miércoles, 26 de octubre de 2011

Bucaneros

Hacia mediados del siglo XVII la isla de Santo Domingo, o La Española como se conocía en aquella época, se encontraba invadida por una singular comunidad de hombres salvajes, hisurtos, feroces y sucios, en su mayoría colonos franceses, cuyo número aumentaba de cuando en cuando con manadas de recién llegados procedentes de los bajos fondos de más de una ciudad europea.

Estos hombres iban vestidos con camisa y pantalones de tela basta, la cual estaba empapada con la sangre de las bestias muertas por ellos. Llevaban una gorra redonda, botas de piel de cerdo que les cubrían las piernas, y un cinturón de piel cruda, en el cual metían sus sables y navajas. También estaban armados de mosquetes que disparaban un par de balas de dos onzas de peso cada una.

Los sitios en que secaban y salaban la carne se llamaban “boucan”, y de este término procede el nombre de bucaneros. Eran cazadores por profesión y salvajes por costumbre. Abatían las bestias y traficaban con su carne. Su alimento preferido era la médula cruda de los huesos de aquellos animales. Comían y dormían sobre el suelo desnudo, su mesa era una piedra, su almohada un tronco de árbol y su techo el cálido cielo de las Antillas.


William Dampier, hacia 1699

lunes, 24 de octubre de 2011

¡Dile al Rey Jorge que me la chupe!

Tanto sus orígenes como su muerte son poco conocidos y origen de especulaciones, además parte de la información que se tiene de su origen y muerte provienen de lo que se le atribuye como un diario autobiográfico. La versión más extendida es la que le tiene como nacido en Bayona, Francia de padre de esta nacionalidad y madre española, judía sefardí, cuya familia llegase a Francia huyendo de la Inquisición (cosa que podemos dar como falso, casi con toda certeza, pues la Inquisición a fines del s. XVIII ya no era lo que había sido un par de siglos antes). Criado en un hogar judío kosher, Lafitte contraería después matrimonio con Christiana Levine, de una familia judía danesa. El posible origen español se sustenta en el nombre que dió a su isla “Reino de Barataria”

A pesar de su nombre, un tanto afeminado, Jean Lafitte era un honesto y buen rey de los piratas. Lideraba una isla pirata que compró en 1803 en Luisiana, capturaban barcos y contrabandeaban mercancías robadas hacia Nueva Orleans. Tenía tanto éxito que cuando el gobernador de Luisiana ofreció una recompensa de 300 dólares por su captura (que era la mitad de todo lo que producía Luisiana en un año) Lafitte respondió ofreciendo una recompensa de 1.000 dólares por la captura del gobernador.

Los periódicos y las autoridades pintaban a Lafitte como una diabólica mente criminal y un asesino en masa. Vamos como Osama en los EEUU de hoy día. Aparentemente su reputación se extendió por todo el Atlántico, ya que en 1814, Lafitte fue "tentado" por los ingleses, que le hicieron llegar una carta firmada por el propio rey Jorge III, prometiendole la ciudadanía y propiedades si pasaba al servicio de la Corona inglesa. Estos ingleses tan humanitarios y democráticos cómo sólo ellos saben serlo.

Como los ingleses son así, en la misma misiva se le hacía saber que si se negaba a "colaborar" la Armada Real destruiría su isla hasta los cimientos. Lafitte respondió que necesitaría unos pocos días para pensar en la oferta...... y se largó a toda vela hasta Nueva Orleans y "avisó a los americanos que ¡Vienen los ingleses!". A pesar de que él no era americano, miraba al nuevo país con admiración y había ordenado a toda su flota que nunca atacaran a un barco americano. La única vez que uno de sus piratas desobedeció esta orden, Lafitte mató al capitán con sus propias manos.

Lafitte era reconocido entre los marineros mercantes por tratar bien a las tripulaciones capturadas y, a veces, devolvía los barcos que no eran lo suficientemente buenos para dedicarse a la piratería. Además, era todo un héroe entre los ciudadanos de Nueva Orleans, ya que este era el centro habitual de venta de todas las mercancías que robaba. Lo que permitía a las buenas gentes de Nueva Orleans disponer de mercancías que de otra forma nunca llegarían a sus manos.

Pero los americanos, al fin y al cabo de sangre inglesa en su mayoría, agradecieron el aviso de Lafitte, encerrando a toda la tripulación en la cárcel. Después los barcos americanos se dirigieron a la isla de Lafitte, los piratas cuando los vieron se las prometían felices y los recibieron con los brazos abiertos. Gran error, fueron capturados por sorpresa y encerrados en diversas prisiones militares. No fue hasta días después que un tal Andrew Jackson, futuro presidente de los EEUU, pusiera el dedo en la llaga: Nueva Orleans no estaba preparada para resistir el ataque de la Armada Real inglesa. Por fin, las autoridades entraron en razón, soltaron a todos los hombres de Lafitte con la condición de que lucharan contra los ingleses. Los barcos de Lafitte eran superiores a los de la Armada de los EEUU, aportando unos 1.000 hombres a las fuerzas locales de defensa.

Lo que resultó ser de gran ayuda para la joven nación, los piratas de Lafitte y los barcos de EEUU pudieron rechazar a los británicos a las puertas de Nueva Orleans. Si estos hubiesen conseguido apoderarse de esta estratégica ciudad en el golfo de México habrían podido entrar en el corazón de la nueva nación con todas sus fuerzas.

Por desgracia para Lafitte, no le fueron devueltos ni sus barcos ni su isla de Barataria. Tampoco llegó el perdón presidencial ni para él ni para sus hombres. A pesar de diversos intentos de su hermano y de él mismo ante el presidente Madison.

Sabemos que se dedicó a cartografiar las tierras más allá de Luisiana, la actual Arkansas; estuvo varios años en Galveston, glorioso nombre para el ejército español. Más tarde, su rastro se pierde. Se sabe con certeza que está enterrado en Zilam de Bravo, al norte de la península del Yucatán, pero no se sabe cuando murió, la leyenda dice que alrededor de 1825.

Es curioso pensar en como los EEUU deben su existencia, tal y como la conocemos hoy día, a un pirata y "terrorista" de nombre afeminado.

jueves, 20 de octubre de 2011

Semblanza de Chaves Nogales

A. Chaves Nogales fue un periodista sevillano que se asentó en Madrid muy pronto. Trabajó en diversos periódicos escribiendo de todo. Alcanzó gran éxito con unas crónicas de viajes que realizó por toda Europa semblando los cambios ideológicos que se estaban produciendo en el continente.

Visitó Berlín, Roma, Moscú. Y, claro, su lúcida mirada supo captar lo que había bajo el oropel y los desfiles. Criticó a los nazis y su antisemitismo; a los italianos y su fascio; sin que se escaparan los soviets y el hambre del pueblo. Lo que le consiguió muchos enemigos en España, además de contar con una prosa fluida y fácil de leer. Doble pecado en una España cateta y semi-analfabeta que ya estaba en la senda de los maximalismos ideológicos.

Cuando triunfa la Segunda República, no tiene dudas. Es, ante todo, un demócrata. Apuesta por Manuel Azaña. Pocos como Chaves Nogales se habrían sentido concernidos con los tres conceptos clave del pensamiento político azañista posterior: paz, piedad, perdón. Formaba parte de la tertulia de quien sería presidente de la República. Pensaba que la República podría sacar a España del atraso de siglos. Pero a partir de 1934 se retrajo un poco en su amor por la República.

Al estallar la guerra civil, se mantuvo en su puesto de editor del periódico, como nos cuenta él mismo:
“Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.”

Pero cuando el gobierno decidió retirarse hacia Valencia, pensando que Madrid no podría resistir el embate de los facciosos, dejó su puesto de “camarada director” y se marchó hacia Levante: “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.”

Durante la República ni su actividad periodística ni su compromiso político le alejan de su Sevilla natal. Allí escucha al maestro Juan Belmonte, su amigo, y lo ve torear. De una serie de entrevistas y charlas nace Juan Belmonte. Matador de Toros. Su vida y sus hazañas. Será su obra más conocida, y una de las mejores. Todavía hoy no ha sido superada y es objeto de múltiples reediciones. Traducida al inglés, le resulta de gran ayuda para encontrar trabajo cuando tiene escapar de París e instalarse en Londres.

Fue precisamente esta obra la primera que le recuperó del silencio y el ostracismo a que le sometió el franquismo más mediocre tras la Guerra Civil. En 1969, la recién nacida Alianza Editorial, de José Ortega, Javier Pradera y Jaime Salinas, reeditan el libro en edición de bolsillo.

Chaves Nogales murió solo, en un hospital de Londres, víctima de «una peritonitis y una dilatación de estómago». Era el 4 de mayo de 1944 y tenía cuarenta y seis años. Aunque también en Londres continuó haciendo periodismo —trabajó en el Evening News, y en el Evening Standard tuvo columna propia— y siguió escribiendo contra los nazis y los fascistas, sólo los periódicos británicos y el diario argentino La Razón dieron la noticia de su muerte. El silencio ominoso en su país, como hacían con los vencidos. Su perfil de «un periodista de raza que ha muerto en la brecha» no fue suficiente para obtener una línea en algún medio español. La Razón lo describía como un «sagaz reportero» cuyas historias y reportajes «le harán perdurar en el recuerdo de todos los que, por ser víctimas del virus periodístico, saben lo que significaba un espíritu de la calidad de Chaves Nogales, extranjero fuera de su patria».

Escuadrones de la muerte II

—Dijeron —habla la mujer— que había revolución en Valladolid, que los señores habían quitado la República para volver a ser amos de lo suyo y que los hijos de los señores venían por los pueblos matando a los pobres. Los hombres de Sanbrian decidieron que no los dejarían entrar, que si los ricos hacían una revolución, los pobres harían la suya, que más somos los pobres que los ricos y que a las malas podríamos con ellos. Algunos vecinos no se atrevían. Más valía estarse quedos. A todos no nos van a matar, pensaban. Pero los mozos del sindicato dijeron que sí, que nos matarían a todos, y aunque, la verdad, nadie lo creía, se resolvió el pueblo a cerrarles las puertas y a campar por su respeto. Al principio todo fue bien. Echamos al cura y al cabo de la guardia civil. Los tres o cuatro ricos que había en Sanbrian se fueron ellos solos, y los del sindicato se pusieron a mangonear, por aquello de que siempre ha de haber alguien que mande. No hubo ninguna muerte, eso sí, pero los del sindicato entraron en las casas de los ricos, se apoderaron de los bienes que habían dejado y los repartieron entre los pobres. Estaba mal hecho, señor, y muchos infelices ni siquiera se atrevían a tomar lo que les daban. Pero a los pocos días, como temíamos, volvieron al fin los hijos de los señores, los señoritos. Venían en tres o cuatro automóviles y traían fusiles y pistolas. Para asustar al pueblo entraron disparándoles sin ton ni son, a diestro y siniestro. Venían por la tremenda, y por la tremenda los recibieron los mozos del pueblo. Apostados en una esquina los aguardaron con las escopetas echadas a la cara y cuando los tuvieron a tiro los achicharraron. Así cayó ese jefe de ellos, cuya vida tan cara hemos pagado. Venían matando, señor, ¿cómo querían ser recibidos?
»Los demás huyeron; alguno iba malherido. Los mozos del sindicato se quedaron muy ufanos, pero ya recelábamos que aquella muerte habíamos de pagarla, aunque nunca creíamos que nos la cobrarían tan cara. Ocho o diez días después nos dijeron que venían tropas de Valladolid. ¡Qué tropas, señora, qué tropas! No son peores los chacales. Al principio se les hizo resistencia. ¡Nunca la intentáramos! Las máquinas que traían vomitaban fuego y plomo sobre el pueblo. Los hombres caían segados como mieses. No pudieron resistir y se fueron al campo para seguir luchando. Los que quedamos en el pueblo pusimos banderas blancas y nos encerramos en nuestras casas a esperar que llegasen las tropas. ¡Ojalá hubiésemos luchado hasta el último instante de nuestras vidas! Aquellas tropas de moros y renegados fueron casa por casa rompiendo las puertas a culatazos y matando delante de sus mujeres y sus hijos a cuantos hombres encontraron, jóvenes y viejos, amigos y enemigos, buenos y malos, rebeldes y sumisos. No quedó uno solo. En Sanbrian no quedó un solo hombre con vida. Tras los moros y los renegados venían los hijos de los señoritos, y como ya no había hombres que matar, mataron mujeres. Aquellos no eran seres humanos, eran fieras. Lo que han visto mis ojos ni se había visto antes ni se verá jamás. Aquella misma noche, entre el ruido siniestro de las descargas y los gritos ahogados de los que sucumbían, las pobres mujeres de Sanbrian tomaron a sus hijos de la mano, estrecharon contra sus pechos a los más pequeñuelos y huyeron al monte aterrorizadas. Los centinelas tiraban al bulto contra aquellas sombras fugitivas. Alguna de ellas cayó atravesada por un balazo y hasta que fue de día estuvo a su lado una criatura que lloraba a la noche inmensa sin atreverse a soltar la mano crispada que poco a poco se le iba quedando fría entre los deditos tiernos.
»Huyeron todos, viejos, niños y mujeres. A los que no huyeron los mataron. No quedó alma viviente en el pueblo. Sólo yo. Desde aquella noche horrible no hay en Sanbrian más ser vivo que yo. Mataron a mi hombre delante de mis ojos, huyeron mis hijos. ¿Para qué huir? Esperé a que me matasen también. No sé por qué no lo hicieron.

A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937

miércoles, 19 de octubre de 2011

Escuadrones de la muerte

Aquellos diez o doce hombres que formaban la Escuadrilla de la Venganza consideraban legítima la feroz represalia y se habrían maravillado si alguien se hubiese atrevido a sostener que lo que ellos consideraban naturalísimo era una monstruosidad criminal. Al cabo de cuatro meses de lucha la psicosis de la guerra producía frecuentemente tales aberraciones. La vida humana había perdido en absoluto su valor. Aquellos hombres que el 18 de julio abandonaron su existencia normal de ciudadanos para lanzarse desesperadamente al asalto del cuartel de la Montaña, donde se inició la rebelión militar, y que luego habían estado batiéndose a pecho descubierto en la Sierra contra el ejército de Mola, cuando regresaban del frente traían a la ciudad la barbarie de la guerra, la crueldad feroz del hombre que, padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar, y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará. Es el miedo el que da la medida de la crueldad. De entre estos milicianos que no tenían alma bastante para afrontar indefinidamente el peligro de la guerra en la primera línea, de entre los que volvían del frente íntimamente aterrorizados, se reclutaban los hombres de aquellas siniestras escuadrillas de retaguardia que querían imponer al gobierno, a los partidos políticos y a las centrales sindicales un régimen de terror, el pánico terror que íntimamente padecían y anhelaban proyectar al mundo exterior. Huyendo del frente se refugiaban en los servicios de control revolucionario de los partidos y los sindicatos que, recelosos de la lealtad de la policía oficial y de las fuerzas de seguridad del Estado, toleraban la injerencia de estas escuadrillas insolventes y autónomas en las funciones policíacas. Cada una de ellas tenía su jefe, un aventurero, a veces un verdadero capitán de bandidos, por excepción, un místico teorizante de cabeza estrecha y corazón endurecido que, con la mayor unción revolucionaria, decretaba inexorablemente los crímenes que consideraba útiles a la causa.

A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937

sábado, 15 de octubre de 2011

¡Se comió un corazón humano, por Dios!

Esta es la historia de Francois el Olonés.

De origen francés, nacido en 1630, realmente odiaba a los españoles. Al principio de sus correrías estuvo a punto de caer bajo las armas de los exploradores españoles, y en lugar de reconsiderar su carrera y convertirse en granjero o algo así, decidió que pasaría el resto de sus días en una cruzada anti-española. Lo hizo saber a los cuatro vientos de la siguiente forma, cuando asaltaba una embarcación española, mataba a todo el mundo excepto a un testigo al que enviaba a las autoridades con este mensaje: “Nunca, de ahora en adelante, daré cuartel a los Españoles.”
Eso fue sólo el principio. Considerando que pasó luego, podemos pensar que esos que perdieron la cabeza fueron los españoles afortunados.

Habiéndose hecho una reputación, El Olonés organizó una flota pirata de ocho barcos y cientos de hombres, se dedicó a atacar las ciudades españolas de Sudamérica, capturar barcos de la Flota del Tesoro y, generalmente, ser un forúnculo en el trasero de cualquiera cercano a los españoles. Sin duda, también mató a una buena cantidad de marinos portugueses, ya que ¿quién puede distinguirlos?.

La situación dio un giro espectacular cuando El Olonés sufrió una emboscada cuando estaba saqueando la costa de la actual Venezuela. Las tropas españolas, superiores en número y armamento, masacraron a los piratas, el Olonés escapó por poco y, de alguna manera, consiguió capturar algunos españoles por el camino. El problema que se le presentaba era simple, ¿por donde huir sin caer en las fauces de otras embarcaciones españolas?. ¿Qué hacer?.

Para la mentalidad de la época, la solución era muy fácil. El Olonés sacó su espada, la clavó en el pecho de un prisionero español, le sacó el corazón con sus manos y comenzó a desgarrarlo con sus dientes, como un lobo hambriento, diciéndole a los prisioneros: “Me comeré al resto de vosotros, si no me mostráis una forma de huir de esta persecución.”

Los prisioneros, haciéndose cruces, hablaron y los piratas consiguieron escapar. Pero no sirvió de nada a los prisioneros. La tripulación pirata comió carne humana durante una semana.

Un par de años después, aterrorizó las costas de Centroamérica cometiendo robos, asaltos y asesinatos, hasta que el Olonés naufragó con sus hombres en un banco de arena. La tripulación hallaba hambrienta y, pese a todas las medidas (descarga de cañones y objetos de peso), el navío no consigue volver a flote. Durante seis meses, el Olonés debe defenderse de los incesantes ataques de los indios y, finalmente, con tan solo 150 hombres, consigue mediante barcas planas construidas por ellos llegar hasta la desembocadura del río San Juan, que le abre el camino hacia el lago Nicaragua. Pero una vez allí, los indios y los españoles le fuerzan a retroceder. Deberá continuar con ayuda de las velas, hacia las costas del golfo de Darién. Habiendo bajado a tierra para encontrar víveres y agua potable, un día es sorprendido por nativos pertenecientes a la tribu kuna, que practicaban la antropofagia o canibalismo, el Olonés y todos sus hombres fueron atacados; solo un hombre logra salvarse de la lucha y escapar. Este fue quien relató más tarde cómo los indios de Darién atraparon al Olonés y lo descuartizaron vivo para echar sus trozos en el fuego, según el testigo:
...lo despedazaron y descuartizaron, lo asaron y... se lo comieron.

Era el año 1671, tenía 40 años

sábado, 17 de septiembre de 2011

Evangelización y Nuevo Mundo

La finalidad evangelizadora estuvo presente desde los primeros viajes al Nuevo Mundo. Va a ser precisamente este carácter proselitista el que singularice la obra de España en América: no se trata tanto de una conquista (entendida en términos de sometimiento y acatamiento), como de una colonización, si bien interpretada no a la manera griega de explotación de recursos naturales, sino como prolongación de la metrópoli, con los mismos derechos que ésta. Este deseo de la monarquía hispánica va íntimamente unido a su intención de difundir el Evangelio, como así se afirma en 1526 al ordenar que vayan religiosos en los viajes: (…) instruirlos (a los infieles) en nuestra santa fe católica y predicársela para su salvación y atraerlos a nuestro señorío, porque fuesen tratados favorecidos, defendidos como los otros nuestros súbditos y vasallos (...)
Desde julio de 1508, la bula Universalis Ecclesiae de Julio II, confiere el derecho de patronazgo español también en América, el Papa delegaba en los reyes de Castilla el poder enviar misioneros, así como facilitar y sufragar sus viajes. Se trataba de la contrapartida en agradecimiento a la incipiente labor evangelizadora de estos primeros viajes de conquista. La Corona de Castilla nunca consideró los territorios descubiertos como meras factorías sino que quiso incorporarlos políticamente al Estado, las capitulaciones de la época constituían una especie de Carta puebla (fuero municipal) ya que los descubridores estaban obligados por contrato a poblar las tierras descubiertas. Además de que los indígenas infieles eran considerados súbditos de la Corona en cuanto se bautizaban

Es a partir de 1526 cuando se ordena que en las naves que cruzan el Atlántico, además de la tripulación, vayan siempre religiosos. Se colige una finalidad condicional: la monarquía hispánica tomaba en posesión las tierras del Nuevo Mundo si, al mismo tiempo, difundía la fe católica. Esta misión evangelizadora va a ser cumplida por los conquistadores no sólo obedeciendo a una orden impuesta, sino por propia iniciativa personal.

El propio Carlos V se preocupó personalmente de la organización de la Iglesia americana, fundando el Consejo de Indias, extensivo para asuntos eclesiásticos. Es decir, durante esta primera mitad del siglo XVI la labor evangelizadora en América fue regida desde el Estado, no siendo hasta después del Concilio de Trento (1563) cuando la Iglesia, tras las guerras de religión de las primeras décadas, se ocupe de la difusión evangélica entre los indios, fracasando en sus intenciones de imponerse al establecido poder decisorio estatal de España en América. Cualquier asunto religioso ultramarino debía pasar por el Consejo de Indias, considerándose injerencia toda tentativa al margen.

martes, 13 de septiembre de 2011

Corsarios y piratas en la Valencia de principios del s. XV

La galera fue la más genuina representante de la guerra naval y de buena parte de los tráficos mercantes durante la Edad Media, dentro del ámbito mediterráneo, en un medio en el que la navegación exclusivamente a vela resultaba menos apropiada que en el Atlántico, debido a las condiciones naturales de un mar interior, con vientos de dirección irregular y cambiantes. Sin embargo, la navegación a remo resultaba muy costosa por el número de individuos que era necesario emplear. Afortunadamente, estas naves podían ser usadas por los particulares cuando no servían a la Corona en circunstancias concretas. La expansión mediterránea de la Corona de Aragón no podría entenderse sin atender a las responsabilidades asumidas por la iniciativa privada o por las poderosas ciudades costeras: Barcelona, Mallorca y Valencia. Estas serán las que sostendrán, por ejemplo, la guerra contra Génova por la posesión de Cerdeña en un momento en que Alfonso el Benigno, su soberano, se desentenderá del problema.

Durante el reinado de Pedro el Ceremonioso la actividad del corso alcanzará una considerable expansión, debido precisamente a la guerra contra Génova. A una guerra terrestre en la isla de Cerdeña, que requerirá continuos envíos de tropas y suministros, se superpondrá una auténtica guerra naval en la que llegarán a verse implicados casi todos los países mediterráneos: Génova, Venecia, el Imperio Latino de Oriente, la Corona de Anjou o la propia Corona de Aragón. El equilibrio de fuerzas será tan grande y el resultado de las batallas tan ajustado, que la solución drástica se demostró operativamente imposible. Por lo que no quedó otra alternativa que buscar métodos subsidiarios de desgaste del rival y debilitamiento a la espera de obtener una ventaja real y moral que permitiese plantear un conflicto a gran escala.

Las acciones de corso ligur contra puertos y barcos de la Corona de Aragón se sucederán, ininterrumpidamente, desde mediados del trescientos hasta finales del cuatrocientos. Pedro el Ceremonioso dará carta blanca a los aparejos corsarios en sus territorios contra los enemigos del rey. A cambio de condiciones muy favorables, muchos armadores particulares accederán a botar sus barcos, algunos en condiciones muy precarias, para asegurar las comunicaciones con Cerdeña y lanzar una contraofensiva que frenase la avalancha genovesa en aguas de la Corona de Aragón. El objetivo se cumplió, se logró mantener abierta la ruta hacia la isla sarda, lo que permitirá a Alfonso el Magnánimo saltar sobre la Península italiana. Lo que nos llevará a la posesión española del sur de la Italia renacentista.

Que duda cabe que la guerra de corso y la piratería se confundirán con tanta asiduidad que obligará a tener que considerar a piratas y corsarios como dos categorías igualmente perseguibles en muchos casos. El área donde más se va a notar esta confusión será en los mares de Berbería. La abundancia de barcos armados poco sujetos a las leyes de la guerra naval se convertirá en un problema por doquier. Ante esta situación y ante la creciente avalancha de corsarios genoveses y musulmanes que corrían los mares peninsulares aparecerá otra alternativa para la protección pública. Las ciudades catalanas, valencianas y baleáricas de la Corona de Aragón tenderán a formar ligas y a aparejar en común barcos, verdaderas flotillas de cuatro o seis unidades, para su autodefensa.

La experiencia no acabó de consolidarse ,por los múltiples factores que intervenían en cada caso y la lentitud en acordar planes de operaciones cuando los enemigos eran potencialmente menos peligrosos. Así pues, ante la amenaza de dos o tres barcos piratas, la reacción lógica fue la de actuar independientemente cada población. Valencia contaba con una pequeña escuadrilla de barcos comunales compuesta por una o dos galeras y varias unidades menores. Generalmente, los buques permanecían varados, desarmados y a la intemperie en las playas del Grao de la capital, siendo objeto de deterioro muy acelerado. Frente a una operación menor como la vigilancia costera o la búsqueda, localización y eliminación de un número reducido de piratas incluso resultaba gravosísimo la puesta en servicio de las galeras ciudadanas. Por lo que se procedió con frecuencia a la contratación de naves de las que frecuentaban las playas del Grao. El flete de una nao de gran porte, con una dotación bien armada, o la contratación temporal de una galera siempre resultó más económico y con frecuencia igualmente efectivo. Como vemos no es nuevo eso de cerrar servicios públicos en favor de la iniciativa privada, y eso que aún no gobernaba el PP (aunque seguro que sí estaba Fraga por ahí).

Debemos ser conscientes que las cosas no eran como las muestran en las películas de Jolibú: por lo general los piratas y corsarios que entraban en acción disponían de una fuerza armada muy reducida, los aparejos de sus barcos eran deficientes e incompletos, en suma, muchas veces los asaltantes corrían tan serios peligros de ser capturados como los que sufrían sus potenciales víctimas. Por ejemplo, los musulmanes con fustas pequeñas y mal equipadas rehuían los encuentros con barcos de tráfico y buscaban los abrigos de la costa, los barcos de pesca de bajura o las localidades litorales aisladas, mal defendidas y con escasa población; sus objetivos se centraban en la captura de cautivos y el robo de ganado. En cambio los piratas genoveses disponían de grandes y poderosas naves, sus objetivos eran los barcos que hacían las rutas comerciales o los grandes puertos de la Corona de Aragón, siguiendo la tradicional guerra de desgaste que duraba más de un siglo. La pérdida de los barcos con cereal tendría repercusiones muy negativas para las grandes ciudades, es por eso que los rectores políticos cuidaban especialmente la continuidad de este tráfico.

lunes, 5 de septiembre de 2011

La navegación en el s.XVI

El siglo XVI fue testigo de un notable cambio en el status y adiestramiento de pilotos en Europa. La pericia náutica para la mayoría de los viajes marítimos eran limitadas y había cambiado poco durante el siglo anterior, podía ser ejercida bien por pilotos especializados, maestres o por oficiales de menor rango. Lo que importaba era la capacidad de memorizar marcas de tierra, calcular distancias y tener conocimiento de las mareas y aguas en que navegaban, empleándose cálculos de la velocidad6 del buque y una estima muy simples. La experiencia e instrucción por viejos pilotos eran los requisitos para una eficaz navegación costera y bastarían para la mayoría de los buques que navegaban por derrotas bien establecidas (Michael Coignet, 1581). Se conocía la aguja magnética, los portulanos y la observación celeste, y se empleaban regularmente en sus viajes más largos, pero escasamente en viajes rutinarios costeros.

Las exploraciones portuguesas en Africa y el posterior descubrimiento de nuevos continentes reflejaban el gradual avance en navegación y proyecto de buques, pero lo que es más importante, dieron un tremendo empuje a la invención y mejora de instrumentos y técnicas. El adiestramiento de pilotos para las nuevas navegaciones a grandes distancias se convirtió en asunto de la mayor importancia para el gobierno central. Las potencias ibéricas establecieron instituciones especiales para la instrucción y control de estos especialistas, por muy buenas razones, la más obvia, que los buques con navegantes expertos solían volver a salvo. Más importante era la necesidad de controlar información de gran valor político. Los pilotos experimentados podía llevar a otros a las nuevas tierras y junto con cartógrafos establecer la posesión de aquellos territorios después que las naciones ibéricas y el Papado dividieron el mundo en dos áreas.
Era esencial el control de la información y pronto se hizo corriente la falsificación deliberada y el empleo de trucos para confundir al enemigo. Las prolongadas y poco decorosas disputas sobre la posición y posesión de Las Molucas y las Filipinas, ilustran el valor de los pilotos y cartógrafos.

Cuando Felipe II volvió a España como regente en 1551, inmediatamente mostró su interés por la navegación y la geografía y su deseo en mejorar estas ciencias, e inició una completa reforma de la instrucción técnica que se daba a los pilotos y maestres en la Casa de la Contratación de Sevilla. Creó una cátedra de navegación y cosmografía en 1552 y reguló el contenido de los cursos. Los aspirantes a piloto recibían buena base teórica para las observaciones astronómicas, así como instrucción en el empleo de instrumentos como la aguja magnética, el astrolabio, el cuadrante, la ballestilla y los relojes. En 1582 fundó en Madrid una nueva Academia de Matemáticas, siendo la navegación una parte muy importante del currículum.

El aprecio de la pericia de los pilotos era evidente en la legislación y en los nuevos tipos de pagas, como muestran contratos del s. XVI en que muchos pilotos eran pagados mejor que los maestres (capitanes) de los buques en los viajes al Norte y a las Indias. A partir de 1580 armadores sin conocimientos de navegación eran permitidos a ser maestres en sus propios barcos siempre que llevaran a bordo al menos dos pilotos.

Los aspectos teóricos de la navegación aumentaron notablemente durante este siglo. Los españoles y portugueses eran los primeros en cartografía y en la construcción y empleo de instrumentos náuticos, produciendo también los mejores maestros, como pronto se dieron cuenta los demás países. El “Arte de navegar”, de Medina, publicado en 1545, se utilizaba ya en su traducción francesa en 1554 y posteriormente se publicó en la mayoría de las lenguas europeas. El libro “Breve compendio de la sphera y del Arte de Navegar” de Martin Cortés, se publicó en Sevilla en 1551, siendo adoptado como texto fijo por la Casa de Contratación. Fue traducido al inglés en 1561, la primera de nueve ediciones antes de 1630. Pedro de Medina afirmaba con orgullo que ahora los pilotos podían navegar con el empleo de la aritmética, geometría y astronomía y no necesitaban marcas de tierra para guiarse. En realidad los más renombrados autores y maestros del arte de la navegación no tenían experiencia naval, se concedía mayor respeto a aquellos con capacidad teórica que a los que sólo tenían experiencia práctica. La Corona mantuvo equilibradas las cosas al insistir en que los pilotos para las Indias no debían obtener licencia antes de haber adquirido experiencia práctica navegando por aquellas aguas.

Pero, no debemos olvidar la presión comercial, pues la expansión del comercio de Indias requería una continua provisión de pilotos, por lo que se redujo dramáticamente el tiempo empleado en la instrucción formal. Si bien se había pretendido que los pilotos debían pasar un curso de un año, en 1555 se redujo a tres meses y en 1567 a dos contando los días festivos. Los maestros se quejaban del bajo nivel entre los pilotos adiestrados, pero estas críticas se dirigían a las deficiencias en la lectura y escritura de algunos pilotos, y a la falta de interés que demostraban por los aspectos más teóricos del curso. Aquellos pilotos empleados en la carrera de Indias eran considerados como los mejores expertos del oficio y las potencias extranjeras trataban continuamente de atraer pilotos españoles y portugueses a su servicio, siendo el problema que nunca había bastantes para satisfacer a la demanda.

jueves, 18 de agosto de 2011

La Empresa de Inglaterra. El camino a la guerra

Cuando hablamos de la Gran Armada de 1588 lo primero que nos viene a la cabeza es el enfrentamiento entre Felipe II de España e Isabel de Inglaterra. Y uno se pregunta, culto que es uno, ¿qué pasó entre ellos para que de la amistad se pasara al odio?.

Debemos recordar que allá por 1555 eran amigos, aún más, eran familia. Felipe de España se había casado con María Tudor, reina de Inglaterra; por lo tanto era rey de Inglaterra, rey consorte sí, pero rey al fin y al cabo. Junto a ella había reinado durante cuatro años, sus relaciones con su cuñada Isabel, de 22 años, no habían sido malas. Al contrario, Felipe II la había protegido contra el partido católico inglés, en su linea radical, que abogaba por su ejecución. ¿qué pasó en esos 33 años?

Para entender la postura de la Monarquía Católica que regía Felipe II habría que tener en cuenta los principios que marcaban su política exterior: eran uno político, otro ideológico y un tercero económico. El político, el mantenimiento de los territorios heredados; el ideológico, la defensa del Catolicismo, y el económico, el monopolio de la navegación con las Indias Occidentales. Evidentemente, la defensa de esos tres principios traía consigo una serie constante de conflictos en una época en que la Reforma había triunfado en media Europa y cuando la tendencia general hacia una economía mundial hacía que las potencias marítimas llevasen cada vez peor la veda del comercio por las nuevas rutas descubiertas. Al contrario que su padre, el emperador Carlos V, Felipe II odiaba la guerra, proponiéndose desde un principio establecer una era de paz para sus pueblos. Se le vería zanjar la guerra heredada frente a Francia con la paz de Cateau Cambresis de 1559. Su drama particular estribaría en que muy pronto se vería arrastrado, él también, a guerras interminables. En este año de 1559 su experiencia política era ya grande, habiendo dado muestras de eficacia en el puesto que le había asignado su padre. Es cierto que a la muerte de Carlos V iba a introducir cambios en la manera de llevar las relaciones internacionales no siempre convenientes; el por de ellos, su aislamiento, al encerrarse en la meseta, entre Madrid y El Escorial, apartando de su vida aquellos largos y continuos viajes, que habían sido una de las características más notables del Emperador, y de su propia juventud. Con lo cual, los encuentros en la cumbre iban a desaparecer, y con ello una de las posibilidades más claras de que la diplomacia sustituyera a la guerra. Tampoco utilizó la baza del despliegue familiar: su hermana Juana, viuda desde 1554, ni la de su hijo don Carlos (por supuesto, su enfermedad era gran impedimento), ni la de su hermanastro don Juan de Austria. Sólo al final de su reinado puso en marcha dos bodas de tono menor: las de sus hijas Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia, la primera con el duque de Saboya y la segunda con su sobrino el archiduque Alberto de Austria. Pero no se atrevió a la más audaz, su hermanastro con María Estuardo.

A todo ello hay que añadir que Europa estaba entrando, desde mediados de siglo, en una larga etapa de antagonismos religiosos, que hacía difíciles los entendimientos diplomáticos. La época de Erasmo estaba dando paso a la de Calvino y San Ignacio, lo cual iba a enrarecer el ambiente de las relaciones diplomáticas, especialmente entre Inglaterra y España, cuyos soberanos se iban a convertir en los máximos protectores de los dos bandos religiosos en conflicto: protestantes y católicos. Estaba en marcha aquel protonacionalismo al que alude Kamen en su ensayo “La visión de España en la Inglaterra isabelina”. Protonacionalismo fortalecido por la nota peculiar de cada directriz religiosa, que curiosamente tendría un respaldo internacional, los reformadores de toda Europa tendía a considera a Isabel su protectora natural, de igual modo que los católicos lo hacía con Felipe II. De ese modo, arrastrados por corrientes no sólo nacionales sino también internacionales, poco podría hacer ambos soberanos para resguardar la paz.

En este marco es más fácilmente comprensible la involución producida, que llevó a los dos pueblos a dejar su antigua alianza para entrar por el derrotero de la guerra. Las propias embajadas se convirtieron en focos perturbadores de la paz, con lo que los diplomáticos de ambos países perdieron credibilidad ante los gobiernos respectivos, de ahí que la expulsión de los embajadores sea una nota tan frecuente, a lo largo de este periodo.

¿Quién desea la guerra?. El caso es que sabemos que en un principio tanto Isabel como Felipe II eran partidarios de la paz y que ambos se mostraban amigos. Recordemos que Felipe II había defendido a la joven princesa cuando la camarilla de María Tudor quiso ejecutarla por traidora. Aquí no nos encontramos con el rígido monarca fanático sino, curiosamente, con el hombre de Estado: Felipe II tenía muy clara la consigna de su padre Carlos V de que para que las cosas de los Países Bajos rodaran bien era preciso que fueran óptimas las relaciones con Inglaterra. La alternativa al encumbramiento de Isabel era el ascenso de María Estuardo, que en 1558 era ya reina de Escocia y esposa del Delfín de Francia. Por lo tanto, si un bloque tan fuerte se hacía también con Inglaterra, los Países Bajos quedaría aislados por mar y tierra y a su entera merced. De ahí que Felipe II tratara por todos los medios de mantener la alianza con Isabel. Incluso tratando de su posible boda, el propio Felipe II con 32 años se creía en condiciones de poder optar a la mano de Isabel con 25 años. Era una operación segura: Isabel era inexperta, estaba rodeada de enemigos y no podía exponerse a caer en desgracia del monarca más poderoso de la Cristiandad. Felipe II se iba a encontrar con una de las Reinas más inteligentes que ha conocido la Historia: una auténtica mujer de Estado, bien secundada por un político verdaderamente notable: Cecil. Por el momento daría largas al asunto, procurando ganar tiempo. El problema estribaba en poder rechazar la boda, sin provocar la ruptura con Felipe. E Isabel, con rara habilidad, lo consiguió. Sabía que tenía el apoyo popular, y eso le daba firmeza, a pesar de seguir llamándolo en sus cartas “amantissimun fratrem et perpetuum confederatum”

Estamos aún en la etapa de la amistad; todavía faltan años para que se entre en la guerra fría. Durante diez años, la diplomacia filipina luchó por mantener esa alianza inglesa. Sin embargo, hubo sus dudas, pues el partido belicoso de la Corte apostaba por un acto de fuerza. Incluso se planteó una temprana invasión de Inglaterra, alentada por Enrique II de Francia, en una negociación paralela a la de la paz de Cateau Cambresis. Pero Felipe II lo desechó, él no era un rey conquistador; quedaba el aspecto fundamental: ¿qué podía hacer los invasores una vez lograda la primera victoria?. A la larga, estaba claro que el problema no se reducía tan sólo a invadir, sino a mantener en el terreno invadido. Curiosamente el primero en desaconsejar esa invasión sería el Duque de Alba, en esa línea estaba el mismo Rey.

Después de 1568, Isabel lleva ya diez años en el trono, sale de Londres el único embajador español con el que la Reina se llevaría bien – Diego Guzmán de Silva -, el duque de Alba está en Flandes y los buques de Hawkins sufren el revés de San Juan de Ulua, aguas mexicanas, de los seis navíos perdidos por los ingleses, dos son pagados por la propia Reina, provocando como represalia inglesa el apoderamiento del dinero (medio millón de escudos) que Felipe II mandaba por mar a Flandes, para pagar a los tercios viejos y que repostaban en puertos ingleses.

Puede hablarse ya de guerra fría.

La excomunión de la reina Isabel, pronunciada por Roma en 1570, agravó la situación, radicalizando las dos posturas.
Mientras, la herida abierta en el costado español seguía supurando: los Países Bajos se habían rebelado con su señor natural y miraban a Inglaterra como defensora de su Nueva Fe.

Durante el gobierno de los Países Bajos de don Juan de Austria asistimos a una apertura de negociaciones matrimoniales con María Estuardo de Escocia, pero María era ya, de hecho, la prisionera de Estado de Isabel y cuando el intento de boda tenía que ir acompañado de una invasión. Y eso en 1574, cuando ya había muerto el mejor marino español Pedro Menéndez de Avilés. Por añadidura estaba el hecho de los recelos de Felipe II hacia su hermanastro que le llevan a negar su apoyo para lo que temía que fuese un excesivo engrandecimiento de don Juan de Austria. Entraron en juego las intrigas de Antonio Pérez, que acabaron con el asesinato del secretario de don Juan, Escobedo. Isabel, con figuras como Cecil y Walsingham estuvo mucho mejor auxiliada en su gobierno que Felipe II con Antonio Pérez. Y ese hecho, en aquella época de monarquías autoritarias tenía una especial importancia.

Así se sucedieron, cada vez con más frecuencia, los gestos hostiles: expulsión de los embajadores de uno y otro país, ataques de marinos ingleses a la Indias Occidentales españolas y, en fin, ayudas cada vez más ostensibles de los dos gobiernos a los rebeldes del otro país: así, de los ingleses al príncipe de Orange, en los Países Bajos, como a los de don Antonio Crato en Portugal; y los de España a los católicos ingleses e irlandeses. Felipe II llegaría hasta la fundación de Colegios de ingleses, escoceses e irlandeses, que servirían para mantener vivo el catolicismo en las Islas, pero también para provocar constantes dificultades a la Reina inglesa.

Todo ello arrojaba los acontecimientos por un plano inclinado, cuya desembocadura en la guerra parecía cada vez más inevitable. La incorporación de Portugal a los dominios de Felipe II (1581) agudizó aún más la rivalidad en el mar.

Se dan presiones de algunos consejeros de Felipe II, para los que bastaba un manotazo del poderío hispano para derrocar a Isabel. La soberbia de esos consejeros, típica del país que está en la cumbre del poder era increíble. En esta línea conflictiva llegó el formidable ataque de Drake a las Indias Occidentales, en 1585, en el que saqueó Santo Domingo, Cartagena de Indias y San Agustín. Las relaciones diplomáticas estaban definitivamente rotas. Los voluntarios ingleses del conde de Leicester luchaban al lado de los rebeldes holandeses, mientras Felipe II apoya en lo posible a los católicos ingleses. Puede afirmarse que la guerra entre las dos naciones era un hecho insoslayable.

Felipe II ordena preparar la Empresa de Inglaterra.