontraron un poco del líquido elemento, pero no antes de perder dos hombres y diez caballerías por deshidratación. En esta segunda isla también encontraron lobos marinos, iguanas, galápagos, pingüinos, etc., y piedras duras, otras de gran tamaño, lo que hizo exclamar al obispo “parece que algún tiempo llovió piedras. No pienso que haya donde se pueda sembrar una fanega de maíz.”
En su carta el obispo deja traslucir que fue su tripulación quien acordó realizar esa escala técnica en el camino al Cuzco, como si quisiera disculpar su tardanza ante el Emperador.
Podemos afirmar que se trata de un hallazgo fortuito e involuntario, pero también afortunado, por cuanto supuso ganar un archipiélago, apasionante para el hombre del s. XX, y descubrir el mecanismo eólico y de circulación en la hidrosfera para regresar al continente americano.
En strictu sensu el obispo Berlanga no fue un descubridor, ya que se dirigía a otro lugar y todos sus sentidos estaban enfocados al punto de destino no a lo que se encontrase durante el camino. Además, carecía de intención y de interés inmediato por el descubrimiento que surgió ante sí. Ni siquiera puso en práctica la más mínima medida para ejercer o dar la sensación de “toma de posesión” tan común y habitual en el Nuevo Mundo en aquella época. Más aún, no se tomó la molestia ni de poner nombre a las islas o a determinados accidentes geográficos.
Puede apreciarse en Berlanga un embrión de científico y explorador, desde el punto de vista intelectual. Conoció someramente algunos aspectos biológicos, climáticos, ambientales pero no dio el paso de actuar en forma analítica ni minuciosa que hubiera dado a su figura talla universal.
Como Berlanga no tenía una misión de descubrimiento ni de exploración la carta al Emperador Carlos pasó desapercibida a los cosmógrafos de la Casa de Contratación, por lo que no quedó recogida en las descripciones de los descubrimientos. La literatura histórica ha canonizado al famoso Ortelius como primer cartógrafo que incluye el archipiélago en su mapa de 1570, ya resulta enormemente difícil corregir el error.
Como anécdota, y porque aquí no pueden faltar los perros, diremos que el pirata Henry Morgan arribó a estas islas hacia 1675 para reparar su barco. Uno que dejó un amplio informe, muy interesante, sería William Dampier en mayo de 1684.
Durante toda la época colonial el archipiélago se mantuvo deshabitado, no fue hasta la época republicana que Ecuador se decidió por una toma de posesión efectiva, el 12 de febrero de 1831. El archipiélago sería un lugar apenas visitado durante todo el siglo XIX, sin olvidarnos del viaje del Beagle en 1835, donde iba un joven naturista llamado Charles Darwin.
En 1852 el Reino Unido y más tarde, en 1858, los Estados Unidos, intentaron comprar el archipiélago por su interés geoestratégico. Intentos que se repitieron a principios del s. XX, con la apertura del Canal de Panamá podía servir como depósitos de carbón para aprovisionamiento de las escuadras. Recordemos, por lo que nos toca de cerca, que los EEUU entraron en negociaciones con la Corona de España para comprar una pequeña isla deshabitada frente a las costa de Marruecos, llamada Perejil, con ese mismo fin.
En total , un cúmulo de gentes de variada catadura y de diversos intereses que fueron dando nombre a islas y accidentes geográficos, produciendo una duplicidad, cuando no una multiplicidad de topónimos para designar un mismo punto. Hasta que, en la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento, el Congreso de la República del Ecuador aprobó un proyecto del Ministerio de Instrucción Pública, por el que todas las islas cambiaban los nombres que habían ido imponiéndose en la cartografía por una toponimia hispana, así tenemos: San Cristóbal, Santa María, Isabela, Fernandina, San Salvador, Santa Cruz, Santa Fe, Pinta, Pinzón, Marchena, La Rábida, Española, Genoveva, Núñez.
Y el archipiélago de las Galápagos pasó a llamarse Archipiélago de Colón. Aunque este último nombre sólo lo usan los cartógrafos.
martes, 16 de noviembre de 2010
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Momias
Algunos tenemos guardada una carpeta con recortes, textos o imágenes que, en su momento, nos parecieron interesantes. Los que estamos viviendo la transición de la oficina de papel a la oficina de bits también tenemos archivos perdidos por esos discos duros, CD´s e incluso ¡disquetes!.
Limpiando un pequeño archivador de discos de 5 1/4 que usaba como cajón de sastre han aparecido un montón de ficheros de textos con más de 5, y más de 7 años de antigüedad.
Iré mirando lo que contienen y probablemente ya no me interesen tanto como en su momento, pero que le vamos a hacer, nos hacemos viejos.
Este es un texto que no se de donde lo saqué, y sigue siendo interesante.
Las momias egipcias
Los egipcios tenían una compleja concepción de la muerte que se mantuvo invariable desde los inicios de su civilización hasta la época greco-romana. Orientaron sus creencias de ultratumba hacia el triunfo sobre la muerte. Para ello intentaron que el fin de la vida terrena se convirtiera en una etapa de transición a la vida eterna.
La momificación de los cadáveres derivaba de la necesidad de conservar el cuerpo para asegurar la supervivencia del “ka”, el doble divino de cada ser humano. Existe otra división del alma, llamada “ba”, que representa la parte capaz de mantener el contracto entre ese mundo y el más allá. El “ba” que se representa como un pájaro con cabeza humana, permanece junto a la momia en la oscuridad de la noche, pero durante día sala al aire libre. El “ka” debe mantenerse en estado reconocible para que cada noche el “ba” lo identifique.
En el Periodo Predinástico (antes del 3.000 a.C.) las manipulaciones del cadáver eran mínimas, las condiciones del sustrato arenoso y la sequedad del clima favorecieron la conservación natural de estos cuerpos. Durante la III Dinastía (hacia el 2.700 a. C.) se conocen algunos indicios de la práctica de la momificación. Poco a poco, el proceso ganó en complejidad hasta que se alcanzó la perfección.
El proceso de un buen embalsamamiento podía prolongarse más de 150 días, requiriendo un periodo mínimo de setenta días. P. A. Leca fue capaz de establecer la secuencia y orden de las operaciones: ablación del cerebro, extracción de las vísceras y tratamiento de las mismas tras un lavado cuidadoso del cadáver, deshidratación del cuerpo y nuevo lavado, rellenado del cráneo y cavidades torácica y abdominal, unción y masaje, colocación de una placa metálica en la incisión del costado, aplicación de resinas calientes y finalmente, el vendaje, que podía requerir hasta quince días.
La operación de mayor importancia es la desecación del cuerpo, que se hacía con natrón en seco (sodio carbonatado que se encontraba como una sal natural en el desierto egipcio). Habitualmente las vísceras, después de limpias y embalsamadas, se depositaban en cuatro vasos llamados canopos, ya que era precisa su conservación para garantizar su “funcionamiento” en la otra vida. Las cavidades se rellenaban con natrón. Una vez desecado el cadáver se realizaba una segunda limpieza y podía rellenarse el cuerpo con paja, resina, etc, para que se mantuviera rígido. Los ojos, inutilizados por el patrón, se sustituían por bolas de tejido a las que se les pintaba la pupila y el iris, o bien por pequeñas piedras o cantos redondeados. Antes de empezar el vendaje se cerraban los orificios y se colocaban los brazos; normalmente los de los hombres estirados y cruzados a la altura del pubis y los de las mujeres estirados y pegados al cuerpo. Durante la XVIII dinastía (hacia el 1550 a. C.) se hizo frecuente cruzar los brazos a la altura del pecho, postura ésta que ha trascendido como la propia de las momias egipcias.
El vendaje final se realizaba siempre con lino. Primero se envolvía el cuerpo en un gran paño a modo de sudario; después se realizaba un cuidadoso vendaje disponiendo multitud de pequeñas joyas y amuletos bajo las tiras de lino. A medida que se iba cubriendo el cuerpo de vendas se derramaba resina para consolidar la cubierta. El remate final consistía en la realización de una máscara para perpetuar las facciones: de oro en quienes podían permitírselo o pintada sobre madera, generando una tradición retomada en época romana por los retratos de El Fayum.
Finalmente el cuerpo se introducía en el sarcófago y estaba dispuesto para ser depositado en la tumba.
Limpiando un pequeño archivador de discos de 5 1/4 que usaba como cajón de sastre han aparecido un montón de ficheros de textos con más de 5, y más de 7 años de antigüedad.
Iré mirando lo que contienen y probablemente ya no me interesen tanto como en su momento, pero que le vamos a hacer, nos hacemos viejos.
Este es un texto que no se de donde lo saqué, y sigue siendo interesante.
Las momias egipcias
Los egipcios tenían una compleja concepción de la muerte que se mantuvo invariable desde los inicios de su civilización hasta la época greco-romana. Orientaron sus creencias de ultratumba hacia el triunfo sobre la muerte. Para ello intentaron que el fin de la vida terrena se convirtiera en una etapa de transición a la vida eterna.
La momificación de los cadáveres derivaba de la necesidad de conservar el cuerpo para asegurar la supervivencia del “ka”, el doble divino de cada ser humano. Existe otra división del alma, llamada “ba”, que representa la parte capaz de mantener el contracto entre ese mundo y el más allá. El “ba” que se representa como un pájaro con cabeza humana, permanece junto a la momia en la oscuridad de la noche, pero durante día sala al aire libre. El “ka” debe mantenerse en estado reconocible para que cada noche el “ba” lo identifique.
En el Periodo Predinástico (antes del 3.000 a.C.) las manipulaciones del cadáver eran mínimas, las condiciones del sustrato arenoso y la sequedad del clima favorecieron la conservación natural de estos cuerpos. Durante la III Dinastía (hacia el 2.700 a. C.) se conocen algunos indicios de la práctica de la momificación. Poco a poco, el proceso ganó en complejidad hasta que se alcanzó la perfección.
El proceso de un buen embalsamamiento podía prolongarse más de 150 días, requiriendo un periodo mínimo de setenta días. P. A. Leca fue capaz de establecer la secuencia y orden de las operaciones: ablación del cerebro, extracción de las vísceras y tratamiento de las mismas tras un lavado cuidadoso del cadáver, deshidratación del cuerpo y nuevo lavado, rellenado del cráneo y cavidades torácica y abdominal, unción y masaje, colocación de una placa metálica en la incisión del costado, aplicación de resinas calientes y finalmente, el vendaje, que podía requerir hasta quince días.
La operación de mayor importancia es la desecación del cuerpo, que se hacía con natrón en seco (sodio carbonatado que se encontraba como una sal natural en el desierto egipcio). Habitualmente las vísceras, después de limpias y embalsamadas, se depositaban en cuatro vasos llamados canopos, ya que era precisa su conservación para garantizar su “funcionamiento” en la otra vida. Las cavidades se rellenaban con natrón. Una vez desecado el cadáver se realizaba una segunda limpieza y podía rellenarse el cuerpo con paja, resina, etc, para que se mantuviera rígido. Los ojos, inutilizados por el patrón, se sustituían por bolas de tejido a las que se les pintaba la pupila y el iris, o bien por pequeñas piedras o cantos redondeados. Antes de empezar el vendaje se cerraban los orificios y se colocaban los brazos; normalmente los de los hombres estirados y cruzados a la altura del pubis y los de las mujeres estirados y pegados al cuerpo. Durante la XVIII dinastía (hacia el 1550 a. C.) se hizo frecuente cruzar los brazos a la altura del pecho, postura ésta que ha trascendido como la propia de las momias egipcias.
El vendaje final se realizaba siempre con lino. Primero se envolvía el cuerpo en un gran paño a modo de sudario; después se realizaba un cuidadoso vendaje disponiendo multitud de pequeñas joyas y amuletos bajo las tiras de lino. A medida que se iba cubriendo el cuerpo de vendas se derramaba resina para consolidar la cubierta. El remate final consistía en la realización de una máscara para perpetuar las facciones: de oro en quienes podían permitírselo o pintada sobre madera, generando una tradición retomada en época romana por los retratos de El Fayum.
Finalmente el cuerpo se introducía en el sarcófago y estaba dispuesto para ser depositado en la tumba.
lunes, 8 de noviembre de 2010
El robo de Gibraltar
El día 1 de agosto de 1704 se presentó ante la plaza fuerte de Gibraltar una flota aliada británica y austriaca con 61 buques de guerra, armados con 4.102 cañones y 25.585 hombres. ¡Muchos elementos de ataque para una plaza, fuerte por sus condiciones geográficas, pero que estaba defendida tan sólo por 100 hombres, con un centenar de cañones, de los cuales muchos estaban en mal estado y los otros tampoco podían servir de mucho por falta de artilleros y municiones!. Recordemos que normalmente un cañón tiene una dotación de cinco hombres.
El gobernador de la plaza, general de artillería D. Diego de Salinas, había pedido con urgencia los refuerzos necesarios para luchar contra la formidable escuadra que se aproximaba, pero el Marqués de Villadarias, capitán general de Andalucía, decidió que no había nada que temer.
Ese día 1 de agosto por la tarde, ya habían desembarcado en el istmo más de 3.000 hombres que acamparon en la línea de huertos que unen la Roca con el resto de la Península, cortando toda comunicación por tierra.
El general Salinas y el alcalde de la ciudad habían alistado a los vecinos que quisieran defenderla, con lo que llegaron a reunir a unos 470 hombres, aunque su espíritu de lucha era muy elevado el general Salinas comprendió que la resistencia era en vano.
A la mañana siguiente el Príncipe de Darmstadt envió una carta personal del Archiduque Carlos, firmada como Rey Carlos III de España, dirigida a las autoridades de Gibraltar donde les pedía que le aclamaran como legítimo Rey de España y dieran facilidades de aprovisionamiento al Almirante Rooke de paso hacia otros servicios de la Reina de Inglaterra.
Esta misiva iba acompañada de otra del Príncipe de Darmstadt para el alcalde de la ciudad, enseñando los dientes de acero de las armas si no se avenían a proclamar al Archiduque Carlos como legítimo Rey de España.
Para mala suerte del archiduque, aquellos hombres de Gibraltar habían jurado a Felipe V como heredero de Carlos II y no querían saber otra cosa; además comprendieron que ambas cartas, a pesar de la cortesía habitual en la época, no eran más que una orden de entregarse, y a ellas contestó el Cabildo con esta sencilla carta llena de honor y entereza:
Excmo Sr., habiendo recibido esta ciudad la carta de V. Exc. Su fecha de hoy, dice en respuesta: Tiene jurado por Rey y Señor natural al Señor D. Felipe V; y que como sus fieles y leales vasallos sacrificaran sus vidas en su defensa, así esta ciudad como sus habitantes, mediante lo qual no le queda más que decir sobre lo que contiene la inclusa, que es cuanto se ofrece, y deseo que nuestro Sr guarde a V. Exc los muchos años que pueda. Gibraltar y agosto primero de mil setecientos cuatro.
Al recibir esta emocionante carta, el Príncipe de Darmstadt debió quedar muy enojado y en cierto sentido bastante sorprendido, pues que un puñado de personas de todas las clases sociales ante aquella imponente fuerza no dudaban en afirmar sus convicciones y estaban dispuestos a luchar por ellas, debió dejarle desconcertado. Decidió tomarse algún tiempo para reflexionar, aquella noche debió ser muy amarga para los gibraltareños pues debían creer que los invasores atacarían en cualquier momento. Los vecinos, aunque asustados, sin género de dudas, no decidieron entregarse voluntariamente.
En ese impasse se dieron tres pequeños sucesos, que por parecer de poca monta no son relatados por los historiadores: primero saltó el viento, aunque no muy fuerte, fue lo suficiente para poner en cuidado a la escuadra sobre si aumentaría la fuerza del levante en los próximos días e impediría la operación.
El segundo fue que el general Salinas encontró el modo de hacer llegar las noticias y las cartas recibidas a Villadarias y pedirle refuerzos, si todavía era posible; gracias a lo cual podemos conocer hoy día el contenido de las cartas.
El tercer suceso fue que dos grande barcos de transporte cargados de tropas españolas que formaban parte de los atacantes fueron enviados fuera de la bahía de Algeciras para fondear al este de la Roca, donde la estructura de la costa no permite que los barcos grandes se arrimen a ella para desembarcar gente, tal vez por temor a que estos españoles hiciesen causa común con los sitiados. Esto fue ordenado por el almirante inglés, por lo que podemos suponer que los ingleses ya traían la idea de ocupar Gibraltar para su exclusivo beneficio.
En la mañana del día 3, a primera hora, el Príncipe envió a Gibraltar una misiva conminatoria dando media hora para la rendición incondicional. Los gibraltareños no se dignaron contestar a esta fulminante amenaza. En la tarde de aquel sábado, como todavía había viento y los buques bastante tenían con mantenerse, no hubo más que un ligero cañoneo contra los fuertes de la ciudad.
Al amanecer del domingo 4 de agosto, el viento había amainado, y se ordenó que la escuadra, desplegada en línea frente a la ciudad, abriera fuego contra ella; unos treinta barcos empezaron a cañonearla sin piedad, respondiendo la plaza con 4 cañones, cuyas balas no llegaban a los barcos. Cuando se vio que las fortificaciones del lado del muelle parecían estar destruidas por aquel fuego abrumador, se ordenó el desembarco de las fuerzas, frente a la resistencia de los defensores, la mitad de ellos paisanos y mal armados, que, por fin, ante la avalancha enemiga se retiraron volando antes una mina que habían colocado bajo una de las torres del muelle, con cuya explosión hundieron siete lanchas enemigas repletas de soldados.
El cañoneo había seguido, después de derruir las murallas, martilleando en la ciudad, que quedó practicamente destruida; por lo que, viendo la imposibilidad de defenderse apenas 400 personas contra tal fuerza enemiga, se izó bandera de Capitulación, que fue rápidamente aceptada por el Príncipe de Darmstadt. Hay que reconocer que las cláusulas de capitulación fueron benignas y perfectamente honorables, permitiéndose a los militares portar sus armas cuando se fueran y a los civiles sus efectos personales, incluso caballos o carros.
La única prohibición formal era para los súbditos franceses, los cuales sería considerados prisioneros de guerra. Podrían quedarse los vecinos que lo quisieran hacer, cuyos bienes y personas serían respetados siempre que se declararan leales súbditos del Archiduque.
Apenas una docena de personas se quedaron en la ciudad, el resto se marchó por tierra en un éxodo impresionante, confundidos los heridos con los ancianos, las mujeres y los niños. Algunos llegaron hasta el pequeño pueblo de Algeciras al otro lado de la bahía, pero la mayoría sólo llegó hasta la cercana ermita de San Roque donde acamparon, creando la ciudad que lleva el nombre de este santo peregrino y donde se guardan casi todos los archivos con los documentos de la Ciudad de Gibraltar, esperando la hora de devolverlos a la misma.
El Príncipe de Darmstadt sentía un vivo aprecio por los españoles, y creía que sus aliados eran de fiar. Esa mañana del domingo se llevaría la peor desilusión de su vida.
Los aliados bajaron a tierra para tomar posesión de la plaza, el Príncipe mandó izar en lo alto de la Puerta de Tierra, el lugar de honor de la muralla, el estandarte imperial del Archiduque, mientras que un heraldo clamaba por tres veces: Gibraltar por el Rey de España, Carlos III.
Esta ceremonia era contemplada en perfecta formación por parte de las tropas invasoras, también por el pequeño grupo de paisanos que habían decidido quedarse en la ciudad, así como por los escasos oficiales y soldados españoles supervivientes de la guarnición de la misma, que por la cláusula IV de la Capitulación no podrían salir de Gibraltar hasta tres días más tarde.
En el momento que el viento hacía ondear el estandarte imperial, el almirante inglés Rooke hizo un gesto imperioso al capitán Hicks, Este, junto con seis marineros británicos y un pífano y un tambor, subió hasta lo alto de la Puerta de Tierra arrancando de su lugar el estandarte imperial y permaneciendo con la bandera británica en sus manos; acto seguido subió hasta allí el almirante Rooke, cuando estuvo arriba cogió de manos del capitán la bandera inglesa y la tremoló por tres veces, mientras decía en voz alta y fuerte que tomaba posesión de Gibraltar en nombre de la Reina Ana de Inglaterra, ordenando a Hicks que pusiera una guardia de honor ante la bandera.
¡Que ironía, un inglés hablando de honor!
La situación del Príncipe de Darmstad no pudo ser ni más violenta ni más desairada y hasta ridícula. Comprendía que su actuación en defensa de los intereses de un rey a quién en ese momento ya no le interesaba lo más mínimo lo que estaba pasando en España, pues el emperador austriaco había muerto, y él era el más que probable heredero, ese desgraciado país que por su culpa estaban pasando a sangre y fuego, no era más que una sangrienta burla, y el resultado una injuria para el pueblo que era tratado de aquella manera, con el falso pretexto de venir en su ayuda.
El gobernador de la plaza, general de artillería D. Diego de Salinas, había pedido con urgencia los refuerzos necesarios para luchar contra la formidable escuadra que se aproximaba, pero el Marqués de Villadarias, capitán general de Andalucía, decidió que no había nada que temer.
Ese día 1 de agosto por la tarde, ya habían desembarcado en el istmo más de 3.000 hombres que acamparon en la línea de huertos que unen la Roca con el resto de la Península, cortando toda comunicación por tierra.
El general Salinas y el alcalde de la ciudad habían alistado a los vecinos que quisieran defenderla, con lo que llegaron a reunir a unos 470 hombres, aunque su espíritu de lucha era muy elevado el general Salinas comprendió que la resistencia era en vano.
A la mañana siguiente el Príncipe de Darmstadt envió una carta personal del Archiduque Carlos, firmada como Rey Carlos III de España, dirigida a las autoridades de Gibraltar donde les pedía que le aclamaran como legítimo Rey de España y dieran facilidades de aprovisionamiento al Almirante Rooke de paso hacia otros servicios de la Reina de Inglaterra.
Esta misiva iba acompañada de otra del Príncipe de Darmstadt para el alcalde de la ciudad, enseñando los dientes de acero de las armas si no se avenían a proclamar al Archiduque Carlos como legítimo Rey de España.
Para mala suerte del archiduque, aquellos hombres de Gibraltar habían jurado a Felipe V como heredero de Carlos II y no querían saber otra cosa; además comprendieron que ambas cartas, a pesar de la cortesía habitual en la época, no eran más que una orden de entregarse, y a ellas contestó el Cabildo con esta sencilla carta llena de honor y entereza:
Excmo Sr., habiendo recibido esta ciudad la carta de V. Exc. Su fecha de hoy, dice en respuesta: Tiene jurado por Rey y Señor natural al Señor D. Felipe V; y que como sus fieles y leales vasallos sacrificaran sus vidas en su defensa, así esta ciudad como sus habitantes, mediante lo qual no le queda más que decir sobre lo que contiene la inclusa, que es cuanto se ofrece, y deseo que nuestro Sr guarde a V. Exc los muchos años que pueda. Gibraltar y agosto primero de mil setecientos cuatro.
Al recibir esta emocionante carta, el Príncipe de Darmstadt debió quedar muy enojado y en cierto sentido bastante sorprendido, pues que un puñado de personas de todas las clases sociales ante aquella imponente fuerza no dudaban en afirmar sus convicciones y estaban dispuestos a luchar por ellas, debió dejarle desconcertado. Decidió tomarse algún tiempo para reflexionar, aquella noche debió ser muy amarga para los gibraltareños pues debían creer que los invasores atacarían en cualquier momento. Los vecinos, aunque asustados, sin género de dudas, no decidieron entregarse voluntariamente.
En ese impasse se dieron tres pequeños sucesos, que por parecer de poca monta no son relatados por los historiadores: primero saltó el viento, aunque no muy fuerte, fue lo suficiente para poner en cuidado a la escuadra sobre si aumentaría la fuerza del levante en los próximos días e impediría la operación.
El segundo fue que el general Salinas encontró el modo de hacer llegar las noticias y las cartas recibidas a Villadarias y pedirle refuerzos, si todavía era posible; gracias a lo cual podemos conocer hoy día el contenido de las cartas.
El tercer suceso fue que dos grande barcos de transporte cargados de tropas españolas que formaban parte de los atacantes fueron enviados fuera de la bahía de Algeciras para fondear al este de la Roca, donde la estructura de la costa no permite que los barcos grandes se arrimen a ella para desembarcar gente, tal vez por temor a que estos españoles hiciesen causa común con los sitiados. Esto fue ordenado por el almirante inglés, por lo que podemos suponer que los ingleses ya traían la idea de ocupar Gibraltar para su exclusivo beneficio.
En la mañana del día 3, a primera hora, el Príncipe envió a Gibraltar una misiva conminatoria dando media hora para la rendición incondicional. Los gibraltareños no se dignaron contestar a esta fulminante amenaza. En la tarde de aquel sábado, como todavía había viento y los buques bastante tenían con mantenerse, no hubo más que un ligero cañoneo contra los fuertes de la ciudad.
Al amanecer del domingo 4 de agosto, el viento había amainado, y se ordenó que la escuadra, desplegada en línea frente a la ciudad, abriera fuego contra ella; unos treinta barcos empezaron a cañonearla sin piedad, respondiendo la plaza con 4 cañones, cuyas balas no llegaban a los barcos. Cuando se vio que las fortificaciones del lado del muelle parecían estar destruidas por aquel fuego abrumador, se ordenó el desembarco de las fuerzas, frente a la resistencia de los defensores, la mitad de ellos paisanos y mal armados, que, por fin, ante la avalancha enemiga se retiraron volando antes una mina que habían colocado bajo una de las torres del muelle, con cuya explosión hundieron siete lanchas enemigas repletas de soldados.
El cañoneo había seguido, después de derruir las murallas, martilleando en la ciudad, que quedó practicamente destruida; por lo que, viendo la imposibilidad de defenderse apenas 400 personas contra tal fuerza enemiga, se izó bandera de Capitulación, que fue rápidamente aceptada por el Príncipe de Darmstadt. Hay que reconocer que las cláusulas de capitulación fueron benignas y perfectamente honorables, permitiéndose a los militares portar sus armas cuando se fueran y a los civiles sus efectos personales, incluso caballos o carros.
La única prohibición formal era para los súbditos franceses, los cuales sería considerados prisioneros de guerra. Podrían quedarse los vecinos que lo quisieran hacer, cuyos bienes y personas serían respetados siempre que se declararan leales súbditos del Archiduque.
Apenas una docena de personas se quedaron en la ciudad, el resto se marchó por tierra en un éxodo impresionante, confundidos los heridos con los ancianos, las mujeres y los niños. Algunos llegaron hasta el pequeño pueblo de Algeciras al otro lado de la bahía, pero la mayoría sólo llegó hasta la cercana ermita de San Roque donde acamparon, creando la ciudad que lleva el nombre de este santo peregrino y donde se guardan casi todos los archivos con los documentos de la Ciudad de Gibraltar, esperando la hora de devolverlos a la misma.
El Príncipe de Darmstadt sentía un vivo aprecio por los españoles, y creía que sus aliados eran de fiar. Esa mañana del domingo se llevaría la peor desilusión de su vida.
Los aliados bajaron a tierra para tomar posesión de la plaza, el Príncipe mandó izar en lo alto de la Puerta de Tierra, el lugar de honor de la muralla, el estandarte imperial del Archiduque, mientras que un heraldo clamaba por tres veces: Gibraltar por el Rey de España, Carlos III.
Esta ceremonia era contemplada en perfecta formación por parte de las tropas invasoras, también por el pequeño grupo de paisanos que habían decidido quedarse en la ciudad, así como por los escasos oficiales y soldados españoles supervivientes de la guarnición de la misma, que por la cláusula IV de la Capitulación no podrían salir de Gibraltar hasta tres días más tarde.
En el momento que el viento hacía ondear el estandarte imperial, el almirante inglés Rooke hizo un gesto imperioso al capitán Hicks, Este, junto con seis marineros británicos y un pífano y un tambor, subió hasta lo alto de la Puerta de Tierra arrancando de su lugar el estandarte imperial y permaneciendo con la bandera británica en sus manos; acto seguido subió hasta allí el almirante Rooke, cuando estuvo arriba cogió de manos del capitán la bandera inglesa y la tremoló por tres veces, mientras decía en voz alta y fuerte que tomaba posesión de Gibraltar en nombre de la Reina Ana de Inglaterra, ordenando a Hicks que pusiera una guardia de honor ante la bandera.
¡Que ironía, un inglés hablando de honor!
La situación del Príncipe de Darmstad no pudo ser ni más violenta ni más desairada y hasta ridícula. Comprendía que su actuación en defensa de los intereses de un rey a quién en ese momento ya no le interesaba lo más mínimo lo que estaba pasando en España, pues el emperador austriaco había muerto, y él era el más que probable heredero, ese desgraciado país que por su culpa estaban pasando a sangre y fuego, no era más que una sangrienta burla, y el resultado una injuria para el pueblo que era tratado de aquella manera, con el falso pretexto de venir en su ayuda.
lunes, 25 de octubre de 2010
La Armada española y la guerra de la independencia de las Trece colonias
Es un tema especialmente atractivo la cooperación prestada por España a los sublevados contra Inglaterra en su lucha por la independencia, siendo un aspecto muy importante, y poco conocido, la participación de la Armada española.
El 3 de abril de 1779 el gobierno español hacía llegar al de Gran Bretaña un documento que constituía un verdadero ultimátum. La Corte de Madrid partía del convencimiento de que la Corte de Versalles, vigente el Tercer Pacto de Familia, había de respaldarla si llegaba el caso. Lo cierto sería, sin embargo, que a España tocaría la carga más pesada en el mar y que la ayuda francesa llegaría casi siempre a destiempo.
El 12 de abril se firmó un acuerdo secreto por el que ambas Cortes se ponían de acuerdo para entrar en guerra con la Gran Bretaña si ésta no aceptaba las explicaciones y medios de pacificación propuestos por el Rey Católico. El 4 de mayo el gobierno inglés comunicó que las proposiciones españolas eran inadmisibles ya que entrañaban la independencia de las trece colonias.
La primera maniobra de los aliados contra la Gran Bretaña fue un intento de desembarco en las costas de Falmouth y Cornualles. Había 40.000 soldados franceses en Dunkerque prestos para embarcar y cruzar el Canal. Pero se intentó tarde y un fuerte temporal impidió que los franceses no pudieron embarcar.
La armada española, al dar por finalizada la campaña de ese año, se dirigió a sitiar Gibraltar, aunque sin el éxito apetecido; después, este núcleo de la escuadra ancló en Cádiz el 30 de diciembre de 1779.
El resto de la armada que había recalado en Brest junto a los franceses recibieron la orden de interceptar un convoy que llegaba desde el norte de América. Después de varias semanas en el mar jugando al gato y el ratón, el convoy consiguió arribar a puertos ingleses.
Al año siguiente, partió una flota desde las costas españolas: seis navíos y dos fragatas. Transportaban un tren de artillería de campaña y ocho mil hombres de infantería, además de dos regimientos para Puerto Rico y La Habana. Su misión era hostigar a los ingleses en el Caribe para que no pudieran mandar tropas hacia el norte del nuevo continente. Los ingleses, al mando del almirante Rodney, intentaron interceptar a los españoles antes de que se unieran a los franceses en la Martinica; pero fueron burlados por “el feliz ardid” realizado por el insigne marino D. José Solano. Después de dedicar unos días a la curo de los enfermos y la reorganización de la expedición, se dirigieron a La Habana, donde fondearon; desde allí se envió a Guatemala y Méjico, bajo escolta, los buques a ellos destinados. Todos arribaron sin novedad, por lo que la misión confiada a Solano concluyó con toda felicidad y sin estorbos ingleses.
Estos movimientos de la flota hispana por el Caribe motivó que los ingleses tuvieran que aliviar la presión sobre los coloniales sublevados. Esta contribución fue justamente valorada por Carlos III, quien concedió a Solano los títulos de Marqués del Socorro y Vizconde del Feliz Ardid.
Ya estacionado en La Habana, pudo Solano ponerse a las órdenes del gobernador de Luisiana, D. Bernardo de Gálvez y colaborar con él en la toma de Pensacola, la más espectacular victoria española en colaboración con los rebeldes.
El 16 de octubre de 1780 zarpó la flota desde La Habana, compuesta por once navíos de guerra y 51 embarcaciones con 169 oficiales y 3.822 hombres. Un terrible huracán desperdigó a la flota por todo el Seno mejicano. Las naves volvieron a La Habana para reagruparse. El día 11 de marzo de 1781, un nuevo intento hizo que los buques de Gálvez se encontraran a la entrada de la bahía de Pensacola, después de haber tomado la isla de Santa Rosa. Aquí se produjo uno de esos momentos cumbres de la Historia de España: las defensas artilleras de los ingleses eran imponentes, el responsable de la armada española, el almirante D. José Calvo, creía que sería una locura intentar avanzar pues los barcos españoles no podrían desarrollar todo su potencial de fuego mientras pasaban bajo las defensas exteriores. Entonces el gobernador D. Bernardo de Galvez ordenó a su bergantín personal izar su enseña y embocar hacia la bahía. Fue digno de ver, un pequeño bergantín con todo el trapo arriba y flameando la enseña personal del Gobernador de Luisiana metiéndose en la boca del perro inglés. Los distintos capitanes de los navíos, al ver esa muestra de valor personal, desobedecieron los frenéticos intentos del almirante por retenerlos, levaron anclas y se introdujeron en la bahía bastante por detrás del bergantín del Gobernador. Ninguno de los barcos fue alcanzado en su avance. Se pudo desembarcar a la tropa para asediar Pensacola.
El rey D. Carlos III concedería a D. Bernardo de Gálvez el motto: “Yo Solo” que hasta la actualidad campea en el escudo de los Gálvez.
Gálvez siguió recibiendo refuerzos, pudo contar con 7.000 hombres de tierra. Tras casi un mes de estudiar la situación y de construcción de las oportunas trincheras, un proyectil español acertó el 8 de mayo con el polvorín del fuerte del Sombrero, originando una potente explosión. Gálvez que estaba de gira por las trincheras aprovechó la situación ordenando un ataque por las brechas abiertas. A las tres de la tarde, el general Campbell izó la bandera blanca de rendición
La caída de Pensacola supuso un grave contratiempo para la causa inglesa en Norteamérica y ocasionó una gran satisfacción y alivio a los fatigados ejércitos de Washington.
Cuando terminada la guerra de Independencia se realizó el desfile de la victoria, a la derecha del General George Washington iba el héroe D. Bernardo de Gálvez.
Para saber más:
http://www.uco.es/~l52caarf/frame.html
http://www.asociacionbernardodegalvez.es/index.php
El 3 de abril de 1779 el gobierno español hacía llegar al de Gran Bretaña un documento que constituía un verdadero ultimátum. La Corte de Madrid partía del convencimiento de que la Corte de Versalles, vigente el Tercer Pacto de Familia, había de respaldarla si llegaba el caso. Lo cierto sería, sin embargo, que a España tocaría la carga más pesada en el mar y que la ayuda francesa llegaría casi siempre a destiempo.
El 12 de abril se firmó un acuerdo secreto por el que ambas Cortes se ponían de acuerdo para entrar en guerra con la Gran Bretaña si ésta no aceptaba las explicaciones y medios de pacificación propuestos por el Rey Católico. El 4 de mayo el gobierno inglés comunicó que las proposiciones españolas eran inadmisibles ya que entrañaban la independencia de las trece colonias.
La primera maniobra de los aliados contra la Gran Bretaña fue un intento de desembarco en las costas de Falmouth y Cornualles. Había 40.000 soldados franceses en Dunkerque prestos para embarcar y cruzar el Canal. Pero se intentó tarde y un fuerte temporal impidió que los franceses no pudieron embarcar.
La armada española, al dar por finalizada la campaña de ese año, se dirigió a sitiar Gibraltar, aunque sin el éxito apetecido; después, este núcleo de la escuadra ancló en Cádiz el 30 de diciembre de 1779.
El resto de la armada que había recalado en Brest junto a los franceses recibieron la orden de interceptar un convoy que llegaba desde el norte de América. Después de varias semanas en el mar jugando al gato y el ratón, el convoy consiguió arribar a puertos ingleses.
Al año siguiente, partió una flota desde las costas españolas: seis navíos y dos fragatas. Transportaban un tren de artillería de campaña y ocho mil hombres de infantería, además de dos regimientos para Puerto Rico y La Habana. Su misión era hostigar a los ingleses en el Caribe para que no pudieran mandar tropas hacia el norte del nuevo continente. Los ingleses, al mando del almirante Rodney, intentaron interceptar a los españoles antes de que se unieran a los franceses en la Martinica; pero fueron burlados por “el feliz ardid” realizado por el insigne marino D. José Solano. Después de dedicar unos días a la curo de los enfermos y la reorganización de la expedición, se dirigieron a La Habana, donde fondearon; desde allí se envió a Guatemala y Méjico, bajo escolta, los buques a ellos destinados. Todos arribaron sin novedad, por lo que la misión confiada a Solano concluyó con toda felicidad y sin estorbos ingleses.
Estos movimientos de la flota hispana por el Caribe motivó que los ingleses tuvieran que aliviar la presión sobre los coloniales sublevados. Esta contribución fue justamente valorada por Carlos III, quien concedió a Solano los títulos de Marqués del Socorro y Vizconde del Feliz Ardid.
Ya estacionado en La Habana, pudo Solano ponerse a las órdenes del gobernador de Luisiana, D. Bernardo de Gálvez y colaborar con él en la toma de Pensacola, la más espectacular victoria española en colaboración con los rebeldes.
El 16 de octubre de 1780 zarpó la flota desde La Habana, compuesta por once navíos de guerra y 51 embarcaciones con 169 oficiales y 3.822 hombres. Un terrible huracán desperdigó a la flota por todo el Seno mejicano. Las naves volvieron a La Habana para reagruparse. El día 11 de marzo de 1781, un nuevo intento hizo que los buques de Gálvez se encontraran a la entrada de la bahía de Pensacola, después de haber tomado la isla de Santa Rosa. Aquí se produjo uno de esos momentos cumbres de la Historia de España: las defensas artilleras de los ingleses eran imponentes, el responsable de la armada española, el almirante D. José Calvo, creía que sería una locura intentar avanzar pues los barcos españoles no podrían desarrollar todo su potencial de fuego mientras pasaban bajo las defensas exteriores. Entonces el gobernador D. Bernardo de Galvez ordenó a su bergantín personal izar su enseña y embocar hacia la bahía. Fue digno de ver, un pequeño bergantín con todo el trapo arriba y flameando la enseña personal del Gobernador de Luisiana metiéndose en la boca del perro inglés. Los distintos capitanes de los navíos, al ver esa muestra de valor personal, desobedecieron los frenéticos intentos del almirante por retenerlos, levaron anclas y se introdujeron en la bahía bastante por detrás del bergantín del Gobernador. Ninguno de los barcos fue alcanzado en su avance. Se pudo desembarcar a la tropa para asediar Pensacola.
El rey D. Carlos III concedería a D. Bernardo de Gálvez el motto: “Yo Solo” que hasta la actualidad campea en el escudo de los Gálvez.
Gálvez siguió recibiendo refuerzos, pudo contar con 7.000 hombres de tierra. Tras casi un mes de estudiar la situación y de construcción de las oportunas trincheras, un proyectil español acertó el 8 de mayo con el polvorín del fuerte del Sombrero, originando una potente explosión. Gálvez que estaba de gira por las trincheras aprovechó la situación ordenando un ataque por las brechas abiertas. A las tres de la tarde, el general Campbell izó la bandera blanca de rendición
La caída de Pensacola supuso un grave contratiempo para la causa inglesa en Norteamérica y ocasionó una gran satisfacción y alivio a los fatigados ejércitos de Washington.
Cuando terminada la guerra de Independencia se realizó el desfile de la victoria, a la derecha del General George Washington iba el héroe D. Bernardo de Gálvez.
Para saber más:
http://www.uco.es/~l52caarf/frame.html
http://www.asociacionbernardodegalvez.es/index.php
martes, 19 de octubre de 2010
Toledo, el lado oscuro
Se dice que Toledo, crisol de culturas y centro de la intelectualidad europea durante siglos, tuvo dos escuelas, la de Traductores y la de Nigromancia. Sobre esta segunda los datos son demasiado parcos.
Para los ilustrados, las artes mágicas no eran sino la conjunción de la vanidad de unos pocos con la ignorancia de muchos, no habiéndose probado la existencia de algo que tuviera que ver con esta artes, aunque fuera remotamente, la práctica de la magia era un sambenito con el que España en general, y Toledo en particular, había tenido que cargar.
La leyenda de Toledo como lugar destacado en la transmisión de dichas artes habría sido una consecuencia de la fama alcanzada por la Escuela de Traductores, cuyas enseñanzas estaban mal vistas por buena parte del clero y del pueblo llano. La Escuela de Nigromancia sería el imaginado lado oscuro y esotérico de la actividad científica de la de Traductores, a la que árabes, judíos y cristianos acudían para empaparse de los saberes de la Antigüedad; la interpretación heterodoxa y mágica de las enseñanzas científicas que en ella se impartían.
Las primeras referencias literarias acerca de la difusión de la nigromancia desde la ciudad del Tajo no sólo fueron tardías, sino que coincidieron en buena medida con esta espléndida época en la que, especialmente bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, la ciudad se convirtió en la meta de la intelectualidad europea. Dichas referencias no fueron escritas en la Península sino más allá de los Pirineos, siendo sobre todo religiosos cistercienses los artífices de las mismas, reticentes ante los avances científicos e interesados en desacreditar las enseñanzas que se impartían junto al Tajo.
Por tanto, más que una realidad la magia toledana fue originariamente el fruto de una literatura tendenciosa y difamatoria. Incluso en los “Hechos de los obispos de Halberstad”, obra de comienzos del s. XIII que recoge la primera referencia conocida en este sentido, se mantiene que le papa Gregorio VII aprendió magia cerca de Toledo, algo inverosímil, si tenemos en cuenta que el personaje nunca estuvo en la Península ibérica.
Antes que él, en la obra de Guillermo de Malmesbury “Gesta Regum Anglorum”, del s. XII, se recoge que el sabio francés Gerberto de Aurillac, considerado un esotérico, había aprendido magia en Barcelona y Córdoba, alcanzando el papado bajo el nombre de Silvestre II gracias a un pacto con el diablo.
Sería con obras posteriores como “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, en el que se cita a un supuesto don Ylán, gran maestre en ciencias ocultas cuya mansión se ubicaba bajo las aguas del Tajo, las que magnificaron y difundieron el componente mágico atribuido a Toledo.
Por su proximidad al inframundo, las cuevas, sótanos y subterráneos en general se convirtieron en los lugares más apropiados para los nigromantes. La cueva más famosa en Toledo era la llamada “Cueva de Hércules”, aquella en que el diablo asentó sus reales para enseñar a moros y judíos.
La cueva siguió siendo muy famosa, tanto que en 1546 el cardenal Silíceo promovió su exploración. Varios hombres entraron en ella con antorchas, después de estar todo el día explorándola salieron al exterior, según diversas versiones, con los rostros demacrados o, en el peor de los casos, enfermaron y murieron rápidamente.
Más tarde, el famoso e infamado Marqués de Sade recogería en un cuento “Rodrigo o la torre encantada”, versión libre de una de las principales leyendas sobre la pérdida de España; la historia de la cueva, bajo la iglesia de San Ginés donde había una puerta con mil cerraduras puestas por los distintos reyes de España. El rey Rodrigo hace abrir la puerta, después de recorrer múltiples estancias; e incluso pasar por el infierno, llega ante un lienzo con guerreros árabes pintados junto con una leyenda que dice: “Cuando este paño fuere extendido y aparecieran estas figuras, hombres que andarán así vestidos, conquistarán España y serán de ella señores.”
Para los ilustrados, las artes mágicas no eran sino la conjunción de la vanidad de unos pocos con la ignorancia de muchos, no habiéndose probado la existencia de algo que tuviera que ver con esta artes, aunque fuera remotamente, la práctica de la magia era un sambenito con el que España en general, y Toledo en particular, había tenido que cargar.
La leyenda de Toledo como lugar destacado en la transmisión de dichas artes habría sido una consecuencia de la fama alcanzada por la Escuela de Traductores, cuyas enseñanzas estaban mal vistas por buena parte del clero y del pueblo llano. La Escuela de Nigromancia sería el imaginado lado oscuro y esotérico de la actividad científica de la de Traductores, a la que árabes, judíos y cristianos acudían para empaparse de los saberes de la Antigüedad; la interpretación heterodoxa y mágica de las enseñanzas científicas que en ella se impartían.
Las primeras referencias literarias acerca de la difusión de la nigromancia desde la ciudad del Tajo no sólo fueron tardías, sino que coincidieron en buena medida con esta espléndida época en la que, especialmente bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, la ciudad se convirtió en la meta de la intelectualidad europea. Dichas referencias no fueron escritas en la Península sino más allá de los Pirineos, siendo sobre todo religiosos cistercienses los artífices de las mismas, reticentes ante los avances científicos e interesados en desacreditar las enseñanzas que se impartían junto al Tajo.
Por tanto, más que una realidad la magia toledana fue originariamente el fruto de una literatura tendenciosa y difamatoria. Incluso en los “Hechos de los obispos de Halberstad”, obra de comienzos del s. XIII que recoge la primera referencia conocida en este sentido, se mantiene que le papa Gregorio VII aprendió magia cerca de Toledo, algo inverosímil, si tenemos en cuenta que el personaje nunca estuvo en la Península ibérica.
Antes que él, en la obra de Guillermo de Malmesbury “Gesta Regum Anglorum”, del s. XII, se recoge que el sabio francés Gerberto de Aurillac, considerado un esotérico, había aprendido magia en Barcelona y Córdoba, alcanzando el papado bajo el nombre de Silvestre II gracias a un pacto con el diablo.
Sería con obras posteriores como “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, en el que se cita a un supuesto don Ylán, gran maestre en ciencias ocultas cuya mansión se ubicaba bajo las aguas del Tajo, las que magnificaron y difundieron el componente mágico atribuido a Toledo.
Por su proximidad al inframundo, las cuevas, sótanos y subterráneos en general se convirtieron en los lugares más apropiados para los nigromantes. La cueva más famosa en Toledo era la llamada “Cueva de Hércules”, aquella en que el diablo asentó sus reales para enseñar a moros y judíos.
La cueva siguió siendo muy famosa, tanto que en 1546 el cardenal Silíceo promovió su exploración. Varios hombres entraron en ella con antorchas, después de estar todo el día explorándola salieron al exterior, según diversas versiones, con los rostros demacrados o, en el peor de los casos, enfermaron y murieron rápidamente.
Más tarde, el famoso e infamado Marqués de Sade recogería en un cuento “Rodrigo o la torre encantada”, versión libre de una de las principales leyendas sobre la pérdida de España; la historia de la cueva, bajo la iglesia de San Ginés donde había una puerta con mil cerraduras puestas por los distintos reyes de España. El rey Rodrigo hace abrir la puerta, después de recorrer múltiples estancias; e incluso pasar por el infierno, llega ante un lienzo con guerreros árabes pintados junto con una leyenda que dice: “Cuando este paño fuere extendido y aparecieran estas figuras, hombres que andarán así vestidos, conquistarán España y serán de ella señores.”
lunes, 18 de octubre de 2010
Los primeros turistas en España
En las postrimerías del segundo milenio a.C., los mercaderes asentados en la franja costera del Líbano deciden ampliar sus redes mercantiles y se hacen a la mar hacia occidente a la conquista no ya de países para fundar un imperio, sino de nuevos mercados. De las navegaciones de tirios y sidonios, a los que los griegos conocían con el nombre de phoinikes (fenicios), así como de las que posteriormente llevaron a cabo los griegos, tenemos numerosos testimonios en la literatura griega.
Prescindiendo de las interpretaciones de los poemas homéricos, en los que el mito se confunde con la realidad, tal vez la principal fuente sea Estrabón, quién en el libro III de su Geografía, dedicado a Iberia, se refiere con frecuencia a las fundaciones y comercio de los fenicios en España. Estrabón dedica íntegro el capitulo quinto de este libro a narrar la fundación de Cádiz por los fenicios.
Las hazañas de los fenicios no nos han llegado por relatos de sus gentes; no hay cronistas de la época que narren sus gestas. Su objetivo fue el comercio; no existe otro pueblo en la antigüedad que haya tenido la audacia marinera de los fenicios. Los fenicios abrieron el camino hacia el Mediterráneo occidental con un comercio marítimo activo, no sólo con sus famosos tejidos purpurados, sino que dieron a conocer el vidrio, crearon una poderosa industria metalúrgica, tallaron el marfil y fueron excelentes orfebres. No nos dejaron escritos sus hechos, pero sí nos legaron un alfabeto (al que los griegos añadieron las vocales), con el que los hombres de la actualidad pueden contar su historia.
La expansión fenicia hacia occidente comienza hacia el siglo XII a.C. Destruida la talasocracia minoica y perdida la hegemonía de Mecenas, los fenicios pusieron proa a occidente y, tras atravesar las Columnas de Hércules, fundaron Gañir hacia 1.100 a.C, al tercer intento, los dos anteriores fueron Sexi (Almuñecar) y Onoba (Huelva). En Ibiza se establecieron hacia 654 a.C.. La ocupación de Ibiza es altamente significativa para el control del mar y de las rutas comerciales a los puertos españoles, ya que la posesión de Cádiz, Ibiza, suroeste de Cerdeña y oeste de Sicilia, constituía una infranqueable barrera protectora de las aguas limítrofes de la costa africana.
Los fenicios en general, y los marinos de Tiro y Sidón en particular, eran poco proclives a escribir acerca de sus naves y ocultaban celosamente las rutas por las que navegaban. Sabemos que los fenicios encontraron en España grandes riquezas metalíferas, especialmente oro, plata, cobre y hierro. Diodoro Sículo nos dice: “desconociéndose el uso de la plata entre los nativos, los fenicios llevándola a la Hélade (Grecia), a Asia y a todas las demás naciones, obtuvieron grandes riquezas. A tal avidez de ganancias llegaron los traficantes que, cuando una vez ya cargados los barcos había aún gran exceso de plata, cortaban el plomo en las anclas y tomaban la plata a cambio del uso del plomo”. Se dice que fue tanta la plata llevada desde España, que en los mercados de Oriente la relación oro-plata bajó de ½ a 1/13.
Para los fenicios tuvo tanta importancia el estaño como la plata. Los tirios y sidonios habían tenido conocimiento no sólo de las riquezas estanníferas de España, sino de su obtención a través del comercio con las Casitérides, o islas del Estaño, con las que comerciaban los primitivos españoles, ya que el objetivo de los fenicios era conseguir el monopolio del estaño.
Otro lugar importante en el comercio hispano-fenicio lo ocupó la pesca y las salazones. El atún y las especies afines eran capturados por los pescadores en toda la costa del sur y sureste peninsular, y tenían una gran aceptación entre los fenicios, y mucho más importante fue la exportación de las salazones, especialmente el famosísimo “garum”. Existían industrias de salazón en Cádiz, Bailón (Bolonia, cerca de Tarifa), Carteia, Malaka, Sexi, Abdera y Cartagena. El “garum” se hacía a base de los intestinos, gargantas, fauces y demás restos del atún, la murena o el esturión. Todo junto se dejaba en salmuera y al sol durante dos meses. Luego se usaba como salsa para acompañar las carnes y legumbres.
Siglos más tarde fueron los griegos quienes navegaron hacia España, y nuevamente es Estrabón quien nos da noticia de sus viajes, los rodios fundaron la ciudad de Rosas. De Heródoto nos llegan noticias de los barcos que usaban los focenses: No navegaban en naves redondas (buques mercantes), sino en pentekontoroi (naves de guerra de cincuenta remos).
Los primeros navegantes griegos llegaron a España entre los años 700 y 650 a.C., eran los caldicios de Calceis, en las isla de Eubea, la mayor del Egeo; los rodios, de la isla de Rhodas, y los focenses, de Focea, una ciudad costera de Asia Menor. Venían atraídos por el renombre de las riquezas metalúrgicas de la Península. A mediados del siglo VII a. C. se produce una revolución en el mundo comercial, sujeto hasta entonces al trueque: la aparición de la moneda, inventada por los griegos. Es en este hecho donde podemos encontrar una explicación de la presencia griega en el mundo tartésico, concretamente en Huelva, que por su riqueza minera era un gran núcleo comercial del mundo tartésico. Los últimos trabajos arqueológicos fijan la fecha de la llegada de los primeros griegos a España hacía el 630 a. C.
Prescindiendo de las interpretaciones de los poemas homéricos, en los que el mito se confunde con la realidad, tal vez la principal fuente sea Estrabón, quién en el libro III de su Geografía, dedicado a Iberia, se refiere con frecuencia a las fundaciones y comercio de los fenicios en España. Estrabón dedica íntegro el capitulo quinto de este libro a narrar la fundación de Cádiz por los fenicios.
Las hazañas de los fenicios no nos han llegado por relatos de sus gentes; no hay cronistas de la época que narren sus gestas. Su objetivo fue el comercio; no existe otro pueblo en la antigüedad que haya tenido la audacia marinera de los fenicios. Los fenicios abrieron el camino hacia el Mediterráneo occidental con un comercio marítimo activo, no sólo con sus famosos tejidos purpurados, sino que dieron a conocer el vidrio, crearon una poderosa industria metalúrgica, tallaron el marfil y fueron excelentes orfebres. No nos dejaron escritos sus hechos, pero sí nos legaron un alfabeto (al que los griegos añadieron las vocales), con el que los hombres de la actualidad pueden contar su historia.
La expansión fenicia hacia occidente comienza hacia el siglo XII a.C. Destruida la talasocracia minoica y perdida la hegemonía de Mecenas, los fenicios pusieron proa a occidente y, tras atravesar las Columnas de Hércules, fundaron Gañir hacia 1.100 a.C, al tercer intento, los dos anteriores fueron Sexi (Almuñecar) y Onoba (Huelva). En Ibiza se establecieron hacia 654 a.C.. La ocupación de Ibiza es altamente significativa para el control del mar y de las rutas comerciales a los puertos españoles, ya que la posesión de Cádiz, Ibiza, suroeste de Cerdeña y oeste de Sicilia, constituía una infranqueable barrera protectora de las aguas limítrofes de la costa africana.
Los fenicios en general, y los marinos de Tiro y Sidón en particular, eran poco proclives a escribir acerca de sus naves y ocultaban celosamente las rutas por las que navegaban. Sabemos que los fenicios encontraron en España grandes riquezas metalíferas, especialmente oro, plata, cobre y hierro. Diodoro Sículo nos dice: “desconociéndose el uso de la plata entre los nativos, los fenicios llevándola a la Hélade (Grecia), a Asia y a todas las demás naciones, obtuvieron grandes riquezas. A tal avidez de ganancias llegaron los traficantes que, cuando una vez ya cargados los barcos había aún gran exceso de plata, cortaban el plomo en las anclas y tomaban la plata a cambio del uso del plomo”. Se dice que fue tanta la plata llevada desde España, que en los mercados de Oriente la relación oro-plata bajó de ½ a 1/13.
Para los fenicios tuvo tanta importancia el estaño como la plata. Los tirios y sidonios habían tenido conocimiento no sólo de las riquezas estanníferas de España, sino de su obtención a través del comercio con las Casitérides, o islas del Estaño, con las que comerciaban los primitivos españoles, ya que el objetivo de los fenicios era conseguir el monopolio del estaño.
Otro lugar importante en el comercio hispano-fenicio lo ocupó la pesca y las salazones. El atún y las especies afines eran capturados por los pescadores en toda la costa del sur y sureste peninsular, y tenían una gran aceptación entre los fenicios, y mucho más importante fue la exportación de las salazones, especialmente el famosísimo “garum”. Existían industrias de salazón en Cádiz, Bailón (Bolonia, cerca de Tarifa), Carteia, Malaka, Sexi, Abdera y Cartagena. El “garum” se hacía a base de los intestinos, gargantas, fauces y demás restos del atún, la murena o el esturión. Todo junto se dejaba en salmuera y al sol durante dos meses. Luego se usaba como salsa para acompañar las carnes y legumbres.
Siglos más tarde fueron los griegos quienes navegaron hacia España, y nuevamente es Estrabón quien nos da noticia de sus viajes, los rodios fundaron la ciudad de Rosas. De Heródoto nos llegan noticias de los barcos que usaban los focenses: No navegaban en naves redondas (buques mercantes), sino en pentekontoroi (naves de guerra de cincuenta remos).
Los primeros navegantes griegos llegaron a España entre los años 700 y 650 a.C., eran los caldicios de Calceis, en las isla de Eubea, la mayor del Egeo; los rodios, de la isla de Rhodas, y los focenses, de Focea, una ciudad costera de Asia Menor. Venían atraídos por el renombre de las riquezas metalúrgicas de la Península. A mediados del siglo VII a. C. se produce una revolución en el mundo comercial, sujeto hasta entonces al trueque: la aparición de la moneda, inventada por los griegos. Es en este hecho donde podemos encontrar una explicación de la presencia griega en el mundo tartésico, concretamente en Huelva, que por su riqueza minera era un gran núcleo comercial del mundo tartésico. Los últimos trabajos arqueológicos fijan la fecha de la llegada de los primeros griegos a España hacía el 630 a. C.
jueves, 14 de octubre de 2010
Historias del dia a dia
Uno de los objetos más utilizados de manera cotidiana en los últimos cien años ha sido la humilde cerilla.
Hasta épocas recientes, el fuego se lograba al golpear un eslabón de hierro contra un pedernal, lo que producía la chispa que prendía la yesca, pero a principios del s. XIX comenzaron a buscarse alternativas para este sistema.
En 1812 se probó una pajita impregnada de azufre y cubierta con una cabeza compuesta de clorato potásico y azúcar. Para que esta rudimentaria cerilla prendiera, era necesario que entrase en contacto con un concentrado de ácido sulfúrico contenido en una botellita de amianto.
Como casi todo en el mundo de la ciencia, la casualidad hizo que en 1826 el farmacéutico inglés John Walter, mientras experimentaba con la fabricación de explosivos, observase que una gota se había quedado solidificada en el extremo de un palito de remover. Para eliminarla, la frotó enérgicamente contra el suelo de piedra y, repentinamente, ardió: había nacido la cerilla de fricción.
Sin mucho éxito intentó comercializar una mezcla compuesta por sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón, acompañada de un pedazo de papel de lija doblado. No lo patentó y sí lo hizo Samuel Jones, quien comenzó a comercializarlas con el nombre de Lucifers. Este nombre comercial en los países anglosajones se convirtió en un sinónimo de cerilla
El siguiente paso consistió en sustituir el sulfuro de antimonio, que olía realmente mal, por fósforo blanco, se hizo en 1830. A pesar de que el fósforo blanco es altamente tóxico para el ser humano.
A partir de 1844, dos químicos suecos desarrollaron los fósforos de seguridad, incluyendo el fósforo rojo en lugar del blanco, ya que aquel no es tóxico aunque sí prohibitivamente caro. Al año siguiente se consiguió la sintetización del fósforo rojo amorfo lo que permitió, diez años después, comenzar la producción masiva de estas cerillas, las cuales recibieron un premio en la Exposición Universal de París de 1855.
Faltaba un paso más, la superficie de frotación, en 1898 dos químicos franceses sintetizaron el sesquisulfuro de fósforo, lo que permitió desarrollar unas cerillas que no prendía de manera espontánea, que no eran venenosas y que al frotarlas contra una superficie rugosa entraban en combustión. Nuestros actuales fósforos.
Hasta épocas recientes, el fuego se lograba al golpear un eslabón de hierro contra un pedernal, lo que producía la chispa que prendía la yesca, pero a principios del s. XIX comenzaron a buscarse alternativas para este sistema.
En 1812 se probó una pajita impregnada de azufre y cubierta con una cabeza compuesta de clorato potásico y azúcar. Para que esta rudimentaria cerilla prendiera, era necesario que entrase en contacto con un concentrado de ácido sulfúrico contenido en una botellita de amianto.
Como casi todo en el mundo de la ciencia, la casualidad hizo que en 1826 el farmacéutico inglés John Walter, mientras experimentaba con la fabricación de explosivos, observase que una gota se había quedado solidificada en el extremo de un palito de remover. Para eliminarla, la frotó enérgicamente contra el suelo de piedra y, repentinamente, ardió: había nacido la cerilla de fricción.
Sin mucho éxito intentó comercializar una mezcla compuesta por sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón, acompañada de un pedazo de papel de lija doblado. No lo patentó y sí lo hizo Samuel Jones, quien comenzó a comercializarlas con el nombre de Lucifers. Este nombre comercial en los países anglosajones se convirtió en un sinónimo de cerilla
El siguiente paso consistió en sustituir el sulfuro de antimonio, que olía realmente mal, por fósforo blanco, se hizo en 1830. A pesar de que el fósforo blanco es altamente tóxico para el ser humano.
A partir de 1844, dos químicos suecos desarrollaron los fósforos de seguridad, incluyendo el fósforo rojo en lugar del blanco, ya que aquel no es tóxico aunque sí prohibitivamente caro. Al año siguiente se consiguió la sintetización del fósforo rojo amorfo lo que permitió, diez años después, comenzar la producción masiva de estas cerillas, las cuales recibieron un premio en la Exposición Universal de París de 1855.
Faltaba un paso más, la superficie de frotación, en 1898 dos químicos franceses sintetizaron el sesquisulfuro de fósforo, lo que permitió desarrollar unas cerillas que no prendía de manera espontánea, que no eran venenosas y que al frotarlas contra una superficie rugosa entraban en combustión. Nuestros actuales fósforos.
domingo, 10 de octubre de 2010
Pánfilo de Narvaez
En 1519 Hernán Cortés había dejado de acatar las órdenes del gobernador de Cuba Diego Velázquez y actuaba por su cuenta. Velázquez decidió entonces enviar una expedición de castigo contra el general y eligió para ello a uno de sus más fieles colaboradores, Pánfilo de Narváez, que había participado en la conquista de Jamaica y con gran mérito en la de Cuba. Con diecinueve naves y más de mil hombres se dirigió hacia México, pero Hernán Cortéz puesto sobre aviso, lo enfrentó, lo capturó y lo tuvo preso dos años en Veracruz.
Al ser puesto en libertad, primero se dirigió a Cuba y más tarde siguió hasta España para quejarse ante el Emperador Carlos V del comportamiento de Cortés y, de paso, obtener una capitulación para la Florida. Designado como adelantado de aquel territorio organizó una expedición de cinco naves y seiscientos hombres que partió de Sanlúcar en 1527 y no llegó a su destino hasta un año después, debido a que una tormenta huracanada produjo serios daños a algunas embarcaciones. Al poco de tomar tierra, Narváez y sus trescientos compañeros fueron hostigados por los indígenas, pero lograron llegar a los montes Apalaches.

De vuelta al fondeadero donde había dejado los barcos, se encontraron con questos habían desaparecido y, dada la delicada situación de una tierra en la que no había oro pero sí nativos dispuestos a continuar una guerra cruel, Narváez decidió regresar a Cuba; para ello construyó unas rudimentarias barcas con las pieles de los caballos. Nuevamente los vientos enfurecidos los arrojaron hacia la costa. Pánfilo de Narváez murió tragado por las aguas en el año de 1528. Sólo sobrevivieron cuatro hombres, uno de ellos fue el primer negro en América del Norte, Estebanico; otro, también muy conocido, fue Alvar Nuñez Cabeza de Vaca.
Al ser puesto en libertad, primero se dirigió a Cuba y más tarde siguió hasta España para quejarse ante el Emperador Carlos V del comportamiento de Cortés y, de paso, obtener una capitulación para la Florida. Designado como adelantado de aquel territorio organizó una expedición de cinco naves y seiscientos hombres que partió de Sanlúcar en 1527 y no llegó a su destino hasta un año después, debido a que una tormenta huracanada produjo serios daños a algunas embarcaciones. Al poco de tomar tierra, Narváez y sus trescientos compañeros fueron hostigados por los indígenas, pero lograron llegar a los montes Apalaches.

De vuelta al fondeadero donde había dejado los barcos, se encontraron con questos habían desaparecido y, dada la delicada situación de una tierra en la que no había oro pero sí nativos dispuestos a continuar una guerra cruel, Narváez decidió regresar a Cuba; para ello construyó unas rudimentarias barcas con las pieles de los caballos. Nuevamente los vientos enfurecidos los arrojaron hacia la costa. Pánfilo de Narváez murió tragado por las aguas en el año de 1528. Sólo sobrevivieron cuatro hombres, uno de ellos fue el primer negro en América del Norte, Estebanico; otro, también muy conocido, fue Alvar Nuñez Cabeza de Vaca.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Te llamarás “Pacífico”
En 1510, Vasco Núñez de Balboa había participado en la fundación de la primera ciudad española en la América continental: Santa María la Antigua del Darién. Había llegado hasta allí con la flota de Fernández de Enciso, encargado de buscar a Alonso de Ojeda y los suyos. Núñez de Balboa no podía participar en esta expedición por sus múltiples deudas en La Española, así que se coló como polizón. Fue descubierto en alta mar por el propio Fernández de Enciso quién estuvo a punto de abandonarlo en una isla desierta.
Cuando llegaron a tierra constataron que los rumores sobre etnias guerreras que usaban flechas envenenadas era totalmente cierto. Núñez de Balboa convenció a Fernández de Enciso de buscar hacia el norte donde poner pie a tierra firme. El primer alcalde fue el propio Enciso pero, por su excesivo reglamentarismo, fue sustituido por el propio Núñez de Balboa, quién ejerció el cargo desde 1510 hasta 1514. Más tarde el virrey Diego Colón lo nombró gobernador del Darién.
A esas alturas, convertido en experto explorador de la frontera caribeña, Balboa inició su penetración en el istmo panameño. En contacto con las etnias locales oyó hablar por primera vez de la existencia de un mar hacia el sur, quizás el ansiado paso, siempre esquivo, hacia Asia y la Especiería.
Mandó a Pedro de Valdivia a informar al virrey Colón de aquellas noticias y solicitarle efectivos para acometer la empresa, pero Valdivia naufragó y hubo de esperar hasta 1513, cuando 400 hombres arribaron a Santa María desde La Española.

Balboa partió en busca del mar del sur en septiembre de ese año, cruzando territorios de varias etnias diferentes y después de atravesar los ríos Chucunaque y las sabanas cercanas, divisó desde un alto el oceáno Pacífico, así llamado por lo calmado de sus aguas.
Hizo detenerse a quienes le acompañaban y se dirigió, solo, hacia la orilla de lo que luego se llamó golfo de San Miguel. Tras tomar posesión, volvieron por un camino distinto. En Santa María, fue informado de que Pedrarias Dávila había sido nombrado gobernador del Darién, Balboa fue nombrado adelantado del Mar del Sur, con la misión de explorar ese nuevo mar. Después de diversas penalidades, incluso fue encarcelado acusado de rebelión y conspiración, llegó a Isla Rica, cuyos tesoros ya habían sido recogidos.
Al volver al golfo de San Miguel, se enteró que el nuevo gobernador era Lope de Sosa, Balboa se apresuró a fundar una villa desde la que partiría, esta vez hacia las tierras ricas del Perú, de las que había oído hablar a caciques locales. Pedrarias, aún al cargo ante la incomparecencia de Sosa y enterado de estos planes, levantó un proceso legal contra Balboa, al que acusaron de traición al gobernador y al rey, de dar falsos informes, de haber actuado con mala intención, de maltrato a los indígenas y de haber preparado un plan para hacerse independiente en el mar del Sur, acusaciones falsas por las que fue condenado a muerte y ejecutado en enero de 1519. Tenía 44 años.
Cuando llegaron a tierra constataron que los rumores sobre etnias guerreras que usaban flechas envenenadas era totalmente cierto. Núñez de Balboa convenció a Fernández de Enciso de buscar hacia el norte donde poner pie a tierra firme. El primer alcalde fue el propio Enciso pero, por su excesivo reglamentarismo, fue sustituido por el propio Núñez de Balboa, quién ejerció el cargo desde 1510 hasta 1514. Más tarde el virrey Diego Colón lo nombró gobernador del Darién.
A esas alturas, convertido en experto explorador de la frontera caribeña, Balboa inició su penetración en el istmo panameño. En contacto con las etnias locales oyó hablar por primera vez de la existencia de un mar hacia el sur, quizás el ansiado paso, siempre esquivo, hacia Asia y la Especiería.
Mandó a Pedro de Valdivia a informar al virrey Colón de aquellas noticias y solicitarle efectivos para acometer la empresa, pero Valdivia naufragó y hubo de esperar hasta 1513, cuando 400 hombres arribaron a Santa María desde La Española.

Balboa partió en busca del mar del sur en septiembre de ese año, cruzando territorios de varias etnias diferentes y después de atravesar los ríos Chucunaque y las sabanas cercanas, divisó desde un alto el oceáno Pacífico, así llamado por lo calmado de sus aguas.
Hizo detenerse a quienes le acompañaban y se dirigió, solo, hacia la orilla de lo que luego se llamó golfo de San Miguel. Tras tomar posesión, volvieron por un camino distinto. En Santa María, fue informado de que Pedrarias Dávila había sido nombrado gobernador del Darién, Balboa fue nombrado adelantado del Mar del Sur, con la misión de explorar ese nuevo mar. Después de diversas penalidades, incluso fue encarcelado acusado de rebelión y conspiración, llegó a Isla Rica, cuyos tesoros ya habían sido recogidos.
Al volver al golfo de San Miguel, se enteró que el nuevo gobernador era Lope de Sosa, Balboa se apresuró a fundar una villa desde la que partiría, esta vez hacia las tierras ricas del Perú, de las que había oído hablar a caciques locales. Pedrarias, aún al cargo ante la incomparecencia de Sosa y enterado de estos planes, levantó un proceso legal contra Balboa, al que acusaron de traición al gobernador y al rey, de dar falsos informes, de haber actuado con mala intención, de maltrato a los indígenas y de haber preparado un plan para hacerse independiente en el mar del Sur, acusaciones falsas por las que fue condenado a muerte y ejecutado en enero de 1519. Tenía 44 años.
viernes, 1 de octubre de 2010
Una muerte terrible
En septiembre de 1185 el emperador bizantino Andrónico Comneno había sido víctima de un destino particularmente horripilante; al final del golpe palaciego que le arrebató el poder, fue atrapado por quienes apoyaban a Isaac Ángelo, encerrado en prisión y torturado de forma grotesca.
Sus captores le sacaron un ojo, le arrancaron los dientes y la barba y le cortaron la mano derecha. Luego, se le hizo desfilar por las calles de Constantinopla a espaldas de un camello sarnoso para que se enfrentara a la ferocidad y el rencor de la turba.
Algunos le arrojaron excrementos humanos y de animales, otros le tiraros piedras y una prostituta vació sobre su cabeza un tiesto repleto de su propia orina. Una vez en el foro, fue colgado cabeza abajo y le cortaron los genitales. Algunos de los que estaban entre la multitud le hundieron sus espadas en la boca y otros entre sus nalgas, antes de que, por fin, el depuesto emperador expirara.
Con seguridad una de las muertes más públicas y atroces de toda la Edad Media.
Sus captores le sacaron un ojo, le arrancaron los dientes y la barba y le cortaron la mano derecha. Luego, se le hizo desfilar por las calles de Constantinopla a espaldas de un camello sarnoso para que se enfrentara a la ferocidad y el rencor de la turba.
Algunos le arrojaron excrementos humanos y de animales, otros le tiraros piedras y una prostituta vació sobre su cabeza un tiesto repleto de su propia orina. Una vez en el foro, fue colgado cabeza abajo y le cortaron los genitales. Algunos de los que estaban entre la multitud le hundieron sus espadas en la boca y otros entre sus nalgas, antes de que, por fin, el depuesto emperador expirara.
Con seguridad una de las muertes más públicas y atroces de toda la Edad Media.
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