Gonzalo de Berceo nació a finales del siglo XII en La Rioja y falleció después del año 1264. Es una figura fundamental en la historia de la literatura española puesto que es el primer poeta que escribió en castellano y cuyo nombre ha llegado hasta nosotros. En su niñez se educó en el Monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, luego, tras recibir en Palencia una educación muy esmerada para su época, fue ordenado sacerdote y desempeñó el cargo de notario eclesiástico de ese monasterio. Berceo es el más importante representante del mester de clerecía y contribuyó notablemente a la mejora de la lengua castellana. Toda su obra poética es de naturaleza religiosa, destacando las biografías de varios santos -San Millán, Santo Domingo de Silos, Santa Oria, etc.-y "los Milagros de Nuestra Señora", que es su obra maestra.
Durante la vida de Gonzalo de Berceo, su querido Monasterio de San Millán atravesó una fase de decadencia debido a la escasez de recursos económicos, por ese motivo, nuestro protagonista utilizó sus poesías para garantizar que la recaudación fluyera hacia las maltrechas arcas monacales -la poesía al servicio de los impuestos-. Esta es la faceta de la vida de Berceo que vamos a abordar en este artículo.
La batalla de Clavijo y el Voto de Santiago.
Veremos más adelante que Gonzalo de Berceo utilizó el Voto de Santiago como precedente de su impuesto, por eso, debemos explicar ahora que ese voto era un tributo que se satisfacía por los cristianos de Asturias, Galicia, León y Castilla durante la Edad Media. Su recaudación incrementaba los diezmos y primicias que correspondían a la Iglesia, beneficiando en concreto al Arzobispado de Santiago de Compostela como consecuencia de que el impuesto había nacido para agradecer al apóstol Santiago su participación en la batalla de Clavijo, en apoyo de los ejércitos de Ramiro I de Asturias.
Cuenta la leyenda que los cristianos decidieron dejar de satisfacer a los musulmanes el humillante tributo de las cien doncellas, y que esta actitud originó que las tropas del emirato cordobés invadieran su territorio con un poderoso ejército hacia el año 844. Enfrentadas en Clavijo las huestes de unos y otros, tuvo lugar la aparición del apóstol Santiago que luchó junto a los cristianos en un momento en el que éstos estaban al borde de la derrota. La intervención sobrenatural modificó el devenir del combate e hizo posible que los cristianos vencieran de una manera rotunda y consiguieran un cuantioso botín. Sigue contando la leyenda que Ramiro I, agradecido por la ayuda del Apóstol, instituyó el Voto, y que, desde ese momento, los fieles ofrecieron al Arzobispado de Santiago una parte de las primeras cosechas y vendimias.
Sin embargo, ya desde el siglo XVIII los historiadores opinan que la batalla de Clavijo, cuya existencia no se refleja en las fuentes documentales contemporáneas del siglo IX, fue un acontecimiento legendario que no sucedió realmente. Es más, todo parece indicar que fue inventado con la finalidad de recaudar el tributo del Voto.
Vida de San Millán de la Cogolla
De la misma manera que el Voto de Santiago nace para agradecer al Apóstol su ayuda guerrera, Gonzalo de Berceo justificó el tributo que pretendía implantar -el Voto de San Millán- en un milagro similar de este santo riojano.
San Millán nació en el seno de una humilde familia de pastores del pueblo de Berceo y vivió entre los siglos V y VI después de Cristo en la España visigoda. En su juventud se hizo ermitaño y pasó todo tipo de privaciones en la zona de Haro, dedicado a la penitencia y a la meditación. Posteriormente, fue párroco en su localidad natal de Berceo y, en la última etapa de su vida, se retiró a Suso, fundando una comunidad de monjes que, tras su muerte, se convirtió en el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Por tanto, San Millán destacó especialmente como monje pobre, confesor y ermitaño.
Como hemos visto anteriormente, la "Vida de San Millán de la Cogolla" es una de las obras que escribió Gonzalo de Berceo y es precisamente a través de sus hermosos versos endecasílabos como nuestro poeta pretendió convertirse en creador y difusor de impuestos. Veamos como lo hizo.
Justificación del nuevo impuesto
Utilizando como modelo el precedente del Voto de Santiago, Gonzalo de Berceo sostiene que el nuevo impuesto servirá para retribuir la participación de San Millán y el apóstol Santiago en una batalla entre moros y cristianos. Así describe la aparición de los santos en la "Vida de San Millán de la Cogolla":
"Vieron dos personas hermosas y lucientes
eran mucho más blancas que las nieves relucientes.
Venían en dos caballos más blancos que cristal,
armas tales no vio nunca hombre mortal;
el uno tenía báculo mitra pontifical (Santiago Apóstol)
el otro una cruz, nunca el hombre vio tal (San Millán)
tenían caras angélicas y celestial figura
descendían por el aire a una gran presura
catando a los moros con torva catadura
espadas en la mano en signo de pavura".
Tras esta aparición, la lucha, en la que los cristianos llevaban la peor parte debido al mayor número de soldados enemigos, cambió radicalmente de signo; San Millán y Santiago dieron "golpes certeros" a las primeras filas de los sarracenos, provocando el espanto del resto de su ejército. Algunos musulmanes se repusieron de la sorpresa y lanzaron una nube de flechas sobre los dos santos y sus cabalgaduras, pero milagrosamente las saetas se volvieron contra ellos mismos, clavándose en las carnes de aquellos que las disparaban. Ante esta complicada situación, el rey Abderramán decidió huir del campo de batalla.
El combate descrito por Berceo en su "Vida de San Millán de la Cogolla" encaja, desde un punto de vista histórico, con la batalla de Simancas, que tuvo lugar en el año 939 entre las tropas de Ramiro II de León y las del califa de Córdoba Abderramán III. Formando parte de las huestes cristianas se encontraba Fernán González, conde de Castilla.
Las fuentes históricas refieren que en los momentos iniciales de la batalla hubo un eclipse de sol que aterrorizó por igual a los integrantes de los dos ejércitos. A pesar de ello, las tropas de Abderramán atacaron la población de Simancas, que fue defendida con tenacidad por los cristianos provocando muchas bajas al enemigo. En la retirada que siguió, los musulmanes cayeron en una emboscada en un terreno de barrancos y gargantas y fueron exterminados. La victoria de Simancas fue muy importante en el curso de la Reconquista, en primer lugar porque se trató de una batalla real y, en segundo, porque aseguró el dominio de las tierras ubicadas al norte del Duero e hizo posible iniciar la repoblación en los territorios al sur del mismo.
Creación del impuesto
Siguiendo su relato, Gonzalo de Berceo cuenta que el rey Ramiro II confirmó el ya existente voto de Santiago, a favor de Santiago de Compostela, mientras que el conde Fernán González instituía sobre sus territorios de Castilla un impuesto nuevo -el Voto de San Millán- en beneficio del Monasterio de San Millán de la Cogolla, en señal de agradecimiento por la ayuda celestial. Veamos como lo plasma en su obra:
"Apenas tuvieron las ganancias partidas,
a Dios y a los santos las gracias ofrecidas
confirmaron las parias que fueron ofrecidas
a los dos que hicieron las primeras heridas. (es decir al apóstol Santiago y a San Millán)
El rey don Ramiro, que esté en el Paraíso,
dio herencia al apóstol como fue prometido;
confirmole los votos como hombre comedido,
no dejó en el reino casa sin compromiso.
El conde Fernán González con todos sus varones,
con obispos y abades, alcaldes y sayones
pusieron y juraron de dar en las sazones
a la casa de San Millán estos tres pipiones". (los pipiones son una moneda medieval)
Ámbito territorial
Creado el impuesto, Gonzalo de Berceo procede a enumerar los territorios sobre los que se aplicaría para delimitar la recaudación correspondiente al Arzobispado de Santiago y la que beneficiaría al Monasterio de San Millán de la Cogolla. Es decir, el poeta estaba fijando lo que en la actualidad denominamos "el punto de conexión".
"De donde taja el río que corre por Palencia
Carrión es su nombre, según mi creencia,
hasta el río Arga, llega esta sentencia
de rendir cada casa esta benevolencia
desde Extremadura las sierras de Segovia
hasta la otra sierra que dicen Barahona,
así que hasta la mar que es allende Vitoria,
todos se subyugaran a dar esta memoria".
Forma de pago
Finalmente, las cultas estrofas de Berceo, en tetrástrofo monorrimo, especifican también la forma de pago del Voto de San Millán:
"Unas tierras dan vino, en otras dan dineros,
en algunas cebera, en alguantas carneros;
fierro traen de Álava y cuños de aceros,
quesos dan en ofrenda por todos los Cameros".
Realidad histórica
Como hemos indicado con anterioridad, el monasterio de San Millán de la Cogolla padeció problemas económicos en los inicios del siglo XIII, debido a que se redujeron notablemente las donaciones en su favor a raíz de la dura competencia entre los distintos centros de peregrinación. Fue en este contexto, sin duda, cuando se concibió la idea de crear el Voto de San Millán para obtener la parte de la recaudación del Voto de Santiago que correspondía a la zona de Castilla, en detrimento de los recursos que percibía el arzobispado de Santiago de Compostela. De una manera menos ambiciosa, se trataba también de reforzar los presentes y donaciones que se hacían de forma tradicional a San Millán, desde hacía muchos años, en una práctica obligatoria, compitiendo con la consolidada recaudación que fluía hacia la capital de Galicia.
Para conseguirlo, entre 1210 y 1240 se elaboraron por los copistas del monasterio falsos documentos del siglo X, el más importante de los cuales fue el diploma en el que el conde Fernán González de Castilla había instituido el Voto de San Millán trescientos años atrás. Todos estos documentos fueron utilizados con bastante éxito en diversos pleitos que se mantenían con otras instituciones religiosas por cuestiones económicas y recaudatorias.
Buena prueba del éxito de estos documentos es que convencieron a la cancillería regia de su autenticidad, logrando que el rey Sancho II confirmase en el año 1289 el privilegio de los votos otorgado de forma imaginaria por el conde Fernán González a favor del monasterio riojano. Aunque los documentos falsos se elaboraron durante los años de estancia de Gonzalo de Berceo en San Millán, no tenemos la certeza de que participara en su ejecución material. Lo que sí es seguro es que conocía el diploma de los votos de San Millán porque lo cita expresamente en su obra.
También es rigurosamente cierto que, como complemento de los documentos y las actuaciones judiciales, existió una campaña literaria para fomentar una mayor recaudación en la que participó decididamente Gonzalo de Berceo escribiendo su "Vida de San Millán de la Cogolla" hacia el año 1230. Esta obra se recitaba a los peregrinos que acudían al Monasterio y, por tanto, era un excelente instrumento de divulgación entre los fieles de la existencia del Voto de San Millán y la obligatoriedad de pagarlo. Además hay constancia histórica de que las obras de Berceo se recitaron por los juglares en las diversas poblaciones que iban recorriendo, incrementando su difusión entre los contribuyentes.
Conclusión.
Setecientos cincuenta años después de su muerte, Gonzalo de Berceo es considerado uno de los más importantes escritores de la Edad Media. La generación española del 98 convirtió su figura en un auténtico símbolo. Berceo tenía una clara intención didáctica a la hora de escribir sus obras: quería que los fieles aprendieran gracias a ellas. Este objetivo le hizo conseguir algo muy difícil: utilizar un lenguaje sencillo y auténtico sin olvidar la cultura eclesiástica-latina a la que pertenecía. Sus endecasílabos, que están repletos de expresiones populares y afectivas, consiguieron otorgar categoría artística a lo coloquial por primera vez en la literatura castellana. Gracias a ello, consiguió enriquecer nuestra lengua en una época tan temprana como la primera mitad del siglo XIII.
Berceo no tuvo tanta fortuna como creador y divulgador de impuestos, puesto que aunque es cierto que el Monasterio de San Millán de la Cogolla consiguió mejorar su situación económica a través de los documentos falsos, las victorias en los pleitos y la difusión poética del Voto de San Millán, no se logró el ambicioso objetivo de recaudar de manera regular el voto sobre el extenso territorio de Castilla.
lunes, 14 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
La batalla de Vélez-Málaga
El 24 de agosto de 1704 tuvo lugar la batalla naval más importante de la Guerra de Sucesión española, tuvo lugar frente a Vélez-Málaga. Se enfrentaron 96 naves de guerra franco-españolas (unos 3.580 cañones y 24.200 hombres) contra la flota anglo-holandesa del almirante Rooke, de infausta memoria, compuesta de 59 navíos (unos 3.600 cañones y 22.500 hombres).
Las bajas totales se acercaron a los 4.200 hombres más un incontable número de heridos. Y de uno de esos heridos quiero hablar hoy.
En el buque-insignia de la escuadra franco-española del Conde de Tolosa estaba embarcado un joven guardiamarina de 16 años, al que una bala de cañón casi le arrancó una pierna. Tuvo que ser operado, sin anestesia de ningún tipo. Perdió la pierna.
El Conde de Tolosa, impresionado por el valor demostrado, cuentan las crónicas que aquel joven no emitió ni un sólo sonido en toda la operación, escribió una carta al Rey Felipe V quien le ofreció un hábito de una orden militar y que pasara aformar parte de su Casa Militar, pero aquel joven sólo pidió que se le permitiera continuar en la Marina, a lo que accedió el Rey nombrándole alférez de bajel de alto bordo.
Este guardiamarina fue el que años más tarde, siendo ya teniente general, y tuerto y manco además de cojo, infligió a Vernon la peor derrota de la Armada inglesa en la defensa de Cartagena de Indias, en el año del Señor de 1741.
Su nombre es Blas de Lezo, I marqués de Oviedo,
Las bajas totales se acercaron a los 4.200 hombres más un incontable número de heridos. Y de uno de esos heridos quiero hablar hoy.
En el buque-insignia de la escuadra franco-española del Conde de Tolosa estaba embarcado un joven guardiamarina de 16 años, al que una bala de cañón casi le arrancó una pierna. Tuvo que ser operado, sin anestesia de ningún tipo. Perdió la pierna.
El Conde de Tolosa, impresionado por el valor demostrado, cuentan las crónicas que aquel joven no emitió ni un sólo sonido en toda la operación, escribió una carta al Rey Felipe V quien le ofreció un hábito de una orden militar y que pasara aformar parte de su Casa Militar, pero aquel joven sólo pidió que se le permitiera continuar en la Marina, a lo que accedió el Rey nombrándole alférez de bajel de alto bordo.
Este guardiamarina fue el que años más tarde, siendo ya teniente general, y tuerto y manco además de cojo, infligió a Vernon la peor derrota de la Armada inglesa en la defensa de Cartagena de Indias, en el año del Señor de 1741.
Su nombre es Blas de Lezo, I marqués de Oviedo,
miércoles, 2 de noviembre de 2011
El primer buque de vapor español
El Real Fernando o El Betis, como también se le llamaba, de la Real Compañía del Guadalquivir, es, sin duda, el barco de vapor que antecede a todos los españoles. Con este buque se establece la primera línea regular de pasajeros servida en nuestro país por esta clase de embarcaciones, uniendo Sevilla con Sanlúcar. En su viaje inaugural, se arriesga a salir a la mar para llegar hasta Cádiz.
Las reseñas bibliográficas sobre esta visita no están, en absoluto, de acuerdo sobre el día exacto en el que el citado barco visitó Cádiz. Del análisis de las fuentes documentales de la Biblioteca de Temas Gaditanos y en la Biblioteca Pública Provincial de Cádiz podemos colegir que la entrada del barco en el puerto de Cádiz, se registra el día 8 de julio de 1817 y la salida del mismo, con destino a Sevilla, al día siguiente. El Díario Mercantil de Cáidz reseñaba el acontecimiento como sigue:
Cádiz, 9.- El barco de vapor el Real Fernando (El Betis) ha estado expuesto todo el día á la curiosidad de un numeroso concurso que de esta Plaza se ha trasladado á su bordo.
Habiendo salido de Sevilla en la madrugada del día 8, no ha podido menos de invertir diez y siete horas en su viage, no tanto por la contramarea y detención que en Sanlúcar ha sufrido, cuanto por habersele cercenado mucha parte de su salida con la idea de hacer las experiencias y observaciones que son necesarias.
Recordemos que el primer barco de vapor que hizo una travesía por mar fue el Phoenix, en un sólo viaje, entre Nueva York y Nueva Brunswick, en 1807. Apenas 10 años antes, lo que, en aquella época, no era nada de retraso.
Esta efemerides es ampliamente reconocida en Sanlúcar de Barrameda, tanto en sus calles como en su atracadero, donde podemos navegar en el "Real Fernando" que nos lleva hasta Doñana.
Las reseñas bibliográficas sobre esta visita no están, en absoluto, de acuerdo sobre el día exacto en el que el citado barco visitó Cádiz. Del análisis de las fuentes documentales de la Biblioteca de Temas Gaditanos y en la Biblioteca Pública Provincial de Cádiz podemos colegir que la entrada del barco en el puerto de Cádiz, se registra el día 8 de julio de 1817 y la salida del mismo, con destino a Sevilla, al día siguiente. El Díario Mercantil de Cáidz reseñaba el acontecimiento como sigue:
Cádiz, 9.- El barco de vapor el Real Fernando (El Betis) ha estado expuesto todo el día á la curiosidad de un numeroso concurso que de esta Plaza se ha trasladado á su bordo.
Habiendo salido de Sevilla en la madrugada del día 8, no ha podido menos de invertir diez y siete horas en su viage, no tanto por la contramarea y detención que en Sanlúcar ha sufrido, cuanto por habersele cercenado mucha parte de su salida con la idea de hacer las experiencias y observaciones que son necesarias.
Recordemos que el primer barco de vapor que hizo una travesía por mar fue el Phoenix, en un sólo viaje, entre Nueva York y Nueva Brunswick, en 1807. Apenas 10 años antes, lo que, en aquella época, no era nada de retraso.
Esta efemerides es ampliamente reconocida en Sanlúcar de Barrameda, tanto en sus calles como en su atracadero, donde podemos navegar en el "Real Fernando" que nos lleva hasta Doñana.
lunes, 31 de octubre de 2011
La primera escuela de Medicina
Le cabe a la Armada española el orgullo de haber puesto en marcha el primer centro de enseñanza de la Medicina en nuestro país. Fue el Real Colegio de Cirugía, que abrió sus puertas en Cádiz, en 1748, gracias a diversos factores, entre los cuales se encontraban el talento y la clarividencia de un ilustre cirujano de las flotas, Pedro Virgili, y la comprensión y la sagacidad de un político, Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, quién desde el primer momento entiende las razones de la petición del primero y logra, desde su alta posición de consejero directo del Rey, que se realice su aspiración legítima.
Virgili, quien contaba con un conocimiento científico superior a la media de la época, estaba empeñado en que se contara con unos servicios médicos “profesionales” con la preparación suficiente, para los cánones de aquellos tiempos: “... un Colegio en el cual se enseñe la Cirugía con el método que se requiere, deduciendo sus doctrinas de los experimentos físicos, observaciones y experiencia práctica, para lo cual siendo preciso haya un Hospital donde haya u ocurran muchas enfermedades y que también se encuentre cirujanos de grandes conocimientos que puedan explicarlas a los practicantes colegiales haciéndoles trabajar en la Anatomía efectiva y exponiendo todas las demás partes de la Cirugía.”
El cirujano hizo la petición en marzo y el Marqués lo elevó al rey en julio, Su Majestad el rey Fernando VI firmaba las ordenanzas del colegio en noviembre de ese año, “teniendo presente las ventajas que se seguirán a su servicio y la utilidad que experimentarán los oficiales, tropas y marinería de la Armada y navíos particulares de comercio en la cura de sus enfermedades...”. El trámite, pues, fue todo un récord para las costumbres de la época.

No hablemos de la celeridad con que se acometieron las obras del Real Colegio, el fervor con que su promotor reclutó el cuadro de profesores y reunió el material didáctico apropiado, pero sí dar una muestra del ritmo que se puso en la consecución del proyecto: “(...) participo a V. I. cómo el día de San Juan entraron los colegiales a vivir dentro del Colegio, de lo que doy gracias a V. I. por la suntuosidad del edificio y la decencia con que están (…) Carta del 7 de julio de 1750. ¡No habían pasado más de 18 meses!. Los primeros cincuenta aspirantes a la condición de cirujanos de la Armada ya tenían asegurados alojamiento y enseñanza.
El personal embarcado comenzó a percibir el avance técnico que significaba la presencia de los facultativos egresados de Cádiz, que elevaron sensiblemente el nivel de calidad en las enfermerías a bordo, así como en los centros hospitalarios en ambas orillas.
Era un paso de progreso que situaba a la ciencia médica española, en general, a la altura que la misma había logrado en Francia, nación que, por entonces y gracias a la Escuela de París, estaba situada a la cabeza de Europa en los estudios de la Medicina y la Cirugía.
Se dio un segundo fruto que no quizá no se había propuesto Pedro Virgili al dirigir su memorial al Marqués de la Ensenada. A los pocos años de la creación del Real Colegio de Cirugía, esos efectos comenzarían a percibirse en las bases y apostaderos situados en las costas de los inmensos territorios sometidos a la Corona de España. En puertos como Veracruz y Acapulco, en la Nueva España; Cartagena de Indias, en la Nueva Granada; el Callao, en Perú; La Habana en la isla de Cuba, Montevideo y Buenos Aires, en el Río de la Plata, etc., se inició un mejoramiento de las condiciones de salubridad ambiental, y hasta hubo expediciones por tierra firme que contaban con la asistencia de algún médico de la Armada, como ocurriría en la que llevó a cabo la conquista de California.
Como habéis podido imaginar por su apellido, Pedro Virgili era catalán, nacido en Tarragona en 1699, y como tal, digno súbdito del Rey de España unos 100 años antes de la invención del actual nacionalismo catalán.
Virgili, quien contaba con un conocimiento científico superior a la media de la época, estaba empeñado en que se contara con unos servicios médicos “profesionales” con la preparación suficiente, para los cánones de aquellos tiempos: “... un Colegio en el cual se enseñe la Cirugía con el método que se requiere, deduciendo sus doctrinas de los experimentos físicos, observaciones y experiencia práctica, para lo cual siendo preciso haya un Hospital donde haya u ocurran muchas enfermedades y que también se encuentre cirujanos de grandes conocimientos que puedan explicarlas a los practicantes colegiales haciéndoles trabajar en la Anatomía efectiva y exponiendo todas las demás partes de la Cirugía.”
El cirujano hizo la petición en marzo y el Marqués lo elevó al rey en julio, Su Majestad el rey Fernando VI firmaba las ordenanzas del colegio en noviembre de ese año, “teniendo presente las ventajas que se seguirán a su servicio y la utilidad que experimentarán los oficiales, tropas y marinería de la Armada y navíos particulares de comercio en la cura de sus enfermedades...”. El trámite, pues, fue todo un récord para las costumbres de la época.

No hablemos de la celeridad con que se acometieron las obras del Real Colegio, el fervor con que su promotor reclutó el cuadro de profesores y reunió el material didáctico apropiado, pero sí dar una muestra del ritmo que se puso en la consecución del proyecto: “(...) participo a V. I. cómo el día de San Juan entraron los colegiales a vivir dentro del Colegio, de lo que doy gracias a V. I. por la suntuosidad del edificio y la decencia con que están (…) Carta del 7 de julio de 1750. ¡No habían pasado más de 18 meses!. Los primeros cincuenta aspirantes a la condición de cirujanos de la Armada ya tenían asegurados alojamiento y enseñanza.
El personal embarcado comenzó a percibir el avance técnico que significaba la presencia de los facultativos egresados de Cádiz, que elevaron sensiblemente el nivel de calidad en las enfermerías a bordo, así como en los centros hospitalarios en ambas orillas.
Era un paso de progreso que situaba a la ciencia médica española, en general, a la altura que la misma había logrado en Francia, nación que, por entonces y gracias a la Escuela de París, estaba situada a la cabeza de Europa en los estudios de la Medicina y la Cirugía.
Se dio un segundo fruto que no quizá no se había propuesto Pedro Virgili al dirigir su memorial al Marqués de la Ensenada. A los pocos años de la creación del Real Colegio de Cirugía, esos efectos comenzarían a percibirse en las bases y apostaderos situados en las costas de los inmensos territorios sometidos a la Corona de España. En puertos como Veracruz y Acapulco, en la Nueva España; Cartagena de Indias, en la Nueva Granada; el Callao, en Perú; La Habana en la isla de Cuba, Montevideo y Buenos Aires, en el Río de la Plata, etc., se inició un mejoramiento de las condiciones de salubridad ambiental, y hasta hubo expediciones por tierra firme que contaban con la asistencia de algún médico de la Armada, como ocurriría en la que llevó a cabo la conquista de California.
Como habéis podido imaginar por su apellido, Pedro Virgili era catalán, nacido en Tarragona en 1699, y como tal, digno súbdito del Rey de España unos 100 años antes de la invención del actual nacionalismo catalán.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Bucaneros
Hacia mediados del siglo XVII la isla de Santo Domingo, o La Española como se conocía en aquella época, se encontraba invadida por una singular comunidad de hombres salvajes, hisurtos, feroces y sucios, en su mayoría colonos franceses, cuyo número aumentaba de cuando en cuando con manadas de recién llegados procedentes de los bajos fondos de más de una ciudad europea.
Estos hombres iban vestidos con camisa y pantalones de tela basta, la cual estaba empapada con la sangre de las bestias muertas por ellos. Llevaban una gorra redonda, botas de piel de cerdo que les cubrían las piernas, y un cinturón de piel cruda, en el cual metían sus sables y navajas. También estaban armados de mosquetes que disparaban un par de balas de dos onzas de peso cada una.
Los sitios en que secaban y salaban la carne se llamaban “boucan”, y de este término procede el nombre de bucaneros. Eran cazadores por profesión y salvajes por costumbre. Abatían las bestias y traficaban con su carne. Su alimento preferido era la médula cruda de los huesos de aquellos animales. Comían y dormían sobre el suelo desnudo, su mesa era una piedra, su almohada un tronco de árbol y su techo el cálido cielo de las Antillas.
William Dampier, hacia 1699
Estos hombres iban vestidos con camisa y pantalones de tela basta, la cual estaba empapada con la sangre de las bestias muertas por ellos. Llevaban una gorra redonda, botas de piel de cerdo que les cubrían las piernas, y un cinturón de piel cruda, en el cual metían sus sables y navajas. También estaban armados de mosquetes que disparaban un par de balas de dos onzas de peso cada una.
Los sitios en que secaban y salaban la carne se llamaban “boucan”, y de este término procede el nombre de bucaneros. Eran cazadores por profesión y salvajes por costumbre. Abatían las bestias y traficaban con su carne. Su alimento preferido era la médula cruda de los huesos de aquellos animales. Comían y dormían sobre el suelo desnudo, su mesa era una piedra, su almohada un tronco de árbol y su techo el cálido cielo de las Antillas.
William Dampier, hacia 1699
lunes, 24 de octubre de 2011
¡Dile al Rey Jorge que me la chupe!
Tanto sus orígenes como su muerte son poco conocidos y origen de especulaciones, además parte de la información que se tiene de su origen y muerte provienen de lo que se le atribuye como un diario autobiográfico. La versión más extendida es la que le tiene como nacido en Bayona, Francia de padre de esta nacionalidad y madre española, judía sefardí, cuya familia llegase a Francia huyendo de la Inquisición (cosa que podemos dar como falso, casi con toda certeza, pues la Inquisición a fines del s. XVIII ya no era lo que había sido un par de siglos antes). Criado en un hogar judío kosher, Lafitte contraería después matrimonio con Christiana Levine, de una familia judía danesa. El posible origen español se sustenta en el nombre que dió a su isla “Reino de Barataria”
A pesar de su nombre, un tanto afeminado, Jean Lafitte era un honesto y buen rey de los piratas. Lideraba una isla pirata que compró en 1803 en Luisiana, capturaban barcos y contrabandeaban mercancías robadas hacia Nueva Orleans. Tenía tanto éxito que cuando el gobernador de Luisiana ofreció una recompensa de 300 dólares por su captura (que era la mitad de todo lo que producía Luisiana en un año) Lafitte respondió ofreciendo una recompensa de 1.000 dólares por la captura del gobernador.
Los periódicos y las autoridades pintaban a Lafitte como una diabólica mente criminal y un asesino en masa. Vamos como Osama en los EEUU de hoy día. Aparentemente su reputación se extendió por todo el Atlántico, ya que en 1814, Lafitte fue "tentado" por los ingleses, que le hicieron llegar una carta firmada por el propio rey Jorge III, prometiendole la ciudadanía y propiedades si pasaba al servicio de la Corona inglesa. Estos ingleses tan humanitarios y democráticos cómo sólo ellos saben serlo.
Como los ingleses son así, en la misma misiva se le hacía saber que si se negaba a "colaborar" la Armada Real destruiría su isla hasta los cimientos. Lafitte respondió que necesitaría unos pocos días para pensar en la oferta...... y se largó a toda vela hasta Nueva Orleans y "avisó a los americanos que ¡Vienen los ingleses!". A pesar de que él no era americano, miraba al nuevo país con admiración y había ordenado a toda su flota que nunca atacaran a un barco americano. La única vez que uno de sus piratas desobedeció esta orden, Lafitte mató al capitán con sus propias manos.
Lafitte era reconocido entre los marineros mercantes por tratar bien a las tripulaciones capturadas y, a veces, devolvía los barcos que no eran lo suficientemente buenos para dedicarse a la piratería. Además, era todo un héroe entre los ciudadanos de Nueva Orleans, ya que este era el centro habitual de venta de todas las mercancías que robaba. Lo que permitía a las buenas gentes de Nueva Orleans disponer de mercancías que de otra forma nunca llegarían a sus manos.
Pero los americanos, al fin y al cabo de sangre inglesa en su mayoría, agradecieron el aviso de Lafitte, encerrando a toda la tripulación en la cárcel. Después los barcos americanos se dirigieron a la isla de Lafitte, los piratas cuando los vieron se las prometían felices y los recibieron con los brazos abiertos. Gran error, fueron capturados por sorpresa y encerrados en diversas prisiones militares. No fue hasta días después que un tal Andrew Jackson, futuro presidente de los EEUU, pusiera el dedo en la llaga: Nueva Orleans no estaba preparada para resistir el ataque de la Armada Real inglesa. Por fin, las autoridades entraron en razón, soltaron a todos los hombres de Lafitte con la condición de que lucharan contra los ingleses. Los barcos de Lafitte eran superiores a los de la Armada de los EEUU, aportando unos 1.000 hombres a las fuerzas locales de defensa.
Lo que resultó ser de gran ayuda para la joven nación, los piratas de Lafitte y los barcos de EEUU pudieron rechazar a los británicos a las puertas de Nueva Orleans. Si estos hubiesen conseguido apoderarse de esta estratégica ciudad en el golfo de México habrían podido entrar en el corazón de la nueva nación con todas sus fuerzas.
Por desgracia para Lafitte, no le fueron devueltos ni sus barcos ni su isla de Barataria. Tampoco llegó el perdón presidencial ni para él ni para sus hombres. A pesar de diversos intentos de su hermano y de él mismo ante el presidente Madison.
Sabemos que se dedicó a cartografiar las tierras más allá de Luisiana, la actual Arkansas; estuvo varios años en Galveston, glorioso nombre para el ejército español. Más tarde, su rastro se pierde. Se sabe con certeza que está enterrado en Zilam de Bravo, al norte de la península del Yucatán, pero no se sabe cuando murió, la leyenda dice que alrededor de 1825.
Es curioso pensar en como los EEUU deben su existencia, tal y como la conocemos hoy día, a un pirata y "terrorista" de nombre afeminado.
A pesar de su nombre, un tanto afeminado, Jean Lafitte era un honesto y buen rey de los piratas. Lideraba una isla pirata que compró en 1803 en Luisiana, capturaban barcos y contrabandeaban mercancías robadas hacia Nueva Orleans. Tenía tanto éxito que cuando el gobernador de Luisiana ofreció una recompensa de 300 dólares por su captura (que era la mitad de todo lo que producía Luisiana en un año) Lafitte respondió ofreciendo una recompensa de 1.000 dólares por la captura del gobernador.
Los periódicos y las autoridades pintaban a Lafitte como una diabólica mente criminal y un asesino en masa. Vamos como Osama en los EEUU de hoy día. Aparentemente su reputación se extendió por todo el Atlántico, ya que en 1814, Lafitte fue "tentado" por los ingleses, que le hicieron llegar una carta firmada por el propio rey Jorge III, prometiendole la ciudadanía y propiedades si pasaba al servicio de la Corona inglesa. Estos ingleses tan humanitarios y democráticos cómo sólo ellos saben serlo.
Como los ingleses son así, en la misma misiva se le hacía saber que si se negaba a "colaborar" la Armada Real destruiría su isla hasta los cimientos. Lafitte respondió que necesitaría unos pocos días para pensar en la oferta...... y se largó a toda vela hasta Nueva Orleans y "avisó a los americanos que ¡Vienen los ingleses!". A pesar de que él no era americano, miraba al nuevo país con admiración y había ordenado a toda su flota que nunca atacaran a un barco americano. La única vez que uno de sus piratas desobedeció esta orden, Lafitte mató al capitán con sus propias manos.
Lafitte era reconocido entre los marineros mercantes por tratar bien a las tripulaciones capturadas y, a veces, devolvía los barcos que no eran lo suficientemente buenos para dedicarse a la piratería. Además, era todo un héroe entre los ciudadanos de Nueva Orleans, ya que este era el centro habitual de venta de todas las mercancías que robaba. Lo que permitía a las buenas gentes de Nueva Orleans disponer de mercancías que de otra forma nunca llegarían a sus manos.
Pero los americanos, al fin y al cabo de sangre inglesa en su mayoría, agradecieron el aviso de Lafitte, encerrando a toda la tripulación en la cárcel. Después los barcos americanos se dirigieron a la isla de Lafitte, los piratas cuando los vieron se las prometían felices y los recibieron con los brazos abiertos. Gran error, fueron capturados por sorpresa y encerrados en diversas prisiones militares. No fue hasta días después que un tal Andrew Jackson, futuro presidente de los EEUU, pusiera el dedo en la llaga: Nueva Orleans no estaba preparada para resistir el ataque de la Armada Real inglesa. Por fin, las autoridades entraron en razón, soltaron a todos los hombres de Lafitte con la condición de que lucharan contra los ingleses. Los barcos de Lafitte eran superiores a los de la Armada de los EEUU, aportando unos 1.000 hombres a las fuerzas locales de defensa.
Lo que resultó ser de gran ayuda para la joven nación, los piratas de Lafitte y los barcos de EEUU pudieron rechazar a los británicos a las puertas de Nueva Orleans. Si estos hubiesen conseguido apoderarse de esta estratégica ciudad en el golfo de México habrían podido entrar en el corazón de la nueva nación con todas sus fuerzas.
Por desgracia para Lafitte, no le fueron devueltos ni sus barcos ni su isla de Barataria. Tampoco llegó el perdón presidencial ni para él ni para sus hombres. A pesar de diversos intentos de su hermano y de él mismo ante el presidente Madison.
Sabemos que se dedicó a cartografiar las tierras más allá de Luisiana, la actual Arkansas; estuvo varios años en Galveston, glorioso nombre para el ejército español. Más tarde, su rastro se pierde. Se sabe con certeza que está enterrado en Zilam de Bravo, al norte de la península del Yucatán, pero no se sabe cuando murió, la leyenda dice que alrededor de 1825.
Es curioso pensar en como los EEUU deben su existencia, tal y como la conocemos hoy día, a un pirata y "terrorista" de nombre afeminado.
jueves, 20 de octubre de 2011
Semblanza de Chaves Nogales
A. Chaves Nogales fue un periodista sevillano que se asentó en Madrid muy pronto. Trabajó en diversos periódicos escribiendo de todo. Alcanzó gran éxito con unas crónicas de viajes que realizó por toda Europa semblando los cambios ideológicos que se estaban produciendo en el continente.
Visitó Berlín, Roma, Moscú. Y, claro, su lúcida mirada supo captar lo que había bajo el oropel y los desfiles. Criticó a los nazis y su antisemitismo; a los italianos y su fascio; sin que se escaparan los soviets y el hambre del pueblo. Lo que le consiguió muchos enemigos en España, además de contar con una prosa fluida y fácil de leer. Doble pecado en una España cateta y semi-analfabeta que ya estaba en la senda de los maximalismos ideológicos.
Cuando triunfa la Segunda República, no tiene dudas. Es, ante todo, un demócrata. Apuesta por Manuel Azaña. Pocos como Chaves Nogales se habrían sentido concernidos con los tres conceptos clave del pensamiento político azañista posterior: paz, piedad, perdón. Formaba parte de la tertulia de quien sería presidente de la República. Pensaba que la República podría sacar a España del atraso de siglos. Pero a partir de 1934 se retrajo un poco en su amor por la República.
Al estallar la guerra civil, se mantuvo en su puesto de editor del periódico, como nos cuenta él mismo:
“Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.”
Pero cuando el gobierno decidió retirarse hacia Valencia, pensando que Madrid no podría resistir el embate de los facciosos, dejó su puesto de “camarada director” y se marchó hacia Levante: “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.”
Durante la República ni su actividad periodística ni su compromiso político le alejan de su Sevilla natal. Allí escucha al maestro Juan Belmonte, su amigo, y lo ve torear. De una serie de entrevistas y charlas nace Juan Belmonte. Matador de Toros. Su vida y sus hazañas. Será su obra más conocida, y una de las mejores. Todavía hoy no ha sido superada y es objeto de múltiples reediciones. Traducida al inglés, le resulta de gran ayuda para encontrar trabajo cuando tiene escapar de París e instalarse en Londres.
Fue precisamente esta obra la primera que le recuperó del silencio y el ostracismo a que le sometió el franquismo más mediocre tras la Guerra Civil. En 1969, la recién nacida Alianza Editorial, de José Ortega, Javier Pradera y Jaime Salinas, reeditan el libro en edición de bolsillo.
Chaves Nogales murió solo, en un hospital de Londres, víctima de «una peritonitis y una dilatación de estómago». Era el 4 de mayo de 1944 y tenía cuarenta y seis años. Aunque también en Londres continuó haciendo periodismo —trabajó en el Evening News, y en el Evening Standard tuvo columna propia— y siguió escribiendo contra los nazis y los fascistas, sólo los periódicos británicos y el diario argentino La Razón dieron la noticia de su muerte. El silencio ominoso en su país, como hacían con los vencidos. Su perfil de «un periodista de raza que ha muerto en la brecha» no fue suficiente para obtener una línea en algún medio español. La Razón lo describía como un «sagaz reportero» cuyas historias y reportajes «le harán perdurar en el recuerdo de todos los que, por ser víctimas del virus periodístico, saben lo que significaba un espíritu de la calidad de Chaves Nogales, extranjero fuera de su patria».
Visitó Berlín, Roma, Moscú. Y, claro, su lúcida mirada supo captar lo que había bajo el oropel y los desfiles. Criticó a los nazis y su antisemitismo; a los italianos y su fascio; sin que se escaparan los soviets y el hambre del pueblo. Lo que le consiguió muchos enemigos en España, además de contar con una prosa fluida y fácil de leer. Doble pecado en una España cateta y semi-analfabeta que ya estaba en la senda de los maximalismos ideológicos.
Cuando triunfa la Segunda República, no tiene dudas. Es, ante todo, un demócrata. Apuesta por Manuel Azaña. Pocos como Chaves Nogales se habrían sentido concernidos con los tres conceptos clave del pensamiento político azañista posterior: paz, piedad, perdón. Formaba parte de la tertulia de quien sería presidente de la República. Pensaba que la República podría sacar a España del atraso de siglos. Pero a partir de 1934 se retrajo un poco en su amor por la República.
Al estallar la guerra civil, se mantuvo en su puesto de editor del periódico, como nos cuenta él mismo:
“Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás.”
Pero cuando el gobierno decidió retirarse hacia Valencia, pensando que Madrid no podría resistir el embate de los facciosos, dejó su puesto de “camarada director” y se marchó hacia Levante: “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.”
Durante la República ni su actividad periodística ni su compromiso político le alejan de su Sevilla natal. Allí escucha al maestro Juan Belmonte, su amigo, y lo ve torear. De una serie de entrevistas y charlas nace Juan Belmonte. Matador de Toros. Su vida y sus hazañas. Será su obra más conocida, y una de las mejores. Todavía hoy no ha sido superada y es objeto de múltiples reediciones. Traducida al inglés, le resulta de gran ayuda para encontrar trabajo cuando tiene escapar de París e instalarse en Londres.
Fue precisamente esta obra la primera que le recuperó del silencio y el ostracismo a que le sometió el franquismo más mediocre tras la Guerra Civil. En 1969, la recién nacida Alianza Editorial, de José Ortega, Javier Pradera y Jaime Salinas, reeditan el libro en edición de bolsillo.
Chaves Nogales murió solo, en un hospital de Londres, víctima de «una peritonitis y una dilatación de estómago». Era el 4 de mayo de 1944 y tenía cuarenta y seis años. Aunque también en Londres continuó haciendo periodismo —trabajó en el Evening News, y en el Evening Standard tuvo columna propia— y siguió escribiendo contra los nazis y los fascistas, sólo los periódicos británicos y el diario argentino La Razón dieron la noticia de su muerte. El silencio ominoso en su país, como hacían con los vencidos. Su perfil de «un periodista de raza que ha muerto en la brecha» no fue suficiente para obtener una línea en algún medio español. La Razón lo describía como un «sagaz reportero» cuyas historias y reportajes «le harán perdurar en el recuerdo de todos los que, por ser víctimas del virus periodístico, saben lo que significaba un espíritu de la calidad de Chaves Nogales, extranjero fuera de su patria».
Escuadrones de la muerte II
—Dijeron —habla la mujer— que había revolución en Valladolid, que los señores habían quitado la República para volver a ser amos de lo suyo y que los hijos de los señores venían por los pueblos matando a los pobres. Los hombres de Sanbrian decidieron que no los dejarían entrar, que si los ricos hacían una revolución, los pobres harían la suya, que más somos los pobres que los ricos y que a las malas podríamos con ellos. Algunos vecinos no se atrevían. Más valía estarse quedos. A todos no nos van a matar, pensaban. Pero los mozos del sindicato dijeron que sí, que nos matarían a todos, y aunque, la verdad, nadie lo creía, se resolvió el pueblo a cerrarles las puertas y a campar por su respeto. Al principio todo fue bien. Echamos al cura y al cabo de la guardia civil. Los tres o cuatro ricos que había en Sanbrian se fueron ellos solos, y los del sindicato se pusieron a mangonear, por aquello de que siempre ha de haber alguien que mande. No hubo ninguna muerte, eso sí, pero los del sindicato entraron en las casas de los ricos, se apoderaron de los bienes que habían dejado y los repartieron entre los pobres. Estaba mal hecho, señor, y muchos infelices ni siquiera se atrevían a tomar lo que les daban. Pero a los pocos días, como temíamos, volvieron al fin los hijos de los señores, los señoritos. Venían en tres o cuatro automóviles y traían fusiles y pistolas. Para asustar al pueblo entraron disparándoles sin ton ni son, a diestro y siniestro. Venían por la tremenda, y por la tremenda los recibieron los mozos del pueblo. Apostados en una esquina los aguardaron con las escopetas echadas a la cara y cuando los tuvieron a tiro los achicharraron. Así cayó ese jefe de ellos, cuya vida tan cara hemos pagado. Venían matando, señor, ¿cómo querían ser recibidos?
»Los demás huyeron; alguno iba malherido. Los mozos del sindicato se quedaron muy ufanos, pero ya recelábamos que aquella muerte habíamos de pagarla, aunque nunca creíamos que nos la cobrarían tan cara. Ocho o diez días después nos dijeron que venían tropas de Valladolid. ¡Qué tropas, señora, qué tropas! No son peores los chacales. Al principio se les hizo resistencia. ¡Nunca la intentáramos! Las máquinas que traían vomitaban fuego y plomo sobre el pueblo. Los hombres caían segados como mieses. No pudieron resistir y se fueron al campo para seguir luchando. Los que quedamos en el pueblo pusimos banderas blancas y nos encerramos en nuestras casas a esperar que llegasen las tropas. ¡Ojalá hubiésemos luchado hasta el último instante de nuestras vidas! Aquellas tropas de moros y renegados fueron casa por casa rompiendo las puertas a culatazos y matando delante de sus mujeres y sus hijos a cuantos hombres encontraron, jóvenes y viejos, amigos y enemigos, buenos y malos, rebeldes y sumisos. No quedó uno solo. En Sanbrian no quedó un solo hombre con vida. Tras los moros y los renegados venían los hijos de los señoritos, y como ya no había hombres que matar, mataron mujeres. Aquellos no eran seres humanos, eran fieras. Lo que han visto mis ojos ni se había visto antes ni se verá jamás. Aquella misma noche, entre el ruido siniestro de las descargas y los gritos ahogados de los que sucumbían, las pobres mujeres de Sanbrian tomaron a sus hijos de la mano, estrecharon contra sus pechos a los más pequeñuelos y huyeron al monte aterrorizadas. Los centinelas tiraban al bulto contra aquellas sombras fugitivas. Alguna de ellas cayó atravesada por un balazo y hasta que fue de día estuvo a su lado una criatura que lloraba a la noche inmensa sin atreverse a soltar la mano crispada que poco a poco se le iba quedando fría entre los deditos tiernos.
»Huyeron todos, viejos, niños y mujeres. A los que no huyeron los mataron. No quedó alma viviente en el pueblo. Sólo yo. Desde aquella noche horrible no hay en Sanbrian más ser vivo que yo. Mataron a mi hombre delante de mis ojos, huyeron mis hijos. ¿Para qué huir? Esperé a que me matasen también. No sé por qué no lo hicieron.
A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937
»Los demás huyeron; alguno iba malherido. Los mozos del sindicato se quedaron muy ufanos, pero ya recelábamos que aquella muerte habíamos de pagarla, aunque nunca creíamos que nos la cobrarían tan cara. Ocho o diez días después nos dijeron que venían tropas de Valladolid. ¡Qué tropas, señora, qué tropas! No son peores los chacales. Al principio se les hizo resistencia. ¡Nunca la intentáramos! Las máquinas que traían vomitaban fuego y plomo sobre el pueblo. Los hombres caían segados como mieses. No pudieron resistir y se fueron al campo para seguir luchando. Los que quedamos en el pueblo pusimos banderas blancas y nos encerramos en nuestras casas a esperar que llegasen las tropas. ¡Ojalá hubiésemos luchado hasta el último instante de nuestras vidas! Aquellas tropas de moros y renegados fueron casa por casa rompiendo las puertas a culatazos y matando delante de sus mujeres y sus hijos a cuantos hombres encontraron, jóvenes y viejos, amigos y enemigos, buenos y malos, rebeldes y sumisos. No quedó uno solo. En Sanbrian no quedó un solo hombre con vida. Tras los moros y los renegados venían los hijos de los señoritos, y como ya no había hombres que matar, mataron mujeres. Aquellos no eran seres humanos, eran fieras. Lo que han visto mis ojos ni se había visto antes ni se verá jamás. Aquella misma noche, entre el ruido siniestro de las descargas y los gritos ahogados de los que sucumbían, las pobres mujeres de Sanbrian tomaron a sus hijos de la mano, estrecharon contra sus pechos a los más pequeñuelos y huyeron al monte aterrorizadas. Los centinelas tiraban al bulto contra aquellas sombras fugitivas. Alguna de ellas cayó atravesada por un balazo y hasta que fue de día estuvo a su lado una criatura que lloraba a la noche inmensa sin atreverse a soltar la mano crispada que poco a poco se le iba quedando fría entre los deditos tiernos.
»Huyeron todos, viejos, niños y mujeres. A los que no huyeron los mataron. No quedó alma viviente en el pueblo. Sólo yo. Desde aquella noche horrible no hay en Sanbrian más ser vivo que yo. Mataron a mi hombre delante de mis ojos, huyeron mis hijos. ¿Para qué huir? Esperé a que me matasen también. No sé por qué no lo hicieron.
A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937
miércoles, 19 de octubre de 2011
Escuadrones de la muerte
Aquellos diez o doce hombres que formaban la Escuadrilla de la Venganza consideraban legítima la feroz represalia y se habrían maravillado si alguien se hubiese atrevido a sostener que lo que ellos consideraban naturalísimo era una monstruosidad criminal. Al cabo de cuatro meses de lucha la psicosis de la guerra producía frecuentemente tales aberraciones. La vida humana había perdido en absoluto su valor. Aquellos hombres que el 18 de julio abandonaron su existencia normal de ciudadanos para lanzarse desesperadamente al asalto del cuartel de la Montaña, donde se inició la rebelión militar, y que luego habían estado batiéndose a pecho descubierto en la Sierra contra el ejército de Mola, cuando regresaban del frente traían a la ciudad la barbarie de la guerra, la crueldad feroz del hombre que, padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar, y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará. Es el miedo el que da la medida de la crueldad. De entre estos milicianos que no tenían alma bastante para afrontar indefinidamente el peligro de la guerra en la primera línea, de entre los que volvían del frente íntimamente aterrorizados, se reclutaban los hombres de aquellas siniestras escuadrillas de retaguardia que querían imponer al gobierno, a los partidos políticos y a las centrales sindicales un régimen de terror, el pánico terror que íntimamente padecían y anhelaban proyectar al mundo exterior. Huyendo del frente se refugiaban en los servicios de control revolucionario de los partidos y los sindicatos que, recelosos de la lealtad de la policía oficial y de las fuerzas de seguridad del Estado, toleraban la injerencia de estas escuadrillas insolventes y autónomas en las funciones policíacas. Cada una de ellas tenía su jefe, un aventurero, a veces un verdadero capitán de bandidos, por excepción, un místico teorizante de cabeza estrecha y corazón endurecido que, con la mayor unción revolucionaria, decretaba inexorablemente los crímenes que consideraba útiles a la causa.
A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937
A. Cháves Nogales. A sangre y fuego. 1937
sábado, 15 de octubre de 2011
¡Se comió un corazón humano, por Dios!
Esta es la historia de Francois el Olonés.
De origen francés, nacido en 1630, realmente odiaba a los españoles. Al principio de sus correrías estuvo a punto de caer bajo las armas de los exploradores españoles, y en lugar de reconsiderar su carrera y convertirse en granjero o algo así, decidió que pasaría el resto de sus días en una cruzada anti-española. Lo hizo saber a los cuatro vientos de la siguiente forma, cuando asaltaba una embarcación española, mataba a todo el mundo excepto a un testigo al que enviaba a las autoridades con este mensaje: “Nunca, de ahora en adelante, daré cuartel a los Españoles.”
Eso fue sólo el principio. Considerando que pasó luego, podemos pensar que esos que perdieron la cabeza fueron los españoles afortunados.
Habiéndose hecho una reputación, El Olonés organizó una flota pirata de ocho barcos y cientos de hombres, se dedicó a atacar las ciudades españolas de Sudamérica, capturar barcos de la Flota del Tesoro y, generalmente, ser un forúnculo en el trasero de cualquiera cercano a los españoles. Sin duda, también mató a una buena cantidad de marinos portugueses, ya que ¿quién puede distinguirlos?.
La situación dio un giro espectacular cuando El Olonés sufrió una emboscada cuando estaba saqueando la costa de la actual Venezuela. Las tropas españolas, superiores en número y armamento, masacraron a los piratas, el Olonés escapó por poco y, de alguna manera, consiguió capturar algunos españoles por el camino. El problema que se le presentaba era simple, ¿por donde huir sin caer en las fauces de otras embarcaciones españolas?. ¿Qué hacer?.
Para la mentalidad de la época, la solución era muy fácil. El Olonés sacó su espada, la clavó en el pecho de un prisionero español, le sacó el corazón con sus manos y comenzó a desgarrarlo con sus dientes, como un lobo hambriento, diciéndole a los prisioneros: “Me comeré al resto de vosotros, si no me mostráis una forma de huir de esta persecución.”
Los prisioneros, haciéndose cruces, hablaron y los piratas consiguieron escapar. Pero no sirvió de nada a los prisioneros. La tripulación pirata comió carne humana durante una semana.
Un par de años después, aterrorizó las costas de Centroamérica cometiendo robos, asaltos y asesinatos, hasta que el Olonés naufragó con sus hombres en un banco de arena. La tripulación hallaba hambrienta y, pese a todas las medidas (descarga de cañones y objetos de peso), el navío no consigue volver a flote. Durante seis meses, el Olonés debe defenderse de los incesantes ataques de los indios y, finalmente, con tan solo 150 hombres, consigue mediante barcas planas construidas por ellos llegar hasta la desembocadura del río San Juan, que le abre el camino hacia el lago Nicaragua. Pero una vez allí, los indios y los españoles le fuerzan a retroceder. Deberá continuar con ayuda de las velas, hacia las costas del golfo de Darién. Habiendo bajado a tierra para encontrar víveres y agua potable, un día es sorprendido por nativos pertenecientes a la tribu kuna, que practicaban la antropofagia o canibalismo, el Olonés y todos sus hombres fueron atacados; solo un hombre logra salvarse de la lucha y escapar. Este fue quien relató más tarde cómo los indios de Darién atraparon al Olonés y lo descuartizaron vivo para echar sus trozos en el fuego, según el testigo:
...lo despedazaron y descuartizaron, lo asaron y... se lo comieron.
Era el año 1671, tenía 40 años
De origen francés, nacido en 1630, realmente odiaba a los españoles. Al principio de sus correrías estuvo a punto de caer bajo las armas de los exploradores españoles, y en lugar de reconsiderar su carrera y convertirse en granjero o algo así, decidió que pasaría el resto de sus días en una cruzada anti-española. Lo hizo saber a los cuatro vientos de la siguiente forma, cuando asaltaba una embarcación española, mataba a todo el mundo excepto a un testigo al que enviaba a las autoridades con este mensaje: “Nunca, de ahora en adelante, daré cuartel a los Españoles.”
Eso fue sólo el principio. Considerando que pasó luego, podemos pensar que esos que perdieron la cabeza fueron los españoles afortunados.
Habiéndose hecho una reputación, El Olonés organizó una flota pirata de ocho barcos y cientos de hombres, se dedicó a atacar las ciudades españolas de Sudamérica, capturar barcos de la Flota del Tesoro y, generalmente, ser un forúnculo en el trasero de cualquiera cercano a los españoles. Sin duda, también mató a una buena cantidad de marinos portugueses, ya que ¿quién puede distinguirlos?.
La situación dio un giro espectacular cuando El Olonés sufrió una emboscada cuando estaba saqueando la costa de la actual Venezuela. Las tropas españolas, superiores en número y armamento, masacraron a los piratas, el Olonés escapó por poco y, de alguna manera, consiguió capturar algunos españoles por el camino. El problema que se le presentaba era simple, ¿por donde huir sin caer en las fauces de otras embarcaciones españolas?. ¿Qué hacer?.
Para la mentalidad de la época, la solución era muy fácil. El Olonés sacó su espada, la clavó en el pecho de un prisionero español, le sacó el corazón con sus manos y comenzó a desgarrarlo con sus dientes, como un lobo hambriento, diciéndole a los prisioneros: “Me comeré al resto de vosotros, si no me mostráis una forma de huir de esta persecución.”
Los prisioneros, haciéndose cruces, hablaron y los piratas consiguieron escapar. Pero no sirvió de nada a los prisioneros. La tripulación pirata comió carne humana durante una semana.
Un par de años después, aterrorizó las costas de Centroamérica cometiendo robos, asaltos y asesinatos, hasta que el Olonés naufragó con sus hombres en un banco de arena. La tripulación hallaba hambrienta y, pese a todas las medidas (descarga de cañones y objetos de peso), el navío no consigue volver a flote. Durante seis meses, el Olonés debe defenderse de los incesantes ataques de los indios y, finalmente, con tan solo 150 hombres, consigue mediante barcas planas construidas por ellos llegar hasta la desembocadura del río San Juan, que le abre el camino hacia el lago Nicaragua. Pero una vez allí, los indios y los españoles le fuerzan a retroceder. Deberá continuar con ayuda de las velas, hacia las costas del golfo de Darién. Habiendo bajado a tierra para encontrar víveres y agua potable, un día es sorprendido por nativos pertenecientes a la tribu kuna, que practicaban la antropofagia o canibalismo, el Olonés y todos sus hombres fueron atacados; solo un hombre logra salvarse de la lucha y escapar. Este fue quien relató más tarde cómo los indios de Darién atraparon al Olonés y lo descuartizaron vivo para echar sus trozos en el fuego, según el testigo:
...lo despedazaron y descuartizaron, lo asaron y... se lo comieron.
Era el año 1671, tenía 40 años
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